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Los andalusíes fundadores del emirato de Creta

La estirpe del arrabal

10/06/2015 - Autor: Carmen Panadero - Fuente: webislam
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El emirato andalusí de Creta se originó en Córdoba

España desconoce su Historia. ¿Cuántos españoles ignorarán que millares de familias desterradas de un arrabal de Córdoba arrebataron al Imperio Bizantino la isla de Creta, creando allí una dinastía de emires durante el siglo IX y parte del X? ¿Cuántos españoles conocerán que aquellas gentes sencillas del pueblo, ibéricos de una ciudad interior que no habían visto más aguas que las del río Guadalquivir, hiciéronse con la hegemonía del Mediterráneo oriental derrotando a Bizancio en decisivas batallas navales?

En efecto; el emirato cretense-andalusí tuvo su origen en Córdoba, en el mes de Ramadán de 202 de la Hégira (marzo de 818 d.C.). Desde hacía semanas la capital de al-Ándalus andaba revuelta, en especial el arrabal de Sequnda, que recibía su nombre por hallarse comprendido dentro de las dos millas hacia el sur, medidas desde la medina, y abrazado por el gran meandro del río. Era este un barrio muy populoso que había crecido considerablemente a lo largo de las últimas décadas con la llegada a la capital de los emigrantes de poblaciones, comarcas y campos aledaños; en Sequnda se fueron asentando gentes musulmanas y cristianas de muy diversas procedencias, llegando a congregar una población asaz heterogénea, tanto en oficios como en origen y condición. Allí habitaban artesanos y mercaderes, pero, por la proximidad de la Mezquita-Aljama y del Alcázar omeya, también muchos funcionarios de la Administración, religiosos, alfaquíes y estudiantes de Teología.

Córdoba vivía días convulsos en aquel año 818. En el arrabal se urdían conjuras desde la imposición arbitraria de los últimos tributos, que eran ilegales al no estar autorizados por el Corán. El emir Al-Haqem I derrochaba lo obtenido con aquellas injustas y abusivas contribuciones en los más eficaces recursos para oprimir a la población: mantenía una guardia personal de 5000 extranjeros, que acosaban y vejaban a los cordobeses, fortificaba las puertas de la muralla y acortaba los horarios de su apertura, convirtiendo a la capital en infranqueable cárcel y a sus moradores en cautivos.

Los ánimos habían alcanzado su máxima exaltación; disturbios y algaradas se sucedían y la situación parecía a punto de reventar. La chispa detonante tuvo lugar el 13 de Ramadán, cuando un mameluco de la Guardia Real atravesó con su espada a un maestro armero del arrabal por no consentir en reparar su arma de inmediato. Sequnda estalló en un violento motín, justo en el instante en que Al-Haqem I y su séquito cruzaban el arrabal de regreso de una cacería en la Cambania (Campiña). El emir atravesó el barrio y el puente entre insultos, abucheos y pedradas. No se hizo esperar la respuesta del soberano, y mandó crucificar a los apresados en la última asonada contra los impuestos y a un grupo de alfaquíes instigadores.

El pueblo reaccionó alzándose en armas, y el puente y las bocacalles que desembocaban en la medina vertieron, como si fueran caños, muchedumbres sin cuento; como desde hacía años se respiraba una larvada insumisión, la rebeldía largo tiempo sofocada se desbordó. La plebe arrasó a cuanto se le opuso y aniquiló a los guardias que, mandados por el conde hispanogodo Rabĩ, trataban de proteger el Alcázar.

Pero el emir ordenó al ejército regular, acuartelado a extramuros, que entrara en Sequnda y que degollara a aquella chusma que tanto despreciaba. Tres días duraron los incendios, la matanza y el saqueo. Dos mil ciudadanos murieron en las refriegas y trescientos cabecillas fueron crucificados en el puente, en los arrecifes Suhbullãr y de los Tablajeros, llegando las cruces hasta las primeras almazaras. Finalmente, al-Haqem suspendió las ejecuciones a cambio del destierro de los supervivientes, y decretó "que el arrabal fuera demolido, explanado su solar, roturado y sembrado su terreno, sin que nadie osara reconstruirlo en años y siglos venideros". 22000 familias, entre musulmanas y cristianas, partieron al exilio cruzando el estrecho; 7000 de ellas se acogieron a Fez, fundando allí el arrabal de los Andaluces, mientras que las 15000 restantes iniciaron un penosísimo éxodo, extraviadas en la cordillera del Rif, a veces protegidas por beréberes, otras, enfrentadas a ellos, vadeando ríos en al-Magreb, sufriendo los rigores de inviernos y veranos, cruzando desiertos, luchando con beduinos o siendo diezmadas por las epidemias.

No obstante, la fortuna les procuró un caudillo que cambió su destino, uno de los desterrados, Abũ Hafs al-Ballutĩ, así llamado por ser natural de Fahs al-Ballũt o Campo de las Bellotas (Valle de los Pedroches). Al-Ballutĩ había nacido en la población de Pedroche (Betrawj en árabe), donde nadie llegaría a sospechar que aquel lugareño estaba destinado a realizar grandes gestas: logró mantener unidos a los proscritos del arrabal durante más de cuatro años de vida nómada, exploró las islas del Egeo, los guió cuando se hallaban sin rumbo hasta el abrigado puerto, creó con ellos un poderoso ejército que conquistó Alejandría, donde proclamó una república independiente, siendo él elegido presidente por unanimidad.

Luego, expulsados los cordobeses de Egipto por los abbasidas, conquistaron Creta y otras islas del Egeo, donde instauraron un emirato tributario de Bagdad; allí los desterrados recrearon su añorado arrabal y sus costumbres, preservando su identidad como pueblo. Abũ Hafs, elegido como primer emir, inició una dinastía que reinó en Creta durante siglo y medio, creó una flota (el "Pilar del Estado") que se hizo con el dominio del Mediterráneo oriental, venciendo a Bizancio en numerosas y cruciales batallas navales.

No fueron piratas, como afirmaron las fuentes bizantinas contemporáneas de los hechos. Por el contrario, él y sus sucesores sacaron a las islas conquistadas de la postergación en que las guerras civiles y religiosas de Bizancio las habían sumido, regeneraron la maltrecha economía de Creta, que hallábase en regresión y había perdido hasta el uso monetario por la dejadez del imperio; los andaluces acuñaron su propia moneda, impulsaron un comercio interior y exterior floreciente, abrieron Creta al mundo y dirimieron en ella los conflictos religiosos entre iconoclastas e iconódulos, que azotaban a Bizancio por aquellos años . (1

Hasta que en 961 fueron derrotados y exterminados por un ejército bizantino al mando de Nicéphoro Phocas, que dedicó dos años a no dejar en la isla piedra sobre piedra, ni documento o testimonio alguno de aquella civilización. A partir de entonces, los prejuicios lograron que Creta todavía hoy ignore ese siglo y medio de su Historia. Pero la arqueología no ha dicho aún la última palabra.

1(nota)- Skyllitzes Matritensis (códice bizantino s.XI), ben al-Manqalí, Crónica de Abu-l-Fath, ben Hayyán, Levi-Provençal, Reinhart Dozy, Christos Makripoulias, Nicolaos Panagiotakis, Vassilios Christides, "Los Andaluces Fundadores del Emirato de Creta" (ensayo, Carmen Panadero), etc.


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