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La Gran Mezquita de París: entre el colonialismo y los califatos

Atrapados en el inmovilismo de la falsa religión y en un fatalismo incapacitante inducido por el colonialismo, el ayer es un espejo en el que se ven reflejados los musulmanes del s.XXI

20/08/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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Lo que está prescrito para cada tiempo
se puede cumplir
pero, con las exigencias de cada tiempo
¿cómo corresponder?
Pues cada nuevo tiempo que viene
renueva también lo que Allah te exige
y refuerza Su mandato.
¿Cómo podrías cumplir
deberes de tiempos pasados
cuando hay que ocuparse de los del presente?

Kitab Al-Hikam
(El Libro de la Sabiduría)
Ahmad ibn Ata Allah al-Iskandari al-Shadhili

 

Vuelve a deleitarnos el antropólogo José Antonio González Alcantud con un brillante artículo “La Gran Mezquita de París. Un proyecto político de arquitectura mauresque en la Francia de las exposiciones universales y coloniales”, publicado en la revista de Casa Árabe, que ha atraído enormemente nuestra atención.

La detallada crónica sobre los actores, acontecimientos y coyuntura sociopolítica que acompañaron la construcción de la Gran Mezquita de París, se acompaña de sutiles comentarios realizados por un observador crítico, el propio Juan Antonio González Alcantud, con el objetivo de subrayar la teatralización que impregna este proyecto arquitectónico vaciado desde sus inicios de cualquier ambición espiritual.

Atrapados en el inmovilismo de la falsa religión y en un fatalismo incapacitante inducido por el colonialismo, el ayer es un espejo en el que se ven reflejados los musulmanes del s.XXI. Efectivamente, tras la lectura del citado artículo, flota en el ambiente la sensación de que, desde hace más de un siglo, los musulmanes no tenemos pasado, nuestra historia se reduce a un largo y prolongado presente salpicado de colonialismo, “ultraje orientalista” y ambiciones califales territoriales.

El citado “ultraje orientalista” no se refiere solamente a esa utilización de lo oriental como propicia atmósfera para los placeres sensoriales de Occidente que, según recoge el artículo, algunos contemporáneos musulmanes denunciaron molestos al ver cómo la sombra de una boîte nocturna se cernía sobre la Gran Mezquita de París. Se trata de algo más profundo, de una alteración de la realidad a través de un discurso que aspira a gobernar el Oriente árabe e islámico desarrollando ese “Nexo entre conocimiento y poder que crea “al oriental” y que en cierto sentido lo elimina como ser humano”, como bien denunció Edward W. Said en su libro “Orientalismo”.

En este sentido, y si bien en el artículo se mencionan varios objetivos que explican la construcción de la Gran Mezquita de París: homenajear la heroica lucha de los magrebíes en la Primera Guerra Mundial, canalizar la adhesión de la inmigración al Estado francés, dotar a París de un ambiente más cosmopolita y exótico, combatir la propaganda alemana entre los musulmanes (principalmente del imperio otomano)… se nos plantea la duda de si esta Gran Mezquita no habrá sido en realidad un sutil intento de esconder el incipiente Islam francés, de inmigrados o conversos, bajo una construcción arquitectónica de belleza fría y distante que no recibe el calor ni el color de los fieles musulmanes, inmigrantes y obreros, entre sus blancas paredes. Quizá el objetivo no confesado de la Gran Mezquita de París, en un país donde la única religión oficial es el Estado, no es otro que promover esa eliminación, del musulmán, del oriental, como ser humano, convirtiéndolo en una imagen, una proyección estereotipada occidental que le sustituye en la esfera pública. El Islam como arte, pero no como religión, ni ciencia, ni cultura, ni molestos musulmanes. Una hábil práctica, e incluso una política, con larga tradición en España donde se encuentran algunas de las más finas y elevadas muestras de arte islámico pero que, extrañamente, no se considera arte musulmán, ni se asocia al detestado concepto de moro, sino que es simplemente arte oriental,  exótico y, a la vez, español.

El artículo pone a su vez de manifiesto que, antes como ahora, la apertura de mezquitas en Europa obedece a una triple alianza entre intereses internos, política exterior de potencias extranjeras (léase califatos) y necesidad de afianzar el vasallaje de los inmigrantes al nuevo Estado de residencia concediéndoles una libertad religiosa para que dulcifique identidades y evite rebeliones. La mezquita, también la Gran Mezquita de París, como instrumento de control y dirección del musulmán.

Avanzando en su lectura, el texto nos afianza esa sensación de la mezquita como lugar de oración, pero también territorio. La rivalidad entre los propios musulmanes residentes en Francia, que impidió la construcción de una nueva mezquita en Marsella tras la inauguración de la Gran Mezquita de París, la observamos en nuestras ciudades. Hay mezquitas de turcos, senegaleses, marroquíes, pakistaníes, argelinos, iraquíes, egipcios… y a su vez, cada nacionalidad se agrupa en torno a una escuela y práctica islámica: hermanos musulmanes, salafis, wahabis, sufis, shi’a, sunnis…

Esta territorialidad se ha visto reforzada por los califatos de comienzos del s. XX, que actualmente operan bajo otras realidades políticas: marroquí, saudí, turco; y los neocalifatos del s.XXI, Qatar, Estado Islámico… Todos ellos promueven y financian mezquitas, con objetivos que no distan mucho de los de la Gran Mezquita de París: dignificación de las comunidades de musulmanes inmigrados, sometimiento de los fieles a las “metrópolis” islámicas que las promueven, visualización en occidente de su poder económico… Hay que tener en cuenta que la posesión y control de una mezquita es un síntoma de poder y prestigio para cualquier país o comunidad autodenominada islámica, por muy humilde y modesta que sea. Es por ello que especialmente en Europa, donde el Islam político ha silenciado a la espiritualidad islámica y las mezquitas constituyen un territorio de identidades primarias y atávicas, gran parte de las mezquitas viven inmersas en turbulencias y disidencias que provocan a su vez el surgimiento de nuevas mezquitas. La paradoja es que esa presunta multiplicación espacial de los lugares de oración, que debería conllevar una diversificación y apertura a diferentes formas de práctica y pensamiento, está aniquilando la pluralidad y promoviendo unas identidades islámicas excluyentes que, si bien se dan también en Europa, tienen sus máximos exponentes en Iraq, Siria, Libia…

El problema es siempre de base. Tal y como sucedió en París, los numerosos objetivos mundanos y geopolíticos dejan poco espacio para promover la espiritualidad y la ética islámica en las nuevas mezquitas europeas. Los musulmanes “corrientes”, alejados de los círculos de poder y de los “califatos” quedan generalmente fuera de las mezquitas europeas. La lucha contra el radicalismo yihadista consistiría no tanto en criminalizar a las mezquitas, sino en ningunear las identidades unidireccionales que promueven y abrirlas a toda la comunidad de musulmanes.

Una de las cuestiones más interesantes del artículo es, sin embargo, comprobar la aquiescencia y corresponsabilidad de los musulmanes con el colonialismo, cuestiones que nos invitan a una más sincera y duradera autocrítica. González Alcantud afirma en el texto que: “Todo el proyecto parisino de convertir a la capital francesa en un referente para el mundo islámico se beneficiaba de la debilidad de los grandes centros de pensamiento religioso del Magreb…”. Eh voilà, el colonialismo no muestra únicamente la superioridad de la metrópoli, sino las propias carencias del mundo islámico. No deberíamos por lo tanto encerrarnos en el victimismo limitándonos a criticar el neocolonialismo, sino que hay que impulsar centros de pensamiento, religioso y científico, que todo es uno.

Una anécdota esclarecedora de la política colonial “divide et impera” aplicada en el Magreb y mundo islámico, tiene lugar durante la ceremonia de inauguración de la Gran Mezquita. En ella el protocolo francés evita la presencia simultánea del bey de Túnez y el sultán marroquí, no se sabe si para evitar rivalidades o para avivarlas. La narración del autor del artículo sobre este hecho aporta un refrescante e irónico análisis cuya lectura recomendamos vivamente.

También es muy elocuente el agradecimiento en el discurso del sultán marroquí al militar y Mariscal de Francia Louis Hubert Lyautey, recogido en el artículo. Francia aparece como motor de organización y transformación del nuevo y moderno Marruecos que surge tras el sultanato jerifiano, justificando los discursos coloniales (e imperialistas) que muestran a la metrópoli comprometida con el desarrollo y el progreso de la colonia, sin otros intereses económicos y geoestratégicos. Un discurso que, a pesar de haberse mostrado dudosamente sincero con el paso de los años pone encima de la mesa la necesidad de debatir sobre las positivas aportaciones que hubiera podido aportar el colonialismo.

Me gustaría finalizar con una interesante cuestión que recoge el artículo como es el reparto geográfico y territorial de los califatos por parte de las potencias imperiales: Reino Unido promovió el califato saudí y Francia el “califato” marroquí, tal y como afirma González Alcantud en el texto: “Francia, ya lo hemos indicado, con su idea de «califato magrebí» apoya decididamente las pretensiones de su sultán de ser el «comendador de los creyentes», título que además de asegurar la legitimidad del sultán en Marruecos le otorga superioridad sobre algunos países vecinos. La pregunta que, en conclusión, podríamos plantearnos es qué potencia está promoviendo actualmente el mal llamado califato islámico, también conocido como el Estado (anti)Islámico. Porque, siguiendo el hilo del pensamiento de Edward S. Said, estoy empezando a pensar que el Estado (anti)Islámico es la culminación del gran proyecto de re-creación del musulmán como “vago, irracional, incivilizado, cruel” frente a unos europeos “activos, racionales, civilizados y sofisticados”. Y lo peor no es que los europeos hayan tomado por cierta esta ficticia recreación de lo que es ser musulmán, lo verdaderamente lamentable es que se lo hayan creído también muchos musulmanes.


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