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Mis Negritos

Mis negritos son hijos de la injusticia y del dolor en un grado que no puedo calcular, pero que no me deja respirar

10/07/2014 - Autor: Moámmer al-Muháyir
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...como inmaculados y brillantes pájaros salvajes, algún día poblarán con sus colores un cielo diáfano, acariciado por un Sol tibio y dorado...

Ayer a la noche, luego de un tranquilo y productivo día de trabajo y justo antes de que se cumplieran tres años de completa estabilidad, se me volvió a aflojar el tapón. Sí, el tapón. Un tapón que fabriqué y que me separa de todo el dolor que no me deja vivir.

Como cadavéricos negritos sudaneses que se resisten a cerrar los ojos durante una sequía interminable, se escaparon y volvieron a interpelarme las emociones de mi infancia.

– ¿Dónde está papá?

– No está...

– ¿Y mamá?

– No está...

– ¿Van a volver alguna vez? ¿Los vamos a conocer?

– Es muy tarde para eso... ya les expliqué. Habría que nacer de vuelta, no se puede volver el tiempo atrás...

Nunca entendieron ellos que esos dos fantasmas que salieron de los calabozos de la dictadura militar en el '82 eran sus verdaderos padres. Que esta vez sí, eran de verdad. Esperaban con ansias conocerlos, y cuando no recibieron más que golpes, maltratos, amenzas incomprensibles y gritos desgarradores, se aferraron tercamente a la ilusión de que ellos no eran, de que papá y mamá aún estaban por venir. Y no he podido convencerlos; aún los esperan.

– ¿Y tu hermano?

– No está...

– ¿Y tu hijo? ¿Tuviste un hijo? ¿Podemos verlo? ¿Podemos jugar con él?

– Basta... váyanse, por favor.

– ¿Falta mucho?

– ¡No sé!

– ¿No llorás un poco, para nosotros? Tenemos hambre y sed...

– Basta, no puedo, no puedo... Todavía no tengo nada para darles. ¡No he sido irresponsable ni un minuto, ni un minuto! No hay nada más que yo pueda hacer, váyanse por favor, váyanse...

Con la mirada fría e imperturbable, fija en el suelo y sin atreverme a mirarlos, desenfundé lentamente y los encandilé con el filo de mi espada, con gesto amenazante. Comprendieron, mis negritos. Bajaron la cabeza resignados y se prepararon para otro inciertamente largo ostracismo. Lejos de temerme, saben que pueden matarme en pocos días si se quedan. Saben que fabriqué esa espada implacable para defenderlos y que no descansaré hasta que ellos descansen. Nunca. Contemplar mi indignación, la serena furia que me invade cuando los veo, les da esperanzas de vivir, de llegar, algún día. Por eso me obedecen y se van. Ya puedo respirar. Coloco el tapón y lo apreto con todas mis fuerzas, preguntándome cuándo se volverá a aflojar.

Mis negritos son inmortales: nacieron conmigo y estarán allí cuando yo muera, contemplándome fijamente; gorditos y con ojos felices, si tengo éxito; con silencioso agradecimiento, si al menos lo intenté; o con ojos acusadores de decepción, si los llego a olvidar y descuidar. Están a mi cuidado, pero no puedo vivir con ellos y por eso los encierro en una oscura caverna sellada, donde están a salvo de las miradas desde hace 26 años, cuando luego de una larga agonía y desamparo finalmente murieron de alexitimia, a mis 11 años, y tuve que enterrarlos para seguir viviendo. Olían a podrido, a dolor añejo y nadie los quería. «Algo habrán hecho», pensaban todos. Tampoco puedo vivir sin ellos. Pero mientras tanto, si me dan tiempo y me dejan respirar, puedo pensar con claridad y actuar. Puedo buscar, incansablemente, y morder el polvo luchando por ellos una y otra vez sin que se enteren.

Para renacer, me piden tantas cosas simples, tantas cosas bellas, que yo no puedo darles... y no dejan de pedirlas, de llorarlas. Cosas que no puedo mencionar, por vergüenza. Porque yo me sentiría un egoísta de porquería atendiendo sólo sus necesidades, y sentiría que no merezco vivir, cuando hay otros, hay otros, cuyos negritos me esperan con ilusión, y a los que yo sí pude alimentar y todavía puedo.

Mis negritos no quieren afecto prostituído. No quieren consuelo. Mis negritos no quieren explicaciones, ni palabras de ánimo ni de aliento: las odian. Mis negritos se niegan a beber orina y llenarse la panza con toda esa bosta: de los amigos, prefieren la comprensión del silencio. Mis negritos tienen hambre, hambre de verdad; están famélicos, quieren morder.

Como muertos vivientes, mis negritos quieren encontrar y perseguir a Luis Miguel, Chayanne, Arjona y otros cantores pseudorrománticos, y arrancarles la carne a mordiscones hasta que se retuerzan y se les salgan los ojos de las órbitas. Mis negritos sienten rabia cada vez que los oyen, los odian a ellos y a todos los parásitos del corazón, porque aparecen demasiado seguido en sus canciones. Dicen mis negritos que los parásitos del corazón son la peor clase de defraudadores, que viven de prostituir las ilusiones de la gente inocente, de prostituir palabras como amor, amistad, corazón. Y me piden Silvio Rodríguez; lo llaman «su hermano».

Mis negritos han visto y ven todavía demasiada gente alrededor viviendo en una nube de pedos de colores, llorando por un iPhone 5, anunciando públicamente que se suicidarán porque los dejó la novia, exaltando sus caprichos vulgares con un egoísmo imbécil y descarado, un egoísmo que duele.

Mis negritos son hijos de la injusticia y del dolor en un grado que no puedo calcular, pero que no me deja respirar. Algún día, esté yo vivo o muerto, ellos verán la luz, y como una horda de inmaculados y brillantes pájaros salvajes, poblarán con sus colores un cielo diáfano, acariciado por un Sol tibio y dorado. Pero antes seguirán arrastrándose por la Tierra, preguntándome por qué, y pidiendo tantas cosas simples, tantas cosas bellas, que no les puedo dar, cosas de las que no puedo hablar por vergüenza, no puedo...

 

Mo'ámmer al-Muháyir.
Se permite su reproducción total citando al autor, bajo licencia de Creative Commons, 2013.

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