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El mundo musulmán celebra el Aid al Maulid

20/03/2008 - Autor: Asociación Islámica BADR
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El nombre de Muhammad en árabe
El nombre de Muhammad en árabe

Hoy jueves, de acuerdo con el calendario lunar, los musulmanes del mundo conmemorarán el Máulid, una fiesta en la que se celebra el nacimiento del Profeta. Es una ocasión propicia para hablar de lo que significa el Profeta –ar-Rasûl– (sallà llâhu ‘aláihi wa sállam –La paz y las bendiciones de Allah sean con él–) para los musulmanes.

El Mawlid es una fiesta eminentemente popular y, sobre todo, sufí. Hay quienes objetan que se trata de una celebración poco conveniente, que no pertenece a la Tradición musulmana. Los más extremistas consideran que es una bid‘a, una innovación carente de fundamento y por tanto censurable. Y también hay quienes exageran considerando que se trata de una fiesta en la que se rinde culto al Profeta, y por tanto sería claramente anti islámica. Una vez hechas estas observaciones, pasemos a hablar de lo que nos interesa: la significación del Profeta en el Islam y lo que es en realidad el Mawlid.

Si repasamos la biografía de Sidnâ Muhammad (s.a.s.) observaremos fácilmente una característica que la diferencia notablemente de los relatos sobre las vicisitudes de otros profetas: su historicidad. Efectivamente, el Profeta del Islam nos es presentado como personaje histórico, con fuentes fidedignas para el conocimiento detallado de su vida. Son pocos los elementos fabulosos que rechazaría un historiador ‘positivista’ (la Apertura del Pecho, la Revelación, el Viaje Nocturno, y poco más). Todo lo demás es creíble para cualquiera, y más si tenemos en cuenta el rigor en la transmisión de esas noticias.

La biografía del Profeta del Islam –Sidnâ Muhammad (s.a.s.)– resulta chocante a los creyentes de otras confesiones. Es ‘demasiado humano’. Efectivamente, nada tiene que ver lo que los musulmanes saben acerca de Muhammad (s.a.s.) con las extravagancias que se cuentan de otros profetas cuyas fuentes no son el Corán. La vida de Muhammad (s.a.s.) es menos ‘espiritual’, entendiendo por ‘espiritual’ el surrealismo propio de las religiones al uso.

Quizás porque la época del Profeta es próxima a nuestros días, la información sobre su vida es abundantísima: el ‘realismo’ de los árabes (pueblo sin imaginación y poco dado a las fabulaciones, según algunos clásicos del arabismo) ha permitido que se nos trasmitiera su biografía de un modo que lo sitúa en coordenadas que nos resultan reconocibles y aceptables. Leer su biografía con equidad nos lleva a reconocer a un genio, a un personaje de ‘su tiempo’ que supo hacer uso de su realidad para construir una nación. Sin embargo, en todo ello, sin necesidad de mitologías, los musulmanes leen muchísimas más cosas que pasan desapercibidas a los occidentales.

El hecho de que los profetas anteriores sean indocumentables por la historia moderna nos puede permitir comprender mejor su valor como arquetipos de realidades espirituales profundas. Los sufíes han sido expertos en descubrir la significación mística de cada profeta anterior a Muhammad (s.a.s.), gracias a que lo histórico no estorba a la hora de enfocar a esos personajes. Pero si Sidnâ Muhammad (s.a.s.) es arquetipo de algo, lo es del Ser Humano... Con él no caben disgresiones que lo aparten de su verdadera realidad, su condición de hombre. Por ello, los sufíes ven en él el prototipo del al-Insân al-Kâmil, el Ser Humano Pleno. ¿Qué queremos decir con esto?

Los musulmanes subrayamos constantemente la condición humana de nuestro amado Muhammad (s.a.s.). Ningún musulmán se permite la más mínima ligereza al respecto: Muhammad (s.a.s.) fue un ser humano, y nada más. El Corán insiste en ello, y describe al Profeta como hombre que comía y bebía lo que comen y beben los hombres, y se paseaba por los mercados como el resto de los mortales. También la Sunna (la Enseñanza personal del Profeta) no deja lugar a dudas: Muhammad (s.a.s.) jamás pretendió ser otra cosa que un ser humano. Muhammad (s.a.s.) fue ‘ábdullâhi wa rasûluh, un esclavo de Allah y su Mensajero... Él se realizó en la sujeción a Allah, reconociendo su dependencia absoluta de la Verdad que lo creó.

Esta es la base a la que no renuncia ningún musulmán. Pero resulta que es la base para algo prodigioso. Es la base para saber lo que es un ser humano. Gracias a Muhammad (s.a.s.) podemos reflexionar sobre la nobleza y grandeza de la condición humana. Muhammad (s.a.s.) se trasforma entonces ante nosotros en una luz extraordinaria que ilumina el más grande de los secretos. Y así lo expresan los sufíes cuando hablan de la Luz de Muhammad (s.a.s.), el Nûr Muhammad, cuyo surgimiento se celebra en el Máwlid.

El Ser Humano es el califa, la criatura soberana, la que hace historia. El ser humano es la criatura que ‘contiene’ a Allah (Allah ha dicho: “No me abarcan ni los cielos ni la tierra, pero sí me contiene quien se abre a Mí”), por tanto, las honduras del Ser Humano son infinitas. Sidnâ Muhammad (s.a.s.), siendo un hombre normal, es el signo de esa inmensidad humana. Por su ‘normalidad’ es válido como modelo. Al resaltar su condición humana, lo hacemos preeminente ante nosotros, lo convertimos en nuestro ‘señor’ (sayyid), en nuestro guía, y él mismo fue consciente de ello cuando dijo: “Soy el señor de los descendientes de Adán, y no es vanagloria”.

Muhammad (s.a.s.) es, por tanto, un secreto infinito, su alcance es desmesurado, su naturaleza es un misterio, porque es capaz de albergar lo que no tiene ni principio ni final. Se trata de una joya de valor incalculable, de una esencia absoluta (al-Haqîqa al-Muhammadía, la Esencia Muhammadiana). Podemos, por tanto, hablar de Muhammad usando términos aparentemente exagerados y que sin embargo no alcanzan a describir esa realidad califal.

Sidnâ Muhammad (s.a.s.) es el ‘arquetipo’ de todas esas cosas, pero aún hay mucho más. El Islam declara la Unidad y Unicidad de Allah, y la acompaña de la mención del nombre de Muhammad (s.a.s.): lâ ilâha illâh Muhámmadun rasûlullâh, No hay más Verdad que Allah y Muhammad es el Mensajero de Allah... Quien pronuncie de corazón esa doble frase pasa a ser considerado musulmán. No es suficiente proclamar la Unidad del Señor de los Mundos, hay que sumarle la condición de mensajero de Muhammad (s.a.s.). Muhammad (s.a.s.) fue el Profeta, el Mensajero de Allah, el que nos lo dio a conocer, el que exteriorizó esa infinitud que albergaba en su interior. Y ello no es cualquier cosa. La Revelación no es un hecho anecdótico. No consiste en que Allah le contara unas cosas a Muhammad –en mediación de Yibrîl– y él nos las trasmitiera.

El amor apasionado por el Profeta no es fanatismo: es el método que hay que seguir para alcanzar su corazón y descubrir ahí las inmensidades que alberga el ser humano en lo más íntimo de sí. Los musulmanes, y especialmente los sufíes, buscan una relación real con el Profeta que los asome a esos espacios infinitos donde está la esencia del ser humano. Y el Máwlid, la fiesta que tendrá lugar el jueves, es una ocasión para indagar en los sentimientos que aún es capaz de desatar el Profeta, sumergiendo al que lo ama en su luz. Y también la visita a su Tumba en Medina es una forma de acercarse físicamente a quien no desligó la grandeza de la condición humana...

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