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¿Es el final de la Primavera Árabe?

La revolución egipcia pretendía erradicar a los dictadores corruptos que monopolizaban el poder

13/12/2012 - Autor: Daniel F. Rivera - Fuente: Webislam
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Egipto

El día 15 de diciembre de 2012 será un día decisivo y sin duda recordado por multitud de historiadores como un punto de inflexión en lo que conocemos como Primavera Árabe. Dos años antes miles de egipcios salieron a la calle para protestar contra una dictadura disfrazada de democracia y a día de hoy cientos de miles de egipcios continúan protestando por los mismos motivos. ¿Qué ha ocurrido en estos dos años? ¿Por qué Egipto se encuentra en esta situación?

El pueblo egipcio hace dos años rompió en cólera y progresivamente jóvenes y trabajadores, estudiantes y mujeres, se levantaron contra el sistema con la esperanza de provocar un cambio radical en el estilo de gobierno. El lema en resumen consistía en terminar con el sistema presidencialista y autoritario egipcio, personificado en Hosni Mubarak, e implantar una democracia parlamentaria que respetase las libertades y derechos de los ciudadanos. Los egipcios demandaban al unísono la separación de poderes, la libertad de expresión y la normalización del pluralismo político.

El mundo árabe, rico en partidos y corrientes de pensamiento, necesitaba romper con los muros de la intolerancia y el silencio; abrir nuevos espacios que pudiesen acomodar las demandas del pueblo. La revolución egipcia pretendía precisamente cambiar todo esto: dictadores paternalistas y corruptos que monopolizaban todo el poder.

El primer rayo de luz llegó con el referéndum para la constitución y más adelante las elecciones presidenciales en 2012. Estos procesos electorales demostraban la determinación egipcia por cambiar una tendencia histórica que había perdurado demasiado tiempo e imprimían un cierto sentido del cambio y evolución del sistema. La revolución progresivamente se convirtió en una transición bajo el control de los islamistas que prometieron iniciar un diálogo político y solucionar la crisis política y económica más grave que ha vivido el país en las últimos cincuenta años.

Aún así, los nuevos aires democráticos beneficiaron considerablemente aquellos que mejor estaban posicionados. Los Hermanos Musulmanes -o más bien el partido de la libertad y la justicia en este periodo-, es una fuerza política bien organizada que existía antes de la era Mubarak y supo florecer sobre las ruinas del régimen. Las fuerzas nacionalistas, socialistas, laicas y liberales ya fuera por su conexión con el antiguo régimen o por sus diferencias políticas, inexperiencia y novedad no han sabido unirse en un bloque políticamente unido que contrarrestase al islamismo político. Sólo se unen para protestar y en realidad carecen de un programa creíble, claro y consensuado que convenza a la mayoría de la población.

Así la cosas, los Hermanos Musulmanes se convirtieron en la fuerza más votada en la transición egipcia. Asumieron la responsabilidad de conducir al país en una transición sin duda difícil, y llena de escollos y dificultades. En primer lugar era necesario hacer algo con las personalidades, políticos e instituciones que perduraban del antiguo régimen y en segundo lugar, había que establecer los pilares de un nuevo sistema político y de gobierno. Es decir, formar una Asamblea Constituyente y escribir una nueva constitución.

Sin embargo, el decreto constitucional anunciado por Muhammad Mursi la semana pasada fue la gota que colmó el vaso. El trabajo de la Asamblea Constituyente ya fue controvertido debido a la dimisión de varios de sus miembros y el nuevo borrador de la nuevo constitución refleja claramente la interpretación islámica de la revolución a pesar del sistema democrático y parlamentario que proponen. La cuestión es que el recién publicado decreto constitucional da a Mursi el poder suficiente para aprobar sus decisiones sin que el Parlamento y el Tribunal Constitucional pudiese cuestionarle y por lo tanto violan la Constitución que ni siquiera ha entrado en vigor (punto 6 de la introducción y artículo 74). La actual posición adoptada por los Hermanos Musulmanes tiene el riesgo de convertir la constitución en papel mojado.

Aún así, esta posición adoptada por los islamistas, está camino de constituirse como el primer gran fracaso del brazo político de los Hermanos Musulmanes y lamentablemente está poniendo en peligro todo el proceso revolucionario y la transición egipcia. La intransigencia del nuevo régimen que se niega a escuchar a todas las partes antes de tomar cualquier decisión tiene el peligro de dividir aun más a una sociedad que de por sí ya está bien dividida.

La política de Mursi denota desgraciadamente una visión muy distinta en cuanto al modo de realizar la transición se refiere. Mursi no ha venido a dirigir la transición; ha venido a quedarse.

Los Hermanos Musulmanes convencidos de las altas probabilidades de su victoria en el referéndum han aprovechado la ocasión para justificar estas decisiones que alejan al gobierno de Mursi de la democracia y lo acercan cada vez más a la figura dictatorial de Nasser, Sadat o Mubarak. Aun peor, lo que Mursi parece no aceptar es que progresivamente el proceso institucional que está realizando se asemeja cada vez más al proceso de islamización que tuvo lugar durante la revolución iraní en 1979 y que acabó con la instauración de un sistema republicano islámico y la restricción considerable de todas las libertades en este país. Los mismos argumentos utilizados entonces se están utilizando ahora, y la nueva élite gobernante parece abocada a utilizar la frustración y el caos que está produciendo el vacío de poder para justificar medidas autoritarias que solo benefician a sus partidarios políticos.

Mursi debe cancelar inmediatamente estas decisiones unilaterales e iniciar un proceso político que permita la reconciliación entre las fuerzas políticas del país. No debería pretender entronarse como el nuevo rais y destacar como un líder tolerante, abierto y dispuesto a discutir todos los detalles que conciernen al nuevo Egipto. Mursi no tendría que ser más que el conductor de ese tren que llamamos transición y que ahora está desgraciadamente en peligro de descarrilar en parte debido a la misma actitud autoritaria y déspota de sus predecesores.


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