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Poliedro de Hermes y flores de Bach: la tradición andalusí

Una nueva forma de abordar la terapia floral según las leyes del hermetismo

01/06/2015 - Autor: Ángel Alcalá Malavé - Fuente: Investigación del autor
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El conocimiento alquímico proliferó en Al-Andalus
El conocimiento alquímico proliferó en Al-Andalus

Sin duda alguna, una de las terapias que más beneficioso impacto han producido a lo largo del siglo XX ha sido la ya muy conocida terapia floral del Dr. Edward Bach, un homeópata que en las primeras décadas de la pasada centuria, llevado por un sincero deseo de servir a la Humanidad, e imbuido por el espíritu de la medicina del alma que llevaba a cabo en su labor profesional, descubrió una afinidad y similitud entre las flores y las emociones del alma humana, y propagó un sistema de curación de ésta mediante unos sencillos procedimientos asequibles a todas las personas que desearan tratar la enfermedad desde el parámetro opuesto a cómo estaba siendo tratada por la ciencia oficial. Porque, para empezar, no hablaba del cuerpo como un mecanismo compuesto por leyes regidas al azar que desencadenaban reacciones bioquímicas, sino como un receptáculo que reflejaba una disfunción previa, una desarmonía que de hecho señalaba como causa verdadera de toda patología física, y que acontecía en un terreno invisible no reducible a fórmulas matemáticas ni químicas: el terreno del alma, ese terreno donde más o menos por las mismas fechas que el Dr. Bach, el gran psiquiatra suizo Carl G. Jung  había profundizado hasta llegar a la piel de un océano ignoto y misterioso, poblado por todos los mitos rebautizados como arquetipos, un océano que bautizó como inconsciente colectivo.

Que Jung profundizó en el mundo de la alquimia es cosa sabida, como no podía ser de otro modo en quien se preocupó de sanar el alma desde unos parámetros psicológicos que rozaban la corteza de la mística (v. Ibn Arabí, precursor de Carl G. Jung y el inconsciente colectivo). Sin embargo, y en perfecta sincronía con las tesis que iba formulando –por emplear un término creado por él- aún es poco lo que se ha investigado sobre la vinculación de Edward Bach con el mundo de la alquimia, y aún menos, lo que el mundo de la alquimia puede ofrecer a su sabia terapia floral. Porque ésta es una flor que se entronca en una rama: la homeopatía. Y esta rama procede de otra de mayor envergadura: la alquimia vegetal. Y ambas están interconectadas con todas las demás ramas del árbol de la Sabiduría que tan hondamente estudiaron los sabios que en el mundo han sido: medicina, filosofía, física, botánica, astrología…Por ese motivo, todos ellos escribieron de todas esas disciplinas siendo conscientes de los invisibles hilos de oro que las conectaban. Y es en este punto donde, a nuestro entender, la terapia floral ha de ser insertada para que sea irrigada por la savia dorada de la filosofía hermética en toda su plenitud. Y es ahí donde una relectura atenta y minuciosa de las obras de nuestros sabios andalusíes ofrece, de repente, cual asombro provocado por un relámpago en medio de la tormenta de este tiempo anegado de caos, el resplandor de unas verdades eternas que presidieron y siguen presidiendo la entera creación, esa creación que los filósofos herméticos siempre estudiaron como reflejo del espejo celeste; y al hombre, como microcosmos reflejo de ese mismo macrocosmos.

Toda la gran filosofía griega es hija de este criterio, a poco que desbrocemos nuestra mente de las malas hierbas que en nuestro inconsciente ha ido sembrado el mundo del pensamiento y la ciencia europeos de los últimos cinco siglos, justo en el momento en que, ya en el Barroco, la filosofía corta los lazos de la Tierra con el Cielo, la alquimia se hizo química, y las ramas del saber comenzaron a dispersarse y separarse unas de otras, a tal punto, que incluso dentro de la propia medicina ya no se concibió al hombre como una unidad de cuerpo, alma y espíritu, y los galenos se especializaron en órganos específicos perdiendo por completo una perspectiva hoy llamada…holística o integral o trasversal (y con ello no estoy afirmando que haya que despreciar tanto conocimiento como se ha producido desde entonces, necio sería…). Y una lectura atenta de sus sabios, tal y como sin duda alguna llevaron a cabo los filósofos andalusíes, redescubre al estudioso de la obra del Dr. Bach y del hermetismo, toda una serie de joyas botánicas, filosóficas, alquímicas…que al engarzarse, forman un collar de palomas que permitirán ahondar más en la medicina del alma. Y, de entre esas joyas, relucirán ya recubiertas con el polvo del tiempo, unos rubíes que han permanecido ocultos desde que los últimos andalusíes dieron testimonio de ella hasta la conquista del Reino de Granada, y que no fueron trasvasadas al mundo de la alquimia europea. Y este saber eterno, junto al oro de otras leyes herméticas, al reactualizarse e insertarse en la terapia floral de Bach, la florecen en todo su esplendor. ¿De qué rubíes estamos hablando? De los decanes, es decir, de la división del círculo zodiacal en 36 decanatos, tal y como enseña Hermes Trimegisto en sus libros sapientísimos.

Astrología médica y alquimia en el manuscrito 873 de El Escorial

Afirma Hermes –el patriarca Enoch para judíos y cristianos, Idris para los musulmanes- en el fragmento VI del libro IV de su Corpus Hermeticum, precisamente titulado Sobre los decanatos y los astros:

“Hemos dicho, hijo mío, que existía un cuerpo que envolvía todo; tienes que figurártelo de forma esférica, pues tal es la forma del universo (…) Bajo el círculo de este cuerpo están situados los treinta y seis decanatos. En el círculo del universo y el zodiaco, en el límite de uno y otro. Sostienen, por así decir, al zodiaco, le sirven de límites y son transportados con los planetas. Su fuerza, igual al movimiento del universo y en sentido al de los siete, retiene al cuerpo que envuelve. Ellos empujan a los otros siete círculos, más lentos en su movimiento que el círculo del universo. Estos dos movimientos son, de alguna forma, necesarios. Figurémonos, pues, a los decanatos como a los guardianes de los siete círculos y del círculo universal, o mejor de todo lo que compone el mundo; mantienen todo y conservan el orden general del conjunto.

-Tat: Me represento muy bien lo que dices, padre mío.

-Hermes: Sabe aún, Tat, que éstos no sufren las mismas vicisitudes que los demás astros: no son detenidos en su curso y obligados a pararse y volver hacia atrás; no están, como los demás astros, envueltos por la luz del Sol; libres en la cumbre del mundo, lo abrazan día y noche como guardianes y vigilantes atentos.

-Tat: ¿También tiene una acción sobre nosotros, padre mío?

-Hermes: Muy grande, hijo mío. ¿Si actúan sobre las cosas celestes, cómo no lo harán sobre nosotros? Es una acción concreta y general. Así, entre los acontecimientos generales que dependen de su influencia, citaré las revoluciones de los reinos, los levantamientos de las ciudades, las hambres, pestes, el flujo y reflujo del mar, los temblores de tierra; nada de esto, hijo mío, se encuentra fuera de su acción. Pon atención además a esto: como estamos por debajo de las siete esferas, de las cuales ellos poseen la dirección, ¿no comprendes que su energía se extiende hasta nosotros, sus hijos, que existimos por ellos?

-Tat: ¿Y cuál es su forma, padre mío?

-Hermes: Se les llama generalmente genios; pero los genios no constituyen una especie particular, no tienen cuerpos diferentes, formados de una materia especial y movidos por un alma como nosotros; son las energías de estos treinta y seis dioses. Sabe también, oh Tat, respecto a su influencia, que siembran sobre la tierra lo que se llama las Tannas, unas saludables, otras funestas.” (Los libros de Hermes Trimegisto, ed. Edicomunicación, pps. 230-231).

Esta acción decisiva de los decanes será muy estudiada inicialmente por los hijos de Hermes. Así, Fórmico Materno, autor de los Matheseos Libri Octo –el más grueso tratado de astrología de la Antigüedad, sabiamente aderezado con gotas de neoplatonismo- explica con todo detalle ese diálogo egipcio entre el microcosmos que es el hombre con el macrocosmos celeste, y se basará en un extraño tratado llamado Miriogénesis, escrito, a su entender, por Imuthep. Es decir, Asclepios, el dios de la medicina (en la mitología). Por su parte, Nequepso, fue discípulo de un sacerdote de Thot llamado Petosiris (entre el 1300 y el 1.200 a.C.), que creó un así denominado Círculo de Petosiris que permitía averiguar si el paciente sobreviviría o no a la enfermedad, merced a la descomposición de su nombre en un número a través de los valores numéricos de las letras del alfabeto griego, y su localización en un diagrama dividido en cuatro secciones de siete números, hasta llegar al veintiocho: otro número sagrado que para los sabios siempre representó la estructura del universo (y de ahí las veintiocho letras del alifato árabe, y la ciencia de las letras aplicada al cuerpo humano vía alquimia vegetal, que tan estudiado fue en al-Ándalus). Por cierto, la suma de sus dos números da diez, como no podía ser de otro modo para rendir cuentas con la famosa Década pitagórica, la tetractys, sinónimo de la Memoria. Y, por supuesto, también establecía toda una cadena de “simpatías” entre cada decanato y las respectivas hierbas y piedras que curaban la enfermedad regida por esos mismos decanes.

Irineo, a su vez, en sus Adversus haerenses (I, XXX, 3) registrará que los egipcios no se regían inicialmente por los doce signos zodiacales, sino por treinta y seis décadas de una año de trescientos sesenta días, en los que una estrella o constelación presidía cada una de dichas décadas. ¿Cuál? Aquella en la que el sol moraba durante esos días del año. Esas estrellas secundarias serían llamadas en la astrología hermética paranatellona, y cada uno de los grados singulares que conformaban dichos decanatos se denominarían monomoirai. Y ahí tenemos otro libro que en la Antigüedad se atribuyó a Hermes, seguramente escindido de su corpus inicial de 42 volúmenes, de los que sólo se dieron a conocer 17 cuando se dieron a conocer en el siglo II a.C.: las Iatromatematika, o medicina fundada sobre las observaciones celestes. O ese Breviario médico de Hermes a Asclepio, verdadera recopilación de las virtudes terapéuticas de todo un conjunto de piedras, plantas y animales que hoy, de modo mucho más sofisticado, se nos ofrecen en algunos vademécums homeopáticos. O el tratado Plantas de los doce signos, también atribuido a Tésalo, Harpocatrión o al mismísimo Rey Salomón, y cuyas huellas aparecen en el Secretum secretorum de Alberto Magno. O ese Liber hermetis salvado de la hoguera de la Biblioteca de Alejandría, descubierto entre una serie de manuscritos medievales, en traducción latina de un supuesto original griego que los estudiosos fecharon en torno al siglo V d.C. a la hora de su composición, a la par que reconocían que se basaba en otros muy antiguos que versaban sobre las fases de la luna, las estrellas fijas o…los decanes.

De modo que a lo largo de la Historia de la alquimia –y sus variantes por ella nutridas: astrología, astronomía, medicina, filosofía, botánica…- puede observarse que el estudio de los decanes constituyó un campo de investigación que no pasa desapercibido al estudioso, junto a otra observación: que no fue precisamente el campo más arado por los labradores celestes. Pero todo el esplendor de la filosofía hermética arribó a la España andalusí de modo intacto, y en su suelo, cultivado por esos sabios que lograron transformarla en un reflejo del Jardín de las Hespérides cuajado por las manzanas del oro de la sabiduría, floreció sin duda alguna la medicina practicada por sus hukama, plural de hakim, palabra con la que Yabir ibn Hayyan afirmaba que había que nombrar al alquimista, el que curaba siguiendo el criterio de los símiles posteriormente trasvasado a la homeopatía, como ya sabe el paciente lector que sigue estos estudios sobre filosofía hermética en al-Ándalus. Y, como no podía ser de otro modo, todos ellos siguieron las pautas del microcosmos reflejada en las libros de astrología médica, tal y como se constata, por ejemplo, en el manuscrito 873 de El Escorial, recopilación de un total de once tratados –no siempre completos, pues de algunos sólo quedan fragmentos- en los que se vierten conocimientos de astronomía y astrología médica.

En un tiempo donde las tres religiones monoteístas prohibían la disección de cadáveres, el mejor modo de realizar un escáner al paciente era levantar su mapa celeste, para que el lenguaje de los astros reflejara su interacción en el microcosmos del cuerpo, y también, aplicando el criterio de lo símil, el mejor modo de curar una enfermedad…aplicando las plantas medicinales regidas por el signo zodiacal donde ella se producía. Pero a dicha planta el hakim no le practicaba una infusión, sino que hacía alquimia con ella para extraerle su alma, y la luz coagulada en ella, sobre la que preponderaba la producida por el astro que la regía: ése era su sello, es decir, su signatura, sobre la que habremos de volver más adelante. Y a esa planta, ya convertida en tintura, arcano o magisterio, le extraía el elixir que por criterio de los símiles exigía el paciente. Es decir, eso que en homeopatía se llamó dilución. Con un matiz muy notable: que si Hahnemann, el fundador de ella a fines del XVIII, se vio obligado a prescindir de nueve partes del corpus médico hermético para así hacerla permisible a la mentalidad científica de su época, y por tanto, codificó sólo unas pocas de ellas –sobre todo la 5, 7, 9, 15 y 30-, la espagiria o alquimia verde siguió empleando todas, porque era y es consciente que detrás de cada número latía y late la vibración secreta del astro…que rige a ese órgano del cuerpo que va a curar. Por eso Paracelso afirmó “el astro cura al astro”. Pero retornemos al manuscrito andalusí.

En el folio 4r de su actual ordenación, se ofrece el espejo y su reflejo: es decir, la correspondencia de los climas zodiacales del cuerpo humano con las doce casas astrológicas (líneas 11-15), y más adelante (líneas 18-24) se determinan qué astros rigen según la edad cronológica del hombre, pues hacia ello tenderá por ley de lo símil…también en la enfermedad. Vemos, asimismo, la consabida correspondencia de las letras con los números (a alif se le da el valor de  1.000), así como los hoy llamados “partes arábigos” cuyo origen se retrotrae hasta el Egipto faraónico (cf. Bausani, A., Appunti…, p. 181), o el llamado animodar, basándose sobre todo en los escritos de Ptolomeo, Hermes y Zoroastro. Pero sin duda, a efectos de nuestro estudio, lo más interesante es la correspondencia astros-casas astrológicas-cuerpo humano. A este respecto, afirma Margarita Castells: “El reparto esquemático de los influjos astrales en el hombre se conoce como melotesia. Este tipo de correspondencia se puede relacionar con la que en el mundo clásico se conocía como la melotesiadecánica, basada en divisiones del zodiaco de 10 en 10 grados. Cada uno de estos decanes era el causante de las enfermedades que afectaban al órgano que se le asignaba y tenía particular influencia sobre él. El mismo objetivo tenía el hecho de relacionar las distintas partes del cuerpo con las casas, por lo que tenía especial importancia dentro de la iatromatemática para la prognosis médica. En la traducción alfonsí de la obra astrológica de Abu-l-Hasan Ali ibn Abi-l-Rayal, por ejemplo, se dice que estas correspondencias, en combinación con un determinado indicador astral, son utilizadas por los médicos para “saber en qué parte del cuerpo es la enfermedad” (cf. Aly Aben Rahel: El libro conplido en los iudizios de las estrellas, ed. de G. Hilty, Madrid 1954, pp. 63-63). La relación que aparece en nuestro manuscrito es parecida a la especificada en el Tafhim de Biruni” (Margarita Castells, Notas astrológicas y astronómicas, Alcántara, XII, 1991, p. 55).Constata la arabista, por último, que estos textos debieron circular durante los siglos XIII al XV en el seno de la familia judía de Salmun ibn Waqar, pues como es sabido, los hebreos realizaron una gran labor de traducción del árabe al latín o castellano a lo largo de su estancia en España.

¿Podemos deducir que el uso de los decanatos en astrología médica, tal y como fue traducido al latín, fue empleado también en la España cristiana o Europa para usos alquímicos? También el sabio místico mallorquín Raymond Llull, embebido de las aguas herméticas que halló en los sabios andalusíes, propuso en su Tractatus novus de astronomía un nuevo método de estudio del cielo donde intervienen los decanatos, ciertamente, pero cualquiera que siga esta pista hallará que ellos seguirían cumpliendo su función para las labores de la astrología médica, mas no ya para la alquimia.

Filosofía y signatura

Toda la historia de la Filosofía antigua, medieval y hasta los últimos neoplatónicos del Renacimiento es fiel a un concepto: el diálogo sagrado entre el Cielo y la Tierra, y de cómo ésta es el reflejo de aquél, pues el Árbol del Universo –ese árbol presente en la bóveda del Salón de Comares de la Alhambra- plantó sus semillas en nuestro mundo sublunar. Pocos son los grandes filósofos de ese tiempo que no comulgaron con esta máxima, aunque también procuraran aportar su conocimiento a todas las ramas del árbol del Saber. En la España andalusí, tenemos el máximo ejemplo en Ibn Hazm, el único de los grandes sabios andalusíes que no participó de la filosofía hermética. Curiosamente, quien sí participó de ella fue Ibn Rushd (Averroes), pero al proponer su teoría de la doble verdad, como constató en su día el Prof. Lomba Fuentes, escindió la Hikma (el saber místico y gnóstico) de la Falsafa, de la Filosofía, propiciando con ello el inicio de la desacralización de dicho árbol de la Sabiduría.

Por eso toda la cadena filosófica abunda en eslabones nimbados por el oro del hermetismo, y la lectura de sus textos propicia dos versiones: una literal, y otra oculta. Y es la literal la que lógicamente prevalece en el mundo académico. Por eso no se ha advertido que uno de los pilares básicos de todos los sabios antiguos, dentro de ese diálogo entre el macro y el microcosmos, fue el concepto de lo que en alquimia se denominó…signatura. Es decir, el reflejo terrestre de su prototipo celeste, así fuera planta, animal, color, sabor, nota musical, etcétera. Todo eso que los libros de astrología tradicional siguen recogiendo bajo el concepto de…regencia. Es decir, todo aquello que rige un determinado signo zodiacal, que reina sobre esas influencias en el mundo sublunar a través del astro respectivo. Pues lo que en los libros de Hermes Trimegisto se denominan dioses, huelga decir que tras la llegada de las religiones monoteístas sería ya interpretado como…astros, esas inteligencias motoras del Cielo que con su alma propician el movimiento de toda la vida en la Tierra. Pues a la revelación del primer Hermes, le siguió la revelación de toda la cadena profética, hecho majestuosamente desentrañado por Ibn Arabí en su Fusus al Hikam (Los engarces de la sabiduría).

Cuando se estudia la filosofía de Empédocles, Platón, Aristóteles, o los neoplatónicos cristianos, judíos o musulmanes desde este prisma de la signatura, todo su edificio filosófico se ilumina con esa misma luz oculta que la luna presta a la oscuridad de la noche, y ambas luces, la de la luna y la del sol de la literalidad, se conjuntan para propiciar el resplandor. Ése es el guiño oculto que existe en toda la cadena de la filosofía hasta los últimos neoplatónicos del Renacimiento. Veamos dos ejemplos: uno de un filósofo griego, y otro de uno andalusí.

De Empédocles han sobrevivido dos obras de título muy significativo desde la perspectiva alquímica: Sobre la naturaleza de los seres y las Purificaciones. A buen seguro que si el fuego interno del mundo no hubiera consumido el poema médico de seiscientos versos que según Diógenes había escrito el sabio de Agrigento, el inacabado puzzle de su filosofía se habría insertado con mayor facilidad. Lo que resulta a todas luces evidente es que cuando habla de las cuatro raíces de todas las cosas, se está refiriendo a la signatura, y no a los elementos, como equivocadamente creyó Aristóteles y su sucesor Teofrasto. Y, a partir de ellos, casi toda la filosofía griega y sus sucesores…hasta que llegó el Pseudo-empédocles árabe (v. Del misterioso Empédocles árabe y la alquimia andalusí). Porque Empédocles empleó la palabra rizómata (“raíces”) y no el vocablo stoicheia (“elementos”). Pero Aristóteles –que seguramente sabía de qué hablaba el de Agrigento, pero gustaba burlarse de los presocráticos- concibe al elemento como el “constituyente primero de cada cosa” (Met. V 3, 1014 b 15), y desde esa concepción, cambia los vocablos empleados por Empédocles. Y al cambiar los vocablos, cambia también los conceptos para adecuarlos a su interpretación filosófica. Mas dejemos esta cuestión para los eruditos.

En su cosmovisión, Empédocles concibe al universo como un Esfero del que surgen las cuatro raíces de todas las cosas, movidas por dos fuerzas alternantes: el Amor (principio coagulante) y el Odio (principio disolvente). Ya desde los versos iniciales, el sabio de Agrigento nos avisa de la necesidad de retirar el velo de las apariencias a la realidad que contemplamos y percibimos a través de los sentidos, para ir más allá de ellos:

“Pero ahora examina de todas las maneras posibles la evidencia de cada cosa, y no concedas más crédito a la vista que al oído, a tu oído, que escucha el eco de las claras indicaciones de tu lengua. No desconfíes de los otros miembros por cuanto representan un medio más de conocer: pero conoce las cosas de la forma que las haga más claras” (frag. 3).

Tras esta exhortación, expone su teoría de las signaturas apoyándola en la identificación con los dioses existentes, como no podía ser de otro modo en un hombre con la mentalidad de la época que estamos tratando. Sacar ese poema de su contexto cultural, de sus coordenadas espacio-temporales, para desentrañarlo desde las nuestras, supone vaciarlo por completo del espíritu y el contenido con que fue escrito. Empédocles quiere dejar claro que el mundo de la pluralidad y diversidad que contempla el hombre, tiene sus raíces más allá de la Tierra:

“Escucha, primero, las cuatro raíces de todas las cosas: Zeus brillante, Hera dadora de vida, Aidoneo y Nestis, que con sus lágrimas hace brotar la fuente mortal” (frag. 6). Este solo fragmento ya comenzó a causar polémica desde su creación, y los filósofos y críticos fueron atribuyendo a cada dios una raíz en particular. Aecio de una versión, Hipólito otra, Filón de Alejandría la suya…y de éste tomaría sus conceptos la cosmovisión islámica. El concepto de  “fuego secreto” en la alquimia dependerá de la correcta interpretación de su poema, de ahí que en el siglo VIII el Pseudo-empédocles árabe procurase establecer con minuciosidad los límites y atribuciones de cada elemento. ¿Qué dios equivale a su respectiva raíz?

Ya en el siglo XIX fueron establecidos correctamente, aunque Norden ya sospechó que acaso no se había vislumbrado ni la punta del iceberg de un sistema de pensamiento oculto. Y no lo sabía, pero se estaba refiriendo a la filosofía hermética. He aquí la interpretación: Zeus es el aire; Hera la tierra; Aidoneo equivale a Hades, y por consiguiente, al fuego. Sicilia, lugar de nacimiento de Empédocles, fue tierra de volcanes, donde era más visible que en otros puntos geográficos los efectos del fuego interno que arde dentro de la tierra. Nestis, por su parte, es la diosa siciliana del agua. Y es en el frag. 109 donde afirma: “pues vemos la tierra por la tierra, el agua por el agua, el éter por el éter celeste, el fuego igualmente por el fuego destructor, el amor por el amor, y el odio por el funesto odio”. De ahí deducimos evidentemente su teoría de la curación por los símiles, no por los contrarios, ni por fitoterapia como mero “cortador de raíces”. Respecto a la sustitución del éter por el aire, no es tal, sino el primer gazapo en la historia de la alquimia, pues evidentemente Empédocles sabía la diferencia existente entre el aire y el éter. Porque sus cuatro raíces se convierten en cinco. Pero no es ésta la cuestión que nos interesa ahora, aunque si el lector curioso quiere ahondar en ello, así como en el concepto de signatura en Pitágoras, Platón, Aristóteles, los estoicos o los neoplatónicos, le remito a mi nuevo libro Poliedro de Hermes y flores de Bach: Filosofía, Medicina, Física y Terapéutica. Allí leerá, asimismo, el concepto de signatura en algunos de nuestros sabios andalusíes, como por ejemplo Ibn Bayyá (Avempace), que desentrañamos aquí.

El magno filósofo zaragozano la expone claramente en dos de sus obras: El régimen del solitario y su tratado Sobre las plantas. Por su interés para nuestro estudio, tomamos la de éste último, donde literalmente afirma: “Pero estas plantas, aunque por virtud de la concordancia del calor y de la humedad que hay en el agua del mar se extienden por ella, sin embargo, por razón de la densidad de ella y por su lejanía del equilibrio temperamental, carecen de hojas. (…) No tienen, sin embargo, fruto las plantas marinas, y la causa de ello es la densidad del agua y su lejanía del equilibrio temperamental” (Avempace, Sobre las plantas, Al-Ándalus, tomo V, p. 296). Hablar del equilibrio temperamental es hablar de eso que el gran Teofrasto, sucesor de Aristóteles al frente del Liceo, ya expuso en su obra botánica cuando denominaba a la planta como “individuo vegetal”. Y con ello se referían, Teofrasto e Ibn Bayyá, a la signatura (v. El fuego en la alquimia vegetal de Ibn Bayyá). Mas el primero en hablar de ella en la España andalusí fue Ibn Masarra (v. La filosofía hermética en Ibn Masarra), que huelga decir, bebió profusamente de las fuentes de las Epístolas de los Hermanos de la Pureza, esa magna obra filosófica que con toda seguridad, a nuestro entender, nació en el horno filosófico y alquímico de Yabir Ibn Hayyán, el discípulo predilecto de Yafar as-Sadiq…¡el Pseudo-Empédocles! Epístolas, por cierto, donde existe un gran peso de la astrología como ciencia que procura esa máxima que nunca olvida el alquimista: conocerse a sí mismo, para transmutar sus defectos en virtudes, su materia en espíritu, su densidad en ligereza, su plomo en oro, su ignorancia en sabiduría. Porque el mapa celeste no sólo ofrece un escáner del cuerpo. También, y sobre todo, del alma en su periplo por la Tierra.

El Árbol de la Ciencia y las flores de Bach

Todos los sabios que estudiaron la botánica como una de las ramas del árbol de la Sabiduría comprendieron siempre la estrecha relación existente entre ella y…el Cielo. Para empezar, Teofrasto, en dos libros: Historia de las plantas y Causas de las plantas. Si cotejamos el título de otras obras que no sobrevivieron a la posteridad, citadas por Diógenes Laercio, comprenderemos que también fue hijo de Hermes: De la sal, del natrón y del alumbre; De las piedras; De las coagulaciones y licuefacciones; De los signos; De los cuerpos celestes; De los números; Del cielo…Tras explicar en qué consiste el equilibrio humoral existente en los árboles, el sucesor de Aristóteles afirma en el Libro VII del capítulo X de su Historia de las plantas:

“Pero aquellas plantas cuyas semillas están aún inmaduras y faltas de sazón y les sorprende el invierno, tienen una primera germinación, una floración y una maduración proporcionalmente más tardías. Por lo cual acontece que algunas florecen en el solsticio; otras, después del orto de la constelación del Perro, y algunas, después del nacimiento de Arcturus y del equinoccio de otoño”.

Pero a nuestro entender, el filósofo que más desentrañó las leyes ocultas de la naturaleza de las plantas como reflejo del Cielo fue Raymond Llull, y por ello, su magna obra el Árbol de la Ciencia ha constituido uno de los fundamentos de nuestra investigación sobre la terapia floral de Bach. Un Raymond Llull que reconoce sin tapujos en su Blanquerna que había escrito su Libro del Amigo y del Amado siguiendo el método de los sufíes. ¡Mas cuántos de sus libros no desprenden ese inconfundible aroma! Hoy, algunos estudiosos de su obra lo señalan como precursor de la actual lógica simbólica.

En su Árbol de la Ciencia explica las leyes del universo, el mundo y la naturaleza a través de dieciséis árboles: elemental, vegetal, imaginal, sensual, humanal, imperial, apostolical, celestial, angelical, eviternal, maternal, cristianal, divinal, ejemplifical y cuestional. A efectos de nuestro estudio, nos interesan sobre todo tres: el vegetal, el elemental y el celestial, donde a la postre explica y perfila toda la teoría expuesta en su Tractatusnovus de astronomía. La aplicación de las flores de sabiduría que desprenden sus árboles, permitirán comprender la dimensión del mundo desde la sagrada perspectiva del hermetismo, mas como habrá advertido el lector, dichas leyes no han sido trasladadas a la terapia floral, ni a la interacción de las flores de Bach en el microcosmos del paciente. Llull bebió indudablemente de Ibn Arabí, y de todos los sabios andalusíes e islámicos que le precedieron –no en vano reconoció que tardó nueve años en aprender correctamente el árabe-, y al explicar la división de este libro ya advierte que “por estos dieciséis árboles se pueden tratar todas las ciencias. Está puesto en esta Ciencia el Árbol Elemental, para que por él se conozcan las naturalezas y propiedades de los Elementos, y lo que son, y las operaciones que hacen, y lo que se sigue de ellos. Por el Árbol Vegetal se da conocimiento de las Plantas según su vegetación y operación, que tienen en sí mismas, según las Naturalezas que tienen por sus instintos y apetitos naturales (…) Por el Árbol Celestial se da conocimiento de la impresión que los cuerpos celestes hacen e influyen en los cuerpos inferiores, y de las naturalezas que reciben los cuerpos inferiores de los cuerpos superiores (El Árbol de la Ciencia, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, pp. 2 y 3).

Su intención es evidente a lo largo de todo el tratado: reformular las signaturas según las naturalezas de los doce signos y los siete planetas. Todos los árboles son divididos en siete partes, de abajo arriba: raíces, tronco, brazos, ramos, hojas, flores, frutos. Y sus raíces son las mismas expuestas en el Tractatus: Bondad, grandeza o magnitud, duración, poder, sabiduría, voluntad, virtud, verdad, gloria, diferencia, concordancia, contrariedad, principio, medio, fin, mayoridad y minoridad. Así, por ejemplo, es la duratio del cielo lo que hace duraderos la sequedad y el frío de Saturno, o el calor y la sequedad del Sol, y el calor y humedad de Júpiter. El tronco es un cuerpo confuso, un caos donde se congregan todos ellos en el mundo sublunar, “en el cual están esparcidas y sembradas todas las especies de las cosas, y sus disposiciones y hábitos” (op. cit., p. 3). Los brazos son los cuatro elementos, que define como “sustancias de las cosas Elementales; que se sustentan y sostienen en ellos. Y éstos son insensibles e incorruptibles en cuanto son simples” (op. cit., p. 3).

Por los ramos entiende las cuatro masas, es decir, estos mismos cuatro elementos corporeizados en las llamas, o en el aire, o en la lluvia o en los ríos, o la tierra. Las hojas, por su parte, serían “los accidentes de las cosas corpóreas corruptibles, como son la cantidad, la cualidad, etcétera…”. Las flores serían los instrumentos de las cosas: por ejemplo, la mano, que es instrumento para obrar; o el pie, para andar. Y por el fruto entiende todo lo “elementado”, es decir: “la piedra, la manzana, el hombre, el león, el pez, el ave, el oro y la plata”.

Por consiguiente, lo elementado es todo lo creado sobre el mundo sublunar, que es susceptible de ser signaturizado desde su elemento primordial. Pero en Llull hallamos una profundidad filosófica inconmensurable a la hora de desentrañar las claves que permiten signaturizar toda la creación, pues no se contenta con exponer la teoría humoral de herencia griega, sino que abunda en ella desde unas claves sólo expuestas por el gran maestro Ibn Arabí. He ahí a dos grandes místicos, filósofos y alquimistas –inseparables unas ramas de otras- nacidos sobre sueño español que representan ese diálogo entre sabios de distintas religiones que aún hoy sigue llameando en el firmamento de la Historia.

Ahondar en cada aspecto estudiado por Llull en cada uno de sus dieciséis árboles podría suponer una obra de dieciséis tratados, de modo que entenderá el lector que aquí no podamos profundizar más, tan sólo esbozar apenas la hondura de su tratado, y lo remita a mi ensayo Poliedro de Hermes y flores de Bach: Filosofía, Medicina, Física y Terapéutica, donde expongo todo lo aprendido por los sabios del mundo de la filosofía hermética para aplicarlo a la terapia floral de Bach. Pues para extraer de ella su máximo potencial terapéutico, es necesario conocer la signatura de cada una de sus 38 flores, que sanan la totalidad del mundo emocional sumergido en el océano del alma humana. Y dicha signatura, al igual que la realidad toda, obedece a una trinidad en la unidad en cada flor.

Es decir, que cada flor es el reflejo de tres signaturas, expresadas como un astro en tres signos diferentes. Porque como es Arriba es Abajo, y al observar con paciencia el alma de la flor, el terreno en el que se desarrolla, la estación en que florece, el color de sus flores, su olor y sabor, y todo un conjunto de parámetros minuciosamente extraídos de los libros de los sabios, hallamos en el Cielo ese mismo lenguaje. Es el eterno diálogo entre el macro y el microscosmos. Los llamados por el Dr. Bach  Doce Sanadores son regidos por distintos astros a través de tres signos zodiacales, que a su vez reflejan el conflicto psicológico y emocional del alma señalado por Bach, quien por cierto, inicialmente apuntó a la Luna en el signo natal como astro determinante para saber la flor tipológica de cada uno, pero posteriormente lo descartó, sin volver ya a mencionar el tema. Y por este aspecto es por donde hemos profundizado todo lo posible desde la filosofía hermética. Porque determinar la signatura de la flor supone señalar “la forma de su alma”, como por ejemplo Sinesio de Cirene definió a la signatura. Y extraer ese elixir de la tintura floral –es decir, una dilución determinada- potenciará enormemente su poder terapéutico primero en el océano emocional, después en su correspondiente órgano físico, todos ellos reflejados aún y siempre en el mapa celeste, porque sigue siendo el reflejo del microcosmos humano y…el escáner de su alma.

A su vez, los Siete Ayudantes y los Segundos Diecinueve –recordemos al lector que el Dr. Bach fue hallando poco a poco la virtud sanadora de cada una de sus 38 flores- son representados en el espejo celeste, generalmente, a través de un astro en tres decanatos diferentes correspondientes –también en general- a su propio elemento. Por ejemplo, Olive, es regido por Saturno en el primer decanato de Capricornio, segundo decanato de Tauro y tercer decanato de Virgo. Quien presente en su mapa celeste esa posición, ya sabe que dicha flor sanará el conflicto psicológico-emocional que porta en su seno como “virtud”, que diría Raymond Llull. Pues todas ellas, ayudan a transmutar cada defecto en virtud dentro del alma humana, y el conjunto de las 38 flores de Bach situadas en el círculo zodiacal abarcan la totalidad del océano emocional del hombre. De esa transformación de la sombra en luz, y de los defectos en virtudes, hablan los filósofos  neoplatónicos, que expresan esas virtudes en los Nombres de Dios como atributos. La alquimia del alma era y es la condición previa a la transmutación del plomo en oro que luego efectuaban en el interior de sus laboratorios. Y, a medida que más se conocían a sí mismos, y con mayor autenticidad efectuaban esa lenta y paulatina transformación, mayor elevación presentaba su alma, y por lo tanto, menor propensión a la enfermedad. Por eso hemos colocado en nuestro nuevo libro, en el capítulo correspondiente a la Medicina la flor apropiada para cada uno de los doce trabajos de Hércules, que ejemplifican el trabajo del alma, su alquimia interior. ¿Acaso no afirmó el egregio Ibn Bayyá en El Régimen del Solitario que un alma exenta de vicios está libre de toda enfermedad?

Hoy como ayer, las verdades eternas siguen vigentes en el mundo y en el hombre. Y en este desacralizado siglo XXI que ha olvidado ya la existencia del alma –acaso porque no cotiza en bolsa-, la sabiduría que resplandece en las obras de los sabios del pasado, cual manzanas de oro en el Jardín de las Hespérides, nos sigue aportando el jugo de sus frutos. Que las tinturas de la terapia floral de Bach curan, es algo exento de toda duda. Con esta propuesta, dentro del esquema hermético de curación por los símiles, y de que lo sutil influye en lo más denso –pero no al revés: he ahí la clave de la curación por homeopatía- avanzamos un paso más. Los elixires, es decir, las diluciones, son compuestos más sutiles que las tinturas, y por tanto, se aproximan más a esa “flor del intelecto” de la que hablaba el neoplatónico Proclo en su intento por definir la cascada de emanaciones procedentes de la Fuente que dio origen a todo lo creado. Allá fuera, en el universo…y en el interior del hombre. Porque como es Arriba es Abajo.

Ángel Alcalá Malavé es colaborador de Webislam

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