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Los ‘Abbâdíes, señores de Sevilla

18/08/2015 - Autor: Musulmanes Andaluces - Fuente: Musulmanes Andaluces
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Los Abbadies

‘Abbâdíes (Banû ‘Abbâd, en árabe) es el nombre de una dinastía que reinó durante la mayor parte del siglo XI en la parte sudoeste de al-Ándalus, con Sevilla como capital. Sevilla, que comenzó siendo uno más de los pequeños reinos en que se dividió al-Ándalus con la desintegración del califato omeya de Córdoba, pasó a convertirse en el centro de un intento, consciente o inconsciente, de reunificación.

El desmembramiento del califato cordobés y la fragmentación política del país en beneficio de los reyes de taifas (mulûk at-tawâif) -época de aventureros y de indudable esplendor cultural a pesar de las divisiones-, fueron aprovechados por el cadi (juez) de Sevilla Abû l-Qâsim Muhammad ibn ‘Abbâd para proclamarse en 1023 como máxima autoridad en la ciudad. Era hijo de un ilustre jurista andaluz, Ismâ‘îl ibn ‘Abbâd. Cuando se arrogó el poder, comenzó por reconocer la soberanía del rey hammûdi Yahyâ ibn ‘Ali  de Málaga, pero pronto desechó esta marca de sujeción, que de todas maneras era meramente nominal. Hay poca información sobre su reino, que estuvo consagrado sobre todo a dirimir diferencias con la dinastía de los ÿahwaríes de Córdoba y otros pequeños señores del sur de Andalucía. Murió el año 1042.

Su hijo, Abû ‘Amr ‘Abbâd ibn Muhammad, fue, en el curso de su reinado de casi treinta años (1042-1069), quien agrandó considerablemente el territorio del principado de Sevilla, convirtiéndose en el campeón de la causa andaluza contra la influencia de los bereberes cuyo número había aumentado considerablemente en la época de al-Mansûr (Almanzor) y sus descendientes, quienes se habían apoyado en los africanos para sus campañas contra los cristianos y para mantenerse en el poder en Córdoba antes de la disolución del califato.

Cuando sucedió a su padre, el nuevo rey de Sevilla, que contaba entonces veintiséis años, tomó el título honorífico (láqab) de al-Mu‘tadid billâh, bajo el que es más conocido. Dotado de auténticas cualidades políticas, al-Mu‘tadid se propuso reunificar al-Ándalus. Desde su advenimiento, al-Mu‘tadid continuó la lucha empezada por su padre contra la pequeña dinastía bereber de Carmona. Al mismo tiempo, se preocupó por extender su reino hacia el oeste, entre Sevilla y el océano Atlántico: con este objetivo desafió y atacó a los señores de Mértola y Niebla. Ante los éxitos del rey de Sevilla, los otros mulûk at-tawâif formaron contra él una especie de liga enla que entraron los príncipes de Badajoz, Algeciras, Granada y Málaga. Se inició así una guerra entre la dinastía ‘abbâdí de Sevilla y la dinastía aftasí de Badajoz, que duró varios años a pesar de los intentos de mediación del príncipe ÿahwarí de Córdoba. Manteniendo su hostigamiento sobre las fronteras de Badajoz, al-Mu‘tadid desafió al señor de Huelva, de Saltes, de Silves y de Santa María del Algarbe, y acabó anexionándose sus principados.

Para justificar sus agresiones, al-Mu‘tadid afirmó estar defendiendo la causa del califa omeya Hishâm II, al que pretendía haber encontrado tras su oscura desaparición años antes. Pretendía restituir a ese seudo-Hishâm el califato cordobés, reunificado y pacificado. Para no atraerse la ira del rey sevillano, la mayor parte los jefes bereberes establecidos en las montañas del sur de Andalucía consintieron esa puesta en escena de un pretendido omeya y prestaron homenaje tanto al rey ‘abbâdí como al emir sacado a la luz por las necesidades de la causa de al-Mu‘tadid, pero al mismo tiempo cuidadosamente secuestrado por él. Pero la aceptación formal del príncipe omeya no bastaba a al-Mu‘tadid, que reunió en su palacio de Sevilla a los jefes bereberes y los hizo morir asfixiados en las termas cuyas oberturas hizo tapar. Así fue como se apropió de Arcos, Morón y Ronda.

Eso fue bastante para desatar el furor del más poderoso príncipe bereber de al-Ándalus, el zirí Bâdis ibn Habûs, rey de Granada, y que parecía el único capaz de hacer frente a al-Mu‘tadid. Abierta la guerra, la fortuna continuó favoreciendo al sevillano, que conquistó Algeciras a los hammûdíes de Málaga. Intentó apropiarse Córdoba y envió con ese objetivo una expedición confiada a su hijo Ismâ‘îl: éste quiso aprovecharse de la circunstancia para rebelarse y crear en su provecho un reino del que Algeciras sería la capital. Ese proyecto temerario le costó la vida. Y ese fue el comienzo de la carrera política de otro de los hijos de al-Mu‘tadid, Muhammad al-Mu‘tamid, que lo sucedería a su muerte: bajo las órdenes de su padre fue a prestar ayuda a los malagueños contra el rey de Granada, pero Bâdis derrotó al ejército sevillano y al-Mu‘tamid tuvo que refugiarse en Ronda desde la  que solicitó y obtuvo el perdón de su padre. Hacía ya tiempo, el rey de Sevilla había repudiado la fábula del seudo-Hishâm, de la que ya no tenía necesidad: él era el rey más poderoso e incontestable de Andalucía. No tenía más enemigos que los reyezuelos que impedían la reunificación de al-Ándalus, que. si bien eran musulmanes como él, estaban tan alejados de su ideal como los cristianos del norte de la Península.

Cuando el poderoso soberano de Sevilla murió el año 1069, su hijo Muhammad ibn ‘Abbâd, más conocido bajo el láqab honorífico de al-Mu‘tamid billâh tomó posesión de un reino considerablemente engrandecido y que englobaba la mayor parte del sudoeste de la Península ibérica.

En el segundo año de su reino, al-Mu‘tamid pudo anexionar a su reino el principado de Córdoba sobre la que habían reinado los ÿahwaríes. Ello supuso un agravio para el rey de Toledo, al-Ma’mûn. Un joven príncipe, hijo de al-Mu‘tamid, fue nombrado gobernador de la antigua capital de los omeyas. Pero, a instigación del rey de Toledo, un aventurero, de nombre Ibn ‘Ukkâsha, pudo, en el 1075, apoderarse por sorpresa de Córdoba, donde dio muerte al príncipe ‘abbâdí y a su general Muhammad ibn Martîn. Al-Ma’mûn tomó posesión de la ciudad, en la que murió seis meses después. A la vez herido en su amor de padre y en su orgullo de soberano, durante tres años al-Mu‘tamid desplegó vanos esfuerzos por recuperar Córdoba. Lo logró en 1078, dando muerte a Ibn ‘Ukkâsha y consiguió que toda la parte del reino de Toledo situada entre el Guadalquivir y el Guadiana pasara a formar parte del reino de Sevilla. Pero hizo falta toda la habilidad de su visir Ibn ‘Ammâr (el Abenamar de las crónicas cristianas) para que una expedición de Alfonso VI de Castilla contra Sevilla acabase pacíficamente mediante la aceptación del pago de un doble tributo.

Los príncipes cristianos supieron sacar provecho de las luchas sangrantes que dividían a los musulmanes en tâifas -pequeños reinos independientes en continua pugna-, y la ofensiva contra Andalucía avanzó tras el retroceso que le había impuesto el califato omeya y la dictadura de al-Mansûr y sus descendientes (los ‘âmiríes). A mediados del siglo XI, muchas de las pequeñas dinastías que reinaban en al-Ándalus -enfrascadas en rivalidades- se vieron obligadas a a buscar, mediante el pago de pesados tributos, la neutralidad temporal de sus vecinos cristianos, que, paradójicamente, eran la verdadera amenaza para su supervivencia. Los cristianos supieron aprovechar la debilidad política de los musulmanes y sacarle beneficio económico a la vez que progresaban hacia el sur. Poco tiempo antes de la sonada conquista de Toledo por Alfonso VI, en el 1085, al-Mu‘tamid comenzó a debatirse en las peores dificultades. Bajo los consejos imprudentes de su visir Ibn ‘Ammâr, al-Mu‘tamid intentó anexionar a su reino, después de Córdoba, también Murcia donde reinaba Muhammad ibn Ahmad ibn Tâhir. En 1078, Ibn ‘Ammâr se presentó ante el conde de Barcelona -Ramón Berenguer II- y le pidió su ayuda para conquistar Murcia mediante el pago de diez mil dinares; a la espera del pago de esta suma, un hijo de al-Mu‘tamid, ar-Rashîd, serviría de rehén. Después de movidas peripecias que acabaron con el pago de una suma tres veces más importante, Ibn ‘Ammâr retomó su proyecto de conquista de Murcia y lo consiguió pronto gracias a la ayuda del señor del castillo de Bilÿ (la actual Vilches), Ibn Rashîq. Pero una vez en Murcia, Ibn ‘Ammâr, de personalidad excéntrica, no tardó en hacerse intolerable para el rey de Sevilla. Tuvo que huir de Murcia, y se refugió sucesivamente en León, Zaragoza y Lérida. De vuelta a Zaragoza, intentó ayudar al príncipe de la ciudad, al-Mûtamin ibn Hûd en su expedición contra Segura, pero finalmente fue hecho prisionero y entregado a al-Mu‘tamid, quien, a pesar de los lazos de amistad que durante mucho tiempo los habían unido, lo mató con sus propias manos.

Mientras tanto, Alfonso VI ya no ocultaba su intención de conquistar Toledo, que había comenzado a bloquear desde el año 1080. Por desacuerdos en torno al tributo que debía pagar anualmente al-Mu‘tamid, Alfonso VI hizo una incursión contra el reino de Sevilla, destruyó las florecientes aldeas del Aljarafe y avanzó, por el distrito de Sidona hasta Tarifa, donde se glorificó de haber alcanzado el límite de al-Andalus.

La conquista final de Toledo por Alfonso VI fue un duro golpe para el Islam en Andalucía, ya que habría las puertas para un avance efectivo de los cristianos hacia el sur de la península. El rey de Castilla no tardó en exigir a al-Mu‘tamid la devolución de las posesiones que habían formado parte del reino de Toledo: una parte de las provincias de la actual Ciudad Real y Cuenca. Simultáneamente, aumentaba su presión sobre los demás reinos musulmanes de al-Ándalus. En todas partes, el pueblo andalusí exigía a sus príncipes que demandaran la ayuda del sultán almorávide Yûsuf ibn Tâshfîn que, en una progresión irresistible, se había ido adueñando del Magreb reunificándolo y fortaleciéndolo. Se decidió enviarle una embajada compuesta por delegados de Sevilla, Badajoz, Córdoba y Granada. Yûsuf ibn Tâshfîn decidió ayudar a los andaluces y atravesó el Estrecho de Gibraltar. Inflingió a los ejércitos cristianos aliados contra él una gran derrota en octubre de 1086 en Zallâqa, no lejos de Badajoz. Requerido en África, Yûsuf volvió a su poderoso reino. Los príncipes andaluces, que seguían envueltos en sus querellas, no supieron sacar provecho a la victoria del almorávide. Su incapacidad aumentó su desprestigio.

Tras la partida de Yûsuf ibn Tâshfîn, las tropas cristianas comenzaron de nuevo a hostigar las fronteras de al-Ándalus, y los alfaquíes presionaron de nuevo para que se volviera a requerir el auxilio de los almorávides. Al-Mu‘tamid en persona se dirigió a Marrakech para pedir a Yûsuf que acudiera en ayuda de los musulmanes en Andalucía. El sultán almorávide cruzó por segunda vez el Estrecho en primavera del 1088 y comenzó el asedio de Aledo. Constató que la situación en Andalucía era irresoluble debido al egoísmo y avidez de sus príncipes. Estimulado por el sentimiento popular y los consejos de los alfaquíes, decidió reunificar al-Ándalus bajo su autoridad. En poco tiempo, consiguió decisivas y fáciles victorias en Tarifa, Córdoba, Carmona y Sevilla, que permitieron acabar con los reinos de taifas. Al-Mu‘tamid, hecho prisionero con sus mujeres e hijos, fue enviado primero a Tánger, después a Meknés y, por último, a Agmât, no lejos de Marrakech, donde llevó una existencia miserable durante varios años hasta que murió a la edad de cincuenta y cinco años, en el 1095. Con él acabó de la dinastía ‘abbâdí, que puede ser considerada, a pesar de las circunstancias de la época, como la más brillante del periodo de taifas y bajo la que las artes y las letras brillaron con un esplendor incluso superior a la de la Andalucía del siglo XI.


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