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50 Cuentos Universales para Sanar tu Vida

Todos los habitantes de esta isla de los sueños eran reales. No se podía fingir una mascarada tan bien orquestada

01/10/2015 - Autor: La Taberna del Derviche - Fuente: 50 cuentos universales para sanar tu vida
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cuentos

Hace algunos años visité a un noble maestro sufí que tenía su “monasterio” al norte de la isla de Chipre, en Lefke. El avión aterrizó sin problemas en el aeropuerto de Larnaca y Eyub, el taxista que nos ayudaría a cruzar la frontera que separa la zona ocupada por Turquía, tenía todo dispuesto. El maestro Sheij Nazim al Haqqani nos esperaba en su isla.

Cuando llegamos, fuimos conociendo a los peregrinos que poblaban el lugar. Algunos había que se echaban a temblar y a llorar durante la oración, gimiendo palabras incomprensibles para cualquiera. Otros sencillamente eran turistas que buscaban experiencias. Algunos, sin embargo, esperábamos la instrucción que diera un golpe de efecto a nuestras vidas.

Mehmet, el cocinero, me secuestró tras mi primer encuentro con Sheij Nazim, invitándome a ayudarlo en su labor mientras bailaba al son de las canciones de su transistor, todas de Alabanzas a Dios, subiendo el volumen del aparato hasta que Baba Tazim, el encargado de la derga, venía a regañarle.

Husein era el ser más extraño de todos. Su talla menuda y esquelético cuerpo, unido a un total desencanto por este mundo, que mostraba vistiendo ropas harapientas, junto a su mirada baja, su larga barba negra y sus enigmáticos rituales, le hicieron el foco de mi atención desde el primer momento, presintiendo en su figura algo del Aliento Divino.

Así, cierto día, quise probar su naturaleza y me propuse tentarle ofreciéndole una notable cantidad de dinero. No obstante, él me miró a los ojos y dijo: – Si quieres hacer algo por mí, pon ese dinero en la caja que hay junto al comedor, donde cada uno echa lo que puede para colaborar en el mantenimiento de este lugar. ¡Ponlo ahí en mi nombre! -

Día a día me iba percatando de que en ese lugar no había trampa ni cartón. Nadie pregonaba lo que no era. No te pedían que hicieras nada, las cosas fluían y tú podías fluir con ellas, si querías. El dinero no estaba presente y nadie quería oír hablar de él. Todos los habitantes de esta isla de los sueños eran reales. No se podía fingir una mascarada tan bien orquestada ¡Era imposible! La luz del alma era visible en este poderoso y mágico enclave de la tierra.

Embriagados por el Amor Divino, por las noches, el grupo de viajeros españoles, tras las enseñanzas de Sheij Nazim, íbamos a una tetería cercana para conversar sobre lo que habíamos oído, intentándolo guardar con tinta en el papel. Y fue uno de esos días, distanciándome algunos metros del grupo, sumido en mis reflexiones, que tuve una visión.

Junto al sendero que desembocaba en la casa de Sheij Nazim, vi a un hombre joven con barba larga que conducía un gracioso borriquito, mientras, su mujer, de rostro inmaculado, iba subida a lomos del pollino, montándolo de medio lado. Sus miradas estaban cargadas de amor, paz y humildad.

Al pasar a su lado, me saludó amablemente, como está prescrito dentro de nuestra costumbre. En aquel momento, un sentimiento muy extraño inundó mi alma, entonces vino a mi mente la figura de la Virgen María y San José, y me maravillé con la visión de sus rostros. No obstante, ellos siguieron su camino hacia Belén y yo continué el mío, guardando estos misterios en mi corazón.

Mis compañeros, que me llamaban desde lo alto de la vereda, cuando les pregunté si habían visto a aquella pareja, encogieron los hombros y yo no quise insistir. Ya me estaba acostumbrando a vivir rodeado de milagros.

Días más tarde, deseando agradecer a nuestro maestro el alojamiento, la comida, y sus enseñanzas, me ofrecí para trabajar recogiendo fruta en uno de sus huertos, y cada día, después de desayunar, pasaba toda la mañana en la monótona y tediosa tarea de recolectar limones, hasta que cierto día, Baba Tazim me llamó y me dijo:

- Dice Sheij Nazim que, a partir de ahora, quiere que recojas solamente los frutos más bellos, los que no tengan ninguna imperfección. Da igual si son uno, dos, o media docena, pero sólo los más bellos -

Encantando con la tarea, comencé a observar los frutos uno a uno, dejando los que tenían algún defecto. Con presencia plena, admiraba los encantos de estos y notaba los defectos de aquellos. Así, fui consciente de una belleza que antes no había sabido ver. La comida me supo mejor, el aire me pareció más fresco y agradable, y el cansancio pronto abandonó mi mente y mi cuerpo.

En poco tiempo alcancé esta realización y me absorbí en el éxtasis del trabajo consciente, disfrutando de todos los segundos del día sin dejarlos escapar. La labor siempre fue la misma, pero mi mente había cambiado. Mi manera de ver el mundo evolucionó. ¡Ese fue el trabajo del maestro! Así puedes reconocer a un verdadero Gurú de quien no lo es.

Pasaron los días y poco a poco fuimos recogiendo todos los limones de los árboles. Los que antes habíamos descartado, al cabo de algunas semanas parecían haber recobrado la belleza, y cuando estuve listo para regresar a casa, antes de partir, me despedí de Sheij Nazim, sabiendo que mi corazón por fin había encontrado a uno de los maestros espirituales más grandes de este tiempo.
 


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