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Los intelectuales y el terrorismo que se auto-identifica con el islam

Conferencia de Yusuf Cadelo en el Congreso de Periodistas del Estrecho, en Martil (Tetuán) organizado por la Asociación de la Prensa de Marruecos

18/11/2016 - Autor: Yusuf Cadelo - Fuente: Webislam
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Todo término con la raíz islam debe evitarse para referirse a movimientos que impliquen el uso de la fuerza o la violencia.

Los expertos diferencian dos principales efectos del acto criminal de terrorismo. El primero es el directo: las muertes, los heridos o torturados, afectados de secuelas físicas o sicológicas, huérfanos, desplazados… Pero hay un segundo efecto que es precisamente el que da nombre a esta tipología criminal: el terror. El terror en la sociedad que padece acciones criminales terroristas puede reconocerse en forma de histeria colectiva, delirio, racismo, xenofobia, deseo de venganza, sobreprotección, disposición a renunciar a derechos y libertades en favor de la seguridad y, sobre todo, alarma y confusión.

Para evitar el primero de los efectos de la acción terrorista, los Estados cuentan con cuerpos de seguridad, con el trabajo de los servicios de información, la cooperación internacional y, si se quiere, la colaboración de la sociedad civil.

Contra el segundo de los efectos (o contra algunas de las consecuencias de estos efectos) son los intelectuales los que tienen la posibilidad y la obligación de actuar. Intelectuales, en este sentido, son los periodistas, ensayistas, los editores, tertulianos, columnistas, analistas políticos, profesores de bachillerato y universidad… en definitiva todo aquel que disponga de un foro en el que difundir algunos conceptos fundamentales que han de ser conocidos y propagados entre quienes no tienen la suficiente capacidad, por sí mismos, de acometer el análisis crítico; ese análisis crítico es necesario para que la sociedad no se vea afectada por un miedo comprensible e identificable pero que está basado en percepciones personales o colectivas y no en datos. Enumeramos los principales objetivos a tener en cuenta, en nuestra opinión, para su difusión en aras de la convivencia y, sobre todo, la consecución del fracaso de la acción terrorista en la sociedad atacada:

1. Todo término con la raíz islam debe evitarse para referirse a movimientos que impliquen el uso de la fuerza o la violencia. Si cristianismo es el conjunto de los seguidores de la doctrina de Jesús… Si budismo es una filosofía de vida no teísta basada en las enseñanzas de Buda… Si el hinduismo no es más que una tradición oriental milenaria, etc. Entonces, islamismo no puede significar (como por desgracia sucede en muchos medios de comunicación y para muchos individuos) el movimiento islámico expansivo violento.

En el mismo sentido el uso de términos como Yihad o Sharia han de ser revisados según el significado real en la tradición árabe y coránica. Otras expresiones como “islam moderado” o “islamista” requieren urgente revisión.

2. Un alto porcentaje (próximo al 80%, según el más reciente estudio de una universidad francesa) de las personas de origen musulmán reclutadas en Europa por grupos terroristas en los últimos años jamás se destacaron por la práctica religiosa: eran jóvenes que no realizaban el salat y que no tenían objeciones para ingerir productos haram. Muchos de ellos tenían antecedentes policiales y otros padecían problemas de integración e identidad nacional (no siempre asociados a la precariedad económica familiar). Debemos pensar que estamos ante un proceso de islamización de la industria del crimen, y no ante una criminalización del islam.

3. Cuando alguien dice hablar o actuar en nombre de una institución o colectivo, el intelectual debe realizar el correspondiente análisis crítico para cuestionar ese poder de representatividad autoproclamada. ¿Por qué cuando los Caballeros Cristianos del Ku Klux Klan leían sus esperpénticas sentencias contra afroamericanos, con biblias en la mano y cruces de madera en llamas, nadie dudó jamás que representaran a la cristiandad? ¿Por qué, cuando el grupo terrorista irlandés IRA, autoproclamado católico, ponía bombas en centros comerciales que mataban a inocentes y niños, nadie acusó a la Iglesia ni pidió a los católicos que se manifestaran desvinculándose de esas atrocidades? ¿Por qué, entonces, cuando alguien dice actuar en nombre del islam la sociedad no exige pruebas de esa representatividad o poder? ¿Por qué no dudamos de la identificación de la auténtica doctrina del islam con la que esgrimen quienes actúan de forma bárbara o violenta contra musulmanes, judíos, cristianos, no creyentes…?

4. No podemos olvidar que buena parte de la riqueza energética actual se encuentra en regiones controladas por regímenes musulmanes. Occidente no renuncia a esa riqueza y, para obtenerla, no duda en “comprar” a líderes políticos y gobiernos. En otras ocasiones, interviene con bloqueos económicos o amenazas militares. A veces se actúa con ataques directos que causan bajas y daños “laterales”. Otras veces se deciden invasiones que llevan aparejadas destrucciones y caos en sociedades enteras. Para obrar así las naciones occidentales actoras necesitan que sus súbditos no hallen empatía alguna con los habitantes de esos pueblos. No es ninguna teoría conspiratoria: los medios occidentales (auspiciados por lobbies políticos, empresariales y armamentísticos) han desarrollado un trabajo proselitista dirigido a que la ciudadanía “occidental” concluya que en el islam no hay nada aprovechable, que tiene una raíz violenta, que los musulmanes aspiran a apoderarse del mundo y que cualquier seguidor del Corán guarda un germen de violencia hacia Occidente que, en cualquier momento, puede ser activado.

La musulmana francesa obligada a despojarse de sus ropas en la playa por cuatro agentes de policía es un ejemplo perfecto del terror social generado por los autores de los atentados de París prepetrados unos días antes. La razón argumentada (que podía esconder explosivos bajo esos ropajes) denota perfectamente la confusión y el delirio del que fueron víctima no sólo los franceses sino buena parte de las sociedades occidentales. Nadie se percató de la irracionalidad del argumento. Nadie pensó en los explosivos que caben en la nevera de playa de cualquier bañista con traje de baño al uso …porque el problema no era el atuendo ni los escondites de explosivos ni los explosivos en sí… El problema esos días en Francia (basado en percepciones personales y no en datos objetivos) era el islam. Y contra esa peligrosa percepción (que es el triunfo absoluto de la acción terrorista en la sociedad) sólo pueden luchar los intelectuales. Y los periodistas, como intelectuales que son, han de asumir como propio este compromiso frente al terror y sus efectos indirectos en las sociedades en que actúan.


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