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Exiliados en nuestro propio país

El objetivo principal es acabar con el islam, con la Revelación genuina

11/12/2015 - Autor: Redacción CDPI - Fuente: Webislam
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¡No en nuestro nombre!

Desde Junta Islámica, con 25 años de trayectoria y en aceptable estado de salud mental como entidad  religiosa y social, nos topamos de nuevo con una de las realidades más crueles que pueden afrontar unos ciudadanos y ciudadanas europeos, ser extranjeros en su propio país. Vivimos en un modelo supuestamente democrático, con diversos poderes, un marco jurídico, legislativo, constitucional, etc.

En la historia española reciente y con la muerte del dictador, muchos de los líderes de Junta Islámica trabajaron intensamente por las libertades fundamentales. Pronto sufrieron los primeros desencantos de las bondades de la democracia, esa democracia soñada, evocada y deseada, pero de la que en realidad no se sabía casi nada.

España accedía a la práctica domada del uso de las libertades 40 años más tarde que la Europa post segunda guerra mundial y con ella descubría el uso de  la democracia representativa, la democracia del voto cada cuatro años, la política cortoplacista y, claro está, las presiones de los grandes lobbies internacionales, ya sean los ricos europeos, los ricos americanos, o más recientemente, los ricos árabes o asiáticos. Al final, de democracia poco y de determinismos justificativos, todo.

La ilusión de una idea de sociedad consciente y participativa se desmontó con la  connivencia de todos los actores ya en el poder, la paralización “sine die” de la organización de la sociedad civil fue el precio a pagar por un transición “impecable y ejemplo para todos”, y se nos convenció de que una vez que el ciudadano vota ya está todo hecho, pues en efecto estamos en una democracia.

La lucha puntual de determinados sectores afectados por graves desigualdades, dos o tres huelgas generales o las reivindicaciones nacionalistas son los únicos hitos que han recordado aquellos años en los que para todos era evidente y claro que vivíamos en una dictadura, ahora no, ahora vivimos en una democracia, ¿o no?

Existe consenso en que España ha vivido una transición en la política pero ¿y en la sociedad? ¿y la libertad religiosa?..., aquí tenemos que estar un poco más en desacuerdo:

La escenificación de la transición en materia de libertad religiosa no estuvo mal: discursos diversos sobre el fin del Concordato, aprobación de la Ley de Libertad Religiosa, nuestra querida Constitución en la que con buena mano se definieron los marcos generales de las libertades individuales y los derechos civiles, y por último y como colofón para tener a propios y ajenos contentos, la firma de los Acuerdos de Cooperación con judíos, musulmanes y protestantes.

La firma de dichos acuerdos nos permitieron pensar a todas las minorías que la tarea estaba bien hecha, que ya disponíamos de derechos generales y también específicos, eso sí, con importantes flecos sin importancia, como la cooperación en materia de financiación, la igualdad jurídica de las confesiones, la imposibilidad de promover iniciativas en el conjunto del marco institucional para desarrollar y garantizar esos derechos, sujetos solo al ámbito de lo religioso en el Ministerio de Justicia, y algún que otro etcétera, como la imposibilidad de acceder a una casilla propia en el IRPF, solo reservada a la iglesia católica, la interlocución única con el estado centralista cuando todas las competencias se encuentran descentralizadas en las CCAA, la severa custodia del desarrollo de los Acuerdos de Cooperación, por los intereses de Interior y Exteriores, y alguna pequeña cosa más, eso sí, sin ninguna importancia.

¡Menudo espejismo! Pero, a pesar de ello, nuestras convicciones democráticas,  defensoras de la legalidad, nos hacían creer que a pesar de que las criaturas hijas de los Acuerdos de Cooperación nacían cojas y mancas, nosotros, con tesón, buena voluntad, horas de trabajo voluntario y esfuerzos sin recompensa, podríamos dotar a ese cuerpo sin miembros de la capacidad de hacerse mayor, de crecer y permitir crecimiento con ello, de ayudar a comprender las bondades del sistema democrático, y transmitírselo a aquellos que, en los años 90 y de forma masiva, llegaban a nuestro país con necesidad de trabajo y sin mucha práctica de esta nuestra democracia.

Así lo creímos y así lo contamos, difundimos el Acuerdo de Cooperación, dijimos a propios y extraños que, a pesar de todo, eso estaba bien, que había que confiar en el Estado, en las instituciones, que había que creer en un islam español, ajeno a interferencias extranjeras, que como ciudadanos herederos de una hermosa tradición cultural y espiritual, con figuras del pasado tan importantes como Ibn 'Arabí, Al Gafeki, Al Hakam, Ibn Rushd,  y un sinfín de científicos, poetas y también gobernantes, se podría recoger de esa rica tradición una aportación interesante y positiva al convulso mundo de los siglos XX y XXI, alejada de las tesis wahabitas y de las visiones salafistas en crecimiento en diversos países de mayoría musulmana. Ese sí que ha sido un buen espejismo.

Desconocíamos que la construcción del nuevo eje del mal planetario se iba a cobrar una víctima cercana: El islam en general y el español en particular, y se hizo imprescindible enterrar de nuevo, en los más profundos sótanos del Estado, esa visión contemporánea del paradigma andalusí, y dejaron el hueco disponible para que las multinacionales del terror hicieran campaña en el nombre de Al-Ándalus, con la peor y más ignorante de las reivindicaciones, la territorialidad andalusí.

Al final, se ve que al poder no le viene a cuenta a la libertad, la democracia real, la construcción firmemente cimentada de la convivencia en la diversidad, todo eso se ha convertido en el principal obstáculo para que los planes de control social y las medidas policiales triunfen  sobre la razón, la conciencia y la participación social, y nadie dice nada, o casi nada, aunque observemos la cada vez más  notoria campaña mediática en torno a la demonización del islam y sus practicantes. Ha hecho falta un actor aún más potente que el creado inicialmente, Bin Laden y la primera multinacional del terror supuestamente islamista “Al Qaeda”, a la que hubo que poner fin porque el personaje no daba más de sí, y por ello acabó, según nos contaron, en el fondo de algún mar asiático. Al final no eran más que guerrilleros traficantes de drogas y armas a los que fue imposible reubicar en los escenarios de las nuevas exigencias de la globalización, aunque por desgracia en eso nos tememos que aún no está dicha la última palabra y siempre se puede reactivar la marca. El ISIS, DAESH o peor aún, el Estado Islámico, sí que encajan bien en el papel de malo con todos los recursos que se pueden imaginar para justificar el choque de civilizaciones. Pensábamos que se habían rendido, que Huntington se había quedado fuera de batalla, pero la “necesaria” guerra de Irak, el uso manipulado desde el poder de los movimientos ciudadanos de Túnez y Egipto, los más que discutibles movimientos ciudadanos de Libia y Siria dieron una gran oportunidad para diseñar y empoderar al verdadero enemigo planetario, el ISIS. Pero aun faltaba algo más, una crisis económica que permitiera  desmotar las  amplias capas medias, especialmente en occidente, donde existía mayor conciencia social y democrática, sometiendo los derechos y las voluntades a la mendicidad por un puesto de trabajo a media jornada y salarios del franquismo o peores, así como el recorte de libertades en aras de la seguridad.

El terreno estaba abonado para la representación del monstruo terrorista que, al grito de Alá es Grande, corta cuellos, dilapida, destruye patrimonio, eso sí, salvando lo que tiene valor en el mercado negro de las joyas patrimoniales, asesina inocentes y monta un ejército de kamikazes sin cerebro dispuestos a inmolarse llevándose por delante a cuantos más mejor, ofreciendo  sueldos a desempleados desesperados, desarraigados y por supuesto ignorantes de la Revelación y de las enseñanzas del Profeta Muhámmad (paz y bendiciones sobre él y todos sus seguidores), y vendiéndole a algunas mujeres la idea de una revolución en el nombre de Allah, para tenerlas luego al servicio sexual de los descerebrados y de las tareas domésticas de los cuchitriles de la guerra. Un camino sin retorno, de esclavismo del que no se puede desertar, pues eso se paga con la vida, y con una muerte horrible, dilapidadas o enterradas vivas.

También están en el tinglado el negocio de petróleo, del tráfico de armas, y todo el catálogo de actividades 'haram' muy bien explicitadas en el Sagrado Corán y en la Sunna del amado Profeta.

Pero, en esta ceremonia de la confusión, hay que repetir y aclarar todas las veces que haga falta que el objetivo principal es acabar con el islam, con la Revelación genuina, con la bondad de ese mensaje y la constante actualidad espiritual como mensaje de liberación personal y social, conectado con todas las Revelaciones, la de Jesús con su mensaje de amor y reconciliación, con Juan Bautista, que anunciaba esa liberación, con María, portadora del símbolo de la importancia de las mujeres frente al  patriarcado, y de igualdad entre hombres y mujeres, así como con un largo etcétera dentro y fuera de la tradición de los Pueblos del Libro.

Esto es lo que quieren destruir, y conseguir que nuestra espiritualidad se torne en mero ritualismo, en costumbre, en vacuidad al servicio del poder, en catecismo de bondades y maldades seguidas al pie de la letra, en consumo religioso sin conciencia crítica, sin reflexión, sin inteligencia, borreguil en el peor sentido, pues los corderos son conscientes de Allah como lo es toda Su Creación, y se someten al sacrificio por ser éste voluntad de Allah o por el bien de otros, aunque eso a ellos, a los borregos, no les importa.

La nueva vuelta de tuerca es el denominado Pacto antiyihadista, con un plan estratégico escrito como una carta a los reyes magos, como si la estructura del Estado estuviera preparada para valorar y participar en la detección de casos de radicalización, sin los derechos fundamentales desarrollados a nivel local, con alcaldes y concejales conviviendo en el mejor de los casos con los principales tópicos sobre el islam y sus seguidores (atrasados, machistas, fanáticos y por supuesto antidemocráticos), pues ellos, estos representantes públicos, el Estado quiere que sean su filtro para detectar y neutralizar el radicalismo. También pretenden que los musulmanes y musulmanas en España nos convirtamos en un brazo más de los Cuerpos de Seguridad de Estado para observar, vigilar y señalar a otros hermanos que supuestamente se están radicalizando, y eso se puede detectar con signos como: el crecimiento de su barba… el largo de sus faldas…el color de sus hiyab… que quizás cumplen con sus 5 oraciones…que van a las mezquitas a rezar al menos los viernes… que tienen casetes con recitaciones del Corán…que llevan a sus hijos a las mezquitas a aprender árabe y Corán…. que hablan de las bondades del Islam como un bien  para toda la humanidad. ¿Dónde está el manual que va a guiar a propios y ajenos en ese camino de “detectar” al radical? Esto es delirante.

¿Acaso todos los organismos involucrados en el Pacto contra el terrorismo no tienen más que hecha la radiografía social del radicalismo en España, dónde están y cuáles son los voceros de los discursos supuestamente islámicos, por cierto, alimentados económicamente por países e ideologías que promueven una visión del islam esclerotizada y descontextualizada de los problemas y retos de las sociedades del siglo XXI? Pero eso no es suficiente, nos quieren involucrar en la caza de brujas, volvemos a la Europa pre fascista, a las persecuciones indiscriminadas, a delatar a los vecinos, compañeros de trabajo, etc.,  por envidia, rencillas personales, desconocimiento y sobre todo por islamofobia pura y dura, dando vía libre a todo el potente movimiento de extrema derecha en Europa dispuestos a combatir el islam y a los musulmanes como su nuevo eje de lucha contemporánea, que ya les ha permitido tener lobbies en todos los niveles de gobierno de las instituciones europeas y de los países miembros, y mientras, las víctimas, las mayorías musulmanas siguen cayendo y sufriendo en todo el planeta, víctimas inocentes de todo este montaje político e ideológico, hombres y mujeres, niños y niñas, ancianos y ancianas, personas desplazadas, muros de contención levantados democráticamente, recortes de libertades en aras de la seguridad, derechos amordazados, personas perseguidas, muertas en muchos casos por el mero hecho de “ser diferentes”.  Esta no parece una buena foto de la sociedad que pretendemos legar a nuestros descendientes.

¿Vamos a seguir dando palos de ciego reforzando exclusivamente las políticas represivas y de control? ¿de verdad que no vamos a abordar de una vez por todas lo único que  puede acabar con el radicalismo? Señores del gobierno de España, tenemos un marco jurídico, una interlocución institucional, una estructura asociativa del islam en España y un discurso común sobre el islam de nuestro tiempo que puede neutralizar y combatir ese radicalismo que tanto nos preocupa a todos. Solo necesitamos cooperación, de la de verdad, con compromiso, con implicación de todas las instituciones en desarrollar los derechos civiles de las minorías, con la normalización de la libertad religiosa en todos sus ámbitos, con la igualdad en las ayudas económicas en todas los asuntos de interés común, en una interlocución que se refleje y diversifique en las distintas realidades autonómicas del Estado, en definitiva, en realizar política democrática en todos los ámbitos de la ciudadanía, y para eso sí estamos dispuestos a trabajar, a coordinarnos, a cooperar y ayudar a hacer desaparecer de nuestro mundo la lacra de la violencia y la intolerancia.

¡No a la guerra!

¡No en nuestro nombre!

Por la dignidad, la justicia, los derechos ciudadanos y la Democracia.


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