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Sueña, cree, vuela...

Reflexiones. Sueña, cree, vuela. Estas tres palabras tienen una resonancia, una verdad, una pureza

28/08/2015 - Autor: Linda Oatman High - Fuente: Revista Cascada
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Sueña, cree, vuela...

Sueña. Cree. Vuela. A mis cincuenta y cinco años, este es el lema de mi vida. Sueña, cree, vuela. Estas tres palabras tienen una resonancia, una verdad, una pureza. Como autora de libros para lectores adolescentes, le di estas tres palabras a uno de mis personajes, y estas tres palabras se convirtieron en su mantra. Mi personaje tenía dieciséis años; yo tengo más. El lema funciona para las dos. Mi personaje tenía esas palabras tatuadas en su piel; yo las llevo tatuadas en mi alma. Sueña. Cree. Vuela.

El primer paso para alcanzar un objetivo es soñar. Tienes que ver, tienes que soñar, necesitas creer. La fe y el fervor hacen su necesario trabajo y el trabajo te proporciona las alas. El viento bajo esas alas es el sueño, la creencia, la necesidad del logro.

Se nos ha dado una vida. Algunos de nosotros tenemos una vida fácil, algunos otros dura. Algunos ríen mucho, otros lloran. Algunos son valientes, otros no. Algunos viven muchos años, otros solo unos pocos. A mis cincuenta y cinco años he visto a muchos amigos abandonar esta tierra, y he aprendido que tenemos que aprovechar no sólo el momento, sino también nuestros sueños. Tenemos que aprovechar nuestros sueños, aferrarnos a ellos, sin olvidar jamás aquello que esperamos lograr en este mundo.

Necesitamos aprovechar primero, y creer después. Necesitamos creer con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todo nuestro ser. Cada uno de nosotros se dota con la magia necesaria para hacer que las cosas sucedan. Somos capaces de resistir, somos fuertes y tenemos el poder en nuestro interior. Si soñamos y creemos en esto, efectivamente, podremos volar.

He querido escribir comenzando por aquello que puedo recordar. Mi primer recuerdo de la escuela primaria es en la biblioteca, tomando de la estantería un libro rosa de Mary Poppins. Mary Poppins podía volar, y esto me hizo creer firmemente que yo también podía hacerlo.

Pasaron muchos años, sin embargo, antes de obtener mis alas. No había dificultades ni dolor, sufrimiento ni lucha. Solo días de trabajo duro, y noches de preocupación. Había noches oscuras donde no podría ver las estrellas y días en que trataba de creer que la vida podría llegar a ser más fácil con el tiempo.

Un escritor llamado Edouard Bourdet dijo en 1927 «Cuando un hombre puede observarse a sí mismo sufriendo y más tarde es capaz de describir lo que está pasando, esto significa que ha nacido para la literatura». Muchos años después, sus palabras le hablan al alma de esta escritora.

1989 fue un año difícil. Tenía 31 años y mi lema en aquel momento podría haber sido «¡Aguanta ahí!». Mi coche fue embestido en julio por un conductor ebrio, que me dejó herida y abandonada en la cuneta, con el automóvil destrozado, y una fe en la humanidad hecha pedazos. Él fue a la cárcel y yo me fui a mi casa para recuperarme.

Dos meses más tarde, la madre biológica de mi hijastro lo dejó en nuestra puerta. Tenía seis años, y sus únicas pertenencias en este mundo estaban en una bolsa de basura llena de sus posesiones terrenales. Se despertaba llorando todas las noches. Viendo a mi hijo de seis años de edad, fruto de un matrimonio anterior, no podía comprender cómo el corazón de una madre podía llegar a ser tan frío.

Dos meses después de que mi hijastro estuviese viviendo con nosotros, quedé embarazada de forma inesperada. Aún no tenía coche y estaba en tratamiento por lesiones persistentes en el cuello y la espalda producidas por el accidente. Vivíamos en la pobreza. Mi hijastro estaba dolido y confundido. Y yo aguantaba ahí, aguantaba ahí, aguantaba ahí y aguantaba ahí.

A mitad de mi embarazo contraje un eritema infeccioso, una forma de sarampión. Hubo un brote en las escuelas primarias de nuestra zona, y la comunidad médica no estaba segura en cuanto a los efectos de la enfermedad en mujeres embarazadas. Me hicieron una prueba de ultrasonido de nivel dos, y los médicos me dijeron que podía ser «cautelosamente optimista» en cuanto a la salud de mi bebé. Sin embargo, tendría que realizarme una prueba de ultrasonido semanal. Si el feto contraía la enfermedad o mostraba signos de anemia, sería necesario someterme a una transfusión de sangre intrauterina. Me dijeron que los riesgos eran muerte fetal y aborto involuntario. ¡Oh, por favor, por favor! ¡Aguanta ahí!

El día antes de que nuestro bebé saliera de cuentas, mi esposo John vino a casa del trabajo llorando. Era agosto de 1990 y la recesión causada por la Guerra del Golfo dio lugar a su despido laboral permanente en la construcción, donde había trabajado durante toda su vida. Fue la primera y única vez que le ví llorar. Su corazón estaba roto.

Nuestro hijo nació: un bebé perfectamente sano y hermoso. Estábamos encantados, a pesar del hecho de que John no tenía trabajo y que vivíamos en una caravana estrecha con tres hijos: el suyo, el mío y el nuestro.

Yo escribía en un periódico y en una revista, pero había estado tratando en vano de entrar en el competitivo mundo de los libros para niños. «Tal vez debería conseguir un trabajo de verdad», le dije. «Renunciar a ese loco sueño de escribir libros.»

«Insiste», dijo John. «¡No te rindas!». ¡No te rindas! Otras tres palabras a las que aferrarse. Así que no lo hice. No me di por vencida. Me quedé en casa y escribí mientras criaba a nuestros hijos y me aferraba firmemente a mis esperanzas. Rogaba por tener fuerzas para seguir escribiendo a pesar de los obstáculos y las inciertas posibilidades. ¡No te rindas! ¡Aguanta ahí! ¡No te rindas!

Varias semanas después del nacimiento de nuestro hijo Zach, John vio un anuncio en un periódico local: «Antiguo Granero: Gratis para quien lo quiera».

John se quedó con el granero, y pieza por pieza encontró un mercado para los materiales. Vendió todos los tableros y vigas, ventanas, puertas y veletas. Ahora el granero viviría otros cien años más en cientos de lugares diferentes. Fue el comienzo del negocio propio de John, pero todavía no teníamos mucho dinero. Una escritora y un recuperador de graneros empleado por cuenta propia, más tres niños, forman una ecuación que no siempre paga sus facturas puntualmente. ¡No te rindas! ¡Aguanta ahí!

Cuando Zach tenía dos meses empecé a escribir una novela para niños pre-adolescentes. Trabajaba con una máquina de escribir antigua y ruidosa, utilizando la mesa de la cocina como escritorio. Cuando Zach dormía profundamente satisfecho, yo conectaba la máquina de escribir lejos de él. A través de la ventana de nuestra caravana podía ver el verde de la montaña Welsh de Pensilvania. Esta montaña sería el escenario del libro. El personaje principal, Maizie, era una chica que había sido abandonada por su madre. Estaba herida. Maizie tenía muchos deseos, pero la vida le resultaba difícil. Yo sabía que estaba utilizando trocitos de mí misma. Aún así, Maizie tenía esperanza. Algún día, de alguna manera, todo mejoraría. ¡No te rindas! ¡Aguanta ahí!

El libro Maizie se publicaría cinco años después, en 1995. Mientras tanto, comencé a escribir un libro con imágenes basado en el trabajo de desmantelamiento y reciclaje de los viejos graneros de John. El libro, El Salvador de Graneros, se publicó en 1999 y fue reconocido por la American Library Association’s Booklist Journal como el Primero de la Lista y como Mejor Libro de Imágenes de 1999. También fue elogiado como Libro Destacado en las Artes del Lenguaje por el Consejo Nacional de Profesores de Inglés, así como preseleccionado para el Premio Bill Martin Jr. Picture Book en Kansas y para el Premio Keystone State Reading. Además, la revista «People» hizo una reseña del libro en sus páginas.

Desde entonces, he escrito unos veinte libros más. Volví a la universidad con cincuenta años y gané un MFA (ayuda macrofinanciera) en escritura. Viajé a Italia, para seguir con mis escritos. Enseñé en cruceros, y en un castillo medieval en una colina de la Toscana. En 2012 fui honrada en Inglaterra con un premio de relato corto y viajé por primera vez al Reino Unido, hospedándome en los dormitorios de la Universidad de Oxford. Sueña, cree, vuela.

En algún momento, en el tránsito entre los cuarenta y nueve y los cincuenta años, me presenté a la Universidad de Vermont y fuí aceptada, y fue ese el momento en que cambié el lema de mi vida. Todavía creo en «¡Aguanta ahí!» y en «¡No te rindas!», pero esas palabras no tienen ya el poder, la fe ni la magia que tiene mi nueva consigna.

Tuve que conseguir una beca para poder ir a la escuela, y eso resultó aterrador. Repetía mi lema mientras me abría paso entre montones de papeles, formularios y trámites burocráticos. «Sueña. Cree. Vuela. Eres Linda Oatman High y quieres escribir. Sueña, crea, vuela. Sólo tienes una vida. Ahora es el momento de soñar, creer, volar.»

Hubo un momento en el que nuestro hijo menor atravesó momentos difíciles durante sus años de adolescencia. Lo superamos, y todavía a sus 23 años trata de encontrar su camino en la vida. Mientras sueña, cree... y un día volará.

Mis hijos ya son adultos y yo estoy envejeciendo. Tengo cincuenta y cinco años. Amo mi vida. A veces es difícil, a veces divertida, pero siempre es mi vida, y sólo tenemos una.

Ahora soy abuela, y espero inculcar las cosas que he aprendido a mis nietos. Espero que encuentren la fortaleza, el coraje y la fe necesarias para soñar. Pido a Dios que ellos crean.

Y yo sé, lo sé, en mi alma lo sé... que volarán.


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