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Diario de viaje por Bosnia

Cuarto día: Sarajevo

10/08/2015 - Autor: Suleyman Matos
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Túnel
Túnel de la Esperanza bajo el aeropuerto de Sarajevo

Hoy ha sido un día realmente especial en el que visto cosas muy interesantes, he conocido a persona muy especiales  y vivido alguna experiencia inolvidable.
Decido comenzar la jornada visitando la casa museo Svrzo, construida en el siglo XVII por una importante familia bosnia. Eso sí, hay que  volver a penar ascendiendo la colina una vez más. Me pierdo. Pregunto a un viandante. Me hace señas de que es sordo. Qué puntería. Pregunto a otro viandante que me da unas indicaciones que hasta a mí me parecen desacertadas. Por fin para a una patrulla de policía que sí me dirigen al lugar. La casa es en realidad un bellísimo conjunto arquitectónico con varias edificaciones y tres patios siguiendo las pautas constructivas otomanas: paredes enlucidas en blanco, vigas de madera a la vista y petroleadas y el reparto de habitaciones usual. Desde el primer patio se accede al selamluk o salón reservado para recibir a las visitas. Como las mujeres no accedían a este lugar cuando había foráneos había un torno por el que se pasaban a este salón el café y las viandas con las que se obsequiaba a las visitas. Subiendo por una escalera o cruzando por una puerta a otro patio se accede al haramluk, la parte privada de la casa. Ahí tenemos las dependencias habituales, como el salón de la planta alta para las mujeres, los dormitorios donde los colchones se retiraban  durante el día para darles otro uso...Llama la atención que todas las habitaciones contaban con estufas calefactoras y todos los dormitorios con cuartos de aseo disimulados dentro de lo que, a simple vista, parecen armarios de madera. Siempre me ha fascinado la uniformidad de la arquitectura doméstica otomana, de manera que podemos encontrar los mismos elementos constructivos y la misma distribución aquí, en Macedonia, en Bulgaria o en Turquía. A la salida me encuentro con una familia turca, fascinados también ellos por estas similitudes. A fin de cuentas para ellos suponen recuerdos vivos de un pasado en gran medida mitificado.
Vuelvo a bajar la colina y visito la catedral católica. Es hermosa aunque no tiene más de cien años. En estilo neogótico cuenta con una decoración interior llena de color y, a los pies de la fachada, una estatua de Juan Pablo II realizada en lo que parece aluminio.
Despues cojo un taxi para ir al Museo de Historia. El taxista, un chico joven y muy agradable, tiene unos brazos como mi pierna… como la pierna buena, quiero decir. Por lo que he podido observar, si algún día decido montar en este país un negocio de futuro probablemente será un establecimiento de esos con muchos mecanismos de tortura, un gimnasio con aparatos de musculación, vaya.
El Museo de Historia es tristísimo desde el primer momento, ya que nos recibe una ciclópea fachada ciega recubiertas de impactos de disparos. El interior parece haber cambiado poco desde la guerra. En algunas salas el falso techo está ausente y aun no ha sido repuesto, lo que hace que caminemos bajo la estructura metálica que lo sustentaba, dándonos vistas a techos ennegrecidos. El calor es asfixiante. En una sala de la planta bajahay una muestra fotográfica sobre la matanza de Sbrenica. En la planta superior tenemos una sala dedicada a los sucesos de la Segunda Guerra Mundial y otra, muy emotiva, a la historia del asedio. Creo que le lamentable estado del edificio casa perfectamente con el recuento de calamidades que podemos presenciar en esta sala. No sé por qué pero me impacta especialmente la fotografía de las primeras víctimas de la guerra, tres personas que cruzaban el puente Vrbanja el seis de abril de 1992. La fuerza aérea de la OTAN no comenzó a bombardear las posiciones de las tropas serbias en las colinas hasta después del ataque con mortero sobre el mercado Markala causando treinta y cinco víctimas. Fue el veintiocho de agosto de 1995. No soy capaz de imaginar cómo pudo ser vivir en esta ciudad durante aquellos largos tres años de asedio feroz.
A la salida del museo conozco a Elvir, un guía que se ofrece a llevarme en un tour privado al Túnel de la Esperanza y otras localizaciones importantes durante la guerra. Acordamos y precio razonable y marchamos. Habla un pobre inglés pero, como huyó a Italia en 1996 con diez y nueve años habla un italiano perfecto que no me cuesta ningún trabajo entender.
El túnel es impresionante. Sólo veinticinco metros están habilitados para la visita pero el contexto y la historia del lugar realmente conmueve: 800 metros de túnel excavado bajo el aeropuerto donde la gente se jugaba la vida para conseguir alimentos, medicinas y armas. El museo tiene su particular Hall of Fame, con fotografías de ilustres visitantes. Bueno, también tienen una foto de John Travolta…A mí nadie me pide una foto.
La siguiente parada es el cementerio Leone, por la perjudicada estatua de un león que lo preside. Dicen que todos somos iguales en la muerte y aquí es muy cierto. Durante la guerra los cementerios en las colinas eran inaccesibles, por lo que decidieron usar el estadio de fútbol para ese fin. Tras el asedio se  decidió exhumar los cuerpos y trasladarlos a este nuevo cementerio.  Juntos en un sector están los musulmanes, católicos y también las tumbas sin filiación religiosa. En otro sector los ortodoxos. Visitamos también Novi Grad, o ciudad nueva, un barrio residencial de altos edificios de apartamentos. Su altura  los hizo blanco de constantes ataques y, de hecho, los boquetes están todavía en las fachadas en muchos casos.
A la hora  de regresar tenemos que dar un rodeo por las colinas del este de la ciudad, ya que el centro está bloqueado por una gran manifestación organizada frente al Parlamento por los sindicatos del país, para protestar por la situación económica. Según ha ido avanzando el día se han formado oscuras nubes de tormenta. Para completar el cuadro un gran incendio forestal avanza por los bosques en las montañas al este.
Llegados al centro histórico me despido de Elvir y voy a comer, que son las 16:30. Al llegar al restaurante entablo conversación con Darko, un joven estudiante de Relaciones Internacionales en Estambul. Al principio lo había tomado por turco (pelo negro, ojos oscuros) pero en realidad es serbio, del norte del país, en la autodenominada República Sparska. Ha vivido en EEUU, Serbia, Grecia…Su visión de la política de la zona e internacional es realmente interesante, muy crítica y completamente desprovista de veleidades nacionalistas. Aprendo mucho con la conversación.
Llegados a este punto se impone descansar, porque ha sido mucho ajetreo físico y emocional, así que me retiro al hotel a descansar un rato. Después del rezo del atardecer ceno algo ligero y vuelvo a darle caña a mis piernas colina arriba para visitar la tekke, o casa de ceremonias  sufí, Hajjy Sinanova. Había leído que se trata de una tekke de la tariqa o cofradía Qadiría, cuyos ritos desconozco, por lo que tengo mucho interés. Me presento y me invitan a pasar sin ningún problema. Atravieso el patio para acceder al semahane, la sala de ceremonias. Ya hay bastantes cofrades y el dikr está empezando.
¿Creéis en las coincidencias? Yo no.  La sala es muy hermosa, con el techo presidido por una enorme basmallah en letras cúficas (No hay Dios fuera de Dios, Muhammad es el Enviado de Dios). Pero lo que me llama la atención es que el sheij y sus acólitos lucen chalecos muy similares a los de la cofradía Yerrahi Halveti que conozco en Estambul. No sólo eso. Reconozco las oraciones que recitan, que recuerdo perfectamente, e incluso los movimientos que las acompañan.  Me uno al Círculo del Recuerdo con ellos sobre pieles de oveja y la ceremonia continua hasta el último rezo del día. Uno de los presentes, que por su aspecto físico no me parece bosnio, me resulta conocido. Imposible. Debe de ser uno de eso deja vu que tenemos a veces con algunas personas. También  me doy cuenta de que hay un hombre joven que, por sus movimientos vacilantes, debe  de ser neófito en la ceremonia. Al terminar muchos cofrades se despiden del sheij y salen de la habitación como es tradicional, caminando hacia atrás para no dar la espalda al maestro.
Yo voy a marchar también y empiezo a calzarme (por fin, soy un mindundi) cuando me invitan a pasar a un salón. Es la típica habitación de visitas otomana, con alfombras y asientos bajos recorriendo   las paredes para que todo el mundo se pueda mirar de frente. Me coincide sentarme al lado del joven que me había parecido nuevo en aquellas lides. Le pregunto si habla inglés y me contesta que sí, aunque es italiano. Vaya hombre. Resulta que es siciliano, lleva algo más de un año viviendo en Bosnia, algo de la universidad, no entramos en detalles. Se ha convertido al Islam y es su primer día en la tekke. El sheij no habla inglés así que le pide a un cofrade que lo habla un poco que me pregunte quién soy y cómo he dado con ellos. Le cuento lo mismo que os he contado a vosotros. Le pregunto por las similitudes entre los Qadiría y los Yerrahi, ya que he visto muchas similitudes. Me contesta que las hay, pero también hay diferencias, pero que no hay problema en frecuentar distintas cofradías. De hecho este compañero, me dice, viene de Estambul y es Yerrahi, refiriéndose al hombre que no me había parecido bosnio.  ¡De eso lo conocía, de las ceremonias en la tekke Yerrahi de Estambul! Fascinante coincidencia. Y no es la única que he tenido con los Yerrahi. Todos nos reímos. Comienza entonces una larga conversación, realmente catequética, sobre aspectos de la filosofía y el método sufíes, que sería prolijo referir aquí, y descubrimos que el chico italiano, Selman,¡habla un estupendo bosnio! No sólo eso, si no que es muy versado en sufismo, ya que es capaz de traducir las respuestas del sheij sobre temas muy complejos así como las nuestras a las preguntas que nos hace él.
Finalmente se da por finalizada la reunión y nos despedimos con la sensación de que ha ocurrido realmente algo muy especial que probablemente aun deberemos meditar, Inshallah.
Ha sido un día muy especial. Pero son las dos de la mañana y es preciso descansar. Hasta pronto.


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