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¡Pedro, soy yo, tu sistema nervioso! 1

Soy ese sistema integral que, como una cadena, conecta cada órgano de tu cuerpo

02/10/2015 - Autor: Irfan Yilmaz - Fuente: Revista Cascada
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Los nervios tienen la capacidad de autorrepararse, y la articulación continuará ejerciendo sus funciones normales.

Querido Pedro, he venido a despedirme. Ya conoces bien ese refrán que dice, «hay que dejar lo mejor para el final». Yo soy el más importante de todos los órganos y sistemas que han estado hablando contigo. Soy ese sistema integral que, como una cadena, conecta cada órgano de tu cuerpo. De la misma manera que tus venas se extienden para llevar nutrientes y oxígeno a cada parte del cuerpo, yo también me ocupo de todo tu organismo, sin dejar el más mínimo espacio sin atender. Estoy informado de todo lo que ocurre dentro de ti. Si un diminuto insecto se posa en tu brazo, yo lo capto inmediatamente. Yo te hago ser consciente de esa pequeña gota de sudor en tu frente.

Y puedo provocarte un poco de dolor para informarte de algún malestar en tus órganos internos y te aviso para que busques ayuda médica.

A pesar de todo, me resulta difícil explicar cómo soy. Cuando escuchas el término «sistema nervioso», la referencia inmediata son esos grupos de células llamadas neuronas. Estamos hablando de una enorme cantidad de células cuya complejidad no tiene parangón en toda la creación. Los sistemas nerviosos principales, que se hallan muy próximos entre sí, se ubican bajo el cráneo, en las ramificaciones de mi sistema y en el sistema nervioso secundario; este último se extiende por varias regiones del cuerpo. Nos llevaría demasiado tiempo describir cada región y cada grupo específico de mi sistema, aunque así podría describir las funciones perfectas y maravillosas que cada uno de ellos desempeña dentro de tu organismo. Sin embargo, trataré de abordar el tema brevemente, para no aburrirte. Te pido me disculpes si hablo más de la cuenta. Estamos hablando del órgano más maravilloso creado por Dios, así que es inevitable que existan algunos puntos complejos que necesiten cierta aclaración.

En vez de permitir que cada una de mis secciones te hable individualmente, voy a hablar por ellas desde mi papel de «cerebro». Será más fácil que comprendas este sistema si lo dividimos en dos. Una parte soy yo y el sistema nervioso que encabezo; podemos describirlo brevemente como el tálamo, el hipotálamo, el cerebelo, la médula espinal y la espinal dorsal. La otra parte es el sistema nervioso periférico que parte del sistema nervioso central y se ramifica por todo el cuerpo, como un cableado telefónico de fibra óptica. Además del cerebro y de sus dos hemisferios, existe otra área menor, conocida como tronco encefálico. El cerebro y sus hemisferios cerebrales, así como las secciones del tronco encefálico que están protegidas bajo el cráneo (cerebelo, médula, tálamo e hipotálamo) son muy importantes. La médula espinal, que forma parte del sistema nervioso central, no está en el cráneo, sino dentro de las vértebras con las que constituyen la espina dorsal. Debido a su conexión con el sistema nervioso central, cualquier lesión de la espina dorsal es de alto riesgo.

Aunque el daño a las regiones del cuerpo relacionadas con el sistema nervioso central puede causar parálisis o un desorden funcional un determinado órgano en cuestión, tal incidente no pone necesariamente en riesgo la vida.

El corazón y el sistema circulatorio ya te hablaron de sus maravillas; las venas se jactaron de medir más de 120,000 kilómetros —como dar la vuelta al mundo tres veces—. Pero los nervios tienen una longitud aproximada de 763,200 kilómetros, que equivale a un viaje de ida y vuelta a la Luna; los nervios que están distribuidos por diversas partes de tu cuerpo miden 400,000 kilómetros, mientras que la longitud total del sistema nervioso central es de 364,800 kilómetros. Casi 200,000 señales pasan simultáneamente por una sola célula, lo cual significa que, en cada momento, pasan miles de señales por millones de células mías en todo tu cuerpo, fluyendo desde el sistema nervioso central a todo el cuerpo para regresar de nuevo al sistema nervioso central. Mi sistema cuenta con unos 30 millones de células aproximadamente; 10 millones de ellas se encuentran en mi corteza, 10 millones en el cerebelo y el resto forman la estructura de los nervios y otras secciones. El cerebro de una mosca contiene 100,000 células y el de una rata 10 millones respectivamente. El número total de conexiones y puntos de contacto (sinapsis) que mis 30 millones de células usan para enviar y recibir señales alcanza los 100 trillones. El número de combinaciones que estas conexiones pueden establecer para enviarse señales entre sí es más grande que el número de átomos existentes en el universo. Al comenzar a producirse una idea o pensamiento, el número de células que se activan oscila entre 10 y 100 millones y, según sean la profundidad e intensidad de la actividad, estas cifras pueden aumentar hasta alcanzar valores inmensos. Cada segundo se intercambian cuatro billones de señales entre los hemisferios izquierdo y derecho. Cuando eras un embrión, con sólo unas semanas de gestación, mi composición era en un 92 % agua. Al nacer, la proporción de agua era 90 %. Y al alcanzar el desarrollo total, la proporción de agua permanece en 77 %. ¿Te imaginas, Pedro? ¡Un setenta y siete por ciento agua y el resto formado por elementos diversos! Nuestro Señor Todopoderoso me sitúa en tu cabeza y, conmigo, tú, la mayor de Sus creaciones, abre paso a civilizaciones, a formidables inventos y descubrimientos. Por medio de mí (y esto es lo más importante), tú logras la habilidad de contemplar y alcanzar a tu Creador. Conmigo tú eres capaz de reconocer la sabiduría que existe en toda la creación. Las señales eléctricas de los órganos sensoriales —ojos, oídos, nariz, lengua, piel— son transmitidas en diversas ondas por células receptoras y llegan a ti por medio de la vista, el sonido, los olores y el sabor. La evaluación de todo lo que tú haces pasa por mí; pero tú no eres consciente de ello. Cuando caminas, comes, hablas o duermes, la información que recibo de cada parte de tu cuerpo es evaluada y recibe una respuesta. ¡Querido Pedro! ¿Podría un sólo núcleo de una sola de mis células existir por sí mismo?

El Señor me ha creado de forma tan magnífica que tú tan sólo eres consciente de una pequeña parte de mis misterios. Cada una de las secciones que te he mencionado cumple una función específica y vital. Te las voy a explicar brevemente. El cerebelo es el centro nervioso que controla la armonía del equilibrio y el movimiento muscular.

Esta zona no cuenta con sentido de percepción, así que es imposible cambiar voluntariamente las funciones de esta región. La médula oblonga o bulbo raquídeo piramidal, conecta la médula espinal con el mesoencéfalo y el puente troncoencefálico; este último constituye el otro extremo del tronco del encéfalo, que enlaza, mediante un agujero situado en la parte posterior del cráneo, con la médula espinal y así se introduce en la columna vertebral. Aquí existe una abundancia de centros nerviosos que regulan diversas actividades autónomas del sistema nervioso, tales como el ritmo cardíaco, la respiración y el proceso digestivo. Es también el centro que controla los reflejos y donde se regula el ambiente o condición interior del cuerpo. Este centro, junto con el cerebelo, controla también el movimiento y coordina las señales nerviosas de los órganos internos. Además, aquí también se controlan otras actividades tales como la emoción y el sueño, en colaboración con el hipotálamo.

El tálamo se ubica entre el tronco del encéfalo y los hemisferios cerebrales y funciona como un punto de unión o estación de relevo. Esta sección reúne todas las señales enviadas por los receptores sensoriales —excepto aquellas que vienen de los receptores olfativos— y envía estas señales a la corteza que refleja la información; también cumple ciertas funciones con relación a algunas sensaciones conscientes como el dolor, el tacto y el sonido, además de participar en los cambios sensoriales que tienen lugar durante la eclosión de los sentidos en la consciencia, así como en la regulación del sueño y la atención. El hipotálamo, que se ubica debajo del tálamo, es un centro importante que controla las sensaciones sexuales y las de dolor, placer, hambre y sed, así como la presión sanguínea, la temperatura y otras funciones de los órganos internos. También desempeña la importante labor de regular la liberación de hormonas. Las fibras nerviosas que acceden a este centro, donde se ubica una red muy compleja de nervios, que proceden del bulbo olfativo, el tálamo y el lóbulo frontal, llegan al sistema nervioso autónomo, a la formación reticular de la sección del tronco y al lóbulo posterior que hay detrás de la glándula pituitaria (hipófisis). La glándula pituitaria produce hormonas que estimulan la secreción en la sección anterior, así como las hormonas oxitocina y antidiurética, que son almacenadas y liberadas por la pituitaria posterior.

El conjunto de fibras nerviosas que conecta los dos hemisferios cerebrales es conocido como cuerpo calloso. Debido a que las fibras nerviosas se cruzan y cambian de dirección en la médula, el lado izquierdo del cerebro controla tu lado derecho y el derecho controla tu lado izquierdo. A pesar de que mis dos hemisferios parecen ser un reflejo de sí mismos, existen diferencias en las funciones de ambos. Por ejemplo, el hemisferio izquierdo controla el habla; la región que controla tu percepción de orientación se encuentra en el hemisferio derecho. Mientras que usas el hemisferio izquierdo para realizar ciertas acciones que deben realizarse en un orden específico —tales como sumar y restar o abotonar una camisa—, el hemisferio derecho lo usas para pensar con imágenes —(como, por ejemplo, visualizar el recorrido de tu casa al supermercado. Si el cuerpo calloso que conecta mis dos hemisferios no existiera, no habría comunicación entre ambos; en ese caso, aunque pudieses leer la palabra «pez» no serías capaz de visualizar en tu mente la imagen de un pez.

El cerebro, esa masa de color gris con arrugas y dobleces que cubre la parte superior de mis hemisferios anatómicos, se denomina corteza o materia gris; la materia de color más claro que se ubica debajo, en la región donde se encuentran los axones (prolongaciones de las neuronas), se llama materia blanca. Mi corteza, compuesta de seis capas de células, es el centro que recibe y analiza las señales sensoriales y controla el movimiento voluntario de los músculos, además de ser el centro de actividades tales como el aprendizaje, el razonamiento y el recuerdo. Mis dos hemisferios, el punto focal de actividad consciente y de pensamiento que forma el cerebro, constituyen el 85 % de todo el cerebro. Cuando tú naciste, mi peso era de 400 gramos; pero crecí con tanta gran rapidez que cuando cumpliste un año de vida ya pesaba 800 gramos. Al cumplir los 4 años mi peso alcanzaba los 1,200 gramos. Sin embargo, mi peso dejó de aumentar así, tan deprisa, después de los siete años y cuando llegues a cumplir los veinte, mi peso será entre 1,379 y 1,434 gramos aproximadamente. Tras la juventud, mi peso comienza a disminuir un gramo cada año, de forma que, al llegar a los setenta y cinco años de vida, seré menor que cuando tenías veinte. La razón de esta disminución de peso es que mueren o dejan de funcionar diariamente aproximadamente unas 50,000 neuronas, a partir de los veinte años de edad. Las células de los cartílagos, los huesos, la piel, los ligamentos y el hígado, se dividen, regeneran y aumentan en número; sin embargo, las células nerviosas que forman parte de mí continúan multiplicándose hasta que alcanzan una cifra determinada para ti, al formarte en el vientre de tu madre; entonces pierden la habilidad de dividirse. Si ocurre algún daño, las funciones relativas a esa zona fallan porque las células de esa parte han muerto. Entonces surge la pregunta: si ya no hay un aumento en el número de células, ¿por qué el peso del cerebro sigue aumentando hasta los veinte años de edad? Veamos. Es verdad que no aumenta el número de células pero sí hay un incremento en el número y en el crecimiento de la conexiones entre las células; y por esta razón aumenta mi peso. Y, claro, existen nutrientes que se agregan para estimular estas conexiones. Con la edad, estas conexiones comienzan a disminuir. Con cada experiencia que vives, con todas las cosas nuevas que aprendes u observas durante tu juventud, estas conexiones crecen en número y, en consecuencia, esto aumenta mi capacidad de pensamiento y raciocinio.

Si tú mantienes tu cerebro activo mediante la lectura, la escritura y otras actividades sociales hasta una edad avanzada, estas conexiones siguen creciendo. Incluso si disminuyen mis células, serás capaz de continuar tus actividades habituales sin perder ninguna de las funciones cerebrales. Pero en cuanto dices «basta, ya es hora de parar», mis células comienzan a retirar sus conexiones inmediatamente y, al poco tiempo, sentirás la diferencia en mi capacidad. Las células de mi sistema nervioso central no pueden repararse si experimentan algún daño o lesión. Sin embargo, si el grueso de mis células del sistema nervioso periférico no está dañado, sí que es posible la reparación.

Gracias a esta característica especial, si se rompe un brazo, pierna o dedo, puede arreglarse por medio de una microcirugía. Los nervios tienen la capacidad de autorrepararse, y la articulación continuará ejerciendo sus funciones normales. El aspecto visible de esta cualidad se encuentra en los nervios de los brazos y las piernas pero no en el cerebro o en la espina dorsal. Es la cubierta que cubre este manojo de nervios la que transmite las señales para que las células crezcan. Ni siquiera con las técnicas más avanzadas, ningún cirujano podría coser las fibras nerviosas rotas. Sin embargo, gracias a la cubierta que las mantiene unidas (como el plástico que recubre un cable eléctrico), la articulación dañada puede ser repuesta. Y con ayuda de esta cubierta exterior, cada una de esas de fibras (¡cientos de fibras!) crece un milímetro cada día y en un período de entre un mes y un año, comenzarán a funcionar de nuevo.


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