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Anécdotas de yala

La Piedra

02/09/2016 - Autor: Carlos Lucero - Fuente: Webislam
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Prólogo en obligación

Irrigar, sin mucho esmero, estas líneas sobre el papel, solo busca pesquisar andanzas de un contexto temporal que aún no termina, sino que augura proyectarse más allá de la limitación temporal de los sentidos. A los efectos, celebramos la suerte de haber cruzado nuestro camino con el de un testigo directo y protagonista de los hechos que nos interesan. Un amigo que, aunque hoy peina abundantes canas, cuenta con una memoria bastante fiable nos asegura que todo comenzó y tuvo su epílogo en el mismo año de 1969, cuando la edad promedio del grupo era de sólo veinte y algo de años. 

— ¿Cómo fue esa ocurrencia de venir a Jujuy, tan al norte de la Argentina?

— Jujuy tiene una naturaleza muy distinta a Mendoza —expone con tranquilidad—.  Aspirábamos a desarrollar nuestra experiencia en un ámbito diferente al que estábamos acostumbrados.

— ¿Y de qué modo vinieron?

— En esos años, el tren encarnaba al transporte económico, eficiente y popular, que estaba a disposición de todo el mundo. Recuerdo que fue un largo y ruidoso viaje. Llegamos remolcando bártulos y en la mente la imagen de un sitio despejado y tranquilo. Tal era la condición para zambullirnos y desarrollar nuestros temas de trabajo interno, según la propuesta de Silo, nuestro amigo y guía en cuestiones de profundizar la conciencia.

— ¿Eran muchos? ¿cuántos… más o menos…?

— Éramos casi treinta jóvenes, casi todos de Mendoza y Santiago de Chile (Hace un esfuerzo de memoria el amigo, y continúa). El contorno que habíamos elegido se situaba en la ladera de un cerro no muy alto, pero frondoso en arbustos y rumores del bosque llamado “yunga” o bosque subtropical. Su limite más notable lo dibujaba un plateado fluir que, con ánimo alegre, no cesaba de conversar con su medio vegetal (Se refería, con una acertada metáfora, al río Yala). Dadas las circunstancias, cuenta este amigo, este grupo contaba en un comienzo, con rústicos refugios de lona para habitar.

Eso hacía que el reto primero fuera elevar una casa para convertirla en un ámbito adecuado para el Centro de Estudios y que sirviera, a la vez, de morada durante un año. Al llegar divisamos una suave pendiente con buenas dimensiones que nos pareció conveniente. Estuvimos de acuerdo en que ése iba a ser el lugar. Comenzamos a desmalezar, nivelar y medir, de acuerdo a los consejos de compañeros que estudiaban arquitectura en Santiago, pero resultó que, en su parte media, una inmensa roca en letargo, asomaba sobre el nivel del piso, fijando un tropiezo que debía ser sobrepasado a la brevedad. Cuando logramos someterla, recién entonces pudimos cumplir con nuestro anhelo de edificar con piedras una casona que resultó abrigada y apta para nuestras necesidades.

Este amigo nos hace saber que dieron por concluída la totalidad de la tarea seis meses después, a mediados de diciembre de aquel año premonitorio. Hoy, las paredes, solo las sólidas paredes, profundamente florecidas de moho, resguardan lo contado aquí.

La Piedra

Amanecida, una débil tajada de frío se desprendió del invierno y fue a caer como planeando, sobre el fértil caos que se aloja en el corazón del cerro. Seguramente evitó campear las nervaduras de la yunga porque había reparado que, en las recientes madrugadas, anda suspirando en brisas, un vaivén de trueque con pájaros. En un suave declive del cerro, resalta un espacio que, de acuerdo con el horizonte, encubre a La Piedra. La piedra yace en silencio, sin mensajes del pedrusco que la ronda como si quisiera que la severidad de su dimensión, quedara al abrigo de algún requerimiento. Solamente con un atisbo de su cabeza calva, La Piedra revela con apagados reflejos de su taño de cuarzo la lentitud de su latir. Traspasa la limpieza de aquella superficie blancuzca, la hondura de su nivel, que se quedó adormecida en sordidez de milenios. En lo insondable de su descanso, La Piedra no podía sospechar la inminencia del día postrero. Tampoco evitar que, en su entorno se sucediera, antes del mediodía, la amenaza de un acoso. Es una ambición de centinelas de la que no tiene recuerdos. Son cinco hombres que vinieron de la razón y que se preguntaban cuál era la manera mas expedita de desgajar ese cuerpo. Ocurre que, sin averiguar sus secretos, intentan forzar aquella inexpugnable naturaleza que hasta hoy la cobijaba. Se miraron, observaron y convinieron en armarse con aceros en punta de distinto tino. En la vasta serenidad de su sílice, la Piedra permanece lejos de acusar recibo de ajenas intenciones. (Qué sabían ellos de la concreta realidad que la piedra hundía en su entraña). El acuerdo rapaz de la ignorancia de los hombres, hizo que se destrabara un empuje de metal, tan inútil, como duro. Engendrándose un ímpetu de martilleo que fue incrementado tal vez, por inmaduras veleidades de poder.

Se deshicieron en músculo para liberar sobre la piedra su esfuerzo con violencia de hierro, y más tarde soltaron su rabia para solamente magullar, asestar, y rebotar. Porque aquel esfuerzo no alcanzaba a herir el brillo que aumentaba conforme al embate del grupo armado que se deshacía en lamentos. Aturdidos y con impotencia, retrocedieron. Y volvieron. A pesar de la frustración, los intrusos no desistieron. No deseó la Piedra, no estaba en su ser, soportar tanta vehemencia. La Piedra, con esperanza de roca, hizo un llamado desde su vientre de sílice, para pedir ayuda… con esperanza de roca, hizo un llamado desde su vientre de sílice, para pedir ayuda… Recado que hizo arribar al baqueano…Con figura teñida de paisajes y ancestros, sin avíos ni ataduras, ese otro hombre se arrimó de manera diferente. Pensó a la Piedra con intensidad y logró conocer, en su propia piel, la intimidad de su esencia. Y entendió su afán generoso. Con sus manos recogió ramas y madera que se convirtieron en leña. De a poco fue otorgándole abundancia de un amor que se concentraba en calor. Y luego, sin vueltas, acudió al agua y salió de sus brazos una helada impertinencia que obtuvo la fractura instantánea de sus vértices de cuarzo enterrados desde siempre. De este modo, y solamente de este, asintió la roca en desprenderse de su condición, para contribuir a la intención de los intrusos. Había quebrado de repente y con estruendo, sus molduras en un arrebato de fragmentos. En su estallido, la Roca se había transformado en partículas esparcidas que multiplicaban por mil la luz del sol. No quedaba ya dureza ni extremo sobre saliendo que interrumpiera el nivel del terreno. Los hombres tenían ahora su voluntad cumplida y el baqueano, satisfecho, comprendió su obra. Pero la Piedra siguió sin entender qué ejemplo encerraba aquella bulla de alharacas.



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