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Abdelkarim Carrasco, en el maqam de la agusticidad

“¿Acaso no he de ser yo un siervo agradecido?”. Profeta Muhammad (sas)

06/09/2015 - Autor: Mehdi Flores - Fuente: Webislam
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De las muchas enseñanzas que recibí de nuestro querido amigo y maestro Abdelkarim una de las que más me gusta es el concepto que él acuñó de ‘agusticidad’, concepto que resumía magistralmente en una frase: ‘el estar a gustito’; idea esta que sobrepasa con creces la expresión más  corriente de ‘estar a gusto’ debido a esa pizca de cariño e íntima complicidad que le añade el diminutivo a toda palabra española que se deje. Y es que con Abdelkarim se estaba siempre a gustito.

‘Tenemos que querernos’ solía decir. 'Dios nos ha puesto en este mundo para disfrutar de su adoración y la adoración no es otra cosa que el reconocimiento de Su existencia y la gratitud por los dones que nos da en esta vida y nos tiene prometidos para la venidera'. Esa era en esencia su manera de entender y vivir el islam, desde la simplicidad de haber entendido que Dios nos ama infinitamente y que, aunque no lo entendamos a veces, quiere solo nuestro bien y que esa verdad es suficiente para postrarse agradecidos. Pues la esencia de la adoración, de la ‘ibada, es el agradecimiento. Y agradecer significa apreciar, recordar, los regalos que el dueño de la creación nos hace a cada instante. Y es eso lo que Abdelkarim designaba con ‘estar a gustito’, sentirse queridos por Dios, mencionar Su hospitalidad, mostrarse en todo momento agradecidos. ‘Tenemos que estar a gustito’ - nos explicaba - porque este mundo es la casa de Dios y somos sus invitados. Y el estar a disgusto en Su casa, ¿no es una falta de cortesía hacia nuestro anfitrión?'

Esa certeza de ser invitados de Allah en este mundo fundamenta todas las reglas del adâb islámico y Abdelkarim era una hombre de adâb del que estaba adornado en grado excelente y con sus más bellas cualidades.

Los últimos días que tuve el privilegio de pasar en su compañía gocé de mucho tiempo para hablar y orar juntos. Sabedor de que el momento del encuentro con su Señor le rondaba, rezumaba una serenidad y una dichosa aceptación que conmovían a cuantos le trataban. ‘Ni el cáncer mata ni el médico cura – repetía a quien se interesaba por  su estado -. La decisión solo pertenece a Dios y ¿cuál de sus dones rechazaremos? ¿Acaso no sabe Él mejor que nosotros lo que nos conviene y nos nos ama Él más de lo que pretendemos amarnos nosotros?’

Era uno de los riyâl, esos seres humanos que han llegado a la estación de la ruyulía, que es la de la madurez espiritual. Abandonado a la voluntad de Dios en toda circunstancia, Abdelkarim era, en su naturaleza esencial, un siervo agradecido. Y sabemos que Allah se desvive de amor por sus siervos agradecidos y les ha preparado una dicha inmensa.

En los umbrales de su agonía pude despedirme de él por teléfono y tuve el consuelo de decirle cuánto lo quería - “ya lo sé”, se esforzó en responderme - y agradecerle su amistad y su guía en este mundo. Nos despedimos con un amoroso 'hasta pronto' y poco más tarde me comunicaron que había fallecido rodeado de su familia y sus amigos repitiendo incesantemente “¡Al hamdulillah!”, ¡alabado sea Dios!.

La noche antes de su óbito un hermano que desconocía por completo la gravedad de su estado, lo vio por dos veces en un sueño lúcido en compañía de su amado Mansur con un semblante bellísimo y  envueltos en una luz  paradisíaca. Sé que allí donde le hayan llevado las caravanas de la religión del Amor, que es la que profesaba, habrá encontrado ese maqam de la agusticidad que sabía le estaba reservado desde siempre y para siempre y ruego Allah el todo Misericordioso que nos reúna de nuevo con él para continuar este viaje juntos, pues el camino, como el Amado, es infinito y la buena compañía es ya un adelanto de la recompensa, 'que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero'.


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