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La compasión y el silencio de los corderos

El gran desafío consiste en desenmascarar la impostura de un refinado Hannibal Lecter que pasea con vanidad su inteligencia y poder, ajeno a los crímenes que comete por su falta de compasión

17/09/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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Cuando el discurso te engañe, quédate en silencio. Cuando el silencio te engañe, habla.
Bishr bin al-Harith

¿Han dejado ya de llorar los corderos, Clarice?
Hannibal Lecter

 

Resuena en el mundo con toda intensidad el eco de la pregunta formulada por Hannibal Lecter a la agente Starling, Clarice, en la famosa película “El silencio de los corderos”. Los corderos, alegoría simbólica de cualquier víctima, siguen balando lastimosamente cada noche antes de ser sacrificados pero, a diferencia del sufrimiento lúcido que manifiesta Clarice, no se produce ningún trauma, nadie intenta salvarlos, mueren en la oscuridad cubiertos por el silencio. Descansen en paz.

Mientras tanto, toda la atención terrenal es acaparada por Hannibal Lecter, brillante psiquiatra y arquetipo de la personalidad exitosa en el s.XXI, si bien tímidamente exagerada, que se expresa de forma dual a través de una exquisita educación, modales y extraordinaria inteligencia, pero también mediante un cultivado canibalismo gastronómico y un carácter sociópata obsesivo. El ocaso de la divinidad trae consigo el triunfo de unos ídolos que comen hígado humano con habas a la vez que se deleitan escuchando Mozart, cinismo muy propio de intelectuales, políticos y líderes mundiales. Carentes de toda ética, ejercen su poder, forma refinada de violencia, negando sistemáticamente uno de los principales atributos divinos: la compasión, despreciada como debilidad mental y posible medio de contagio de enfermedades sociales como la marginación y la pobreza. Sin Dios, aspiramos a la felicidad que Groucho Marx definía como la de las pequeñas cosas: un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna… a costa de unos corderos que, no hay que preocuparse, ya desde los tiempos del primer profeta de las religiones monoteístas, Abraham, (o Ibrahim) (as), nacieron para ser sacrificados.

La historia de Abraham (as) es en realidad un fecundo árbol cuyas múltiples y milenarias ramas ofrecen deliciosos frutos para el buscador de la verdad primigenia que se muestra en su pureza esencial. El sueño en el que Abraham (as) se visualiza a sí mismo, sacrificando a su primogénito e único hijo Ismail (as), lo interpreta como un mandato de Dios. A pesar del dolor, se apresta a llevarlo a cabo tras informar a su amado hijo de sus visiones y recibir el dulce y paciente consentimiento de este. Cuando se dispone a clavarle el cuchillo, escucha: “Oh, Abraham!, has cumplido ya el propósito de la visión!” (37:104), lo que interrumpe el sacrificio llenando de gozo el corazón de Abraham (as).

La primera pregunta que nos plantea esta historia es: ¿fue un sueño, o realmente un mandato de Dios? En segundo lugar: siendo Abraham el iniciador de las religiones monoteístas, encarnando la destrucción física e ideológica de la adoración a los ídolos, ¿no simbolizaba Ismail (as) su mayor ídolo, es decir, el apego a la vida terrena a través de la descendencia, y debía por ello destruirlo?

Las preguntas flotan en el aire atrayendo la atención del halcón blanco que con su vuelo nos recuerda que tenemos alas y podemos elevarnos. Nos explica el maestro:

“El sacrificio de Abraham, no es una prueba de amor a Dios, ni el absurdo sacrificio del hijo que no se entiende, credo quia absurdum est. Según Ibn Arabi, Abraham (as) interpretó que el sueño era un mandato divino, de “su” dios, pero en el momento previo al sacrificio se produce el grito de Dios, con mayúscula, irradiando en su corazón la revelación de un Dios Compasivo, al Rahman, que no existía anteriormente. Dios se muestra por primera vez como el amor de un padre a su hijo, el de Abraham a Ismail (as), un amor visceral que queda entretejido en las propias entrañas de sus criaturas. Ibn Arabi continúa explicando que fue entonces cuando Abraham (as) se dio cuenta de que Dios era el Compasivo, el Dios del Amor. Finaliza Ibn Arabi la reflexión sobre esta historia con una conclusión: “la medida de tu conocimiento de Dios, es la medida de tu amor”, porque el conocimiento de Dios no se fundamenta en tu razón, tus especulaciones, sino en tu amor. Hay que amar para comprender rectamente”.

Al alejarse el halcón blanco se instala en el corazón la certeza de que el gran desafío para la humanidad, más allá de las guerras, la paz, la lucha contra la pobreza, el cambio climático... consiste en desenmascarar la impostura de un refinado Hannibal Lecter que pasea con vanidad su inteligencia y poder en este mundo, ajeno a los crímenes que comete por su falta de compasión. Solo cuando caiga su máscara al suelo, y todos los habitantes de este pequeño planeta azul nos reconozcamos en ella, se revelará la compasión como irrefutable prueba de conocimiento y autoridad, al ser el atributo esencial de Dios. Hasta entonces, seguiremos escuchando a lo lejos, y sin inmutarnos, el agónico lamento de los corderos, víctimas inocentes de nuestra ignorancia divina.

 


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