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El cortejo cruzó el viejo puente por la puerta de Calahorra. Córdoba entera flanqueaba el paso solemne de la comitiva. Doctores de la Ley, médicos y generales escoltaban a la humilde mula que transportaba los restos mortales del pensador andalusí Averroes, que habín sido trasladados desde la ciudad imperial de Marrakech.
Un servidor andaba buscando hueco entre las gentes para poder ver más de cerca el postrero paso de nuestro insigne paisano. Logré colarme entre las primeras filas, gracias a que una mujer cayó desmayada y a que, en el revuelo creado por atenderla, se abrió un espacio privilegiado. Con agrado me percaté de que a mi flanco izquierdo había un grupo de insignes, a tenor de sus ropas exquisitas, donde predominaba la seda, y por el olor a rosas que flotaba sobre sus cabezas. Pude identificar a Ibn Jubair, reputado alfaquí y secretario personal del príncipe almohade, también reconocí a Ibn al-Sarraj, eminente literato y copista, y luego mi vista cayó con curiosidad en un hombre de atuendos humildes pero que presentaba una lúcida elegancia en su porte y rasgos.
En seguida supe que se trataba del poeta y derviche nacido en Murcia Ibn Arabí, de quien decían había logrado la iluminación en un retiro en tierras de Sevilla. Pero su fama era doble, pues había entrado ignorante e imberbe en su recogimiento espiritual, sin el auxilio de enseñanza alguna, sin estudios, sin lecturas, sin aprendizaje de ninguna especie. Y recordé las palabras que escuché decir en el patio de la mezquita al filosofo que hoy enterramos: “Es éste un estado psicológico –y se refería a la ascensión espiritual–, cuya realidad nosotros hemos sostenido con pruebas racionales, pero sin que jamás hubiésemos conocido a persona alguna que los experimentase. ¡Loado sea Dios que nos hizo vivir en un tiempo en el cual existe una de esas personas dotadas de tal estado místico, capaces de abrir las cerraduras de sus puertas, y que además me otorgó la gracia de verla con mis propios ojos!”.
Parece pues que lo del joven sufí fue algo innato a su destino, una apertura espiritual no premeditada, algo que le sobrevino; fue arrebatado por Dios de su estado de conciencia ordinario; era en consecuencia una especie de elegido, como lo fueron todos los profetas de quienes se sabía que nunca ninguno conoció a Dios mediante la reflexión racional.
Contento de tan interesante y alta compañía, para un simple artesano del cuero como yo, aunque amante de la poesía y de las ciencias de Dios y del hombre, afiné el oído para escuchar lo que ellos comenzaban a hablar:
–¿No os fijáis, acaso, en lo que le sirve de contrapeso a Averroes? –dijo al-Sarraj, formando una balanza con la mímica de sus manos–. A un lado va el maestro y, al otro, “sus obras”.
–¡No he de verlo, hijo mío! –exclamó Ibn Jubair–. Bendita sea tu lengua.
Ibn Arabí aún permanecía callado. Pero en su gesto se veía la espuma de la reflexión, como si aquellas palabras de al-Sarraj le pudieran servir de advertencia y recordatorio, dado que no eran ya pocos los libros que había escrito el derviche murciano y los que seguro tendría que concebir en el futuro. De sus labios pude sentir unos versos que a punto estaba de declamar; sí, así fue, los oí antes incluso de que se tornaran voz y rasgaran el aire en forma de ondas. Me había aproximado instintivamente para oírle mejor:
A un lado va el maestro; al otro sus libros.
Más yo quisiera saber si sus anhelos
se vieron al fin cumplidos.
Luego añadió: “¿Cuántos lectores necesita un escritor?”.
–Solo uno, maestro –me aventuré a terciar en aquella conversación–. Si me lo permite decir: “Aquel que escribe y lee al mismo tiempo… Y comprende lo escrito”.
–Cierto es, amigo; por lo que a mí respecta, cuando me he visto y me veo envuelto en la concepción y escritura de mis obras, no es que haya querido dedicarme al oficio de escritor, con todos los lectores presentes en su mente, como tampoco he perseguido una finalidad precisa, sino tan solo liberarme de la inspiración que quema mi corazón y oprime mi pecho. Y podría añadir lo que Dios mismo me dijo en un sueño, un mensaje breve, que ocurrió en un espacio no mayor que el hueco de una mano, y en un lenguaje que no se parece al lenguaje creado, que lo que comprende el que lo oye es lo mismo que es pronunciado; lo que comprende el que lo lee es lo mismo que es escrito. De lo que me expresó comprendí sobre todo lo siguiente: Sé un cielo de revelación, una tierra de manantial y una montaña de inmutabilidad”
–Sepa, maestro –le dije transido de emoción—, que siento como si ya hubiera tenido con vos esta mima charla, que ahora vivo todo esto como si antes lo hubiera vivido.
–Nuestra mente viaja a la grupa del tiempo –respondió Ibn Arabí clavándome el buril de su mirada–, y Dios conoce toda la caravana, Él lo conoce todo, antes de que tengas conciencia de algo, Él ya lo sabe. Sabe, que se viven las experiencias ya programadas, todo cuanto nos ocurre ya está pensado. Habitualmente esto no lo percibimos, pero en ocasiones la mente se silencia y se expande y, en apenas un minuto, siente esta sensación de experimentar de nuevo lo que en ese instante se está viviendo.
Dicho esto, los ilustres acompañantes apartaron al derviche de mi lado y lo llevaron consigo con la intención de secundar los pasos de la comitiva fúnebre. Con todo, antes de marchar me dijo que fuera al día siguiente al salón principal de la madraza a oír el discurso de su último trabajo literario en tierras magrebies: El Libro del Viaje Nocturno.
Y así fue que disfruté de su verbo y su poesía en un lugar privilegiado, donde nos aleccionó y deleitó narrando su propia experiencia del mismo viaje que efectuara el profeta en varias ocasiones, hasta situarse, según sus palabras, a dos arcos de distancia o menos, de la realidad suprema, la máxima proximidad posible a la presencia divina; y enfatizó que en la cúspide de ese recorrido trascendental, se vio completamente trasformado en luz, comprendiendo el significado de todos los nombres divinos, y cobrando conciencia de que ese prodigioso viaje no había transcurrido sino en el él mismo.
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