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Diario de Viaje por Bosnia

Séptimo y octavos días: Baglaj, Doboj, Zvornik, Potoçari, Gorazde, Visegrad, Mostar

28/08/2015 - Autor: Suleyman Matos - Fuente: Webislam
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Vista de Mostar
Vista de Mostar

Hola de nuevo. Ayer estaba tan cansado que me fue imposible escribir nada, así que retomo la narración desde ayer por la mañana. Comienzo incluyendo una fotografía tomada desde la habitación de la piscina de la que os hablaba. Ojalá hubiese estado llena para un chapuzón nocturno.

Por fin salgo en dirección a Tuzla. Por el camino paro en Baglaj, un pueblecito con una mezquita que es un perfecto ejemplo del modelo de arquitectura clásica otomana: porche bajo cúpulas, sala de oración cuadrada bajo una gran cúpula soportada por un tambor octogonal. En lo alto un castillo, desgraciadamente en ruinas. Un poco más y ya estoy en Doboj. El castillo que la preside es espectacular pero está cerrado. A sus pies hay una sinagoga de los años 60. En su patio trasero se conservan las puertas de hierro de la anterior sinagoga, de 1874.

De nuevo en ruta paso por Tuzla, la segunda ciudad en población de Bosnia. Como ya sé que no es precisamente monumental y voy ajustado de tiempo paso de largo. Al poco de dejar atrás la ciudad entro en territorio de la autodenominada república Sparska, controlada por serbios. Por todas partes banderas serbias. Paro a comer en Zvornik, ciudad a orillas del río Drina, que hace de frontera con serbia. Es todo muy triste y veinte años después  muchas casas siguen cubiertas de impactos de proyectiles. No me da buen rollo y marcho casi con el último bocado en la boca. El Drina me acompaña, majestuoso y verde como los bosques de las montañas que lo encañonan. Cuanto más me acerco a Srebrenica más casas abandonadas y, al mismo tiempo, muchas viviendas de reciente construcción, todas ellas con las paredes de ladrillo todavía a la vista pero ya habitadas. Los desplazados han ido regresando.

En un villorrio presencio una imagen chocante. Cientos de personas rezando alrededor de una mezquita, hombres y mujeres juntos, en los prados, en las cunetas… No es viernes así que me extraña. Varios coches de policía serbios. ¿los protegen? ¿los vigilan? Me quedo con la duda. Finalmente llego al gran cementerio de las víctimas de la masacre de Srebrenica de julio de 1995. Es muy difícil explicar la impresión que causan tantos miles de estelas funerarias de mármol blanco. Su alineamiento y su verticalidad por un momento hacen que se me vengan a la mente la imagen de los guerreros de terracota de Xián. Ambas son tumbas, pero tan distintas. Impactan los nombres de  todas las víctimas dispuestos  en orden alfabético. Como en todas las tumbas aparecen la fecha de nacimiento y la de la defunción. Algunos de los asesinados habían nacido en 1995… sólo tenía quince años. Por alguna razón es el hecho de ver junto a todos los nombres la misma fecha de defunción lo que se me queda más grabado en la retina. Hago salat en la mezquita al aire libre y me retiro.

La idea original es dormir en Visegrad. Voy bien de tiempo pero, de repente, todos parados durante hora y media camino de Vlasenica. Por fin consigo que alguien me lo explique: un coche ha hecho un adelantamiento imprudente (¿es que hay otros adelantamientos en este país?) y se ha incrustado bajo un autobús. El conductor fallecido y dos niños que iban detrás han salido despedidos y se los han llevado malheridos. Lo que me da escalofríos es la naturalidad con la que todo el mundo asume la situación. Las carreteras en Bosnia no son las mejores del mundo pero son aceptables. El auténtico peligro son los conductores. Jamás he visto adelantamientos y maniobras más salvajes en las peores condiciones posibles. Conducir en este país es peligroso.

Finalmente comenzamos a circular  y a ascender. Caravana  de coches montaña arriba. Agotador. Los paisajes son de una belleza clamorosa pero la dificultad de la conducción y la irresponsabilidad de los compañeros de carretera me obligan a estar en tensión continua. Afronto el último tramo antes de Visegrad, unos 25 kilómetros en parelelo al cañón del Drina. Cuento no menos de 30 túneles. Al fin llego a Visegrad. Voy directamente a mi alojamiento, un apartamento muy moderno y coqueto que me encanta, en la última planta de un edificio destartalado. Los dueños son encantadores.

Viven en el piso de abajo. Bajo a  ver el puente inmortalizado por la obra del premio Nóbel Ivo Andric. Qué decepción, está en restauración y no está iluminado. Ya lo veré bien por la mañana. Como estoy de dieta proteica balcánica hasta las narices entro en un super y compro agua, fruta y helado. Mi apartamento tiene un balcón estupendo sobre el Drina y ceno allí al fresco tan a gusto.

Por la mañana desayuno café en un sitio y borek relleno de patatas en otro. El cosmopolitismo de Visegrad no da para más. Y el puente bajo la luz del sol. Ya al venir de camino, con las facilidades de las carreteras modernas, se entiende que todo el mundo creyese loco al Visir por odenar la construcción de este puente en este lugar.

Hay que decir que el Pachá Mehmet Sokullu, oriundo de Visegrad, fue un producto de la devshirme, la leva de niños cristianos para nutrir el cuerpo de élite otomano de los Jénizaros. Haciendo bueno el principio de meritocracia de la época de esplendor del Imperio Otomano este niño nacido en una población remota llegó a Gran Visir y no sólo encargó esta magna obra. En Estambul también se puede admirar la mezquita y madrasa que le encargó al genial arquitecto Sinán.

Paseando por el puente me siento en el banco de piedra que hay el en el centro, el lugar en el que Andric hacía sentarse cada atardecer al imam turco, el pope ortodoxo, el comerciante sefardí, donde practicaban sohbet, la palabra otomana para la conversación sosegada en la que no se discute y nadie pretende imponer su opinión. Paso al lado de los operario que restauran el petril del puente y advierto que son turcos. Me dicen que vienen de Estambul ya que es el gobierno turco quien paga la restauración. Mucha bandera serbia pero…

Recojo y salgo para Mostar. Cuatro horas de carretera de montaña pero muy relajado, prácticamente sin tráfico. Me permito admirar el paisaje. Paso por la fea y triste Górazde, cuyo olvidado asedio  fue narrado magistralmente por Joe Sacco, inventor del comic-periodismo. Me estremece la pasarela en la que docenas de habitantes musulmanes fueron degollados y arrojados al río en una noche.

Ya a las dos de la tarde llego a Mostar. Tardo media hora en encontrar mi hotel y, ya en él, me encanta. Céntrico, decoración  moderna y agradable y una recepcionista encantadora. Profesora de Química y Geología en paro se gana la vida (la dura vida) aquí. Salgo a pasear. El casco viejo de Mostar es pequeño. Rápidamente localizo donde hacer buenas fotos del puente desde el sur y pronto descubro el truco de las del lado norte: pagar por subir al minarete de una mezquita. Pues una vez aquí pago y subo. La verdad es que la vista es magnífica pero mi vértigo sólo me permite hacer la foto clásica del puente diseñado por el gran Sinán, soy incapaz de dar la vuelta completa al balcón del minarete.

Paseando por el bazar me decepciono. Todo lo que se vende es plastiquería importada de Turquía  en su mayor parte, incluidas toneladas de la colorida cerámica de Kütahya. Me cobran un euro por un  botellín de agua. En fin. Vuelvo al hotel a escribir estas líneas con el propósito de salir mañana temprano a dar un último paseo antes de regresar a Sarajevo. Buenas noches.


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