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Consumismo: la muerte mística del ser

“Consumo, luego existo”. Esta pseudoreligión cree posible la liberación a través del materialismo, la banalidad y el egoísmo

10/09/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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"Los deseos te engañan, y cuando te encuentras con la realidad, te abandonan". Imam Alî (as). “Gurarul Hikam”, pag. 34.


William Shakespeare planteó en Hamlet la atormentada duda que acompaña desde tiempos inmemoriales al ser humano ante el sufrimiento: “ser o no ser”, es decir, frente al “torrente de calamidades” propio de la existencia aparece la tentación de la muerte, del “no ser”. Inmerso en la adversidad y en el olvido de Dios, el “Ser” se convierte en una temerosa resistencia, un miedoso apego a la vida al sospechar con desasosiego lo que sobrevendrá tras la muerte: “Morir es dormir... y tal vez soñar”, pero ¿cuáles serán nuestros sueños? se pregunta un vacilante príncipe Hamlet cuya desesperación coquetea con el suicidio.

Tras Hamlet, Erich Fromm nos alerta en su obra Tener o ser, publicada en 1976, sobre la deriva de la humanidad hacia el materialismo y el surgimiento de una nueva disyuntiva que atormenta a las conciencias: tener o ser. El nuevo dilema, que no deriva de una lucha entre las esencias, sino de su oposición a las carencias, al tener y poseer, ha sido resuelto a comienzos del s.XXI con una nueva filosofía que actúa como motor existencial: “Consumo, luego existo”.

Esta pseudoreligión, que promete felicidad ilimitada a través de la libertad, la abundancia material y el dominio de la naturaleza, cree posible la liberación a través del materialismo, la banalidad y el egoísmo, sustituyendo así a la dificultosa iluminación espiritual que predicaba la renuncia, el inoportuno ayuno y el abandono de los placeres de este mundo.

La ilusión materialista culmina triunfalmente el proceso de secularización y certifica la muerte de lo espiritual, encerrando a la humanidad en el claustrofóbico non plus ultra de lo terrenal y tangible. Esta negación de la esencia no supone la muerte del ego, nafs, promovida por todas las tradiciones espirituales desde el budismo hasta el Islam, sino la evidencia de la gran Ausencia, es decir, la inexistencia de Dios y, por tanto, la usurpación de lo divino por su teofanía más perfecta y también más rebelde: el elemento humano.

El hombre, convertido en dios, renuncia al desarrollo espiritual por innecesario, y centra sus ambiciones y anhelos en un progreso material que, mediante el consumo, abarca no solo lo físico y corpóreo, sino también personas, emociones, ocio, procesos culturales y políticos e incluso mercantilizadas experiencias místicas: todo está a la venta.

Los ciudadanos se convierten en consumidores, obedientes súbditos manipulados por un marketing que genera crecientes necesidades y renovadas dependencias. La ilusión de tener nos convierte además en frívolos votantes que desean asegurar su capacidad de consumo, pasando por alto injusticias, explotación, corrupción, las crecientes desigualdades o las amenazas de cambio climático. Sobre las ideologías en el s.XXI, alguien afirmó irónicamente que, si se suspirase por la paz como por un iphone 8, no habría guerras en el mundo.

En una sociedad en la que la amistad parece reducirse a tomar un café y las relaciones humanas se ven mediatizadas por vulgares prácticas de consumo alejadas de la afectividad y la creatividad, la creciente obesidad oculta otro exceso en el consumo: cada europeo y americano derrocha al año 100 kgms de comida, siendo en total 1,3 billones las toneladas de alimentos desperdiciadas cada año. Produce cierto sonrojo pensar que solo con un cuarta parte de toda esa comida lanzada a la basura se podrían alimentar 795 millones de personas en situación de desnutrición. Ciertamente, viendo las hambrunas que recorren el mundo, parece que nos duele más dar comida a otra persona, que tirarla a la basura.

Cada vez resulta más evidente que somos lo que consumimos, al generarse con el consumo una identidad, unos valores, un comportamiento e incluso unas emociones a través de la propiedad y la posesión. El consumo actúa como un aparente elemento civilizador, homogenizando identidades, prácticas culturales y recreando las ancestrales y dinamizadoras rivalidades en una bipolaridad simbólica e inofensiva: cocacola-pepsi/ macdonalds-burgerking / iphone-android / realmadrid-barça, que con su reduccionismo infantiliza e impide el nacimiento de una conciencia crítica al mismo tiempo que camufla la perversa concentración de riqueza y el aumento de la desigualdad en el mundo.

Las injusticias sociales y salariales, las catástrofes ecológicas que promovemos con nuestros hábitos descontrolados de consumo nos deberían hacer conscientes de la necesidad de promover un nuevo consumo, ecológicamente sostenible, socialmente justo... Pero resulta difícil.

Adormecido nuestro espíritu con satisfacciones fugaces y frívolas, desorientados por una exigencia de novedad que no es sino obsolescencia programada, nos vamos apagando como seres de luz. La vida ya no se vive, se consume, consumida por el consumo.

Certificada la muerte mística del ser, el consumo se alza como un potente analgésico, aunque de efímero efecto, que nos ayuda a superar la ansiedad que generan nuestras incertidumbres existenciales y las dudas que, como a Hamlet, nos atormentan en momentos de infortunio.

Enamorados del ego, y confundidos con él, quedamos encadenados a nuestras adicciones consumistas, meros reflejos de nuestras bajas pasiones. La consecuencia es fatal: no es posible matar al ego. La muerte no traerá por tanto el despertar del creyente, del mumîn, sino las pesadillas de Hamlet.

Fatigados, caminamos torpemente, intentando liberarnos de nosotros mismos, de las cosas, ambiciones y pensamientos inservibles que acarreamos, cuando, sorpresivamente, aparece el halcón blanco, el Maestro, que al reconocer nuestro deseo nos dice:

Encuentra Lo que amas y pide que te mate”.
Ya Mumit, ya Mumit!
Como le respondió Rabia Al Adawiya a un santo varón que durante 40 años no dejó un instante de corregir a su nafs: “Tu mayor pecado es seguir vivo”.
Entonces comprendes por qué al Mumit (el Destructor, el que quita la Vida) es uno de los más bellos de Sus nombres"
.

Muhammad (sas): “Muere antes de morir

موتوا قبل أن تموتوا

Mutu qabla an tamutu
 


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1 Comentarios

Francisco Recajramre dijo el 31/12/2015 a las 20:05h:

No he conocido a nadie que no le guste consumir. Todos llevamos un burgués dentro de nosotros, y el que diga que no, es un hipócrita.


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