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Reflexiones de un defensor de los derechos humanos

Kennedy fue, para muchos de nosotros, la promesa de nuestra generación

24/07/2015 - Autor: James C. Harrington - Fuente: Revista Cascada
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James C. Harrington.

El 50 aniversario del asesinato del presidente John Kennedy el año pasado resultó conmovedor para aquellos de nosotros que entonces habíamos comenzado la escuela secundaria o la universidad y escuchamos la noticia aquella terrible tarde del viernes.

Todavía recordamos exactamente dónde estábamos y lo que hacíamos en ese momento. Yo estaba en el vestidor del dormitorio del seminario con algunos compañeros de clase cuando un amigo llegó corriendo a decírnoslo. Primero hubo una conmoción; a continuación, una negación esperanzada. La televisión, sin embargo, confirmó la increíble realidad. Durante los siguientes tres días apenas me moví de delante del televisor hasta que el funeral de Estado hubo terminado.

Kennedy fue, para muchos de nosotros, la promesa de nuestra generación. Su elocuencia, humor y encanto, captaron nuestro idealismo tan claramente como su discurso inaugural de invitación a la acción — «No preguntes lo que tu país puede hacer por ti, sino lo que tú puedes hacer por tu país»— nos inspiró para construir nuestras comunidades y llevar a nuestro país por el camino que conduce a la democracia. Él nos instó a llegar a todo el mundo. El Cuerpo de Paz, que Kennedy propuso en la Universidad de Michigan durante su campaña, sedujo a nuestra imaginación.

La trágica historia amortiguó los sueños y arrojó el idealismo juvenil sobre un montón de cenizas. Nos esforzamos en mantener esa trayectoria y continuamos empujando nuestra energía hacia adelante con el movimiento de derechos civiles, y mediante otros movimientos que le siguieron: movimientos para las mujeres, el medio ambiente y la paz.

Muchos de mi generación respondieron a la llamada y, con ayuda de la imperiosa puesta en práctica magistral de Lyndon Johnson y la expansión de los ideales de Kennedy, se unieron al Cuerpo de Paz, a AmeriCorps, o a la lucha contra la pobreza.

Otros nos dedicamos a otros aspectos de la sociedad civil. Algunos fueron brutalmente torturados hasta la muerte. Muchos fueron golpeados hasta sangrar sobre las barras de los restaurantes y en los autobuses, o sufrieron a perros gruñendo sobre ellos. La violencia terrorista terminó incluso con la vida de cuatro chicas de la Escuela Dominical en Birmingham, Alabama.

Aguantamos el dolor de los impensables asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King Jr., y nos esforzamos con coraje para mantener vivo el sueño y calmar la situación, a pesar de las adversidades que enfrentamos.

Realmente no estábamos solos. Estábamos construyendo sobre los hombros de otras generaciones de nuestro tiempo, y marchando junto a ellas. Todos estábamos honrando el legado, la vida, y las luchas de quienes habían partido antes que nosotros y ahora descansaban en paz. Pero fue la voz de Kennedy la que animó a la gente más joven a continuar.

Yo terminé en el Movimiento de Trabajadores Agrícolas, siguiendo el liderazgo de César Chávez, y ocasionalmente en movimientos más amplios de derechos humanos.

Si miro cincuenta años hacia atrás me doy cuenta de que la lucha fue mucho más difícil de lo que veíamos a través de nuestras lentes teñidas de idealismo. Aún no soporto ver las repeticiones del aniversario del asesinato del presidente Kennedy, y este año es aún peor.

A pesar de todo, nunca hay un momento en el que no sienta una agitación profunda dentro de mi corazón al ver su discurso inaugural o al escuchar sus invocaciones «a nuestros mejores ángeles», tal y como lo había hecho otro presidente asesinado, Abraham Lincoln, cien años atrás.

Aún se me acelera el corazón de esa misma manera cuando veo a las nuevas generaciones luchar apasionadamente para realizar sus sueños.

Cuando miro hacia atrás, veo hechos y también a otras personas importantes que me ayudaron a moverme en esta dirección. De esto he aprendido que todo lo que hacemos bien en la vida ejerce una buena influencia sobre los demás y que siempre podemos aprender de las circunstancias en las que nos encontramos.

Probablemente la persona que más influyó en mi vida fue mi abuela. Ella era una cristiana profundamente devota que practicaba todos los días aquello en lo que creía. Daba dinero a los pobres, visitaba a los enfermos en el hospital, adoraba a sus nietos, ayudaba a mis padres, apoyaba a nuestra familia de seis hijos y nos mandaba a la escuela católica, rezaba e iba a misa todos los días. Mi abuela vivió una vida compasiva, tolerante y justa. Cuando tenía ochenta años estuvo en un piquete de apoyo al boicot de la uva de la Unión de Trabajadores Agrícolas.

Otra época importante de mi vida fueron los ocho años que pasé en el seminario, la escuela secundaria y la universidad, estudiando para ser sacerdote, a pesar de que finalmente elegí una vocación distinta a la que me había sentido llamado porque me ofrecía un papel más activo en el trabajo por los derechos humanos. Después de una temporada en la universidad cursando filosofía, estudié para convertirme en abogado.

Durante mi estancia en el seminario conseguí una buena educación en artes liberales y aprendí disciplina, espiritualidad y filosofía, adentrándome en las enseñanzas católicas sobre la justicia social. Estábamos en la época del Papa Juan XXIII y del Concilio Vaticano II. El Papa Juan era muy parecido a John Kennedy: «abrió las ventanas» de la Iglesia y nos animó a dar testimonio del Evangelio en la vida comunitaria, renovando las formas de ayudar a construir la sociedad civil.

Años más tarde, conocí y trabajé con la gente del movimiento Hizmet inspirado por Fethullah Gülen, adquiriendo así una visión aún más amplia y ecuménica del mundo y teniendo la oportunidad de colaborar con personas de religión islámica con las que ayudar a construir una sociedad civil. Esta experiencia me hizo profundizar aún más en mi propia espiritualidad.

Me atrevería a decir que pocos de los que participamos en los temas de derechos humanos tenemos una base espiritual suficiente como para llevar a cabo nuestro trabajo. Como todas las generalizaciones, la mía es sin duda excesiva; pero mantengo la opinión de que muchos defensores de los derechos humanos permanecen en su trabajo debido a su espiritualidad, la cual aparece representada en todas las formas y tamaños. Como advirtió el monje y místico cristiano Thomas Merton, sin espiritualidad nos encontramos atrapados en el frenesí del activismo y en el exceso de trabajo, lo cual nos abruma.

Mientras estudiaba en la escuela de leyes, trabajaba durante los veranos con jornaleros agrícolas inmigrantes en Michigan, la gran mayoría de los cuales provenía de Valle del Río Grande, en el sur de Tejas, en la frontera con México. Era la época de César Chávez, que galvanizó el país en torno a temas de justicia, salario digno y mejora de las condiciones de trabajo para los campesinos.

Así que terminé en el Valle y trabajé allí durante diez años, ayudando a apoyar los esfuerzos de la Organización de Trabajadores Agrícolas y la realización de otras actividades de derechos humanos. Era una forma increíble de comprobar que las personas que viven en la pobreza poseen una gran sabiduría personal y un fuerte sentido familiar y comunitario.

Con el tiempo, mi trabajo me llevó a Austin, Tejas, a la Unión de Libertades Civiles de Texas.

En 1990, dos de nosotros encontramos un sitio libre donde pudimos ubicarnos, en una oficina de un edificio de la comunidad de un benefactor, y comenzamos el Proyecto de Derechos Civiles de Tejas (TCRP). Con los años, y con la ayuda de muchas personas y organizaciones generosas, el TCRP aumentó su plantilla a 38 trabajadores en cinco sedes: El Paso, Tejas del sur, el oeste de Tejas, Houston y Austin.

El TCRP aborda todas las cuestiones de derechos civiles, entre ellas el derecho al voto, la libertad de expresión y de reunión, la justicia económica, los asuntos de cárceles y prisiones, la mala conducta policial, la discriminación y la discapacidad. Durante 23 años, el Proyecto de Derechos Civiles de Tejas ha sido un incansable defensor de la igualdad racial, social y económica, para las personas de bajos ingresos, a través de sus programas jurídicos y educativos.

Algunos de los logros alcanzados por el personal del TCRP incluyen:

- La gestión de más de 3.000 casos legales para personas pobres y de bajos ingresos.

- El desarrollo de VAWA (Ley de Violencia contra la Mujer), un vigoroso programa legal para mujeres inmigrantes víctimas de abusos en las zonas rurales de Tejas, que incluye nuestra sección de servicios personalizados «Circuit Rider» y servicios de asesoramiento y apoyo llevados a cabo por un supervisor de MSW (experto de trabajos sociales) y por trabajadores sociales interinos.

- La publicación de doce informes de derechos humanos en temas de delitos de odio, el artículo IX sobre los derechos de las chicas en la escuela secundaria, la pena de muerte y siete manuales jurídicos de «autoayuda» en asuntos relacionados con los derechos de los veteranos, las leyes de discapacidad y los derechos de los presos.

- Gestión comunitaria y cursos de formación jurídica para más de 50.000 personas.

- La publicación de más de 400 ensayos en los periódicos de Tejas.

- Más de 500 discursos y charlas sobre derechos civiles a diversos grupos (conferencias escolares, cursos de formación jurídica, y organizaciones de la tercera edad).

Gracias a la defensa incansable de muchos empleados del TCRP, las cárceles de los condados de Tejas hacen ahora mucho más para prevenir el suicidio de los reclusos, proporcionan intérpretes a los presos sordos, protejen a los reclusos vulnerables al asalto sexual, y administran medicamentos para el VIH.

El TCRP establece el modelo nacional de accesibilidad electoral para votantes ciegos y ha realizado más de 30 campañas regionales en Tejas sobre la Ley de Estadounidenses con Discapacidades. Gracias a nuestro intrépido personal, empresas, iglesias y palacios de justicia, en Tejas existen hoy muchas más facilidades para las personas mayores y con discapacidad, así como para los programas gubernamentales.

Los programas del Artículo IX del TCRP sobre acoso sexual e igualdad de oportunidades deportivas han ayudado a hacer del medio rural y de las escuelas secundarias lugares más hospitalarios y respetuosos para las chicas jóvenes, además de dotar a la universidad de la posibilidad de obtener becas deportivas para mujeres. Nuestro proyecto «Safe Schools» (Escuelas seguras) trabaja con grupos comunitarios en los programas contra el acoso escolar, y nuestra campaña «Igualdad ante la Ley» propone la discriminación positiva de los afroamericanos y los hispanos en bancos, restaurantes, moteles y otros alojamientos públicos.

Se hicieron esfuerzos para ayudar a los surasiáticos, musulmanes y ciudadanos árabes, residentes permanentes, y a los estudiantes que, tras el 11 de septiembre, fueron víctimas de discriminación, incluso llevando adelante un pleito contra una línea aérea importante y reclutando a abogados de Tejas para representar, sobre la base de presunción de inocencia, a individuos que eran interrogados por la Brigada de Investigación Criminal. El TCRP trabajó con el Fondo Méxicano Americano para la Defensa Legal y la Educación (MALDEF) para ayudar a fundar una junta escolar única para los distintos distritos y colaboró en la redistribución de distritos de la Corte de Tejas y de los distritos del Congreso, a fin de proteger los derechos políticos y de representación de las minorías.

Ayudamos a la NAACP (Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color) a persuadir al Departamento de Justicia de Estados Unidos para que inspeccionase el Departamento de Policía de Austin e hiciese más de 200 cambios, que incluían el uso de prácticas abusivas en las comunidades minoritarias de la ciudad.

El TCRP se unió al Congreso Judío Americano en uno de los primeros casos judiciales que hubo en el país para impugnar la constitucionalidad de la financiación pública de un programa de formación para el trabajo orientado religiosamente que utilizaba la Biblia como texto y ejercía el proselitismo entre sus alumnos.

Además somos una voz líder en el incremento de preguntas sobre la imparcialidad del sistema de pena de muerte en Tejas, y sobre la posibilidad que existe de ejecutar a personas inocentes.

También somos unos intrépidos defensores de las libertades civiles tradicionales, tales como la libertad de expresión y de reunión, las garantías procesales y la igualdad en el derecho a la protección bajo las Constituciones de Estados Unidos y Tejas.

El trabajo que llevamos a cabo y del que estoy más orgulloso es:

- La finalización de la recolección secreta e investigación de la sangre de todos los bebés nacidos después de 2002.

- La dirección de 480 demandas mediante la ley Americans with Disabilities Act (Ley de Estadounidenses con Discapacidades) y la campañas de aplicación relacionadas.

- La impugnación ante el Gran Jurado en casos de discriminación contra los americanos de origen mexicano, las mujeres y los pobres.

- La eliminación de la exclusión legal de la compensación y ley de desempleo de los trabajadores de granjas y ranchos de Tejas.

- La extensión de la Enmienda de Igualdad de Derechos de Tejas para la votación de las minorías y la redistribución de distritos.

- El establecimiento de un mecanismo de Habeas Corpus para examinar las reclamaciones de inocencia de los condenados a muerte.

- Haber ganado el derecho de los votantes ciegos a emitir su voto en secreto mediante la adaptación de las adecuadas papeletas electorales.

- La prohibición de la prueba del polígrafo obligatoria para los empleados del Estado (y el establecimiento de la privacidad como derecho fundamental en la Constitución de Tejas)

- La protección de los miembros de la Unión de Trabajadores Agrícolas contra el despido por represalia.

- Asegurar el derecho de las personas ciegas a utilizar perros guía en los lugares públicos.

- Siete acciones de demanda por brutalidad policial en McAllen, que reorganizaron el departamento.

Mi evolución personal más reciente y profunda, como he mencionado anteriormente, fue trabajar con Hizmet. Esta etapa comenzó con uno de los viajes de diálogo interreligioso del movimiento a Turquía que, finalmente, me llevó a escribir un libro sobre el juicio político de ocho años de duración a Fethullah Gülen, que terminó con éxito y que, de hecho, ayudó al proceso de profundización democrática de Turquía.

El derecho internacional en el ámbito de los derechos humanos ha sido siempre una de mis pasiones, y fue un honor escribir acerca de un tema sobre el nunca nadie había escrito anteriormente. En viajes posteriores, conocí a mucha gente de Hizmet y siempre me inspiraron sus buenas acciones, el trabajo duro, la amabilidad y el compromiso. Todo ello me recordó que hay gentes de todas las clases sociales y credos que están luchando por la democracia y los derechos humanos.

Queda mucho por hacer, por supuesto. La lucha en pro de los derechos humanos dura toda la vida; construir la sociedad civil es una labor ardua. Como dijo Eugene Debs, el reconocido sindicalista estadounidense, todas las luchas por los derechos humanos se pierden, y se pierden, y se pierden…, hasta que se ganan. De hecho, ha habido muchas personas que han dado su vida en los últimos años, y que han sufrido enormemente por ayudar a hacer del mundo un lugar mejor para su gente.

La sociedad civil tiene todavía que definir y aceptar los derechos humanos de manera más amplia, el derecho al trabajo, el derecho a un sistema de seguridad social y económica, el derecho a la atención médica, el derecho a participar en la vida cultural de la comunidad, el derecho a un nivel de vida adecuado y el derecho a la educación.

La lucha continúa, aprovechando las aportaciones de quienes vinieron antes que nosotros, para el beneficio de los que vendrán después.

En 1958, Eleanor Roosevelt lo expresó muy, bien durante su discurso en Naciones Unidas, diciendo lo siguiente:

«¿Cuándo comienzan, después de todo, los derechos universales? En lugares pequeños, cerca de casa, tan cerca y tan pequeños que no se pueden ver en ningún mapa del mundo. Sin embargo, son el mundo de la persona; el barrio en que vive; la escuela o la universidad a la que asiste; la fábrica, granja u oficina donde trabaja. Tales son los lugares donde cada hombre, mujer y niño busca igualdad ante la justicia, igualdad de oportunidades, derecho a una dignidad sin discriminación. A menos que estos derechos tengan sentido allí, poco significado tendrán en cualquier otro lugar. Sin una acción ciudadana que muestre la preocupación por defenderlos cerca de casa, estaremos buscando en vano el progreso en todo el mundo.»

Tal ha sido el viaje para aquellos de nosotros que fuimos inspirados por John F. Kennedy hace ya tantos años. Ha sido una bendición increíble «trabajar en el viñedo» donde tanta gente buena y decente ha contribuido a mi crecimiento personal. Espero y ruego haberles dado también una parte de lo que ellos me han dado a mí. Eso es, después de todo, el significado de vivir en comunidad:

Hacemos la vida con lo que recibimos.
Hacemos la vida con lo que damos.
Lo que hemos hecho para nosotros mismos muere con nosotros.
Lo que hemos hecho para otros y para el mundo es inmortal.

Mary Ann Evans

Harrington es fundador y director del Proyecto de Derechos Civiles de Tejas, una fundación sin ánimo de lucro que promueve los derechos civiles y la justicia económica y racial para las personas de bajos ingresos en Tejas. Es autor de Wrestling with Free Speech, Religious Freedom, and Democracy in Turkey: The Political Trials and Times of Fethullah Gülen, University Press of America, (La lucha por la Libertad de Expresión, la Libertad religiosa y la Democracia en Turquía: Los Juicios Políticos y Momentos de Fethullah Gülen), 2011.

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