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El sufismo cristianizado de Ramón Llull (2)

Análisis esotérico del Libro del amigo y del Amado y del Libro de la orden de caballería

11/01/2016 - Autor: Ángel Alcalá Malavé - Fuente: Investigación del autor
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Llull fue una de las figuras más avanzadas de los campos espiritual, teológico y literario de la Edad Media
Llull fue una de las figuras más avanzadas de los campos espiritual, teológico y literario de la Edad Media

Libro de la orden de caballería

En la mente del lector occidental no existe una lógica inicial que identifique la caballería desarrollada en Europa con la mística interior, a excepción de los templarios, esa orden envuelta en la bruma del misterio y de la magia, del poder y la riqueza, que desplegó su mayor poder precisamente en el siglo que vive nuestro místico mallorquín, y que como es sabido, fue definitivamente defenestrada por la Santa Sede en el 1314. Sin embargo, en las tierras del Islam caballería y mística fueron siempre de la mano, mano que necesariamente se había de mantener desapegada de todo poder político-temporal. Por eso el Dr. Javad Nurbakhsh abre su ya mencionado libro con un primer capítulo que titula expresamente El sufismo y la caballería, en el que afirma:

“En el oriente medio anterior al Islam, la tradición de la caballería espiritual (yawanmardi) había formado a personas a quienes se conocía como yawanmardan. La tradición de la caballería estaba fundada sobre los valores de la generosidad, el altruismo, el sacrificio, el auxilio a los oprimidos y desamparados, la compasión hacia las criaturas, el mantenimiento de la palabra dada y, finalmente, la humildad. Estas cualidades se convirtieron más tarde, en el sufismo, en las virtudes de los hombres perfectos.

“Además de estos nobles atributos –prosigue Nurbakhsh-, propios de un ser humano verdadero, los yawanmardan estaban comprometidos con la observación de un código ético y unas costumbres específicas que representaban el propósito de la caballería. El sufismo fue así fundado sobre los pilares de la caballería y el Islam, y la ética y la tradición de los caballeros constituyeron la base de las costumbres y las prácticas de los sufíes en sus centros o janaqah.

“Más tarde, a medida que la filosofía de la Unidad del Ser (wahdat-e woyud) y el amor divino fueron manifestados por los maestros de la Senda y fueron adquiriendo mayor profundidad y belleza, la tradición de la caballería adquirió también mayor influencia y expansión, pues el espíritu del sufismo consistía en mirar en una sola dirección (a Dios) a través de la fuerza del amor y el cariño, y su método en cultivar el comportamiento ético del hombre, lo cual se correspondía con la tradición de la caballería. Es necesario saber que el sufismo posee dos aspectos, uno interior y otro exterior. Su aspecto interior es el recorrido interno y la travesía de las moradas espirituales, hasta alcanzar el nivel de la subsistencia (baqa) en Dios. El exterior es la práctica y el seguimiento de la tradición de la caballería, que constituye el conjunto de las virtudes de los hombres perfectos.

“Los sufíes, que son los abanderados de la escuela de la hombría y la tradición de la caballería en el mundo presente, no deben permitir que la civilización actual destruya las cualidades nobles de la humanidad y que el hombre, que aparentemente ha volado hasta los cielos, caiga hasta niveles más bajos que las bestias” (op. cit. pp. 17-18).

Obsérvese que el autor incide en que el sufí ha de desplegar en su interior las virtudes de los hombres perfectos (al-Insal al-Kamil), es decir, los Atributos de Sus Nombres, emulando así el anthroposteleios de la filosofía helénica pero enriqueciéndolo con las joyas de la Tradición espiritual persa y la revelación coránica. No vamos a profundizar en este estudio en los orígenes de la caballería en Occidente, en la influencia que este Libro de la orden de caballería ejerció incluso en la mismísima corte inglesa, ni en los orígenes de la caballería sufí (v. Kitab al-Futuwwa de Abu Abd al-Rahman al Sulami o su edición española: Futuwa. Tratado de caballería sufí; o los Textos sobre caballería espiritual de Ibn Arabí), y sí nos centraremos en un análisis de las armas del caballero explicadas por Llull, en el capítulo V de éste uno de sus primeros tratados, escrito hacia 1275, poco después de que tomara la decisión de abandonar su labor de senescal en la alegre y placentera vida cortesana de Jaime II, tras presentársele una visión de Cristo crucificado durante cinco días consecutivos. Ése fue el inicio de su periplo.

Lo que resalta desde un comienzo, y lo resalta el propio Llull, es que va a seguir el criterio y la máxima de la filosofía hermética según la cual como es Arriba es Abajo, dado que en la primera frase del prólogo ya deja constancia de ello: “A semejanza de los siete planetas, que son cuerpos celestes y gobiernan y ordenan los cuerpos terrenales, dividimos este Libro de caballería en siete partes, para demostrar que los caballeros tienen honor y señorío sobre el pueblo para ordenarlo y defenderlo” (Ramón Llull, Libro de la orden de caballería, Alianza editorial, 1992, p.17). Y en sus siete partes expone el principio de la caballería, el oficio del caballero, el examen que se le hace a quien quiere ingresar en la orden, el modo como debe ser armado el caballero, el significado de sus armas, las costumbres que le son propias y, al fin, el honor que se le debe.

Pues sin necesidad de analizar el gesto inicial del caballero de hacer penitencia frente a una fuente para contemplar al Creador y menospreciar así las vanidades del mundo; Llull deja claro que la caballería no es sólo una orden, sino una regla: es decir, la aplicación de un conjunto de medidas de rectitud interior que ordenan el alma del caballero en su combate interior (op. cit. p. 21). Un hombre que elige el caballo por ser el animal “más noble y conveniente para servir al hombre, por eso fue escogido el caballo entre todos los animales y dado al hombre que fue escogido entre mil hombres; y por eso aquel hombre se llama caballero” (op. cit. p. 28).

Pero su ideal de caballero presenta algunas diferencias con respecto a la caballería espiritual islámica. Como por ejemplo que, del mismo modo que los clérigos poseen ciencia y doctrina para honrar a Dios entre las gentes a través de palabra y su ejemplo, así el caballero “con la nobleza de su corazón y la fuerza de sus armas” mantiene el temor entre los hombres para evitar que delincan entre ellos” (op. cit. p. 31). O la creencia de que Dios elige a los caballeros para combatir a los infieles que se “afanan en la destrucción de la santa Iglesia” (op. cit. p. 36). O que sea oficio de caballero mantener y defender a su señor terrenal, o la justicia (op. cit. p. 39), o que incluso el caballero “es conveniente para ser juez”, como creyó el desafortunado Don Quijote varios siglos más tarde tratando de desfacer entuertos, simbolizando así la desgracia de una España que había tratado de imponer durante un siglo sangriento su ideal católico por todo el orbe, combatiendo contra el Islam y los protestantes u opositores a su Imperio en el Viejo Mundo, y tratando de imponer a fuego su religión al otro lado del mundo, en esa América recién descubierta donde de nuevo se escenificaban las mismas sombras y defectos que habían imperado en la condición humana de todo tiempo y lugar porque el paraíso no se hallaba en el exterior, sino…en el interior de cada hombre, si sabía conquistar las siete moradas de su castillo interior, por expresarlo en palabras de una Santa Teresa también empapada de sufismo, como ya señalaran Asín Palacios o Américo Castro en su momento. Paradoja: mientras eso sucedía en el tablero de ajedrez del mundo, los místicos cristianos del Siglo de Oro español bebían hasta no saciarse nunca de la fuente de la mística de los sufís andalusíes.

Pero regresemos con nuestro caballero luliano, que no obstante estas diferencias, presenta aún muchas más concordancias –como es lógico- con la caballería sufí, siendo como son ambos hijos de un mismo Creador que presenta una misma regla de medidas para arribar hasta Su Trono. Por eso aclara Llull que el caballero debe desarrollar las siguientes virtudes del alma: justicia, sabiduría, caridad, lealtad, verdad, humildad, fortaleza, esperanza, experiencia…, e incluso le impele a que “cuanto más te falten compañeros y armas y provisión, tengas mayor coraje y esperanza contra aquellos que son contrarios a la caballería (…) Y ningún hombre puede amar ni honrar ni poseer mejor la caballería que aquel que muere por el honor y la orden de caballería” (op. cit., p. 43), pues “caballería y valor no se avienen sin sabiduría y cordura”. Y es oficio de caballero “mantener viudas, huérfanos, hombres desvalidos…”, pues Dios ha colocado en su corazón nobleza de ánimo, piedad y compasión, y ha de estar precavido contra los embates de la lujuria y la soberbia, la traición y la mentira y los demás pecados capitales, así como catorce artículos: siete concernientes a la divinidad, y otros siete a la humanidad, todos ellos presentes en el dogma católico. Y, por supuesto, cumplir los diez mandamientos. Sólo bajo esas condiciones el escudero puede ser armado caballero, y si tiene tal honra, ese día “debe hacerse gran fiesta, dar convite, justar y las demás cosas que corresponden a la fiesta de la caballería” (op. cit. p. 70). Y una vez aclarados todos estos puntos, en los que no deja lugar a dudas sobre la importancia de la mística interior, es cuando Llull expone y explica el significado de las armas del caballero. Hélas aquí:

1.-Espada, que siempre tiene forma de cruz, significa que el caballero debe vencer y destruir con ella a sus enemigos, del mismo modo que en la cruz venció Jesucristo “a la muerte en la que habíamos caído por el pecado de nuestro padre Adán” (op. cit. p. 73).

2.-Lanza, significa la verdad, que es recta, no se tuerce y “va delante de la falsedad”, por eso está hecha de hierro, que significa esa fuerza de ir por delante. Y el pendón significa por ello que se muestra a todos sin miedo a engaños o falsedades. “Y la verdad es el apoyo de la esperanza, y así con las demás cosas relativas a la verdad que significa la lanza del caballero” (op. cit. p.74).

3.-Yelmo, que significa la vergüenza, sin la cual no se puede ser obediente a la orden. Ambos miran al suelo, pero el yelmo “es punto medio entre las cosas bajas y altas” y defiende al hombre su cabeza, su miembro más alto, del mismo modo que la vergüenza obliga al caballero a no entregarse a acciones viles.

4.-Loriga, tiene el significado de castillo y muralla contra los vicios y las faltas, por eso permanece cerrada y ajustada por todas partes, como el noble corazón del caballero a la traición, el orgullo, la deslealtad u otros vicios.

5.-Calzas de hierro con las que mantener seguros sus pies y piernas, así como el caballero debe mantener seguros los caminos con sus armas.

6.-Espuelas significan diligencia, experiencia y celo, por eso espolean al caballo.

7.-Gola, que rodea el cuello para defenderlo de heridas, significa la obediencia que debe tener el caballero con su señor.

8.-Maza, significa fuerza de corazón, que fortalece las virtudes y buenas costumbres del caballero y lo defiende de los vicios, así como la maza “sirve contra todas las armas y golpea y hiere por todas partes” (op.cit. p. 76).

9.-Misericordia, ese puñal que da el golpe de gracia si no puede herir al enemigo de otro modo, significa que el caballero no debe confiar tanto en ellas, sino en Dios, acercarse a Él con la esperanza de que combate a los enemigos.

10.-Escudo, que sitúa el caballero entre sí y el enemigo del mismo modo que él está entre el rey y su pueblo. Por eso él debe ser el escudo del rey si, llegado el caso, fuera necesario.

11.-Silla en que cabalga significa seguridad de corazón y carga de caballería, del mismo modo que con la silla se siente más seguro el caballero, que ha de despreciar la vanidad de las jactancias y las apariencias, y “es tan grande la carga de la caballería que por cosas ligeras no se deben mover los caballeros”, matiza Llull (op. cit. p. 77).

12.-Caballo, que significa nobleza de corazón, y se le da para que “esté más alto que cualquier otro hombre, sea visto de lejos, y tenga más cosas debajo de sí” (op. cit. p. 77). Porque a ojos de Llull la pirámide social ha de materializar una pirámide espiritual…que asume una mayor responsabilidad social mientras más alto es su rango, pues como afirmará al hablar del pespunte, “grande es entonces la carga de caballería, y por eso los príncipes y los altos barones están expuestos a grandes trabajos para regir y defender sus tierras y su pueblo” (op. cit. p. 79).

13.-Freno del caballo y riendas: el freno significa que refrene su boca y sus manos para que no exceda la medida justa. Y las riendas, que se deje llevar a donde la orden de caballería lo envíe, siempre valiente y sin vacilar ante el enemigo.

14.-Testera del caballo, cuya cabeza va siempre delante del caballero porque éste debe usar las armas con razón, no con vileza, ni permitir que esto se haga delante de él.

15.-Guarniciones del caballo significa que el caballero debe guardar sus bienes y riquezas para que le baste con su oficio, para evitar así que la pobreza lo incline a pensar en traiciones.

16.-Pespunte, que se sitúa encima del resto de la armadura, expuesto al sol, la lluvia y el viento, y recibe los golpes antes que la loriga como significado de que el caballero debe sufrir grandes trabajos para honrar su orden, y ser combatido y herido, e incluso estar expuesto a la muerte en su deber de defender a quienes están bajo su nobleza y guarda.

17.-Blasón en escudo, silla y pespunte para ser o bien alabado o vituperado por las proezas que realice, o reprendido si es cobarde.

18.-Estandarte, que sólo se le da al rey, al príncipe y al señor de los caballeros con el claro significado de que los caballeros han de mantener el honor del señor y de sus Estados, pues por deshonor se cae en traiciones que tienen más graves consecuencias que si se producen en otros hombres, pues se pueden perder reinos, condados y otras tierras.

Tras desentrañar las claves de las diecisiete armas del caballero –diecisiete, número favorito de YabirIbnHayyán por su analogía con el Nombre Secreto de Dios-, Llull analiza en el capítulo siguiente “las siete virtudes que son raíz y principio de todas las buenas costumbres, y son sendas y caminos de la celestial gloria perdurable” (op. cit. p. 83). Tres son teologales: fe, esperanza y caridad. Y cuatro cardinales: justicia, prudencia, fortaleza y templanza. Llull disecciona las causas por las que el caballero debe hacer gala de ellas, al tiempo que combate los siete pecados capitales, o como él los llama, “mortales, que son caminos por los que se va a infernales tormentos que no tienen fin: gula, lujuria, avaricia, acidia, soberbia, envidia, ira. Por eso, caballero que recorre tales caminos no va a la posada donde la nobleza de corazón fija su habitación y residencia” (op. cit. p. 87). ¿Terminar con una identificación entre la posada y el corazón es un guiño a la taberna del sufí?

“Al caballero le conviene ser amador del bien común, pues para comunidad de gentes fue establecida la caballería, y el bien común es mayor y más necesario que el bien particular?” (op. cit. p. 94), concluirá Llull antes de terminar su libro exponiendo las razones por las que conviene dar honor al caballero, punto en el que su caballero cristiano se aleja del sufismo, que camina siempre en la dirección opuesta al sol del reconocimiento público y del espíritu de la cruzada. No obstante, sus puntos de coincidencia son muy evidentes, pues ambos han de manifestar una coherencia entre su camino interior y su conducta exterior, y las armas del caballero luliano expresan perfectamente ambos.

Henry Corbin, con su agudeza habitual, expresa muy bien el profundo significado de ese combate interior que libra el caballero: “El simbolismo sohravardiano de las dos alas del ángel Gabriel puede mostrarnos entonces toda la fuerza y profundidad de su significado. La cosmología del ishraq nos presenta todos los grados del ser ordenados en sicigias (desde la de Logos-Sophia). Cada ángel alumbra su alma con su cielo. El ángel-arquetipo de la humanidad ha alumbrado en sí mismo su Imagen en múltiples imágenes, y esas imágenes son a su propia imagen: un ala de luz y otra a la que han oscurecido las tinieblas. El desentenebrecimiento de esta ala, que mide según la visión ismailí la reascensión progresiva del Ángel a su rango original, es precisamente la salvación de todas sus almas operadas por sus ángeles de luz que son los ángeles o dobles de luz de dichas almas. Hermes y su Naturaleza Perfecta son las dos alas que ejemplifican el Ángel-arquetipo, como el Amante y el Amado son las dos alas que ejemplifican la esencia dual del Amor, y como los dos “cuernos” de Dhul-l-Qarnain expresa la naturaleza diofisita (lo masculino-femenino) de la Piedra mística de los alquimistas. Existir a la manera del ángel es hacer desaparecer el entenebrecimiento del ala oscurecida para que las dos alas se reflejen recíprocamente al brillo de una sola luz. Éticamente, eso implica en este mundo responder al ángel, para que él pueda responder por nosotros en el otro” (Henry Corbin, El hombre y su ángel. Iniciación y caballería espiritual, ed. Destino, 1995, p.68).

Y Hermes –“el profeta de los filósofos” según Ibn Arabí, que desentrañó el mensaje hermético de cada uno de los profetas en su Fusus al-Hikam (Los engarces de la sabiduría)-no anda muy lejos de todo ello: planea con sus alas del mismo modo que Mercurio, su émulo romano, poseía alas en los pies. Prosigue Corbin: “La visión que tiene Hermes de la Naturaleza Perfecta puede ser interpretada como una visión de la Sophia `en persona´. Hermes declara que es ella la que hace descender la sabiduría sobre la tierra, que es ella el ángel del filósofo, la que lo gobierna e inspira” (p. 80). Por eso el sabio divino es alim rabbani, es decir, el theosofo, afirmará el arabista francés. Y de todo ello habló la filosofía griega a través de la inteligencia agente, pero sin mencionar la caballería espiritual: Continúa Corbin: “¿Cómo debe entenderse la unión del alma con la inteligencia agente? Puede que esta cuestión les parezca a las mentes `modernas´ un problema abstracto, técnico, lejano. De hecho, la situación es ésta: nuestros filósofos identifican la Inteligencia agente, cuya herencia han recibido de los filósofos griegos, con el Espíritu Santo, es decir, con el ángel Gabriel, que es a la vez el Ángel del Conocimiento y el Ángel de la Revelación. Esta identificación nos anuncia un elemento común entre la vocación del filósofo y la vocación del profeta, el elemento que precisamente les pone, tanto a uno como a otro, en la primera línea de la caballería espiritual. De cualquier manera que se entienda o se imagine la unyomystica que se realiza entre el alma humana del filósofo y la Inteligencia agente, es gracias a ella como se mantiene la comunicación entre el mundo superior del malakut, el mundo del ángel, y el nuestro. Gracias a ella la humanidad persevera en el ser, pues los seres humanos, se tenga o no conciencia de ello, no pueden vivir sin esta comunicación. Es pues ésta la que define el servicio caballeresco del filósofo en tanto que “Sabio de Dios”, como teósofo; es éste servicio el que hace de él un jawanmard, un caballero espiritual por excelencia. Tal es la idea del filósofo como la han concebido los ishraqiyun, los teósofos de la luz, discípulos de Sohrawardi” (op. cit. p. 230).

Porque “está el modo y el mundo de la existencia sensible, física, y está el modo y el mundo de la existencia inteligible. Entre ambos está el “mundo imaginal” (alam al-mithal). Es el “octavo clima”, el mundo de las visiones…Es el objetivo y el combate de los Jawanmardan (…) Se ve entonces en qué sentido el filósofo, o más exactamente el teósofo, es el que realiza el servicio de caballería espiritual por excelencia, el servicio del jawanmardan” (op. cit. p. 232). Y eso es exactamente lo que fue Ramón Llull en su vida, y lo que explicó a través de su obra, con los matices que iremos viendo en estudios posteriores. En todos ellos quedará patente lo que hemos tratado de mostrar en éste: la profunda huella de la filosofía islámica –y por lo tanto del sufismo- en el más importante místico cristiano de la Edad Media: Ramón Llull.

Reivindicarlo a día de hoy adquiere el valor de un símbolo, pues en este mundo de la generación y la corrupción cada día más globalizado, se hace cada vez más preciso conocer, comprender y aceptar la identidad propia, y la de la nación a la que cada quien pertenece con sus singularidades y sus elementos comunes a otras culturas o civilizaciones. Para llegar al fondo del espejo y ver en el interior del océano lo universal en todos los seres humanos independientemente de su religión, raza o país de origen. Eso que en el escenario de la Historia ya ejemplificó la España andalusí. Eso que Ramón Llull supo trasladar a su riquísima, compleja y poliédrica obra filosófica y literaria. Pues, parafraseando al Dr. Nurbakhsh en su intento por seguir mostrando la validez universal de los valores del sufismo, también podríamos reivindicar al caballero de Ramón Llull desde esta misma perspectiva que –ahora sí, en un escenario histórico sin cruzadas religiosas- propugna el combate interior contra las sombras para transmutarlas en el oro de la luz, a la par que ello se refleja congruentemente en la conducta exterior. Pues ya no quedan guerras de religiones, sino económicas…sutilmente disfrazadas de religiosas, y hábilmente espoleadas desde los medios de comunicación.

Ciñéndonos a nuestro país, la crisis económica que comenzó a mostrarse en las vísceras del sistema a partir del 2008 ha asolado con todo un conjunto de valores –independientemente de la ideología o religión que se profesara- con el que los españoles hemos comulgado durante siglos. Los restos de ese espejo, hecho añicos, han quedado esparcidos por el suelo, y frente a él se yergue, desafiante, nuestra propia Historia, y de entre sus páginas unas veces sangrientas y otras luminosísimas, entresacamos este caballero luliano de armadura oxidada que enarbola la bandera del espíritu y sus principios de amor, paz y sabiduría para recordarnos que no otro es el camino. Y no hay que mirar muy atrás más allá de nuestras fronteras, en la propia Historia del siglo XX, para hallar, estupefactos, la eficacia de su aplicación. Ahí está Gandhi, ese caballero espiritual que sin derramar un solo tiro derrotó al mayor imperio de la Historia y logró la independencia de su India natal. Un Gandhi que, siendo hinduista, jamás dejó de reconocer la verdad espiritual existente en cada una de las religiones, y señaló al amor a Dios expresado en el amor a los semejantes como la meta última de todas ellas. Para que bajo ese árbol se amparasen todas las religiones que se profesaban en su compleja patria, y todos los creyentes se rigieran por ese hálito, como él mismo dejó escrito en “Mi religión”. Si acercamos el código de valores que reivindica Llull para su caballero al alma de este hombre perfecto, comprenderemos entonces que todas las aguas sagradas proceden de una misma Fuente. Eso que con todos sus vaivenes también simbolizó la España andalusí hoy sepultada entre los escombros. Hoy vivimos en el actual escenario de la Historia, con todos los matices que se quieran, el mismo drama que en aquellos siglos convulsos, y se hace preciso el entendimiento entre hombres, culturas y religiones desde el prisma de la filosofía hermética, ese milagro que aconteció en al-Ándalus con todas sus excepciones, y que Ramón Llull ejemplifica a la perfección en su obra con una salvedad ya señalada: su espíritu de cruzada.

¿De verdad se ha entendido el mensaje de Ramón Llull? Un canto a la universalidad es un ejemplo en todo tiempo y lugar. Y un ejemplo es un espejo que muestra en todo momento las salidas del laberinto…si se tienen ojos para ver y oídos para oír. En Occidente se continúa demonizando el Islam, o cuando menos mostrando por regla a esa minoría violenta repudiada en casi todas las naciones musulmanas por contradecir los valores sagrados del Noble Corán. Pero más allá se explicar todo ello como el efecto de una causa –la destrucción demoledora de Iraq, Libia, Siria, Afghanistán…para usufructo del petróleo, arrasando a unas poblaciones a las que despojamos de sus derechos humanos- también podría explicarse desde el púlpito de los medios de comunicación a unas masas ya descreídas de todo, lo que supuso el Islam para la recuperación del legado de la Antigüedad Clásica en Europa –vía España, sobre todo; algo en Sicilia, y apenas a través de Bizancio. O cómo una inmensa mayoría de la población musulmana condena los atentados en Europa o donde fueren porque no se identifica con esa minoría violenta. O, sobre todo, de qué modo cristianos, musulmanes y judíos comulgamos con los pilares de amor, paz y sabiduría sobre los que ha de erguirse una civilización que presuma de anteponer el diálogo, el respeto a la diversidad y la convivencia, por encima de intereses macroeconómicos completamente ajenos a nuestra voluntad. Eso mismo que hoy clamaría Ramón Llull desde un púlpito, un libro, o un micrófono.

Ahora, como entonces, sería una voz en el desierto. Sí. Pero los acontecimientos de la Historia van estrechando cada vez más los muros del laberinto en el que nos vemos abocados. Y la globalización está mostrando cada vez con mayor denuedo la necesidad de practicar cada uno dentro de sí mismo eso que reivindicó Llull basándose en el sufismo: que no hay mayor combate que el que uno efectúa contra sus propias sombras, y que esa alquimia interior se logra con dos astros luminosos en el cielo del microcosmos: el sol del amor universal, y la luna de la sabiduría. Sólo con ambos podremos emerger de las tinieblas de esta noche oscura del alma por la que atravesamos cada individuo y cada nación en este momento crítico de la Historia. Sobre ambos pilares fue construido el Templo del Universo, y como es Arriba, es Abajo. El sol y la luna todos los días nos lo recuerdan. Y Teseo una vez más sólo podrá salir del laberinto gracias al hilo de oro de Ariadna. Es decir, la sabiduría que brilla en el polvo áureo de esa semilla de amor con la que fue creado el Árbol del Universo. Y decir amor es manifestar la necesidad de crear equilibrio, armonía, salud y paz en las relaciones entre los individuos y los estados independientemente de su religión…El mundo globalizado exige cada vez más sembrar esa semilla en el escenario.

Ángel Alcalá Malavé es colaborador de Webislam

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1 Comentarios

Emilio Astier dijo el 11/01/2016 a las 18:12h:

bellisimo texto,muchas gracias


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