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Cuentos sobre la mirada (3)

Postal sonora de la mezquita Vekil Harč, Sarajevo

17/10/2012 - Autor: Abdel-latif Bilal Ibn Samar - Fuente: Webislam
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Zapatillas junto a la fuente. Foto: R. Hogeslag

Voy recolectando aquellos sonidos que van acudiendo a la pequeña mezquita de los hajjis de Sarajevo, llamada así porque era donde se solían reunir los habitantes de esta ciudad para la partida anual hacia La Meca. En mi primera visita, entro cuando todavía falta un rato para la puesta de sol. En su jardín-cementerio, un anciano está cortando con esfuerzo algunos racimos de uva negra que brotan de las numerosas parras que crecen en las mismas tumbas. No quiero preguntarle si su pronunciada cojera es consecuencia de la guerra. Le ayudo a alcanzar los racimos más altos, que compartimos tras lavarlos en la fuente de piedra de allí mismo. La báraka de esos muertos ha endulzado la fruta de un modo especial. Intercambiando uvas, miradas y sonrisas, no necesitamos mediar palabra. El cielo va oscureciendo, justo debajo pasa el río que cruza toda la ciudad, la vida del barrio apenas es protagonista.

Me calzo las tradicionales sandalias de madera para llegar hasta la fuente, cuyo golpeteo contra los guijarros del suelo generan un sonido similar al andar del caballo. La temperatura es cálida, pero el agua, directa de las montañas que rodean la ciudad, continúa saliendo muy fría. Idealmente fría. Manos, boca, nariz, cara, brazos, cabeza, orejas, pies...

Las alfombras del interior son gruesas y agradables, un tacto resaltado todavía más tras dejar en la entrada las duras sandalias de madera. El péndulo de un antiguo reloj de pared, el chirrío de la puerta de vez en cuando, el correr del agua, algún pájaro. Nadie diría que estamos en una capital europea. Prácticamente arrastrando el pie, el anciano con el que compartí las uvas pasa junto a mí hasta llegar a un rincón. Abre el armario y extrae un micrófono antiguo, de los que se utilizaban en los estudios de los años cincuenta. Aclara la garganta y entona la llamada a la oración que los dos megáfonos del despintado minarete difunden por todo el barrio de Alifakovac. El imam, un joven de unos treinta años, entra tranquilamente y se coloca la larga túnica negra y el característico gorro cilíndrico blanco y rojo. En unos segundos, su imagen ha pasado de ser la de un chico moderno y occidental a la de un imam otomano anclado en tiempos califales. Su mirada reparte tranquilidad, confirmada por su voz cuando empieza a recitar.

Aunque no llegamos a completar dos hileras, la resonancia de las rodillas de la comunidad apoyándose al unísono para postrar la frente perdura unos instantes. Todas estas mezquitas tienen un entarimado de madera que, a pesar de las alfombras, el contacto de las rodillas contra el suelo continúa resonando con fuerza, pronunciado también por sus altas y blancas bóvedas decoradas con caligrafías y ornamentos vegetales de tonalidades pastel.

No muy lejos de aquí, en la mezquita de Gazi Husrev-Bey, con mucha más capacidad y asistencia, este momento del suyud (cuando toda la comunidad postra la frente contra el suelo) es intenso y recuerda a un gong grave y apagado, único y coordinado, que la comunidad golpea en cada postración. Una percusión que, pese a su simplicidad, anuncia asentamiento, afirmación, diligencia, continuidad.

El dhikr o recuerdo de Al-láh también genera sutiles y reconocibles sonidos que puedo recolectar. La herencia otomana y el poso sufí hacen que en estas mezquitas el recuerdo sea en silencio, pero al mismo tiempo grupal y pautado. Numerosos tasbij de múltiples colores, materiales y longitud, colocados en los lados o colgados en las pequeñas barandillas junto al mihrab, esperan el momento de que aquellos más próximos los repartan al resto lanzándolos o deslizándolos por la alfombra. Uno de estos tasbij cae sorprendentemente frente a mis rodillas, propulsado por alguien varios metros a mi derecha. Su aterrizaje, ligero y eficaz, es la muesca sonora que da la señal de inicio y logra entrar en mi memoria por novedoso. El sutil y rápido repiqueteo del tasbij, al igual que la recitación del Corán durante el salat, son momentos reconocibles e imprescindibles en cada uno de estos espacios, se encuentren donde se encuentren, así que se amontonan en la memoria auditiva de otra forma, quizá más perdurable o, al menos, estable.

Ya es oscuro cuando salimos, por lo que todavía resalta más la muy iluminada fachada de la biblioteca central, justo en la orilla de enfrente. Uno focos que parecen gritar: «¡Aquí estoy!». Todavía en restauración, era el símbolo por antonomasia del Sarajevo culto y, por ello, fue quemada durante el terrible asedio. En el jardín-cementerio, los pocas palabras que intercambian los vecinos mientras se calzan son en voz baja. La calma es absoluta.

Mientras me dirijo a la calle, los destellos de pequeñas lentejuelas cosidas en el pañuelo blanco con el que una anciana se cubre la cabeza atraen mi vista sin necesidad de una gran iluminación. También ha salido de la mezquita y va caminando callada, con los brazos medio levantados y las palmas de las manos  abiertas en posición de du'a. La vegetación a ambos lados del estrecho camino de piedra que conduce desde la puerta de la mezquita a la puerta del recinto que da a la calle, los focos de la biblioteca de estilo andalusí a lo lejos, los diminutos destellos del pañuelo de la señora y sus palmas de lento andar... Me incorporo en su du'a callado sin interrumpirla y me limito a pronunciar para mis adentros «amín».


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