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Un diálogo entre flores

Quiero hablaros acerca de mi patria, que es también la tierra de vuestros antepasados

25/03/2016 - Autor: Meryem Akgun - Fuente: Revista Cascada
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En Edirne y Estambul hay prados cubiertos de fragantes jacintos.

El viento tocó con dulzura mis pétalos suaves. Ellos se balanceaban ligeramente adelante y atrás al compás del viento. Hacía más frío aquí que en nuestra patria. Pero no me sentía incómodo.

Mis hojas reflejaban la luz de la luna. Miré a la luna y ella me devolvió su mirada brillante. Pero incluso sus luces me resultaban de alguna manera desconocidas.

Poco a poco giré la cabeza de la flor hacia la derecha para a ver a mis hermanos y hermanas. Todos parecían muy cansados por el largo viaje y en sus rostros vi reflejado lo mismo que a mí me preocupaba. También ellos se sentían aquí como extranjeros.

Sintiéndome un poco deprimido, suspiré y sólo quería dormir, pero en este preciso momento un movimiento entre los oscuros arbustos que separaban el jardín de la valla atrajo mi atención. Vi a un pequeño jacinto. Él me miró con curiosidad, al tiempo que yo le sonreí de forma apacible.

Mi sonrisa fue respondida de inmediato. Con excitación visible hizo una señal a los que estaban detrás de ella. De repente, apareció un grupo de jacintos, seguidos de cerca por —aunque no pude reconocerlos de inmediato— pequeños claveles y rosas.

Charlando y riendo, saltaron hacia mí y me di cuenta de que estaban encantados. Un pequeño clavel tropezó mientras saltaba y cayó al suelo. El jacinto que vi primero corrió hacia él y le ayudó a levantarse.

Los hijos de las flores me rodearon, mirándome con curiosidad. Les devolví la sonrisa con amabilidad, un poco nervioso. Inesperadamente, todos estallaron en carcajadas. No había visto a niños de flor tan vivos desde hacía mucho tiempo.

El jacinto tomó el pequeño clavel que había tropezado por la mano y empezó a hablar:

«Usted y sus hermanos llegaron hace un momento, ¿no?»

Asentí con la cabeza, con la esperanza de que tuviese la edad suficiente para advertir que yo simplemente quería estar tranquilo. Pero, por desgracia, al parecer no la tenía… Como ninguno de estos niños.

Un murmullo cruzó por el enjambre de niños.

«¡Guag!». «Entonces, tú eres un tulipán, ¿no es así? Hemos oído hablar de vosotros los tulipanes. Vosotros sois los primeros tulipanes procedentes de allí», dijo el jacinto, apuntando al Este. Sus grandes ojos brillaban de entusiasmo.

Sí, del Este. Desde allí, vine aquí; de una tierra donde sale el sol y, a veces a regañadientes, vuelve a ponerse.

Mis pétalos se estremecieron. Fue muy doloroso dejar ese lugar maravilloso, mi casa y mi pueblo.

Como si hubiera leído mis sombríos pensamientos, el jacinto dijo:

«¡Es muy hermoso aquí, en Occidente! Dios nos colma de agua y es un lugar agradable y fresco, a veces incluso más frío de lo que quisiéramos. Además, somos bien tratados. La gente tiene mucha afición hacia nosotros.»

Estas palabras me recordaron a los magníficos y brillantes festivales de tulipanes, que solían celebrarse en el Imperio Otomano, a las noches luminosas y a los nombres maravillosos que nos daban, como la cara de la amada o estrella de la suerte. De repente sentí el calor recorriendo todos mis carpelos.

Pero una vez más, el dolor se apoderó de mi cabeza de flor, y mis sépalos hundieron ligeramente a causa de su severidad. «¿Cuánto tiempo lleváis aquí?» Le pregunté a los niños, sólo para distraer mi atención de estos pensamientos.

El jacinto se encogió de hojas:

«No sé exactamente, pero creo que fueron mis bisabuelos quienes fueron traídos aquí.» Los otros hijos de las flores asintieron dubitativamente. No sabían más.

«¿Acaso no sabéis nada del país del cual vosotros y…» —tragué saliva brevemente— «y yo mismo procedemos?». Ellos negaron con la cabeza. Eran tan jóvenes, tan inexpertos. Sonreí y suspiré con beneplácito, pues tenía que reprimir mi fatiga.

«¿Queréis que os cuente algo de vuestro país de origen?», les pregunté.

El jacinto cortésmente me puso recto:

«Aquí está nuestra patria. Aquí nacimos, y aquí hemos vivido con alegría y en paz con los demás. Yo conozco mi patria. Pero sí me gustaría escuchar algo sobre el país en del que tú y nuestros bisabuelos vienen».

Sin dejar de sonreírle, me sentía algo confundido por esta respuesta. Él era muy inteligente, seguro, y sería una flor sabia.

«Bien, entonces sentaros. Quiero hablaros acerca de mi patria, que es también la tierra de vuestros antepasados.» Entonces se acercaron con un brinco y formaron un semicírculo a mi alrededor, manteniendo sus ojos curiosos centrados en mí.

«Soy un tulipán y solía vivir y prosperar en el Imperio Otomano, donde estaba rodeado por todas las flores imaginables. Los turcos nos aman tanto que nos hemos convertido en una parte importante de su arte y su literatura.»

Una vez más se escuchó un murmullo, y tuve que sonreír ante los ingenuos modales de estos niños. Mi cansancio y mi estado de ánimo sombrío se desvanecieron lentamente. Fue agradable volver a vivir esos recuerdos.

«No quiero a bucear demasiado profundo en este tema. Pero todos nosotros somos motivos típicos del llamado estilo Quatre-Fleurs de la artesanía otomana.» Todavía me siento orgulloso al pensar en ello.

El jacinto intervino:

«En este país, la gente dice que nosotras, las flores, tenemos nuestro propio idioma. Cada una de nosotras tiene un significado muy especial para ellos y nos regalan como presente en ciertas ocasiones».

Lo miré con sorpresa y le dejé continuar. Sonaba emocionante.

«Y no sólo tenemos las flores significados especiales, sino también sus colores.» Los niños, en el semicírculo, asintieron con la cabeza. «Los tulipanes, por ejemplo, simbolizan el amor y el afecto. Los enamorados se regalan tulipanes rojos. El naranja simboliza la fascinación y el azul significa una promesa de fidelidad.»

Mis estambres temblaban de alegría cuando me enteré de eso. ¡Qué hermoso, por cierto!

«Esto me lleva de nuevo a los otomanos.» Les sonreí a los niños. «Ellos también tienen algo así como un lenguaje de las flores, pero en cierto modo diferente al vuestro. Ellos, por ejemplo, ponen las rosas amarillas en el alféizar de la ventana, lo cual quiere decir algo así: hay personas enfermas o de edad avanzada que viven en esta casa. Con esto, invitan a los transeúntes a comportarse silenciosamente, lo cual hacen.»

Hice una pausa para que los hijos de las flores asimilasen esta nueva información, que al parecer les agradó.

«Por cierto, ¿realmente sabéis originalmente de donde vengo?», les pregunté. Ellos negaron con la cabeza. «Mis antepasados también abandonaron en una ocasión su tierra y fueron traídos al Imperio otomano.»

Lleno de asombro, el jacinto me interrumpió:

«¿Eso quiere decir que esta no es la primera migración?»

Le hice un guiño. «Vuestros antepasados no fueron los primeros, y yo sin duda no seré la última que se traslada de un lugar a otro en este ancho mundo. Siempre ha habido relaciones comerciales entre las naciones, y esto sin duda seguirá ocurriendo.»

Los niños me sonrieron.

«¿Y desde dónde viniste al Imperio otomano?», preguntó el pequeño clavel tímidamente.

«Bueno, mi verdadero hogar… Nosotros, los tulipanes, ya fuimos mencionados por el escritor griego Jenofonte, que vivió entre el 430 y el 354 antes de Cristo. Y en el siglo XIV del poeta persa Hafez introdujo mi especie en la literatura. Nos llamó Lale, un nombre que les gustó tanto que los otomanos lo adoptaron.»

«En la cultura turca del jardín tuvimos nuestro apogeo con el Sultán Ahmet III. En ese momento, toda una época recibió su nombre de nosotros: la Era de los Tulipanes, “Lale Devri”, que comenzó en 1718. La moda de los tulipanes superó todos los límites. Hubo hasta 1323 variedades diferentes.»

«¿Es que allí sólo tienen los tulipanes?»

Negué con la cabeza. «No. Los otomanos tenían muchas flores, incluyendo jacintos. Una parte de los jardines del Sultán siempre estaban reservados para vosotros, los jacintos. Una costumbre que perdura todavía.»

Los jacintos se rieron de nuevo y susurraban entre sí. «Ves, te lo dije», el primer jacinto susurró a los demás.

«El poeta Fazli, un poeta otomano, tejió a menudo el motivo del jacinto en sus poemas,» continué. «Y en Edirne y Estambul hay prados cubiertos de fragantes jacintos.»

«¿Sabes acaso desde dónde vinimos a los otomanos?», me preguntó otro jacinto, alto pero muy delgado.

«Desde los jardines de Bagdad y de Aleppo,» le dije. Un murmullo se escuchó de nuevo. La multitud de niños parecía disfrutar sobremanera.

«¡Qué emocionante!», exclamaron.

Así que agregué: «por cierto, vosotros llegasteis a Europa en el siglo XVI». Mientras seguían parloteando entre sí, el pequeño clavel rosa me miró expectante. Entonces gruñó vacilante y en voz baja:

«¿También hay flores como yo en el Imperio otomano?»

Le sonreí. «¿Claveles, quieres decir?»

Asintió con entusiasmo, y se llevó sus lindos pétalos a la cabeza.

«Por supuesto, incluso en la época de Teofrasto, en el año 300 antes de Cristo, los claveles ya crecían. Pero supongo que fueron los árabes quienes los trajeron a los otomanos. Por lo menos, recibisteis vuestro nombre de ellos. Los árabes os llaman Qaranful, que se deriva probablemente del latín Caryophyllus o del griego Karyphillon. Y los otomanos os llaman Karanfil.»

Los ojos de las flores niños se abrieron y ellos trataron de repetir el nombre lentamente. Al parecer les gustó mucho.

Por primera vez, habló una pequeña rosa, lentamente y con gracia como es de esperar de una rosa:

«¿Y qué hay de nosotras? ¿Qué significado tenemos para los otomanos?»

Una vez más, tuve que sonreír. ¡Que pregunta!

«Las rosas son sagradas para todos los musulmanes y, por tanto, también para los otomanos. Ellas juegan un papel importante en la cultura turca.» Las rosas me miraron con sorpresa. «Los otomanos nunca dejaron los pétalos de una rosa tirados en el suelo, porque la rosa en su tradición simboliza al profeta Muhammad, la paz sea con él.»

«¡Guag!», los niños susurraban con reverencia, como con una sola voz. Los claveles y los jacintos miraron respetuosamente las rosas. Ellos, a su vez, humildemente me miraron, esperando que siguiese, lo que hice.

Una vez más, los niños flor cuchicheaban entre sí. Al verlos, me alegré. Ahora, ellos eran mis nuevos vecinos. ¡Que suerte! Con ellos, sin duda nunca me aburriré.

Miré a mis hermanos tulipán. Se habían puesto cómodos y estaban profundamente dormidos. De golpe, me sentí de nuevo cansado. «¡Queridos hijos! Mañana os contaré más, si queréis. Pero por hoy, ya es suficiente.»

Un murmullo de decepción se dejó oír. Pero el jacinto me apoyó.

«De acuerdo, amigos. Tiene razón. Es suficiente por hoy. Deberíamos volver. Nuestros padres estarán probablemente preocupados. Se está haciendo tarde.»

«Pero, ciertamente, me gustaría saber más acerca de mis antepasados en Albania,» se quejó el pequeño clavel.

«¡Arabia, tus antepasados vinieron de Arabia! Debes escuchar con más cuidado,» la reprendió el jacinto. Tras lo cual se levantó y puso a los demás tras de sí. «¡Y ahora vamos a casa!»

«¿No os olvidáis de algo?», el jacinto preguntó a los niños flor. Como si obedeciesen a una orden todos se volvieron de nuevo hacia mí y gritaron:

«¡Muchas gracias, señora tulipán!»

Yo reí. El jacinto tenía muy buen ascendente sobre ellos.

«No hay de qué», les contesté. «¡Buenas noches!»

«Buenas noches», me devolvieron como un eco. Y con una amplia sonrisa y todavía inquietas, se retiraron. Me quedé solo otra vez, y al mismo tiempo estaba un poco triste. Así que me apresuré a volver con mis hermanos y hermanas.

Este país parecía ser muy emocionante, al menos más emocionante de lo hubiera imaginado. Sonreí y de repente ni siquiera podía recordar porque al principio me había parecido tan extraño.


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