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Hablemos de sexo

Esta semana la revista Foreign Policy publicaba un especial sobre “la cuestión del sexo”

01/05/2012 - Autor: Sherene Seikaly, Maya Mikdashi - Fuente: Rebelión
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Tahrir. Webislam

Traducción para Rebelión de Loles Oliván

Esta semana la revista Foreign Policy publicaba un especial sobre “la cuestión del sexo”. Se explicaba la decisión de dedicarle una edición especial con estas palabras:

El primer número de Foreign Policy consagrado a la cuestión del sexo... se ocupa... en considerar cómo y por qué el sexo —en todos los diversos significados del término— concierne en la conformación de la política mundial. ¿Por qué? Tanto en Foreign Policy como en política exterior, el sexo es con demasiada frecuencia la parte ausente de la ecuación —esa parte de la que políticos y periodistas hablan entre sí pero no con sus audiencias... Los cuerpos de las mujeres son el campo de batalla del mundo, el territorio impugnado en el que se juega la política. Podemos seguir ignorándolo. En este número, hemos decidido no hacerlo.

Es digno de elogio que Foreign Policy destaque el silencio demasiado común sobre sexo y política de género en sus propias páginas. Ojala que este sea el comienzo de un compromiso serio y constante y no algo excepcional. A pesar de las buenas intenciones de los editores, no obstante, Foreign Policy reproduce de manera preocupante gran parte del discurso dominante y sensacionalista sobre sexo en Oriente Próximo y Norte de África. El “especial sobre sexo” deja mucho que desear.

Para empezar, trata supuestamente sobre cómo el sexo conforma la política del mundo. Pero a excepción de un artículo que insta a los responsables de la política exterior de Estados Unidos a que consideren a las mujeres como un tema de política exterior y un objetivo de su “ arsenal de poder inteligente ”, se centra casi exclusivamente en Irán, en el Mundo Árabe y en China. Así, “el mundo” se reduce en su mayor parte a árabes, iraníes y chinos —que no por coincidencia resulta un conglomerado del “enemigo”. La guerra actual contra las mujeres en Estados Unidos se borra.

El objetivo principal es el Islam y su producción y represión de políticas de sexo y género en Oriente Medio y Norte de África. Al discutir el papel de las fatwas en la regulación de las prácticas sexuales, Karim Sadjadpour alardea con un tono de incredulidad. Dejando a un lado su rechazo a la tradición centenaria de la práctica musulmana de pedir y recibir consejo sobre prácticas sexuales y de género, el artículo asume un consenso tácito con sus lectores: la idea de que un mulá escribiendo sobre sexo resulta divertida, si bien un tanto pervertida.

Luego está lo visual. Una mujer desnuda y hermosa con un cuerpo perfecto despliega un niqab de color negro. Nos mira con miedo y fascinación. Se nos invita a sexualizarla y a rescatarla a la vez. Las imágenes reproducen lo que Gayatri Spivak criticaba como el impulso masculino e imperial de salvar  a un otro sexualizado (y racializado). La foto propaga reminiscencias de la película de Theo van Gogh, Sumisión, basada en la obra de Ayyan Hirsli Ali, en la que una mujer con versículos del Corán pintados sobre su cuerpo desnudo y llevando un chador transparente se retuerce en una habitación poco iluminada. El montaje de “el especial sobre sexo” de Foreign Policy está inspirado en la misma lógica que alimenta Sumisión: destacamos de forma selectiva la difícil situación de la mujer en el Islam usando el cuerpo femenino desnudo como moneda. El cuerpo femenino ha de ser consumido, no cubierto.

Para aquellos de nosotros y nosotras familiarizados desde siempre con las representaciones de la mujer árabe/musulmana como objeto sexual reprimido pero incontrolable, estas imágenes únicamente materializan la fascinación por el lado oscuro y oculto de ese yo liberado y secularizado. Esta semana se han recogido también dos eventos de otros medios de comunicación que han hecho alarde de la repulsión y la fascinación europea por el otro musulmán. Uno de ellos es el juicio a Breivik, en el que el cruzado de extrema derecha contrario al multiculturalismo citaba a Al-Qaida casi a diario como fuente de inspiración táctica en su guerra contra el Islam. Como Roqaya Chamseddine argumenta, la otra imagen a la que Foreign Policy apelaba en nuestra imaginación es ese otro espectáculo de deseo y repulsión en el Museo de Arte Moderno de Estocolmo. Allí, el artista Makode Linde daba alaridos con su rostro negro y fingía dolor mientras la ministra sueca de Cultura cortaba en rodajas el pastel que aquél había hecho con forma de cuerpo de “nativa” africana. Luego se lo dio a comer a la nativa.

La pintura sobre el niqab introduce, adorna, e interrumpe el artículo de Mona El Tahawy: “¿Por qué nos odian? La verdadera guerra contra las mujeres se libra en Oriente Medio”. El título es una adaptación del artículo de Farid Zakaria en el que exponía las “verdaderas” razones del 11-S. En un momento en que muchos de nosotros y nosotras nos sentimos aliviados por haber dejado atrás los binarios, El Tahawy ha elegido revivirlos.

Esa elección ha inspirado una avalancha de tweets, blogs, artículos, cartas y comentarios que han aplaudido su valentía o atacado lo que muchos han calificado de análisis reduccionista y simplista que arrasa las vidas, las historias y las opciones de las mujeres. La imagen de “la mujer de Tahrir” con un sujetador azul ese fatídico día en que las fuerzas egipcias la arrastraron, la desnudaron y la golpearon es el telón de fondo del argumento de El Tahawy: los hombres en el mundo árabe, y especialmente los islamistas, que ella repetidamente sitúa en la era de maría castaña, odian a las mujeres.

Sugeriríamos aquí, como lo han hecho tantos y tantas, que la opresión tiene que ver con hombres y mujeres. El destino de la mujer en el mundo árabe no se puede separar del destino de los hombres en el mundo árabe, y viceversa. El artículo de El Tahawy evoca una intrincada batalla de sexos, en la que hombres y mujeres están en bandos contrarios en lugar de entender que juntos, hombres y mujeres, deben combatir el sistema patriarcal, además de las prácticas de explotación del capitalismo, el autoritarismo, el colonialismo, el liberalismo, la religión, y/o el secularismo.

En efecto, el régimen autoritario de Mubarak no utilizaba el cuerpo de la mujer solo como un territorio para su política de represión y tortura. El Tahawy menciona varias veces a Buazizi como la chispa de la revolución en el mundo árabe. Pero se olvida de Jalid Said, cuyo rostro —torturado y mutilado hasta el punto de no poder reconocerlo— se convirtió en un icono de la revolución. El Tahawy pasa por alto esta experiencia compartida del cuerpo como territorio para la humillación y el dolor. No ve lo que Ahdaf Soueif ha explicado convincentemente: “Así como el rostro torturado de Jalid Said destruyó cualquier credibilidad que el Ministerio del Interior pudiera haber tenido, de igual modo la joven en pantalones vaqueros ha destruido la reputación de los militares”. De hecho, el odio al pueblo, a hombres y mujeres, ha sido una —si no la— característica unificadora de los gobernantes autoritarios colonialistas y neocolonialistas de Oriente Próximo y Norte de África y de otros lugares.

En su descuidada crítica contra los árabes, los musulmanes, los gobernantes autoritarios y los islamistas, El Tahawy ha corrido un tupido velo sobre algunos turbios asuntos que complican su mensaje subyacente: el liberalismo es la solución. ¿Por qué la mutilación genital femenina se practica extensamente en Egipto? Porque los hombres odian a las mujeres. ¿Por qué las mujeres no pueden conducir en Arabia Saudí? Porque los hombres odian a las mujeres. ¿Por qué los hombres y las mujeres de Yemen están en contra de elevar la edad del consentimiento para el matrimonio? Porque los hombres odian a las mujeres. El odio sirve para responder a todo. Utilizar el odio de ese modo es significativo. El odio es irracional. Es un estado o una emoción. Como Wendy Brown nos recuerda, estos estados emocionales o afectivos se entienden como ajenos al liberalismo o fuera de lugar en él.

Por supuesto, la mutilación genital femenina y la edad del consentimiento son cuestiones que requieren nuestra atención prudente. En el caso de la primera, la realidad es que suelen ser las mujeres las que insisten en su práctica debido a la manera en que los regímenes de género y de la economía política en su conjunto la convierten en un rito necesario para la condición de la mujer. De hecho, pensadores críticos han argumentado que esta práctica tiene que ver más con la falta de oportunidades económicas para las mujeres, con la imperiosa necesidad de casarse y con el endurecimiento y la modernización de la tradición en respuesta a las intervenciones coloniales y neocoloniales (incluyendo aquí los marcos legislativos de derechos) que con alguna “odiosa” manía irracional por rasurar. La misma idea podría servir respecto a la cuestión de la edad de consentimiento. Un marco reduccionista de odio hace que sea más difícil aún reflexionar críticamente sobre estas cuestiones y trabajar sobre ellas.

Muchos escritores y militantes han exigido explicaciones a El Tahawy por borrar las historias de las mujeres. Porque los árabes, al igual que todos los pueblos, tienen historias con las que uno debe implicarse, como Lila Abu-Lughod nos recuerda, para entender las “formas de vida que encontramos alrededor del mundo”. Los críticos han recalcado la larga historia del movimiento de la mujer egipcia y ese momento de su formación en 1923, cuando Huda Sha'rawi se quitó el velo de la cara en la Estación de Ferrocarril de Ramses. Es un buen punto a recalar, aunque sólo sea para reflexionar sobre por qué el liberalismo por el que lucharon Sha'rawi y sus seguidores —hombres y mujeres— fracasó drástica y contundentemente. Una de las razones, y hay muchas, era que el liberalismo únicamente tenía eco en una élite minoritaria. Como Hanan Jolussy señala, las mujeres confinadas en el ámbito doméstico de las que, como de Sha'rawi, se esperaba que se cubrieran el rostro con el velo llegaban solo al 2% de los cinco millones de mujeres egipcias que había a finales del siglo XIX.

Habría que entender también de manera crítica e histórica cómo los movimientos de mujeres han sido implicados en las políticas y la longevidad del autoritarismo. Después de todo, los dos países donde las mujeres gozaron del más amplio margen de aplicación de la ley del estatuto personal fueron Túnez y Egipto, antes de las revoluciones recientes. De hecho, de todos los países del mundo árabe, sólo en Túnez y Egipto podía una mujer transmitir su nacionalidad a sus hijos si estaba casada con un extranjero. (En Egipto existía una pequeña excepción para el caso de las mujeres casadas con ese otro, el palestino; el Egipto pos revolucionario acabó al menos por ley, si no en la práctica, con esta excepción).

¿Cómo podemos dar cuenta de esos logros jurídicos bajo regímenes autoritarios? Podríamos retomar la fuente de inspiración de El Tahawy: el artículo de Farid Zakariya “¿Por qué nos odian. La política de la rabia”. En él, la confusa lógica de Zakariya aconseja: “... tenemos que ayudar a los Estados árabes moderados, pero con la condición de que adopten la moderación”. Como Mahmud Mamdani y Lila Abu-Lughod escriben a menudo, el Islam moderado se ha producido frecuentemente a costa de los derechos de las mujeres y de las minorías.

También podemos mirar las experiencias de las feministas y de las mujeres militantes. Rima Hammami y Eilin Kuttab han demostrado que en el contexto palestino, el movimiento de mujeres carecía de una estrategia coherente que vinculara la igualdad de género a la democracia. Así, el movimiento de mujeres parecía estar patrocinado por la Autoridad Palestina; su destino se volvió dependiente del destino del sistema político. En 1999, Hammami y Kuttab advirtían:

Los ejemplos son innumerables, tras la caída de los regímenes comunistas, en Europa Oriental y en la antigua Unión Soviética se vieron ataques masivos contra las cuestiones relativas a los derechos de las mujeres porque llegaron a están asociadas con otras políticas de régimen antidemocrático e impopular. En Turquía, Argelia, Egipto, se dan situaciones en las que hay pequeños movimientos de mujeres, cuya legitimidad popular se ha perdido porque con el tiempo se les ha considerado como vinculados o patrocinados por regímenes laicos autoritarios1.

¿Es el liberalismo pues el que va a combatir la misoginia del autoritarismo? ¿Es el muy temido verano islamista el verdadero enemigo? Y si es así, ¿cómo se explica que, como ha señalado Shadi Hamid, hayan sido tantas mujeres como hombres quienes han ido a las urnas y han votado por los islamistas para el poder?

El Tahawy se imagina que está iniciando una conversación. Con todo respeto, nosotros y nosotras invitamos a El Tahawy a que se una a la conversación entre mujeres y hombres en Tahrir y fuera de Tahrir. Después de todo, las vergonzosas “pruebas de virginidad” y la violencia sexual sancionada por el Estado del Consejo Supremo de las Fuerza Armadas no se llevaron a cabo en silencio. Tuvieron lugar un día después del Día Internacional de la Mujer, cuando las mujeres declararon que Tahrir era un espacio de igualdad de género y de liberación. Las “pruebas de virginidad” tampoco hallaron silencio, como la propia El Tahawy señala. Samira Ibrahim continúa su lucha; su persistencia y su valentía son formidables.

En la batalla contra la misoginia no se aplica la fórmula de “los hombres odian a las mujeres”. No puede reducirse a una batalla genérica entre sexos condimentada con unas dosis de Islam y de cultura. No puede extraerse de las cuestiones políticas y económicas que, junto con el patriarcado, producen el desigual terreno por el que transitan juntos hombres y mujeres. Son estas las lecciones que se deberían entender antes de llevar a cabo una crítica a las políticas de sexo, y mucho más si trata de imaginar el futuro de tales políticas. No hay una sola respuesta, porque no hay un solo culpable, no hay una sola “cultura” o un solo “odio” que podamos erradicar y sustituir por “la tolerancia” o “el amor”. Del mismo modo, la ausencia de un seguimiento continuado y crítico sobre sexo y género no se resuelve, a modo de compendio, con un aislado e ilustrado especial sobre “la cuestión del sexo” cuyo contenido y forma reproducen lo que pretende criticar.

Notas:
1.- Rima Hammami y Eilin Kuttab: “El Movimiento de Mujeres Palestinas: Estrategias hacia la libertad y la democracia”, News From Within, 15:4 (abril de 1999), 3. ,"
Sherene Seikaly y Maya Mikdashi
Fuente original Jadaliya

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