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El islam orgánico entre campanas, relojes y calendarios

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08/06/2012 - Autor: Abdel-latif Bilal Ibn Samar
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Pintura de Halil Pacha

Bismil-láh ar-Rahmán ar-Rahim,

Vuelven a sonar campanas, cada cuarto de hora está acotado y sonorizado, impertérrito. Sin embargo, alrededor del campaneo todo se mueve, sin cesar. Me vienen a la cabeza relojes, fechas, el calendario gregoriano, el ciclo lunar y la rotación de la tierra incorporada en esa rotación general como danza primigenia del recuerdo e inercia vital. Agradecimiento y necesidad, dos acciones imbricadas que pierden su pleno significado cuando las pretendemos dividir.

Hoy en día vivimos inmersos en cantinelas de diálogo cultural e interreligioso, pero la convivencia entre dos calendarios y dos relojes no siempre resulta fácil. En especial, cuando el predominante en esta sociedad es un producto cultural, mientras que el calendario solar y las pautas cotidianas según los grados de luz son referencias orgánicas, globales e integradas en la totalidad de los seres vivos. Sin jerarquías. Doce campanas marcan el inicio de un nuevo año y la noche se vuelve etílica. Fecha petrificada en su artificial regularidad... No dudo en responder los deseos de un feliz año nuevo con intención recíproca. No se trata de rivalizar entre calendarios ni rechazar cosmovisiones, pero me parece que la fluidez del calendario lunar, junto al horario solar, se ciñen de una manera más palpable a la vida. Probablemente por este motivo, en el islam apenas hay espacio para la conmemoración de un nuevo año, si no es para recordar, como muchas otras veces, la emigración (hégira) que realizó el profeta (saws) y otros musulmanes hacia Medina y que marca el año 1. La hégira como símbolo que nos remite a un movimiento, a una acción, una actitud. Ese desplazamiento supuso la emancipación como comunidad autogestionada. Moverse es natural, emigrar forma parte del proceso, nada permanece, salvo Al·láh. Somos todos, conscientes o no, queramos o no, migrantes. El islam nos recuerda nuestra condición, nos pide que no la descuidemos. «Compórtate como un extranjero o como si estuvieras de paso» recomendó Muhammad (saws). Nos exige, también, hospitalidad y solidaridad con el viajero, ese ibn as-sabil («hijo del camino») cuya lejanía del hogar, en especial por motivos económicos o políticos, merece nuestra empatía y, también, debe formar parte de aquellos a quienes dirigimos el gasto de lo que tenemos -a pesar de nuestro apego a ello- (2:177).

El calendario gregoriano, en cierto sentido, complace a la mente, nos sirve en nuestras hipótesis cotidianas... Es «útil». El ciclo solar y el lunar remiten a nuestros sentidos, nos vinculan al resto de seres vivos. Los puntos destacados y ritualizados del calendario musulmán, los periodos señalados, van desplazándose por tonalidades de luz y de temperatura en una misma geografía, con ayunos fríos y cortos, templados, calurosos y largos, y horarios para el salat aparentemente dislocados de la vida cotidiana según transcurren los meses y años. Digo aparentemente dislocados porque en esa convivencia con la rigidez de las agujas del reloj y del calendario gregoriano, las obligaciones laborales y sociales son las que en realidad están desconectadas del proceder natural. La luz artificial, en especial su exceso, y la vida nocturna obligada a ser diurna contribuyen a aumentar esta dislocación que incluso puede resultar física, provocando notorios trastornos corporales. El Corán, reiteradamente, nos pide que observemos la naturaleza, nuestro entorno, los fenómenos naturales. Los signos son externos e internos. «Nuestros mensajes en los horizontes más remotos y en ellos mismos» (41:53). Esta observación debe provocarnos la reflexión, aprenderemos con ella. Vivir de espaldas es cerrarnos a nosotros mismos. ¿Qué significan las doce de la noche para un pájaro, una hormiga, una flor? ¿Acaso indican el inicio de un nuevo día, un nuevo mes, un nuevo año?

La comunidad de comunidades a la que llamamos seres vivos respondemos a estímulos de luz y oscuridad, a vibraciones, a ciclos orgánicos. En muchas ocasiones, para muchas personas y sociedades, las horas y los calendarios han dejado de ser el mapa donde navegar para lograr que encajemos en su incondicional e indiferente estructura. Su presencia es intensa, persistente, incluso agobiante. También en el seno de la moderna umma, los destellos del sol y el hilo naciente de luna se ven apagados por precisas tablas formateadas con horarios del salat para todo el mes. Sin embargo, basta subirse a lo alto de un tejado, o de una montaña, para comprobar la poca fiabilidad de estos horarios. En esos instantes, las horas y las fechas vuelven a cobrar su propósito, es decir, vuelven a ser un mero indicativo sometido a la realidad. La mirada, la observación del entorno, recupera su sentido y consolida un poco más el vínculo entre el conjunto de la creación.

El campanario que veo desde la ventana es también albergue de golondrinas, que lo convierten en un espectáculo durante la tarde. Entre este y nuestra casa, otras casas, otras azoteas de vida. En una de ellas, un vecino también sube a menudo para su salat. Su recitación es hermosa, viril, con tonalidades paquistanís. Resuena con fuerza algunas noches de verano y, en especial, durante los magribs e ishas de Ramadán. El paisaje sociocultural sufre alteraciones sonoras. En muchas partes de la península, tras la expulsión de los almuédanos, los minaretes fueron colonizados por ejércitos de cruces y campanas. Hoy en día, muchos de estos campanarios deben permanecer mudos ante las quejas de vecinos con segunda residencia, turistas y burócratas. La calma anhelada, sin embargo, no llega.

En otras partes del mundo, el canto anunciador del salat, vivo y cambiante, con tantas tonalidades como personas y sentimientos, se ha sustituido por altavoces. A lo que Martin Lings apuntó: «La enfermedad de la umma se puede apreciar en que el azán se recita desde altavoces». Eso cuando se recita en directo, pues a veces incluso son grabaciones mortecinas y monótonas.
El azán tecnificado también ha penetrado en el espacio doméstico, donde las radios-despertador cobran forma de almuédano digital y cuadriculado al son de un parpadeo lumínico al margen de luces, colores y aromas naturales. El almuédano de barrio, con el que podías charlar un rato, con el que sabías hasta el humor con el que se levantaba y levantaba a los demás, aparece ya como una especie amenazada. En peligro de electrocución. De electrolocución. Sin margen para la diversidad, los matices, la vibración.

Emociona leer, también, todos esos hadices donde se cuenta que la primera comunidad de musulmanes se planteó el problema de la anunciación de la plegaria cuando el grupo incrementó. En asamblea, algunos propusieron encender un fuego, otros utilizar una campana, otros un cuerno a modo de trompeta y, finalmente, se aceptó la decisión de Muhámmad (saws) para que fuera uno de los compañeros, Bilal (ra), quien se encargara de anunciarla con su bella voz de timbre africano.

Decisión aceptada y Bilal (ra) como metáfora. Voz como recurso primero y máxima coherencia: se anuncia oralmente que es momento de recitar, memoria-cuerpo, vibración que surge del cuerpo y recorre el espacio, sin artilugios. Surge el azán en cualquier sitio, cualquiera puede ser elegido como imam momentáneo, toda la tierra es una mezquita, rodeados de fuerzas y seres no visibles. El agua, pero también una piedra o la arena para la ablución. Elementos naturales que no necesitan de arquitectura, de lugares concretos. Más allá de las cúpulas. Fluidez y acomodación, mímesis con el entorno copartícipe. Apertura de posibilidades y cantidades. Un templo que se expande.

Asimismo, la construcción arquitectónica llamada mezquita funciona, históricamente, como centro social polivalente: además de congregar a los musulmanes para rezar, sirve como espacio de estudio, firma de contratos, albergue para necesitados y viajantes, cobijo para retiros espirituales, asambleas comunitarias, comidas... En definitiva, a través de la práctica de algo tan cotidiano y asiduo como el salat, encontramos ejemplos prácticos de dilución de parámetros y prejuicios, donde apenas surgen márgenes entre lugar «sacro» y lugar «profano». Existen y se reconocen, sin embargo, espacios cargados de baraka, áreas especiales donde la bendición emana sin igual. Una vez más, esta baraka no entiende de fronteras, ni siquiera de paredes. Una fuente, una persona y su tumba, una habitación, una montaña, un libro, un poema, animales e insectos, la muchedumbre...


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