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El sufismo cristianizado de Ramón Llull (1)

Análisis esotérico del Libro del amigo y del Amado y del Libro de la orden de caballería

21/12/2015 - Autor: Ángel Alcalá Malavé - Fuente: Investigación del autor
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Llull fue una de las figuras más avanzadas de los campos espiritual, teológico y literario de la Edad Media
Llull fue una de las figuras más avanzadas de los campos espiritual, teológico y literario de la Edad Media

Aunque la obra magna y luminosa del místico español Ramón Llull (Mallorca, 1232-1315) aún no ha sido publicada en su totalidad, sí conocemos de ella lo suficiente como para poder afirmar que toda ella estuvo enormemente influida por el sufismo y la filosofía árabe, más de lo que él pudo permitirse reconocer en una época dominada por el espíritu de las cruzadas, sí, pero en la que los sabios de las distintas religiones supieron nutrirse de la savia de la filosofía hermética para que, amparados por ese Árbol de Sabiduría que cantan sus ramas, pudieran todos adorar a un mismo Dios y profundizar en el conocimiento de unas mismas leyes sagradas que explicaban al Creador, lo creado y sus criaturas.

La España andalusí fue espejo de este escenario exterior e interior, y la vida de Ramón Llull–que en puridad se llamó Raymund, es decir, Raymundo- ejemplifica perfectamente este hecho, pues nació apenas unos años después de que Mallorca fuera conquistada por las tropas de laCorona de Aragón, y el futuro “Doctor Iluminado” tardó nueve años en aprender la lengua árabe para empaparse de todos los manuscritos que tuvo a su alcance, consciente de que la luz que emanaba de ellos podría resplandecer en las conciencias de todos los cristianos si eran adecuadamente vertidos desde su prismadoctrinal. Y ésa es una de las mayores paradojas de su obra, y también, de la propia España actual: que no duda en reconocer la inmensa sabiduría de un místico y sabio nacido en su suelo siempre y cuando sea cristiano, pero que aún niega esa evidencia si ese místico o filósofo –inseparable ambos términos en aquellos siglos- fue musulmán, como sucede con todos los sabios andalusíes. Pues con los de ascendencia hebrea –ahí IbnGabirol o Mainónides- parecen existir menos problemas.

En este artículo vamos a desentrañar las claves sufíes de dos libros de Llull: el Libro del amigo y del Amado, y el Libro de la orden de caballería. Pero como quiera que ambos no pueden estudiarse por separado de toda su obra, ya avanzamos la influencia de los filósofos de los que bebió, dejando para estudios posteriores la demostración de ese influjo en sus otros tratados, como ese Árbol de la Ciencia que constituye de por sí una enciclopedia de saber universal y que refleja casi en su totalidad el origen musulmán de su sabiduría. A nuestro entender, en la obra luliana influyen los siguientes filósofos:

Ibn Sabin en la Ciencia de las letras; Ibn Bayyá en su Tratado sobre el intelecto; Ibn Rushd (Averroes) en su Física; la cosmología de Maimónides, así como la de Al-Bitruyi (Alpetragio); la lógica de Ibn Tumlus; las Epístolas de los Hermanos de la Pureza, principalmente en todo lo referente a la alquimia, así como la obra toda de Yabir Ibn Hayyán; Ibn Tufayl en la visión iluminativa; el Árbol del Universo de Ibn Arabí, así como la identificación de las letras con los números y los astros que aparece en su monumental Futuhat al-Makiyya; Ibn Sina (Avicena) en el concepto de alma e inteligencia de los astros; Al-Farabí en el conocimiento de sí que supone la integración de cada esfera planetaria; y Al-Biruni en su De gradibus. Todos los filósofos citados fueron sufíes –a excepción de Maimónides, evidentemente-, pues como es sabido, filosofía y mística fueron y son inseparables en el Islam.

De modo que habría que preguntarse si esa influencia de San Buenaventura y Roger Bacon que no pocos estudiosos le han asignado a Llull, no lo fue sino por vía indirecta. Es decir, que los dos autores anteriores recibieran previamente –como es notorio- la influencia de algunos de los filósofos islámicos ya citados, como le sucedería a San Alberto Magno o a su discípulo Santo Tomás de Aquino, o a algunos filósofos de la Escuela de Chartres, gracias al trasvase cultural que se produjo en al-Ándalus. Y también es perceptible la huella del Pseudo-Dionisio Aeropagita y Sinesio de Cirene, pues en la médula filosófica de la obra luliana fluye, como ya vio Dominique Urvoy entre otros, la fuente neoplatónica y sus ríos diversos: Dios como Suprema Bondad, el dualismo del mundo, el hombre como microcosmos creado a imagen y semejanza del macrocosmos, y el regreso del alma hacia su origen celestial. De hecho, la labor de Llull consistió principalmente en trasvasar el neoplatonismo desde las claves de la religión islámica a las del cristianismo –de ahí que también fuera él llamado el “árabe cristiano”, amén de Doctor Inspirado o Doctor Iluminado.

Por eso no extraña, sino lo contrario, que se nutriera hasta saciarse de los autores musulmanes que tan profusamente reflexionaron sobre ello. Ni que, precisamente, la primera obra de Ramón Llull se llamara explícitamente Libro del gentil y los tres sabios, tratado en el que expone con un conocimiento magistral de las tradiciones islámica y hebraica –fue un perfecto conocedor de la Cábala-, cómo un pagano es ilustrado por tres sabios pertenecientes a las tres religiones que durante siglos habían habitado su tierra española. Y no, aunque Llull fuera un cristiano confeso, no se decantó explícitamente por el cristianismo como religión verdadera, pues su protagonista no elige a ninguna de las tres confesiones, y sí aprende cómo coinciden en principios básicos sobre la existencia de un único Dios y las leyes que pergeñan Su creación. ¿Fue por ello, para evitar sospechas de la oscura Inquisición, que mostraría después a lo largo de su vida un celo misionero especial por predicar en mezquitas y sinagogas, y en las tierras del Islam, sobre todo el dogma de la Santísima Trinidad, y que para ello se valiera de las argumentaciones de su conocimiento hermético expuesto en su Ars Magna con su sulfur, mercurius y sal como trinidad alquímica?

No pocos eruditos le han negado a Llull esta evidencia de su filiación hermética, asignando a un supuesto “pseudo-Llull” todas las obras de alquimia firmadas con su nombre, cosa que también ha sucedido con otros grandísimos sabios de la cadena hermético-filosófica. Sin embargo, basta con leer atentamente sus libros no específicos de alquimia operativa para comprender que fue hijo de Hermes, y que toda la sabiduría de sus tratados aparece nimbada por sus letras de oro. Un ejemplo: en su tratado Testamento descifra en claves de alquimia operativa todo aquello que reflexiona con una profundidad filosófica rotunda en su magno Árbol de la Ciencia y su Tractatus de astrología nova. Y si a ello le unimos su profundo conocimiento de la Cábala, podemos aseverar que Ramón Llull ejemplifica el resumen de la Tradición esotérica de la Península Ibérica, una Tradición que permanece viva a poco que sepamos levantar el velo del inconsciente colectivo de España, detectar el plomo de nuestros prejuicios principalmente contra el Islam, y transmutarlo en el oro de la sabiduría.

Sí, la vida de este sabio, como la de todos los sabios filósofos que fueron hermanos del Arte, presenta dos caras: una exterior y otra oculta…cuyas vicisitudes acaso explican los vericuetos de su vida pública.

Libro del amigo y del Amado

Este libro constituye un capítulo de su novela Blanquerna, y constituye por sí mismo una unidad que expresa el diálogo de amor entre el Creador y Su criatura, una criatura –el hombre creado a Su imagen y semejanza- que realiza todos los esfuerzos por aproximarse a Él. Es decir, que lleva a cabo en su alma esa alquimia interior que no pertenece a ninguna religión sino a todas, pero que Llull quiso en este breve tratado expresarlo desde las claves propias del sufismo, pues ya en el primer folio del mismo confiesa que va a escribirlo siguiendo el método de los sufíes: “Mientras Blanquerna estaba en esta consideración se acordó de que en cierta ocasión, siendo él Papa, le refirió un moro que entre ellos había algunas personas religiosas, las cuales son muy respetadas y estimadas sobre las demás, y se llaman sofíes o morabitos, que suelen decir algunas parábolas de amor y breves sentencias que inspiran al hombre gran devoción y necesitan su exposición y por la exposición sube el entendimiento más alto en su contemplación, por cuya elevación asciende la voluntad y multiplica más la devoción. Después de haber considerado todo eso, resolvió Blanquerna componer el libro según el dicho método y dijo al ermitaño se volviese a Roma, que en breve la enviaría por su diácono el Libro del amigo y del Amado, con el cual podría multiplicar el fervor y la devoción en los ermitaños, que deseaba enamorar de Dios Nuestro Señor” (Ramón Llull, Libro del amigo y del Amado, ed. Edicomunicación, p.14, 1993).

Desde un primer momento, Llull delimita el contenido de este libro a aquellos cristianos que hubieran elegido la soledad para buscar a Dios, una minoría dentro de la multitud de los creyentes, aunque en el párrafo anterior ha afirmado: “…Dios fue servido de exaltar a la suprema elevación de sus fuerzas su alma, que le contemplaba, y sintióse Blanquerna fuera de sí por el gran fervor y devoción en que estaba; y de allí pensó en que la fuerza de amor no sigue método ni modo cuando el amigo ama fuertemente al Amado; por lo que le vino en voluntad de hacer un Libro del amigo y del amado, entendiendo por amigo cualquier fiel y devoto cristiano y por el Amado a Dios Nuestro Señor” (op. cit., p. 14). Y en esa minoría incluye a los caballeros, que existen en una proporción de uno entre mil, como aseverará en la obra respectiva: su Libro de la orden de caballería.

A lo largo de 365 reflexiones, el místico mallorquín va desplegando el modo en que pugna su alma por unirse al Amado, y dado que analizar todas ellas conllevaría un libro de por sí, resumiremos en este estudio las más enjundiosas para demostrar nuestra tesis. Quien haya leído la obra de los sabios islámicos citados podrá advertirlo tras un minucioso estudio de sus respectivas obras, pero para el lector no versado en ello, le recomendamos la lectura del magnífico ensayo En el camino sufí, del Dr. Javad Nurbakhsh, pues al confrontar ambos libros hallaremos el espejo en su reflejo hasta un punto que desborda el propio método sufí, pues diríase que Llull piensa, siente y reflexiona como un sufí, sólo que expresa esa camino de elevación del alma desde las claves cristianas que necesita abrir en el público al que va dirigido.

En las sentencias 5 y 6 afirma: “El amigo dijo a su Amado: `Tú que llenas al sol de resplandor, llena mi corazón de amor´. Respondióle el Amado: `A no estar tú lleno de amor, no derramarían lágrimas tus ojos, ni tú habrías venido a este lugar para ver a tu Amado´.”  Sentencia 6: “Tentó el Amado a su amigo para ver si le amaba perfectamente y le preguntó de dónde nacía la diferencia que hay entre la presencia a la ausencia del Amado. Respondió el amigo que de la ignorancia y el olvido, del conocimiento y el recuerdo”. Es decir, que el amor al Amado se expresa a través del conocimiento de uno mismo y del recuerdo de Sus Nombres, que se van cosiendo a la tela del corazón a medida que se van transformando los defectos en virtudes. En algunas sentencias  más que estudiaremos con atención se hace evidente que ese recuerdo se refiere a los Nombres de Dios.

Afirma el Dr. Nurbakhsh en su mencionado ensayo precisamente en el capítulo titulado La ausencia y la presencia: “En la terminología sufí, qeybat es la ausencia respecto de sí y de las criaturas, y bozur la presencia de Dios (…) En el sufismo existen dos formas diferentes de presencia: la del aliento (bozur-e dam) y la del corazón (bozur-e del). El presente del aliento es aquel que está con el recuerdo del Amado en todos sus alientos, sin desviar su atención de Él. Tal presencia origina ausencia de la gente. La presencia del aliento depende de la propia voluntad del sufí y del amor y cariño que siente por el Amado. Es una morada en la que el que recuerda y el Recordado están separados el uno del otro (…) La presencia del corazón es una morada surgida por la constancia de la presencia del aliento. Cuando, por la gracia de Dios, el espíritu es atraído con la fuerza del amor o la atracción divina y el discípulo se mantiene firme en la presencia del aliento, nace en él la presencia del corazón, lo cual conlleva la ausencia de sí mismo, pues en esta morada, el que recuerda y el Recordado se vuelven uno. Esta presencia pertenece al nivel espiritual del corazón (del). Es la morada y la etapa que origina la continua presencia del Amado en el corazón, una presencia que jamás será perturbada” (Dr. Javad Nurbakhsh, En el camino sufí, p. 38, ed. Nur, 2009).

Así pues, desde sus primeras sentencias, Llull ya apunta alto en su viaje espiritual, pero su texto puede interpretarse de varias formas en funcióndel nivel de conciencia del lector, que podrá adoptar una óptica profana, literal u oculta. Las 365 sentencias, mismo número de días que tiene un año, presentan una idea de circularidad, y por lo tanto, en este breve tratado no se ofrece el desarrollo de una idea, ni la trama de un argumento con su planteamiento, nudo y desenlace, sino las diversas perspectivas y meandros que se le ofrecen al viajero de la Senda que desea llegar a la fuente divina. Y en la mayor parte de ellas late un sufismo cristianizado, es decir, el uso consciente de símbolos, conceptos y estaciones espirituales de ese viaje de peregrinación del alma que Llull leyó en los sabios islámicos mencionados, y que posteriormente él quiso trasladarlo al cuerpo doctrinal del cristianismo, sin salirse de los esquemas neoplatónicos.

Así, más allá de las referencias al pájaro que canta de amor, de clara y evidente simbología sufí –y que puede verse, por ejemplo, en la sentencia 15-, detengámonos en la siguiente, la 16, donde dice: “Entre temor y esperanza hizo el amor su hospicio, en donde vive por pensamientos y muere por olvido, cuyos fundamentos distan mucho de los placeres y deleites de este mundo”. El alma del amigo que se dispone a volar hacia su Amado ya sabe que habrá de efectuar tres purgaciones para lograr la unión absoluta: de los sentidos (tazquiat al-nafs), del corazón (tasfiat al-kalb) y del espíritu (tajliat al-ruh), eso que la mística cristiana denominará la vía sensitiva, la unitiva y la iluminativa. Y una vez que comprende que ese camino de desapego del mundo sólo puede impulsarlo un infinito amor a Dios, sabe que sus pensamientos cobran vida propia, y que ha de “desasirse de toda cosa criada” –como versificará siglos más tarde San Juan de la Cruz, también embebido de los sufís-, por lo cual el pensamiento debe evitar posarse en las ramas que le apeguen al mundo.

Porque no basta la voluntad, es preciso comprender la lógica de este proceso de alquimia interior, de purificación del alma, de transmutación de las sombras en luces. Eso lo deja claro en la sentencia 18: “El amigo preguntó al entendimiento y a la voluntad cuál de las dos era más cercano de su Amado. Y corrieron los dos, y el entendimiento llegó mucho más presto a su Amado que no la voluntad”. Y en todo lo creado ve el amigo la huella del Creador: “Cantaba el pájaro en el vergel del Amado; vino el amigo y dijo al pájaro: `Si no nos entendemos por la habla, entendámonos por amor; porque en tu canto se representa a mis ojos mi Amado” (sentencia 26). Mas aquí existe un guiño evidente a ese lenguaje que ya aparece en el Noble Corán (27, 16) o en la Biblia como dominado por el Rey Salomón: el lenguaje de los pájaros, que en alquimia sería también denominado la “lengua diplomática”. Y sobre la pertenencia del linaje sagrado a la cadena hermética ya nos habló Yabir Ibn Hayyán o el propio Ibn Arabí en sus Fusus al-Hikam (Los engarces de la sabiduría). Como veremos, no será el único guiño al Arte hermético.

Mas la invitación a unirse al Amado, a purificar el alma, se lanza como un sedal de plata a todos los hombres que desean salir del naufragio de la Caída para retornar al océano del amor. ¿Cuáles son las condiciones para entrar en ese camino, en esa senda? Llull lo explica en su sentencia 32: “Las condiciones del amor son: que el amigo sea sufrido, paciente, humilde, generoso, solícito, confiado, y que se arriesgue a grandes peligros para honrar a su Amado; y las condiciones de su Amado son: que es verdadero, liberal, piadoso y justo para con su amigo”. Y el propio Llull se pregunta dos sentencias después por qué es necesario ser sufrido y paciente: “Dime pájaro que cantas de amor, ¿por qué mi Amado me atormenta con amor, puesto que me ha recibido para servidor suyo? Respondió el pájaro: `Si por amor no padecías trabajos, con qué amarías a tu Amado?”. Porque desapegarse de los placeres y deleites del mundo supone aceptar como necesario el sentido de ese gemido, como revela en la sentencia siguiente, la 35: “Pensativo iba el amigo por las sendas de su Amado, y resbaló y cayó entre espinas, las cuales le parecieron rosas y flores y que fueron cama de amores”.

Obsérvese que Llull emplea a propósito el término senda, tan propio del sufismo, y no será la única vez que lo haga. Pudo emplear otras expresiones afines ya creadas en su tiempo, como vía, camino, itinerario…Pero optó por senda, y por otra palabra de claro aroma y simbolismo sufí: la rosa, para significar de qué modo se van transmutando las espinas de los defectos en pétalos de virtudes hasta que el alma arriba a la corola y despierta los carismas. Y sobre esta metáfora de la rosa como reflejo microcósmico del alma humana y de las capas concéntricas de las esferas planetarias que se han de atravesar antes de llegar al Trono de Dios ya nos habló, por ejemplo, el propio Ibn Arabí. Por eso en la Alhambra hallamos varias representaciones de rosas como invitaciones a la mística, y hasta una rosa de Ispahan en el Mirador de Lindaraxa (v. Templo celeste, templo terrestre: la Alhambra, rosa de alquimia y crisol del oro filosófico).

Otro guiño al sufismo puede advertirse en la elección de los Nombres de Dios, como en la sentencia 36: “Preguntaron al amigo si cambiaría a su Amado por otro alguno. Y respondió diciendo: `¿Cuál otro es mejor, ni más noble que el Soberano Bien, eterno e infinito en grandeza, poder sabiduría, amor y perfección?” O en la 38: “Preguntaron al amigo: ¿Por qué su Amado era glorioso?, y respondió: Porque es gloria. Dijéronle: ¿Por qué es poderoso? Porque es poder. Y ¿por qué es sabio? Porque es sabiduría. ¿Y por qué es amable? Porque es Amor”, y amor lo escribe en mayúsculas. O en la sentencia 92: “Decía el amigo al Amado que venía a su corazón por muchas sendas, por muchas se le hacía presente a sus ojos y que con muchos nombres le nombraba su habla. Mas que el amor con que le vivificaba y mortificaba no, era más que uno solo”. Nuevamente emplea el término senda. Y los Nombres son los Atributos con los que el hombre que asciende, el viajero, el peregrino, va transmutando sus sombras en luces, su plomo en oro, su ignorancia en sabiduría. Podría argüirse que también pudo influirle el libro de los Nombres de Dios del pseudo-Dionisio, y aunque esa luz es evidente –ahí la identificación del Amado con el Bien- no así la elección de los demás Nombres, dentro de un contexto con claras alusiones.

Porque el neoplatonismo es asimismo evidente, a modo de columna o eje que vertebra todos sus pensamientos, así como la mayor conciencia que va teniendo el amigo a medida que más va amando a su Amado, como expresa la sentencia 41: “Las llaves de las puertas de amor son sobredoradas de consideraciones, deseos, suspiros y llantos; y el cordón de ellas es de conciencia, contrición, devoción y satisfacción por obra; y el portero es justicia, misericordia y piedad”. Justicia, porque a medida que se asciende se van puliendo las causas terrenas en el tribunal celeste, que es pura misericordia y piedad para con ellas. El amigo lo sabe, y por eso afirma en la sentencia siguiente, la 42: “Llamaba el amigo a las puertas de su Amado con aldabadas de amor y el Amado oía los toques del amigo con humildad, piedad, paciencia y caridad. Abriéronse las puertas de las Divinidad y de la Humanidad y entró el amigo a ver a su Amado”. Primero se abren las puertas del Cielo, y después las de la Tierra, porque como es Arriba es Abajo.

Guiños herméticos

Y, tal y como sostiene la teoría neoplatónica del orden jerárquico de las emanaciones que comienzan con Su aliento, Su suspiro de compadecimiento, continúa con el Intelecto divino, el Alma del Mundo y, tras atravesar las esferas planetarias, arriba a este mundo sublunar de la corrupción y la generación. Es decir, comienza en lo más sutil y se arriba a lo más denso. Por eso la homeopatía, hija de la alquimia vegetal, cura siguiendo el criterio infinitesimal y el de curación por los símiles, como bien supo un Ramón Llull pletórico de conocimiento de alquimia vegetal que, como bien señaló Giordano Bruno, influyó decisivamente en Paracelso: Y ya vemos cómo todos ellos bebieron directa o indirectamente en los sabios andalusíes ya mencionados, más en Ibn Sina y Al-Farabí, pues todos ellos fueron hijos de Hermes, incluidos Ibn Rushd (Averroes) y su discípulo Ibn Tumlus, que le sucedió como médico del califa almohade.

He aquí una mención sutil a la tintura madre y a la esencia alquímicas a través de la mención del vino, es decir, el spiritusvini: “La misma proporción tiene la cercanía entre el amigo y el Amado que la distancia; porque como mezcla de vino y agua, se mezclan los amores del amigo y del Amado; y como claridad y resplandor se eslabonan sus amores y como esencia y ser se acercan y se convienen”. Por eso en la poesía sufí se emplea tanto la imagen simbólica del vino como esencia divina que embriaga y extasía. Dice el Dr. Nurbakhsh: “Del vino se decía que representaba el saboreo espiritual (zoq) que aparece en el corazón del sufí con el recuerdo de Dios y que lo vuelve ebrio” (op. cit., p. 151).

El mismo sentido le dará siglos más tarde San Juan de la Cruz en el canto 26 de su Cántico espiritual: “En la interior bodega/ de mi Amado bebí, y cuando salía/ por toda aquesta vega/ ya cosa no sabía/ y el ganado perdí que antes seguía”.

Y he aquí una mención a los símiles, esa ley de analogía con la que está construida el Universo, como bien analizó Ibn Arabí entre muchos otros sabios. Dice Ramón Llull: “Dime, fatuo, ¿cómo no hablas?, ¿y qué es esto en que estás turbado y pensativo? Respondió: Pienso en las bellezas de mi Amado y en las semejanzas de las felicidades y dolores que traen y dan los amores” (sentencia 76).

Y he aquí una sutil mención a ese aliento del Creador, ese Suspiro de compadecimiento por el cual toda criatura retornará un día a Su seno: “Iluminó el amor el nublado que media entre el amigo y el Amado, e hízole así claro y resplandeciente como la luna en la noche, como la aurora en la alborada, como el sol en el día y como el entendimiento en la voluntad; y por aquella nube así resplandeciente y clara se hablaban  amigo y el Amado”. Y en la sentencia siguiente hace mención a esa escala o escalera que, desde la perspectiva del amigo, ha de ascender necesariamente desde lo más denso a lo más sutil, de la oscuridad a la luz: “Preguntaron al amigo cuáles eran las mayores tinieblas. Respondió “que la ausencia de su Amado”; y preguntado cuál era el mayor resplandor, dijo “que la presencia de su Amado”.

A dicha escala de ascenso, es decir, la escala celeste de emanación desde el Trono de Dios a la Tierra  –“secreta escala”, la llamará San Juan de la Cruz en su Noche oscura del alma- vuelve a hacer referencia en la sentencia 133: “Olvidó el amigo todo cuanto está bajo el alto cielo, para que el entendimiento pudiese subir más alto a conocer al Amado, a quien la voluntad deseaba entender, contemplar, alabar y predicar”. Y no es una especulación imprecisa, con esa ambigüedad calculada para, por una parte guiñar los ojos a los hermanos en el Arte, y por otra, velar lo necesario a los profanos para que la Inquisición no lo acusara de herejía, ese miedo que acaso sacudió el alma de Ramón en el último tercio de su vida y le impelió a entrar en la Orden Tercera de los Franciscanos. Pues en la sentencia 143 menciona claramente el Arte Real –la alquimia- con estas palabras: “El amigo era mensajero del Amado para con príncipes cristianos e infieles, a fin de enseñarles el Arte y sus principios, para que pudiesen conocer y amar las dignidades de su Amado”. Pues el célebre Ars Magna de Llull sólo puede ser interpretado cabalmente desde las luces de la filosofía hermética.

Por eso el diálogo entre el amigo y el Amado es un diálogo de amor, y merced a ese amor, el amigo transmuta su alma, como bien especifica en varias sentencias, como la 152: “Juraba el amigo al Amado que por su amor amaba y padecía trabajo y penas, y por esto rogábale que le amase y se compadeciese de sus penas y trabajos. Juró el Amado que era naturaleza y propiedad de su amor el amar a todos los que le amaban y el apiadarse de todos los que padecían trabajos por su amor. Alegróse el amigo y consolóse en la naturaleza y propiedad esencial de su Amado”.

Existe por lo tanto un perpetuo y necesariamente secreto diálogo entre el Creador y su criatura, entre el Amado y Su amigo, entre el Espejo y Su reflejo, entre el macro y el microcosmos, como se hace patente en las siguientes sentencias: “En los secretos del amigo están revelados los secretos del Amado, y en los secretos del Amado están revelados los secretos del amigo, y es cuestión cuál de estos dos secretos es mayor ocasión de revelación” (sentencia 161, véanse las 78 y 79). Pues el hombre está hecho a imagen y semejanza del Creador, como insiste Llull desde el prisma de los cuatro elementos que rigen el círculo zodiacal: “Decía el amigo: Si vosotros, amantes, queréis fuego, venid a mi corazón y encended en él vuestras lágrimas; y si queréis agua, venid a las fuentes de mis ojos, que corren en lágrimas; y si queréis pensamientos de amor, venid a tomarlos de mis recuerdos” (sentencia 173). O como afirma en la 190, donde además insiste en la ley de similitud: “Dime, fatuo, ¿de qué se hace la mayor comparación y similitud? Respondió que de amigo y de Amado. Preguntáronle la razón de esto y dijo que a causa del amor que había entre los dos”. O en la 215: “Dime, fatuo por amor, ¿por cuál cosa puedes ser más semejante a tu Amado? Respondió: por entender y amar con todo mi poder las perfecciones y hermosura de mi Amado”. Y lo tiene tan claro que en la siguiente sentencia le preguntan al amigo “si su Amado tenía falta de alguna cosa. Respondió que sí, de amadores y loadores para alabar sus valores”.

Prosigue el diálogo entre el Cielo y la Tierra: “Eclipse hubo en el cielo y tinieblas en la tierra, y por esto el amigo se acordó que la culpa había apartado por mucho tiempo a su Amado de su querer, por cuya ausencia las tinieblas habían desterrado de su entendimiento la luz, con la cual se representa el Amado a sus amadores” (sentencia 206), es decir, entre Dios y el hombre. Y dicho diálogo, como reza la máxima hermética que con tanta hondura reflexionó el neoplatonismo, se basa en el conocimiento de uno mismo, como bien ejemplifica la sentencia 184: “Elevó el Amado el entendimiento del amigo a entender a sus alturas para que el entendimiento inclinase la memoria a memorar sus propios defectos y la voluntad los aborreciese y subiese a amar las perfecciones del Amado”. Para que viendo Sus Atributos quisiéramos ser semejantes a Él.

He aquí como detrás de una reflexión física, escondía el amigo Ramón Llull sus indagaciones filosófico-metafísicas, sin salir del cuadro alquímico: “Velaba, ayunaba, hacía limosnas, lloraba e iba por tierras extrañas el amigo para mover la voluntad a su Amado a enamorar sus súbditos, para que honrasen sus honores; pero consideró el amigo que no es de la naturaleza del agua el calentar, ni subir arriba, si no es primero calentada; y por esto rogó al Amado se dignase de calentar primero con amor sus peregrinaciones, limosnas y vigilias, para que pudiese cumplir sus deseos” (sentencia 213). Porque el amigo que observa las leyes ocultas de la Naturaleza, en tanto que filósofo, recibe un conocimiento heredado, sí, pero de su propia búsqueda mística depende recibir de las inspiraciones de lo alto mayor sabiduría, como avisa en la sentencia 244: “Decía el amigo que la ciencia infusa venía de voluntad de devoción y de oración; y la adquirida venía de estudio y trabajo del entendimiento…”

Y prosigue su reflexión filosófica imbuida en las aguas del hermetismo, esas aguas sagradas que nutrieron toda la Filosofía Antigua y Medieval hasta sus últimos estertores con los neoplatónicos del Renacimiento italiano: “Del profundo abismo de la fuente de bondad y honor salieron dos semejantes en honor y valor; igualmente por el amor de los tres se inflaba el amigo; y el amor, con todo esto, no es más que uno, para demostrar que aunque sean tres Amados subsistentes, es uno solo por esencia” (sentencia 266). Otras menciones a la existencia de la trinidad en la unidad la hallamos, por ejemplo, en la sentencia 277: “El amigo veía mayor concordancia en el número 1 y 3 que en otro número; y esto, porque toda forma corporal pasaba del no ser al ser por el sobredicho número; y por eso el amigo miraba a la Unidad trina, y a la Trindiad una de su Amado, por la mayor concordancia del sobredicho número”. ¿Fue por eso que Paracelso no creyó en los cuatro humores como fuentes de todas las enfermedades, sino que ascendió un peldaño más en la escala de las emanaciones y señaló el sulfur, mercurio y sal como causa de las mismas?

Porque la filosofía hermética planea, cual Ave Fénix, por casi todas las sentencias de forma oculta, y sólo en algunas de forma manifiesta, como la 274: “Al amigo preguntaron cuáles eran los parientes de su Amado y respondió por este enigma: mi amado es un sol que nació sin Madre y una luna que nació sin Padre. Padre tiene sin Madre, y Madre, sin Padre”.  Y con ello hace referencia a la primera máxima de la Tabula Smeragdina de Hermes. Otras sentencias se descifran desde sus propias claves filosóficas, como la 271: “Los secretos de su Amado veía el amigo por la diversidad y concordancia, quienes le revelaban la pluralidad y unidad en su Amado y, por razón de mayor conveniencia de esencia, esencia sin contrariedad”. Pues todo lo diverso existente en el mundo posee una concordancia, por ley de similitud, ley que revela que toda pluralidad responde a una unidad de la que emana. Y, como especifica Llull en otras obras, en el Cielo no existe contrariedad, se resuelven los opuestos. He ahí el principio de la Unidad del Ser al que aspira todo sufí…y todo neoplatónico.

Pero la clave de ese viaje reside en el fuego del amor, insiste Llull en su sentencia 305: “Decía con altas voces el amigo: El fuego calienta, el calor alegra, su ligereza atrae hacia arriba. Así, por semejante modo, el amor abrasa al pensamiento, el amor alegra y el amor prontamente eleva a lo superior. Un amor une tres cosas y las ata fuertemente entre sí”. Y su siguiente sentencia, la 306, es toda una declaración de sufismo, seguramente emanada de sus lecturas de Ibn Arabí (¿o acaso IbnMasarra?): “Preguntaron las amigo qué cosa era el mundo. Respondió: Es libro para los que saben leer, en el cual es conocido mi Amado. Preguntáronle si su Amado era el mundo. Respondió: Sí, como el escritor en el libro. ¿En quién está este libro? Respondió: En mi Amado, pues que todo lo contiene mi Amado, por cuya causa el mundo está en mi Amado y no mi Amado en el mundo”. Y a lo largo de todo el libro, y de toda su obra, Llull deja claro que su viaje no es una mera declaración filosófica de intenciones, sino un acto de amor del que el intelecto es un mero bastón (véase al respecto en Javad Nurbakhsh, op. cit., pp. 96 y 112).

Ante la evidencia de tal profusión de guiños herméticos, cabe preguntarse por qué causa critica Llull la astrología ya en las sentencias finales del libro –concretamente la 346- con estas palabras: “Encontró el amigo a un astrólogo adivino y le preguntó qué cosa era su astrología. Él dijo que era ciencia para saber lo venidero. `Engáñaste –le dijo el amigo-; no es ciencia, sino engaño de ciencia y velo de nigromancia y fitomancia y ciencia de fingidos y mentirosos profetas, que infaman la obra del Soberano Maestro, nuncio en todo tiempo de malas nuevas; la cual reprueba y extirpa la providencia de mi Amado, que promete dar bien en lugar del mal que ella amenaza”. Sin entrar a profundizar en la teoría platónica de la Providencia sentada en la ogdóada del Alma del Mundo –que Llull conocía-, parece evidente que él, que escribió un Tractatus de astrología nova y que hace del estudio del Cielo la médula de su Arte Magno y, por ende, de casi toda su obra, no critica dicho estudio en sí siempre que se efectúe como conocimiento de sí mismo –he ahí un parangón con las Epístolas de los Hermanos de la Pureza-, pero lo ataca con dureza si se lleva a cabo como espejo de juicios fatales que anulan el libre arbitrio del hombre, o acaso, bruñidor de augurios que entorpecen el entendimiento humano para extasiarlo en el oro de un futuro prometedor que le impida laborar dentro de sí mismo para perfeccionarse. Por eso, una y otra vez habla Llull en sus sentencias de las penas, trabajos y llantos que padece por su Amado, fuente de toda gloria celeste o terrestre, como podríamos resumir aquí: “Pensativo estaba y entretenido consigo mismo el amigo, discurriendo cómo sus trabajos y penas podían tener principios en la grandeza de su Amado, que tiene en sí tanta gloria; y acordóse del sol, quien, aunque esté tan alto, se infunde todo aquí abajo a los ojos débiles” (sentencia 187).Porque esos trabajos y penas persistirán “hasta que el Amado hará de mi alma y mi cuerpo separación” (sentencia 176), es decir, hasta que se desapegue de los apetitos y glorias vanas del mundo. Por eso también insiste tanto en el amor del amigo hacia el Amado, y en el corazón, su sede, y sede de la transformación de la llama de amor viva, que diría San Juan de la Cruz. Y corazón y transformación se unen en el idioma árabe en una sola palabra: qalb.

Que bien lo supo Ramón Llull, y el propio santo de Ávila, encargado por el Vaticano para que, en tanto que prior del convento de las Carmelitas de Granada, participase en el tribunal que habría de juzgar los famosos Libros Plúmbeos, ese otro intento de armonizar las dos religiones bajo un mismo árbol de Sabiduría, como había sucedido con sus altibajos durante los siglos esplendorosos de la España andalusí, para que bajo sus frondosas ramas quedaran amparados todos los creyentes. Ese milagro que también fue posible en la Escuela de Alejandría hasta que la muerte de Hipatia cercenó la savia de la filosofía hermética y sus frutos sabrosos cual manzanas doradas del jardín de las Hespérides. Y entonces un dogmatismo cerril se impuso en las mentes de los cristianos de la ciudad por orden del obispo Cirilo, del mismo modo que un milenio después se habría de imponer en la España de los Reyes Católicos y su infausto cardenal Cisneros, que extirparon de esta tierra los luminosos cuarzos de su memoria andalusí…O como por esas mismas décadas haría en la memoria de los pueblos indígenas de América. Porque España se había encerrado en sí misma, despreciando la púrpura más granada de su ser…y ahí siguen esos manuscritos de nuestros sabios andalusíes: enterrados en bibliotecas a la espera de ver la luz pública.

Si Ramón Llull levantara la cabeza no podría entender tan gruesa ignorancia, amparada acaso por cinco siglos de prejuicios, y seguramente movería Roma con Santiago hasta lograr que fueran traducidos e incorporados a nuestro acervo cultural, para que los españoles siguiéramos dialogando con nuestros antepasados independientemente de la religión que profesaran. Y siendo ahora mayoritariamente cristianos, reivindicásemos con orgullo la luz de todos nuestros sabios andalusíes, pues en ese acto sí que daríamos muestras de haber asumido dignamente su legado de sabiduría. Porque en medio de todos los avatares históricos, eso fue el Islam en la Península Ibérica. Y ésa es y sigue siendo la médula del Islam. Reivindicar el diálogo interreligioso desde estas claves, y con el espejo de aquellos siglos, sería seguramente la labor de Ramón Llull si hoy viviera entre nosotros.

Ángel Alcalá Malavé es colaborador de Webislam



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