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Ishraq, los colores del alma. Los centros sutiles y el color

Un ensayo sobre hermenéutica holística del color

17/02/2012 - Autor: Hashim Cabrera
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Sohravardi

Henry Corbin nos ha hecho accesible la experiencia de Sohravardi 51  quien, mediante su Metafísica de la Luz, se adentra en el terreno de la fisiología luminosa, en el mundo místico de la visión de las luces coloreadas. Su discurso se inscribe en el marco simbólico de su propia tradición cultural: en el mazdeísmo zoroastriano, en la polaridad luz/tiniebla, en la metafísica holística de Ibn Sina (Avicena), en la gnosis chiita y en el pensamiento ismailí. Todas estas tradiciones, a diferencia de lo que ocurre entre los posmodernos herederos del averroísmo, no descartan la función gnoseológica del mundo intermedio o imaginal, del mundo del alma, sino que lo consideran un ámbito imprescindible para cualquier experiencia de conocimiento, para cualquier adquisición profunda y diversificada de significación y de sentido.

El ángel del conocimiento, guía e iniciador en la teosofía sohravardiana, es un arcángel purpurado que debe su color rojo, precisamente, a su condición mestiza y compuesta, hecha de luz y sombra, de blanco y negro. Es el color del alba y del crepúsculo que nos señala el ámbito fronterizo donde se producen los fenómenos y que nos desvela la naturaleza mediadora y significativa propia del color, como resolución elocuente del claroscuro de la creación y de la vida. Nos situamos aquí en ese ámbito crepuscular entre la vigilia y el sueño, entre la vida y la muerte, en el espacio simbólico e imaginal donde surgen las visiones y los recuerdos, desde donde podemos contemplar el color como huella que nos ayuda a recordar, como una memoria al mismo tiempo conceptual y sensible.

Semnani, en el siglo XIV, prosigue la andadura del Sheij al Ishraq y va aún más allá. Su metafísica establece con claridad un vínculo entre las percepciones visionarias, clasificadas según su color específico, y una fisiología del “cuerpo luminoso”, un metabolismo de los órganos sutiles —lataif— cuya función no es otra que propiciar y articular no sólo la vida orgánica y material sino el despertar gradual de ésta a la conciencia, a la realidad iluminadora, a través de las cualidades específicas de las distintas luces coloreadas, que expresan las diversas estaciones interiores, momentos espirituales o maqamat.

Su hilo conductor es el Ta’awil al Qurán, la hermenéutica coránica, una reconducción del texto revelado hacia su matriz que es paralela y coincidente con el regreso del ser humano desde su exilio sombrío a su origen luminoso. O, como bien lo describe Corbin, la estructura de los siete niveles de significado del Qur’án, “es homologada a la estructura de una antropología o una fisiología mística articulada en siete órganos o centros sutiles (latifa), cada uno de los cuales está tipificado respectivamente por uno de los siete grandes profetas” 52.

De latifa en latifa, de profeta en profeta, de color en color, el místico auroral va reconociendo y experimentando las diferentes etapas de su despertar a la Realidad mediante un proceso de progresivo desvelamiento. Cada etapa o maqam está teñida de una coloración específica, que es su cualidad o vibración esencial —su ‘perfume’, según la terminología kandinskiana— aquello que permite al buscador hallar referencias energéticas, significativas de su devenir en el mundo, encontrar vínculos y correspondencias, adquirir sentido holístico, integral y existencial. La interiorización se va produciendo durante un periplo a través de estas estaciones (maqamat) que le van señalando la dirección, el sentido y la progresión de su itinerario espiritual 53.

Podemos reconocer una clara similitud entre las lataif de los ishraquiyún, y los chakram del hinduismo y del budismo tántrico. Básicamente unos y otros están localizados en las mismas zonas del cuerpo sutil y tienen funciones energéticas que, en algunos casos, podrían ser homologables. Sin embargo, ni coincide la secuenciación del color en ambos sistemas, excepto en un nodo, ni las hermenéuticas que generan estos dos paradigmas pueden superponerse. Encontramos aquí, sorprendentemente, una discordancia análoga a la que hallábamos al analizar la secuenciación de los colores del arco iris en el capítulo 6 de este ensayo y, tal vez, una clave interesante a partir de dicha discordancia que podría ayudarnos en nuestra tarea de hallar referencias significativas, que nos permitan concebir, desa­rrollar y compartir una lectura holística del color.

Para la visión hinduista, el cuerpo sutil está estructurado en siete chakram que jalonan el cuerpo luminoso a lo largo de la espina dorsal, desde el coxis hasta la coronilla. Este eje energético vertical es recorrido por la corriente primordial o energía Kundalini en un doble movimiento ascendente/descendente, una doble corriente denominada ida/pingala. La progresión de abajo arriba sigue el orden secuencial/lineal del arco iris: Rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta. Los colores son tanto primarios como compuestos y su orden sigue la lógica alegórica tradicional: rojo terrestre abajo, azul celeste arriba y amarillo en el centro.

Sin embargo, en la visión de los gnósticos del ishraq, la secuencia es radicalmente diferente, no sólo en el orden de progresión de los colores sino en la consideración de su propia naturaleza holística. Todos las luces coloreadas son primarias excepto en dos lataif que no tienen esta condición: la primera latifa (latifa qalabiyya) que no es luz coloreada sino materia negra, y la penúltima (latifa jafiya) que está constituida por una luz de naturaleza distinta a las demás, de carácter netamente cuántico,  antimaterial, denominada luz negra (asuad nurani). La progresión, en este caso quedaría así, de abajo hacia arriba: Materia negra, luz azul, luz amarilla, luz roja, luz blanca 54,  luz negra y luz verde esmeralda.

Solamente existe coincidencia cromática en la zona próxima al centro de ambos paradigmas sutiles, donde la latifa ruhiyya se corresponde con el chakra manipura del hinduismo, en la región del plexo solar, casi en la mitad del eje. En ambos casos la luz o el color son amarillos. Quizás podríamos comprender la discordancia entre ambos sistemas en función de las diferentes lecturas secuenciales del color que hace cada uno de ellos, según lo haga desde una perspectiva lineal horizontal o central emergente, como ya vimos al analizar dicha discordancia en la lectura secuencial del arco iris, en el capítulo 6 de este ensayo.

Ya dijimos entonces que la lectura no puede ser la misma en ambas secuencias. La primera, la del sistema de chakram, sigue un orden lineal, de un extremo a otro, tanto del espectro cromático como de la disposición de los nodos o centros sutiles a lo largo del eje central. Se trata de una lectura mecanicista, alegorizante, que basa sus correspondencias en una superposición lógica. La segunda, la de las lataif, brota de forma emergente desde el centro y se desdobla en los dos sentidos que tiene toda dirección o eje. La adscripción de las distintas luces a las lataif surge, no de una deducción lógica sino directamente de una visión, en el ámbito de la imaginación activa de los gnósticos del ishraq.

La lectura tántrica ofrece una descripción alegorizada del cuerpo sutil, basada en una correspodencia, en una superposición del diagrama del cuerpo luminoso al del espectro visible tal y como aparece en el arco iris, propiciándose con esta lectura, por consiguiente, una hermenéutica de naturaleza lógico-referencial, en tanto la lectura de los ishraquiyún nos propone una visión holística que tiene en cuenta todos los aspectos o ámbitos de manifestación del color, considerando a éste en su condición más puramente simbólica, inmediatamente reveladora de significación. Así pues la secuencia de lectura podemos iniciarla, como hicimos en el caso del espectro cromático, desde el centro, desde la luz amarilla que rige el nodo del plexo solar, desdoblándose, también en este caso, hacia arriba y hacia la expansión (rojo) y hacia abajo y hacia la condensación (azul) en un movimiento oscilante y alterno: luz amarilla, luz roja, luz azul, luz blanca, materia negra, luz negra y luz verde.

En el primer caso se trata de un sistema derivado de una correspondencia lógica, en el segundo se trataría más bien de la expresión de una apercepción visionaria. Los primeros suponen, ‘lógicamente’, que la progresión energética interior “ha de seguir el orden que aparece en nuestra percepción física ocular del arco iris” y así parecen establecerse las correspondencias, superponiéndose lógicamente ambos itinerarios, en tanto los ishraquiyún están describiendo la progresión de luces coloreadas “que ven en sus propios cuerpos sutiles”.

Por su parte, Muhámmad Karim Jan Kermani, teósofo ishraquí contemporáneo de Goethe, nos conduce, en su Libro del Jacinto Rojo (Risalat al Yaqutat al Hamrra), hasta las fuentes de dichas correspondencias. Así, en el ámbito de los colores-luz, allí donde la materia negra y opaca no interviene, las luces generadoras serían cuatro: blanca, amarilla, roja y verde. En tanto en el ámbito de los colores materiales, más densos y perceptibles sensorialmente, las fuentes primarias serían blanco, amarillo, rojo y negro.

Estas cuatro luces primarias, en el ámbito de los colores-luz, se corresponden con los cuatro principios formadores y con los cuatro elementos de la creación de la gnosis tradicional. Son las cuatro columnas que sostienen el Trono Divino (Arsh). La luz blanca se corresponde con el mundo de las Inteligencias (Yabarut), la luz amarilla con el mundo del Espíritu (Ruh), la luz verde con el mundo del Alma (Malakut) y la luz roja con el mundo de la Naturaleza, con el mundo material (Mulk). Estas cuatro luces conformadoras son las que suscitan la manifiestación de los colores sensibles en el mundo denso y material.

Este descendimiento de los colores sutiles a los colores materiales se produce por un fenómeno de resonancia. Un cuerpo material resuena con los colores materiales, en tanto un cuerpo sutil lo hace con los colores sutiles. En el caso del ser humano vemos que existe la posibilidad de acceder a las fuentes más primarias del color mediante un proceso de interiorización, de un regreso consciente a las fuentes luminosas del ser. Vemos aquí que ni la luz azul ni su color aparecen en este sistema de luces y colores primarios. También observamos cómo, en su descendimiento, mientras las luces blanca, amarilla y roja manifiestan sus colores materiales correspondientes (blanco, amarillo y rojo), la luz verde se transmuta en el color negro de la materia y de la corporeidad. Podemos entonces adivinar en el color verde una manifestación efímera y vital del mundo sutil en nuestro mundo material y sensorial.

No existe una discontinuidad entre luz y color, ambos son ámbitos diferentes de manifestación de una misma y única realidad, de un campo único y completo. Luz y color estarían en la misma relación de correspondencia que espíritu y materia, siendo la luz la manifestación sutil del color y éste la expresión densa y material de la luz. Se trata de una relación simbiótica en la que, aún siendo distintas expresiones de una misma realidad, se necesitan mutuamente para poder ser percibidos sensorialmente o aprehendidos intelectualmente. Así pues, no existe ninguna luz que esté exenta de color, excepto la denominada luz blanca,  de la misma manera en que las ideas y las formas imaginales necesitan siempre de un soporte, del tipo que sea, para manifestarse, para ingresar al mundo fenoménico.

Para esbozar una hermenéutica holística habremos de considerar necesariamente todos los aspectos implicados en el fenómeno cromático dado que, como hemos repetido insistentemente, el color es un fenómeno que afecta a la totalidad del ser humano, a cada una de nuestras dimensiones o ámbitos existenciales. Por esta razón no vamos a seguir en nuestro itinerario ni la cronología y secuencialidad del espectro físico de los colores, ni las secuencias de las diferentes lecturas culturales al uso sino que intentaremos transitar un sendero que las conjugue, tratando de permanecer conscientes en ese mundo intermedio del alma imaginadora, “en la confluencia de los dos mares”, y contemplar desde allí las sugerencias implícitas en las experiencias visionarias de místicos y artistas, en las visiones plenas de luces coloreadas narradas por los gnósticos aurorales o ishraquiyún.

La secuencia de las diversas estaciones o maqamat que exploraremos a continuación traza el itinerario que me ha facilitado una mejor y más profunda progresión hermenéutica. En el caso del maqam de la luz blanca, que en el sistema de los ishraquiyún corresponde a la única latifa cuya localización en el cuerpo sutil no está demasiado clara, he preferido abordarla al principio, juntamente con la materia oscura, porque ambas maqamat se significan mucho mejor de esta manera.

Notas
51. Sohravardi, Shihaboddin Yahia (1195-1151), teósofo iraní conocido también como Sheij al Ishraq o Maestro del Amanecer de las Luces.
52. Corbin, Henry. El hombre de luz en el sufismo iranio. Ed. Siruela. Madrid 2000. Los siete colores y las siete lataif se corresponden con siete profetas de los casi treinta que aparecen nombrados en el Qur’án: Adam, Nuh, Ibrahim, Daud, Musa, Isa y Muhámmad, la paz sea con todos ellos.
53. El color adquiere aquí una importancia significativa axial, casi podría decirse que es el color aquello que señala su cualidad interior al místico, una vibración que en este caso no es otra cosa que significación, señalamiento.
54. He situado en este lugar del cuerpo sutil a la luz blanca, por eliminación de las demás posibilidades, pero en realidad no he podido hallar una localización exacta de esta luz y de su latifa correspondiente (latifa sirriya) dentro del cuerpo sutil en los textos de los ishraquiyún a los que he tenido acceso a través de las traducciones de Corbin. Es la única luz que no aparece claramente referenciada en el contexto del citado cuerpo sutil.




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