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Guerras y yihadismo: mundanas razones, divinas excusas

La guerra no es la solución, sino la base de todos los problemas. Hemos escuchado demasiadas veces las “mundanas razones” que justifican la guerra y las “divinas excusas” que justifican el terrorismo

15/11/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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Guerras y yihadismo

La fe es una restricción contra la violencia, no permitas que ningún creyente cometa actos violentos”.
Muhammad (sas).
(Abu Dawud).

El mejor duelo por las víctimas de terrorismo, el más sincero, es hablar de la paz; pero antes, como en la gran novela de Tolstoi, hay que hablar de la guerra. Solo así podremos, posteriormente, decir: NO a la guerra.

No voy a volver a repetir que el Islam no justifica, no permite, no ensalza, no promueve, sino que condena la violencia y el terrorismo. El siglo XXI es, gracias a Internet, el de la interacción abierta entre millones de personas y el ruido es tal que nadie verdaderamente lee, escucha, rectifica o reflexiona. Todo el mundo “sabe”, sabemos, lo que pasa, y es por ello fácil hablar, explicar o justificar el caos en que viven muchos países de mayoría musulmana. Resulta incluso sencillo, desde un cómodo sofá, decidir y planificar intervenciones militares para luchar contra el extremismo islámico a miles de kilómetros, en exóticos lugares que se denominan Siria, Iraq, Egipto, Libia, Pakistán, Afganistán…; países identificados como una sociedad (musulmana) homogénea, atrasada e incapaz de transformarse, interactuar y responder a las acciones que desarrollan “allí” los países occidentales.

Y si responden, deberían hacerlo siendo agradecidos. Recordemos cómo gracias a occidente y a su intervención en 2003 el pueblo iraquí se libró del dictador Sadam Husein. El millón de muertos, los 3,5 millones de refugiados, la división sectaria del país entre shi’as y sunnis, la persecución de minorías religiosas y el colapso económico, político, cultural e institucional parecían el precio justo que la sociedad iraquí pagaba por su libertad. Nada más lejos de la realidad, como acabamos de ver en París. Tras ver sofocada y extinguida, por poderes económicos y financieros, la esperanza de una primavera árabe; Iraq ha canalizado el inmenso sufrimiento e injusticia de esta guerra con más muerte, más destrucción, más violencia, es decir, con el Estado (anti)islámico (ISIS). Una obviedad que finalmente Tony Blair ha reconocido recientemente en una entrevista en la CNN: “sin la Guerra de Iraq, no existiría ISIS”. Una confesión que nos confirma lo que ya sabíamos: las armas de destrucción masiva que justificaron esa guerra no estaban allí, sino que “alguien” las puso allí, posteriormente.

Afganistan, Pakistan, Siria, Libia, Egipto, Túnez, Nigeria, … los errores se repiten. El drama continúa y se amplía. Antes era allí, ahora es aquí, pero la víctima es siempre la misma: la pluralidad y diversidad de una sociedad civil aniquilada por grandilocuentes discursos geopolíticos e hipócritas interpretaciones religiosas que comparten el mismo objetivo: el poder, el dinero. Qué fácil ha resultado desprestigiar al Islam y a los musulmanes utilizando el adjetivo: “islámico”, cuando lo que se debería haber hecho es analizar el alcance y ambiciones de lo sustantivo: “Estado” y estudiar cómo se financia y a quién vende el petróleo, cómo difunde su ideología en internet, cómo se organiza internamente y cómo consigue el armamento; algo que ya propuso Putin hace casi un año en una conferencia internacional.

Y sin embargo, el gran drama en esta triste historia no es solamente la disolución progresiva de la pluralidad sino, muy especialmente, la deshumanización creciente que afecta a unas sociedades contemporáneas desprovistas de toda mirada compasiva y solidaria ante el dolor ajeno. No somos personas, sino categorías: “musulmán/occidental, incrédulo/yihadista, sirio/francés, europeo/inmigrante, sunni/shi’a” hábilmente manipuladas a través de discursos victimistas: “nos han atacado / nos han invadido” y supremacistas “somos mejores”. El objetivo último de esta deshumanización es crear una identificación grupal y despertar un sentimiento de venganza, frente a ataques reales o imaginarios, que facilite convertirnos en drones teledirigidos hacia la guerra y el combate o, al menos, en espectadores impasibles ante asesinatos e injusticias ajenas.

"La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti".
John Donne,
Devotions Upon Emergent Occasions


Tras analizar las reacciones a los atentados recientes sufridos por Bagdad, Beirut, París, Iraq, Nigeria, Yemen o el avión ruso derribado en la península del Sinaí, algo me hace sospechar que hemos interpretado a Donne en sentido restringido: las campanas solo doblan por nosotros, por nuestros “nuestros” muertos, porque no estamos ligados a la humanidad por la paz, sino por la guerra.

El pánico que sufre la población civil en muchos países musulmanes llega a Europa como un boomerang tiñendo de sangre nuestra cotidianeidad. La guerra ya está aquí: “se trata de un acto de guerra”, ha afirmado François Hollande tras los atentados de París. La cuestión ahora es qué podemos hacer como ciudadanos para evitar caer de nuevo en la “trampa afgana”, que retroalimenta ataques terroristas e intervenciones militares, al mismo tiempo que alejamos a los buitres populistas que sobrevuelan nuestros muertos con objeto de alimentar su campaña electoral.

Tras 14 años de intervenciones y guerras en diversos países árabes, sabemos que los tanques, los drones o los bombardeos no impulsan la paz, ni la estabilidad, sino que destruyen países y sociedades, crean monstruos como ISIS y provocan millones de refugiados, convirtiendo el Mediterráneo en una gran fosa común y a nuestras casas en objetivo directo de los terroristas. Groucho Marx lo explicó muy bien: “inteligencia militar son dos términos contradictorios”. Seguir otorgando la primacía en la resolución de los conflictos a la solución militar, siguiendo la doctrina Bush tras el 11S, solo puede explicarse por la poderosa influencia de la industria armamentística: el 3% del PIB mundial se dedica a gasto militar, mientras casi la mitad de la población mundial, 2.800 millones de personas, vive con menos de dos dólares al día.

La ingenuidad no es por tanto decir no a la guerra, sino decir sí a la intervención militar. La guerra no es la solución, sino la base de casi todos los problemas. Hemos escuchado demasiadas veces las “mundanas razones” que justifican la guerra: paz, democracia, estabilidad, derechos humanos; y las “divinas excusas” que justifican el terrorismo: es un mandato coránico, los enemigos son infieles, los terroristas suicidas irán al Paraíso. La guerra se defiende, torpemente, con valores seculares en occidente y un vacío radicalismo religioso en oriente.

Todo es mentira. Mundanas razones y divinas excusas, cínicas máscaras que, a lo largo de la historia, han ensombrecido el mundo y sembrado de violencia y corrupción la Tierra, ocultando sus espurios intereses materialistas. En las guerras del s.XXI, sólo han cambiado los métodos. Las nuevas tecnologías y el uso de drones difuminan la realidad y convierten la guerra en un videojuego, en la crónica de una muerte anunciada emitida por you tube. La guerra es un juego y el juego es, cada vez más, la guerra.

Esta vida de aquí no es sino distracción y juego, pero la Morada Postrera, ésa sí que es la Vida. Si supieran....” (29:64). Y agregó Muhammad (sas): "¿No querrías, Oh Omar, que este mundo fuera suyo, y el otro nuestro?"

Maravilloso mundo sería este si, como me dijo un sheikh muy sabio, la única guerra fuera contra el ego. Medito sobre ello cuando de pronto, noto una ligera brisa y alzo la vista al cielo. Allí descubro el vuelo del halcón blanco que me susurra un bello hadith:

¿Qué tengo que ver con este mundo? Soy como un peregrino que se refugia bajo la sombra de un árbol y luego reanuda su camino”.
Muhammad (sas).
Ahmad 1/391, At Tirmidhi (2377).


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