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Entiendo por qué los jóvenes se unen al ISIS. Yo fui (casi) uno de ellos

Estados Unidos es un país que glorifica el sacrificio militar y se cree capacitado para reconstruir otras sociedades según su propia visión de las cosas

17/10/2016 - Autor: Michael Muhammad Knight - Fuente: The Washington Post
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Michael Muhammad Knight

Siempre que el ISIS (Estado Islámico/Daesh) publica un nuevo vídeo, recibo mensajes pidiendo una explicación. Pues mirad: yo soy ese yihadista que nunca lo fue.

Veinte años atrás, dejé mi instituto católico en el norte del estado de Nueva York para estudiar en una madrasa subvencionada por Araba Saudí en Pakistán. Recién convertido, salté al ruedo para vivir en una mezquita y estudiar el Corán todo el día.

Esto fue a mediados de la década de 1990, durante el aumento de la resistencia chechena contra el poder ruso. Después de clase, encendíamos el televisor y veíamos toda esa horda de destrucción y sufrimiento. Los vídeos eran demoledores. Tanto que pronto me vi pensando en la posibilidad de abandonar mis estudios religiosos para tomar las armas y combatir en la liberación de Chechenia.

No fue un versículo que había leído en nuestros círculos de estudio del Corán lo que me empujaba a luchar, sino más bien mis valores americanos. Había crecido en los años ochentas de Reagan. Aprendí de los dibujos de G.I. Joe que (como decía la sintonía) “hay que combatir por la libertad allí donde surjan problemas”. Asumí que como individuos tenemos el derecho -y el deber- de intervenir en cualquier lugar del planeta donde interpretemos que la libertad, la justicia y la igualdad se ven amenazadas.

Para mí, el deseo de viajar a Chechenia no podía reducirse a mi “rabia musulmana” o al “odio a Occidente”. Puede ser difícil de creer, pero pensaba en la guerra en términos de compasión. Como muchos americanos que, empujados por su amor a la patria, quieren entrar en el ejército, yo estaba ansioso de luchar contra la opresión y proteger la seguridad y la dignidad de los demás. Creía que este mundo estaba corrompido y situé mi fe en ciertas soluciones mágicas donde el mundo podría renovarse gracias a un auténtico Islam y a un verdadero sistema de gobierno islámico. Pero también creía que trabajar en favor de la justicia era más valioso que mi propia vida.

Finalmente decidí quedarme en Islamabad. Y las personas que lograron convencerme de no ir a combatir no fueron el tipo de musulmanes que a veces salen en la prensa como liberales, o reformadores pro-occidentales. Todo lo contrario: eran profundamente conservadores. Algunos los llamarían “intolerantes”. En el mismo entorno de aprendizaje donde se me dijo que mi madre no musulmana se quemaría eternamente en el infierno, también se me dijo que podría lograr mejores cosas como intelectual que como soldado, y que debía esforzarme al máximo para ser algo más que un cuerpo tirado en una cuneta. Estos tradicionalistas me recordaron el dicho de Muhammad (saws) de que la tinta de los intelectuales era más sagrada que la sangre de los mártires.

Los medios de comunicación suelen trazar una clara línea divisoria entre nuestras categorías imaginadas de “buen” o “mal” musulmán. Mis hermanos de Pakistán hacen de esta división algo mucho más complejo de lo que algunos están dispuestos a aceptar. Esos hombres, que entonces yo veía como superhéroes de la piedad, me hablaron como la voz autorizada de la propia tradición y me dijeron que la violencia no era lo mejor que yo podía ofrecer.

Algunos chicos en mi situación parece que han recibido unos consejos muy distintos.

Es fácil asumir que las personas religiosas, en especial los musulmanes, simplemente hacen las cosas porque su religión manda hacerlas. Pero cuando pienso en mi impulso a los 17 años de salir corriendo y convertirme en un combatiente junto a los rebeldes chechenos, debo tener en consideración muchos más factores que el religioso. Mi escenario imaginado de liberar Chechenia y convertirla en un estado islámico era una fantasía puramente americana, fundamentada en los ideales y los valores de Estados Unidos. Siempre que escucho de algún compatriota americano que vuela por el globo para incorporarse en alguna batalla por la libertad que no es la suya, me digo: “¡Qué forma más americana de hacer las cosas!”.

Y este es el problema. Nos han educado para amar la violencia y considerar la conquista militar como un acto de caridad. El joven americano que quiere intervenir en la guerra civil de otra nación debe su propio punto de vista a la excepcionalidad norteamericana más que a cualquier interpretación yihadista de las Escrituras.

Crecí en un país que glorifica el sacrificio militar y se cree capacitada para reconstruir otras sociedades según su propia visión de las cosas. Yo internalicé estos valores antes incluso de pensar en cuestiones religiosas. Incluso antes de saber qué significaba ser musulmán, por no decir de conceptos como “yihad” o “estado islámico”, mi vida americana me había enseñado que eso es lo que hacen los hombres valientes.

Michael Muhammad Knight (nacido en 1977) es un novelista, ensayista y periodista americano. Sus escritos son muy populares entre la juventud musulmana estadounidense.

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