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Recorriendo la senda del perdón

¿Vamos hacia lo desconocido o estamos regresando a nuestro verdadero hogar?

24/06/2016 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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¿Hacia donde se dirigen nuestros pasos?

En el capítulo 217 de Los jardines de los Justos (Riyyad as Salihin), colección de hadices del Imam An Nawawi, nos encontramos el siguiente hadiz:

De Abu Huraira, Allah esté complacido con él, que dijo el Mensajero de Allah, Él le bendiga y le dé paz:

“Dijo Allah, Poderoso y Majestuoso: ‘Toda práctica del hijo de Adam es para él, excepto el ayuno que es para Mí y yo recompenso por él. El ayuno es protección. Y si alguno de vosotros está ayunando que no diga obscenidades ni grite o alborote. Y si alguno es insultado o dañado que diga: ‘¡Estoy ayunando!’

¡Por Aquel que tiene el alma de Muhammad cogida de su mano que el aliento de la boca del ayunante es mejor ante Allah que el olor del almizcle!

El ayunante tiene dos momentos de gran alegría: el momento de romper el ayuno y cuando llegue al encuentro con su Señor, se alegrará de haber ayunado.”

(Lo relataron Al Bujari y Muslim.)

Recorremos la senda del perdón divino, el camino de la magfirah hasta desembocar en el tiempo de la liberación del Fuego, cuando estamos completando el mes del ayuno. Nos libramos del fuego en todos los sentidos, del fuego fisiológico, que ha estado quemando las toxinas y cenizas de nuestro cuerpo durante la privación, y del fuego que quema nuestras almas, templándolas como el acero, eliminando los restos del apego, del miedo y del deseo.

Vamos así penetrando en el tiempo de la proximidad, en un espacio que ahora “se nos muestra” sagrado —siempre lo fue, todo espacio y todo tiempo lo es— porque nuestra percepción se ha ido limpiando y purificando del shirk, día tras día, pensamiento tras pensamiento.

¿Quién sino Allâh nos observa y nos guía? ¿Quién sino Él escucha y responde nuestras súplicas?

En nuestro regreso, en nuestro ta’wîl, nos volvemos sinceramente a Dios haciéndoLe tauba, y así, mediante un profundo proceso de purificación integral vamos comprendiendo muchas cosas, dándonos cuenta de la importancia de aquello que recitamos durante la salat, dándonos cuenta de nuestra distracción (gafla), de que habitualmente repetimos las palabras de la oración de manera mecánica y vacía, sin sentimiento, sin conciencia de lo que estamos haciendo.

Pero ahora sí que nos damos cuenta de que habitamos un tiempo y un espacio sagrados, que nuestras lenguas están secas y nuestros cuerpos limpios, que nuestras mentes se aquietan con el recuerdo de Dios y nuestras manos sirven a Su propósito. Allâh swt nos dice en el Corán:

“Todo ser humano probará la muerte: pero no recibiréis vuestra recompensa íntegra por lo que habéis hecho sino hasta el Día de la Resurrección —entonces, quien sea apartado del fuego y conducido al paraíso, ciertamente habrá logrado un triunfo: pues la vida de este mundo no es sino un disfrute engañoso.”

(Corán, Sura 3 La Familia de Imram, aya 185)

Nos libramos del fuego de esta vida durante el ayuno porque el vacío que experimentamos es también conciencia de lo ilusorias y efímeras que son las cosas y los acontecimientos del mundo. Miramos el paisaje de cada día y observamos los movimientos de nuestros hijos, de nuestros semejantes, con una sensación de irrealidad, de fugacidad, que hace que el yihad o esfuerzo de esta vida se dulcifique ante la certeza de una Otra Vida más plena, más completa y durable…

“Quién sea alejado del Fuego habrá triunfado”, nos dice Allâh swt en el Noble Corán. El ayunante siente su liberación, la levedad de su experiencia en este mundo de los sentidos, de sensaciones y pensamientos entrelazados que construyen nuestra experiencia cotidiana. Una levedad y un vacío que necesitamos para poder seguir transitando por esta tierra de Adam (as), amarrados al alif de nuestro barco, como Ulises, ajenos al canto de las sirenas, como Nuh (as), tratando de arribar a una tierra segura.

Una tierra segura que no es otra que la estación de la proximidad (qurba), de la cercanía y de la certeza, una tierra segura y fértil porque nos transmuta en nuestra naturaleza verdadera, haciendo aflorar lo divino que reside en nuestros corazones purificados por el ayuno de la herrumbre de nuestras miserias —“Toda práctica del hijo de Adam es para él, excepto el ayuno que es para Mí y yo recompenso por él.”

La mirada se limpia, las palabras se clarifican, y las intenciones —¡Ay, las intenciones!— afloran con prístina nitidez mostrando que, en realidad, somos hijos del Bien y de la Belleza, y que es hacia el Bien y hacia la belleza a donde retornamos. Dice Allâh swt en el Corán Generoso:

“¿Pensábais, acaso, que os creamos por mera diversión, y que no habríais de retornar a Nosotros?”

(Sura 23, Los creyentes, aya 115)

Normalmente andamos hacia delante, pero ¿Hacia donde se dirigen nuestros pasos? ¿Vamos hacia lo desconocido o estamos regresando a nuestro verdadero hogar? Esta vida es un regreso, nuestra creación es para un regreso, nuestros pasos nos hacen regresar, querámoslo o no, a nuestra Fuente, a nuestro Ser verdadero.

Recordamos a los profetas, a los santos, a los imames, la paz sea con todos ellos, y comprendemos que no estaban locos, que ellos tampoco actuaron por capricho ni por decisión propia…, más bien nos han legado la prueba de la existencia de Dios y de la Otra Vida, con sus propias vidas y experiencias terrenales. Ellos son la prueba palpable de que es posible salir victoriosos del fuego del mundo, una victoria que no es sino un morir, un vaciarse, un desprenderse de todo, de uno mismo, abrir los ojos, mirar al otro y captar, en la profundidad de su mirada, el vínculo inasible, escuchar la petición del otro, su palabra certera, diseñada, como sus actos, por Al Musawwir, el Diseñador de todas las formas, con una perfección absoluta.

¡Oh Dios mío: Sólo puedo pedirTe perdón, esperar Tu misericordia, Tu auxilio, en medio del áspero desierto de la vida!.


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