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No se integran ni después de muertos

El Ayuntamiento de Madrid anuncia la creación de un cementerio musulmán en Carabanchel

17/03/2016 - Autor: Daniel Gil-Benumeya Flores - Fuente: El Astro de Oriente
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Cementerio musulmán de Griñón (Madrid)

El martes 15 de marzo salió la noticia de que, por fin, el Ayuntamiento de Madrid destinará terreno público a los enterramientos musulmanes. En concreto 9500 metros cuadrados en el Cementerio Sur (Carabanchel), una vez que se remunicipalicen los servicios funerarios (privatizados en 1992), cosa que debería ocurrir a la vuelta del próximo verano.

 

No hace falta llegar hasta la parte de los comentarios, en cualquier medio en el que aparezca la noticia, para ir notando ya las emanaciones tóxicas del opinódromo. Estimuladas, desde luego, por el know-how periodístico, que de manera más o menos sutil según el caso, presenta la iniciativa no como la adecuación de la norma (prevista hace más de 20 años) a la realidad de una sociedad multiconfesional, sino como una más de las ocurrencias de «Carmena» y ejemplo del entreguismo de la izquierda a «la comunidad musulmana», como si los 275.000 madrileños vinculados a las diversas tradiciones del islam no fueran cada uno de su padre y de su madre y formaran, por el contrario, una especie de cuerpo homogéneo distinto del conjunto social. Más insidioso si cabe es el acento que ponen los medios en el «problema sanitario» que según ellos supone el enterramiento musulmán canónico, ya que, dicen, al no usarse ataúd se corre el riesgo de que se convierta en un foco de infecciones y epidemias (¿?). En relación con lo cual, por cierto, «la comunidad musulmana» habría llevado su desfachatez hasta el punto de pedir un cambio en la normativa sanitaria, y «Carmena» su entreguismo hasta el punto de comprometerse a estudiar el tema. De este modo, llevando al extremo la extendida metáfora sanitaria que presenta al otro como una enfermedad o un agente patógeno que amenaza la salud de nuestra sociedad (contra el que se levantan cordones sanitarios y cuarentenas; recordemos que el Zyklon B era un insecticida), ahora son los propios cuerpos físicos, materiales, de quienes representan la otredad los que, de forma nada metafórica, corren el riesgo de ser tratados como residuos tóxicos. Y según avance el asunto del cementerio, veremos crecer y multiplicarse estas justificaciones seudosanitarias. «No se integran ni después de muertos» es la inspirada frase que podría resumir los comentarios que ponen el grito en el cielo, en definitiva, por la pretensión de los musulmanes de 1) enterrarse en nuestro país en vez de hacerlo en sus países; 2) de hacerlo a su modo y no de la manera «normal» en una sociedad «laica» (sic; o sea con la lápida de marmolina y la cruz de toda la vida); 3) aprovechándose de la tolerancia (suicida) de nuestras sociedades, hacia la que no tienen ninguna reciprocidad (pues es de todos sabido que en sus países no hay cementerios de otras religiones, ni iglesias); 4) y encima poniendo en peligro con su putrefacción moruna la salud de nuestros niños (ya de por sí bastante multialérgicos).

 

 

Pero las noticias no reflejan, al menos explícitamente, un aspecto que es bastante significativo: la titularidad y gestión municipal del futuro cementerio musulmán supone, de hecho, un reconocimiento implícito de la condición de los musulmanes como miembros de pleno derecho de la sociedad madrileña, y no como residentes extranjeros. El anterior proyecto de cementerio islámico de Madrid, iniciado en época de Gallardón y abandonado sin duda por consideraciones como las reflejadas más arriba, preveía no la gestión municipal sino la cesión de un espacio en el mismo Cementerio Sur a la «comunidad musulmana», representada entonces por el Centro Cultural Islámico (la mezquita de la M30), quien se ocuparía de su conservación, mantenimiento y vigilancia. El Centro Cultural Islámico es una institución dependiente de la Liga Islámica Mundial, organización fundada por el gobierno de Arabia Saudí y afín a sus postulados ideológicos oficiales. Es reseñable que en esta ocasión el interlocutor del Ayuntamiento haya sido, sin embargo, Riay Tatari, presidente de la Comisión Islámica de España (CIE), que es el órgano oficialmente representativo de los musulmanes españoles en sus relaciones con las instituciones (por mucho que su representatividad pueda ponerse en tela de juicio, como suele ocurrir por lo demás con los musulmanes, libres de iglesias y clero). La referencia principal de la CIE en Madrid es la Mezquita Central o Mezquita Abu Bakr, más conocida como Mezquita de Tetuán o de Estrecho, por las estaciones de metro cercanas. Hasta el momento, el único cementerio musulmán de la Comunidad de Madrid es el de Griñón, cuya evolución refleja las tribulaciones institucionales en su relación con la muerte del otro. Creado para las tropas coloniales de Franco, una vez que sus potenciales inquilinos dejaron de ser nacionales la gestión fue cedida (verbalmente, al parecer) al Consulado de Marruecos, que lo administró como cualquier cementerio del país vecino. En Griñón se enterraron musulmanes de toda la Comunidad de Madrid (la que tiene mayor número de habitantes de esta tradición religiosa) y de algunas otras, y siempre de acuerdo con la tradición musulmana al menos en dos sentidos. Uno, el de devolver el cuerpo a la tierra de la que procede, para lo cual se sepulta sin ataúd, envuelto en un sudario, y en tumbas de factura sencilla, al menos en comparación con las católicas (una máxima sufí dice: «Si quieres vivir eternamente, procura que de ti no quede nada»). Otro, siguiendo la idea de que no está bien aprovecharse del fallecimiento de una persona para sangrar económicamente a los familiares, por lo que el entierro tenía un coste sorprendentemente bajo en este país donde la muerte es tan lucrativa. En 2014, el Ministerio de Defensa cedió la gestión al Ayuntamiento de Griñón, quien de la noche a la mañana decidió clausurar el cementerio para proceder a la «regulación» y, cómo no, la «higienización» del mismo (lo que incluía, naturalmente, su privatización). La medida dejó a unos cuantos fallecidos que debían ser enterrados literalmente congelados en la funeraria, y la repercusión, incluso internacional, que tuvo el cierre del único y exiguo cementerio musulmán de Madrid obligó a su reapertura provisional poco después. Aunque obligando al entierro con ataúdes o bolsas estancas y, sobre todo, sustituyendo los costes piadosos de entre 50 y 100 € por una tarifa más laica, ilustrada y universal de unos 1500 € por entierro. No hay nada que muestre tanto la pertenencia de un grupo humano a un territorio como el hecho de enterrar a sus muertos en él. En España hay gente que no puede soportar el enraizamiento de los musulmanes, hasta el punto de que les resultan molestos incluso retrospectivamente. Recientemente se ha presentado el documental Maqbara, que relata cómo el inmenso cementerio mudéjar de Ávila, el yacimiento musulmán más grande de Europa Occidental, descubierto a finales de los noventa, fue arrasado y sustituido por un parking, unos edificios residenciales y un supermercado, en una conjunción de intereses urbanísticos e islamofobia apenas disimulada. El cementerio musulmán medieval de Madrid, que ocupa el subsuelo de la plaza de la Cebada hacia el sur, a lo largo de la calle Toledo, es prácticamente desconocido para los madrileños, debido a que las intervenciones arqueológicas se han llevado en un secreto rayano con la clandestinidad, y a veces rebasándola. Qué dirán ahora esas voces, tan alérgicas a la memoria, de un cementerio musulmán «vivo».  



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