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Religión “versus” capitalismo

El mercado es la ley, el mercado es la autoridad y el mercado es dios. Estos son los principios de la religión neoliberal que practican millones de personas en todo el mundo

13/08/2015 - Autor: Iman Baraka - Fuente: Webislam
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¡Ciertamente, Yo --sólo Yo-- soy Dios; no hay más deidad que Yo! Así pues, ¡adórame sólo a Mí, y sé constante en la oración para recordarme!
(Qurân 20, 13)

El actual capitalismo 3.0 nos envuelve en una perversa y enmarañada realidad virtual repleta de adictivas sensaciones, experiencias ilusorias y conocimientos efímeros que diluyen ese don divino que llamamos vida y su concreción más evidente: el tiempo. Nos entretiene en lo insignificante, nos confunde con lo aparente y nos ciega ante lo evidente, dificultando el desarrollo de una espiritualidad que permita conectarnos, sentir y compartir una conciencia global. Y mientras nos despista, nos roba la cartera; y lo que es peor, el alma.

Ciertamente, la primera víctima del capitalismo fue la espiritualidad. El mercado no acepta ninguna ley ni respeta ninguna autoridad, y por supuesto tampoco cree que exista nada más allá de los beneficios y la rentabilidad. El mercado es la ley, el mercado es la autoridad y el mercado es dios. Estos son los principios de la religión neoliberal que practican millones de personas en todo el mundo. Cuando observo a cristianos y musulmanes “competir” por ser la primera religión a nivel mundial no puedo evitar sonreír. Hace ya mucho tiempo que la única religión verdadera es el dinero. Sin apenas resistencia, las antiguas creencias: islam, cristianismo, judaísmo, budismo, taoísmo, hinduísmo… se adaptan dócilmente a este nuevo credo mutilando su compromiso esencial con la pobreza, la solidaridad y la justicia social y enterrando las prácticas espirituales que exigen cierta independencia y libertad respecto a los poderes económicos.

El capitalismo nos sumerge en la realidad contante y sonante del dinero debilitando la fuerza del espíritu. En el s.XXI parece que la fe ya no mueve montañas. Empieza a extenderse una diabólica desmotivación entre los creyentes: quizá la oración no sirve, pero una cuenta corriente saneada sí. Y como ejemplo, China, país que está nivelando decenas de montañas para construir y ampliar ciudades causando graves problemas de contaminación de agua y aire y desafiando a la estabilidad de los edificios y a posibles inundaciones.

Ese mismo capitalismo, muy poco dado a las sutilezas del espíritu, “descalifica” las religiones tradicionales con argumentos económicos, al acusarlas de la pobreza y el retraso de ciertos países y sociedades practicantes.

Y es que la universalización de la religión neoliberal trae consigo la generalización de una pérfida creencia: la pobreza es el pecado del s.XXI. Efectivamente, en una sociedad altamente competitiva la pobreza no es consecuencia de las ineficiencias del sistema, sino de las incapacidades del individuo. Ser pobre indica un error, una equivocación, un defecto, en definitiva, una “infracción”. La solidaridad es una enfermedad social que debe ser tratada con objeto de impulsar la competitividad y el crecimiento. El sueño americano, que es ahora el sueño de todos, no es ser bueno, culto o sabio, sino ser rico.

Durante la actual crisis, algunos supuestos expertos han explicado las divergencias europeas en la diferente religión: así, el floreciente, acreedor y confiable norte europeo era protestante, frente al caótico, endeudado y poco fiable sur, católico.

Por otra parte, la relación pobreza/retraso/corrupción con el Islam no es solamente una forma de blanquear la complicidad de occidente con los atropellos que viven las poblaciones de los países árabes. Es también un intento de desprestigiar el Islam, acusándolo de ser el causante de todos los males, y sustituir a Allâh swt por otro dios, el del dinero, el del mercado, que modele una ciudadanía más sumisa a las necesidades y exigencias del capital. La práctica religiosa se presenta como un obstáculo al desarrollo, un "atraso". Comentaristas afirman sin sonrojarse que el retraso de los países árabes se debe “al control mental y físico que se ejerce sobre cada persona para mantenerla aferrada a los inacabables ritos”, y al hecho de que “las obsesivas obligaciones que debe seguir el musulmán interrumpen constantemente su trabajo físico, intelectual y su alimentación, y se convierten en lastre empobrecedor de los creyentes”.  Claro, mientras rezamos, no producimos, y el dios mercado se enfada.

En realidad, el problema no es el Islam, ni el tiempo que se “pierde” rezando, el verdadero desafío para el capitalismo es la cosmovisión islámica, centrada en valores éticos, y no bursátiles.

Es por ello que el capitalismo ha puesto mucho interés en el Islam, es decir, en destruirlo. Para ello ha arrasado la singularidad y carácter islámico de los santos lugares con el chapapote del petróleo, Mekka me recuerda cada vez más a las Vegas, a la vez que ha alimentado el hipócrita puritanismo wahabi en todo el mundo para que debilite el Islam, y cualquier rastro de espiritualidad islámica, con la excusa de ser shirk. Ya sabemos que no hay mejor cuña que la de la propia madera.

Los resultados de este capitalismo salvaje los vemos cada día: temperaturas extremas, desastres naturales, crisis migratorias, globalización de las guerras y el terrorismo, normalización de la pobreza, creciente violencia urbana, debilitamiento de las democracias…  Hay señales evidentes de que algo no va bien, la voracidad del capitalismo, amenaza nuestra propia existencia. Paul Mason en su reciente libro “Postcapitalismo: una guía para nuestro futuro” afirma que el capitalismo es la auténtica arma de destrucción masiva que estallará hacia 2050 provocando un caos total debido a la interacción de tres factores: intensificación de la desigualdad, crecimiento de la población mundial y cambio climático. Ciertamente, nadie creerá lo que dice. Solo se puede creer en el dios dinero y hay que rechazar cualquier otra creencia, especialmente las relativas al cambio climático y crecimiento de las desigualdades.

Y sin embargo, ante tanto sufrimiento y negros presagios hay que ser optimistas. Aún estamos a tiempo de evitar ese caos total. El mercado aún no ha ganado, podemos evitar vender completamente nuestras almas al dios dinero que nos promete alcanzar prosperidad terrena y que no solo nos destruye como personas, sino que amenaza con destruir el planeta entero.

Dijo un sabio sufí: “Pon el mundo en tus manos, pero no lo pongas en tu corazón, y entonces no te causará ningún daño”. Es hora de quitarnos las sandalias, tal y como hacemos antes de entrar en una mezquita, y abrir los ojos a la realidad: el mundo es todo él una mezquita, un lugar de oración. Solo recuperando la sencillez y la humildad en nuestro caminar podremos comprender el carácter sagrado de nuestras vidas y reconocer el soplo divino en nuestros pasos.

Las burdas y abundantes campañas de desprestigio de la religión y la espiritualidad en nuestras sociedades no son sino muestra de una miopía existencial y una desconexión con nuestra esencia más profunda. La caducidad de todo cuanto existe, incluso del capitalismo como sistema económico, debería hacernos recapacitar sobre cuál es el dios que adoramos: si al dinero, o a su Creador, el Señor de los Mundos, y actuar en consecuencia. Nuestros actos son los testigos de nuestra fe ante la eternidad. Nuestras palabras, un volátil perfume que no perdura. No hablemos de fe, hagamos buenas obras. Millones de personas sufren nuestra indiferencia. El capitalismo es el sistema, pero sin súbditos, no podrá prosperar.

Aunque ateos, agnósticos y científicos se rían de mí y burlonamente pongan en duda mi cordura, debo lanzar un mensaje al mundo:

                "La fe mueve montañas; el dinero, sólo las nivela".

 


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