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Las lágrimas de Ibrahim

La mirada al mundo que las tradiciones de sabiduría nos proponen, es precisamente una cura, una sanación

12/08/2016 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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El llanto de Ibrahim es el lamento de la separación.

Hemos quedado algunos rezagados, unos cuantos seres humanos lejos del aire acondicionado que escuchan el canto de las chicharras a las ocho de una tarde de agosto.

Lejos de la televisión, de los móviles, de los ordenadores que estructuran nuestras vidas cotidianas, y cerca del árbol, de la humedad y de los lentos sonidos del estío.

Dicen que van a acabar con la Filosofía, que no tiene sentido estudiar a los maestros del pensamiento ni a los clásicos, que basta con diseñar otra vida, una ‘segunda vida’ para ingresar en la eternidad digital. Pero yo no estoy tan seguro de que podamos aguantar mucho tiempo sin preguntarnos sobre la misma vida, sobre nuestras propias vidas y las de los demás, por el hecho de que pensamos y hablamos, aunque ahora estemos mediatizados por los motores de la inteligencia artificial.

Y no parece que este certificado de defunción del pensamiento sea tan transitorio como dicen algunos. Parece más bien que transitamos por un paisaje de visiones irreversibles, por un desierto intelectual y moral que nos conduce hasta los suburbios del Gran Mercado.

¿Para qué la Filosofía? ¿Qué papel puede jugar el pensamiento libre, el pensamiento crítico, en un tablero donde todas las posibilidades son contempladas a la luz del mercado, en una nube donde toda la información está siendo dirigida a la eficiencia de la máquina de producir/consumir?

Ahora somos quizás más conscientes de la belleza que nos rodea porque podemos captarla con la cámara del teléfono móvil en alta resolución, fotografiar la enredadera de intenso cromatismo y compartirla con miles de personas que obtendrán su porción del jugo de la belleza de ese momento que ya se nos fue…

Es verdad que esta cultura de la imagen ejerce una cierta educación visual —menos lingüística u oral— dado que visionamos miles de imágenes, muchas de ellas de una gran belleza, lo cual educa nuestra percepción y sensibilidad al color, a la luz, a la composición, etc.

Pero nos queda un cierto mal sabor de boca, como si fuésemos más conscientes, si cabe, de nuestra propia fragilidad e impermanencia, y de que el sendero tecnológico no puede cambiar esa realidad. Porque ya no estamos ni tan siquiera en la Era de la velocidad —concepto y sentimiento de finales del siglo XIX y principios del XX— sino en un entorno cuántico, de experiencias sincrónicas, no lineales, circulares, tautológicas, usando y siendo usados por los diez mil lenguajes que nos soportan y nos atraviesan…

Y, mientras tanto, las tradiciones de sabiduría siguen instándonos a que volvamos la mirada hacia el paisaje, a que escuchemos el canto de las tórtolas, su nostálgico arrullo que acuna el nacimiento de algún tiempo nuevo, pero ¿Para qué? ¿Para qué volvernos a lo que desaparece y se muere pudiendo acercarnos a lo que no cambia jamás?

Porque, al final, puede ser que se trate de puro sentimentalismo, pura descarga emocional….hasta una simple lista de la compra puede hacernos llorar: la letra inocente, limpia, ordenada, un inventario de las necesidades más inmediatas….pan, leche, fruta…., la letra de una niña que, tras realizar su destino, acabará también en la tumba, como todo el mundo…

No, la mirada al mundo que las tradiciones de sabiduría nos proponen, es precisamente una cura, una sanación que transcurre cuando aceptamos nuestra finitud, el hecho cierto de que habremos de desaparecer un día…, y esa aceptación abre la puerta a la experiencia de la Belleza, al florecimiento de la Vida.

Esa es una de las grandes enseñanzas coránicas que nos llegan de la mano de Ibrahim (as), la tensión entre la Belleza que siempre es cambiante, colorida, y la Majestad que permanece incólume, inasible, sugerente del Dios escondido que no podemos ver.

El llanto de Ibrahim es el lamento de la separación, el sonido del ney con el que Rumi inaugura su Masnawi, una nostalgia de lo Uno, un desgarramiento de lo que no es sino puro Amor.

Las lágrimas de Ibrahim se derraman mientras los ojos contemplan cómo los seres queridos se marchan inevitablemente, los niños se hacen adultos, los árboles crecen y se retuercen hasta convertirse también en nuestros ancestros. Por eso Dios hace que ese fuego de la mudanza incesante no queme a Ibrahim (as) sino que lo temple, que le ayude a aceptar la impermanencia de todo lo que no es Él.

A veces nos preguntamos por nuestro hermanos que partieron… ¿Dónde moran sus almas? ¿En qué tumbas habitan?

Es cierto que el profeta (saws) desaconsejó la indagación sobre la tumba, pero él también lloró la pérdida de su hijito Ibrahim y la del hijo de su amigo. Lágrimas proféticas que son las lagrimas más humanas que se han derramado sobre la tierra…
Dolor de la separación, llanto que no es sino cauterio que cura la herida del corazón, que aniquila cualquier resto de irrealidad.

“No amo lo que se desvanece”, se apresura a argumentar Ibrahim (as) cuando comprueba cómo todo aquello que ven sus ojos se transforma y se muere. Profunda enseñanza que nos muestra el camino de la sumisión, de la aceptación y el reconocimiento. No hemos venido aquí sino para adorar al Uno, para reconocer al Único y morir en Él.


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