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Diario de Viaje por Bosnia

Sexto día: Visoko y Travnik

19/08/2015 - Autor: Suleyman Matos - Fuente: Webislam
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Vista de Travnik
Vista de Travnik

Hoy por fin es el día de salir en ruta desde Sarajevo. Recojo el coche junto a la fuente de Sebilj, en pleno casco antiguo y salgo en dirección a Travnik. Como era de esperar me equivoco y marcho hacia el aeropuerto. Doy la vuelta y decido ir por la carretera en vez de por la autopista, siempre se ven mejor las cosas. De camino paro en Visoko para ver su famosa “pirámide”. Hace ya unos años que un arqueólogo local defiende la teoría de que la montaña que preside el pueblo es en realidad una enorme pirámide de tierra construida en el neolítico por una civilización local. Huelga decir que la comunidad científica internacional tiene, digamos, sus reservas. En cualquier caso es cierto que la montaña asemeja a una pirámide de tres caras casi perfectamente planas. La perfección de los vértices es quizá lo que más  llama la atención, aunque he de decir que en la zona se puede ver ese efecto de la erosión en muchas otras montañas. El caso es que me meto en Visoko para descubrir que es día e feria. Realmente es un pueblo sin interés y después de dar unas cuantas vueltas tontas salgo pitando para Travnik.

El paisaje es grandioso, con montañas impresionantes y pueblecitos por doquier. En cualquier curva del camino le parece a uno que está la foto perfecta. Un poco antes me desvío seis kilómetros para visitar una moderna madrasa financiada por un príncipe árabe. Es todo un complejo con dos mezquitas, pabellón de dormitorios, aulario y complejo deportivo. Lógicamente es verano no hay nadie. Solo un gato negro que me rehuye.

Travnik me recibe con la impresionante estampa de su castillo, situado en lo que se podría denominar con acierto “un emplazamiento estratégico”. Como está justo al comienzo del pueblo es lo primero que visito. A la entrada del castillo, donde se adquieren los tickets presencio una escena divertida. Una familia árabe al uso como tantísimas que se ven por aquí de turisteo: mujeres vestidas de negro de arriba  abajo con niqab integral, chiquillos ruidosos y hombres vestidos que dan pena e invariablemente maleducados. Dos de ellos pretenden colarse con la disculpa de que no hablan inglés pero la chica que vende los tickets los intercepta con soltura y decisión. Vaya si pagan. El caso es que esta señorita está acompañada de su mascota, un perrillo pizpireto de unos cinco kilos de peso como mucho. Algunas mujeres y sus hijos, al verlo, chillan horrorizados. Me temo algún desmayo. Por suerte el animalillo se refugia entre las piernas de su dueña, más asustado que los embajadores del desierto y no llega la sangre al río. La empleada y yo nos partimos de risa. Pateo todo el castillo a pesar de lo traicionero de sus escaleras y a la vez que esquivo fantasmas de negro. Las vistas del pueblo son fantásticas, sembradas de minaretes puntiagudos. Una vez en el centro visito la mezquita Serena. Curiosamente es muy parecida a una de Tétovo, en Macedonia, de mismo nombre que visité hace algún tiempo: cuadrada, con tejado a cuatro aguas y de paredes pintadas de vivos colores por  fuera y por dentro. Deduzco que el nombre tendrá algo que ver. Prometo investigarlo.

Acto seguido cumplo con un propósito firme en mi visita a Travnik, que es acudir a la casa del premio Nóbel de literatura Ivo Andriç, un precioso ejemplo de arquitectura  otomana. Me decepciono un poco cuando el guía me dice que en realidad es una reconstrucción de los años sesenta. Vaya por Dios. En cualquier caso es un fake muy bonito.

Como en todas partes, solo la mezquita más turística está abierta, las demás a cal y canto. Así que mapa en mano las recorro todas y alguna fuente y mausoleo (türbe) de la época otomana. Vamos, que en hora y media está finiquitada la estancia en Travnik. Echo cuentas y decido que tengo tiempo de sobra para llegar a Tuzla  de día, así que no me lo pienso más y me echo a la carretera otra vez. Todo de maravilla hasta que la policía nos desvía a la entrada de un pueblo. Ni idea de por qué, supongo que algún tipo de aparatoso accidente. El caso es que nos hacen ir por un carreterín estrecho que sube y sube. A todo esto la caravana es de impresión porque viene toda la comitiva de una boda croata. No lo sé por mi pasmosa capacidad de discernimiento étnico, que de por sí es encomiable, si no por las banderas que agitan con medio cuerpo fuera de las ventanillas.

La risa es cuando nos cruzamos con coches que vienen de frente. Ah no, la risa es cuando desaparece el asfalto y nos encontramos en una pista pedregosa. Ah no, la risa es cuando dos camiones un poco más adelante se cruzan en la pista pedregosa y se encajan el uno en el otro. Me hacen señas los de delante y empezamos a dar vuelta a la gallega, en la finca  de un vecino. Cuando regreso a la general le pregunto a  un  policía. Le explico que hay dos camiones atorados y me dice que “five minutes, sir, five minutes”. Five minutes mis melindres. Finalmente le  pregunto cómo puedo continuar de camino a Tuzla  y me da indicaciones para ir desde un pueblo anterior. Paro en una gasolinera a comprar un mapa de carreteras y les pregunto. Que nanay, que por las montañas ni de coña, como para que se me haga de noche.

Ya que la cosa se tuerce decido visitar Branduk, un pueblecito con castillo que había visto indicado. Qué acierto. Parece un decorado para una peli del Señor de los Anillos. Hay que atravesar dos túneles en roca viva y sin iluminación para llegar a lo alto, donde las casas apelotonan a los pies de la fortaleza. Ya en ella me recibe Hasan, el vigilante, que me acompaña en la visita. En el patio tienen un arco de madera hecho a mano con su flecha con punta de hierro. De diana unos toros de madera sobre unos trípodes de palo malo. Lo sorprendo con mi puntería. Tantas flechas perdidas en campeonatos de 3D han servido para algo. Al bajar del castillo me enternecen unas ancianas de pañoleta que venden recuerdos. Le compro a la más viejecita un llamador de hierro para la puerta (sí, Jorge, es para ti) y ella me regala una postal con una foto antigua del pueblo.

Con todas las bromas está a punto de anochecer y tengo que buscar dónde dormir. Paro en un hotel con una pinta estupendísima. El restaurante moderno y que me entra ya por el ojo. Se celebra una boda y circulan por allí grupos de jóvenes que en otras latitudes serían todos modelos. Mala suerte, no hay habitaciones. Me dan las señas de otro un poco más adelante. Cuando llego es a todas luces harina de otro costal, con un aire cutrillo que pa qué. También se celebra una boda pero también en esto nada que ver. 

Si en España alguien se presentase a una boda con alguna de las camisas que allí se perpetraban sería apaleado. La habitación normalilla, menos mal. Abro la ventana y da a una enorme piscina cubierta, eso sí, escrupulosamente vacía. ¡Quiero decir que si echo la pierna por la ventana salgo a la piscina! Es todo muy surrealista. Bajo al comedor y atiende un camarero seguramente bajo los efectos de algún tipo de estupefaciente que canta a lo loco mientras atiende al personal. Sólo queda pollo rebozado. El dueño del local se empeña en hablarme en algo parecido al alemán que él debe de considerar una especie de lingua franca o yidish balcánico. Le digo que sí a todo por si acaso. Un tipo en la barra hace de traductor. Él dice que está de vacaciones porque vive en Australia, donde nació de padres inmigrantes. Será verdad pero habla un inglés como la madre que lo parió, que en este caso probablemente es una frase hecha muy acertada. Me vuelvo a mi extraña habitación para comprobar que la piscina vacía hace el efecto de perfecta campana de resonancia de los cánticos exacerbados  que se entonan en el salón donde se celebra la boda. ¿Y ese ruido atronador? Ah, es el tren que pasa a escasos treinta metros. Preveo una noche de ensueño. Mañana más, Inshallah.


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