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La ceguera no está ciega: ve a Dios, sin saberlo

Sólo el corazón es capaz de reconocer la Realidad divina, ya que no es material, sino sensible, y no pertenece al mundo de las formas, sino al de las luces

03/09/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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“Creo que nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven". Ensayo sobre la ceguera". José Saramago.

 

¿Acaso no han viajado por la tierra, de forma que sus corazones adquieran sabiduría, y sus oídos puedan oír? ¡Pues, ciertamente, no son los ojos los que se vuelven ciegos --sino que se vuelven ciegos los corazones que encierran los pechos!

Sura 22: 46. Al-Hach (La Peregrinación)


Hace tiempo que, como en los libros de Haruki Murakami, la televisión a veces se enciende sola, en un bar sin gente, en un salón sin libros, en un rincón sin luz. Las pantallas emiten aceleradas imágenes que todos miran, pero que nadie realmente ve. Las pupilas de los televidentes no trasladan ninguna emoción, no se encogen, no se dilatan, permanecen fijas en un punto que se extiende hasta perderse en un infinito y deshabitado vacío: el yo.

El yo, como ojo que no ve, que no capta la realidad profunda de las cosas, la esencia luminosa que esconde el secreto de la creación. Un yo que ciega con su egotismo al alma y la hace perderse en la oscuridad del mundo. Sobre esta oscuridad decía Ibn al-‘Arabî: «el mundo es la sombra (zill) de lo Absoluto». Es por ello que, si bien a través del mundo, de esta sombra que nos envuelve, se podría ciertamente conocer la existencia de Dios, como consecuencia de su Luz, como signo de su Majestad, el actual estado de ceguera que sufre la humanidad impide diferenciar la Luz (Dios), de su sombra (mundo).

En el Quran, Evangelios y otros libros sagrados, existen abundantes menciones a la ceguera, como alegoría de la incredulidad, y referida tanto a los no creyentes como a los hipócritas, quienes, a la incapacidad de ver suman la voluntad de ser vistos, lo que constituye una doble ceguera y un imposible retorno.

La ceguera se contrapone así a la fe, un don de Dios que abre las puertas a la comprensión del mundo y al conocimiento a través de la visión interior. Esta visión interior, basîra, capaz de visualizar las realidades sutiles que se esconden tras las apariencias materiales, se produce mediante el órgano de la percepción, que no es el ojo, sino el corazón. Sólo el corazón es capaz de reconocer la Realidad divina, ya que no es material, sino sensible, y no pertenece al mundo de las formas, sino al de las luces. Cuando penetramos realmente en él, descubrimos el ojo interior que se asoma al universo y nos recuerda que el Amor que nos conecta con nuestros seres queridos quedó prendido en el corazón como camino de vuelta a Él.

Cuántos ciegos serán precisos para hacer una ceguera” se preguntaba José Saramago en “Ensayo sobre la ceguera”, una magnífica novela que, según sus palabras: “plasmaba, criticaba y desenmascaraba a una sociedad podrida y desencajada”.

Cuántos ciegos serán precisos para hacer una ceguera”, repite el eco cruzando valles, subiendo montañas, atravesando mares, recorriendo desiertos… ansiando infructuosamente poder encontrar a alguien que pueda ver. En vano. Se hunde en el pesimismo de ver un mundo poblado por personas ciegas, “mitad indiferencia, mitad ruindad”. No es verdad, responde alguien: “Todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío”.

Cuántos ciegos serán precisos para hacer una ceguera”, repite el eco, ya afónico, cruzando un Oriente Medio envenenado por el odio, navegando en un Mediterráneo lleno de cadáveres… En vano. Le consume la desesperación y piensa: “Las imágenes no ven, equivocación tuya, las imágenes ven con los ojos con que las ven, sólo la ceguera es ahora para todos”.

Sus fuerzas le abandonan y comienza a perder toda esperanza de encontrar a alguien que pueda ver cuando, inesperadamente, desde una pequeña localidad costera, un sabio que perfuma sus palabras con el Recuerdo del Amado le responde: “la ceguera no está ciega: ve a Dios, sin saberlo”.


Tiniebla es el mundo entero, que sólo lo ilumina
la manifestación de Allah.
Quien, al contemplar el mundo, no vea a Allah en él
o cerca de él o antes o después de él, aún carece de luz.
Para él los astros del conocimiento están cubiertos
por las nubes de lo creado

Ibn Atta Allah
Kitab al Hikam
(Libro de la Sabiduría)


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