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Moriscos y moriscas en los inicios de la Colonia

Huellas moriscas en América: Virreinato del Perú

17/02/2012 - Autor: Leyla Bartet
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Artesonado de la iglesia de Andahuaylillas, en Perú

En relación a la presencia morisca en América es interesante destacar la posición del historiador peruano Nelson Manrique al respecto (2). Manrique se plantea la pregunta de si ser árabe es un dato biológico o un dato cultural. En el primer caso, la presencia árabe —no ya en el virreinato peruano sino en la propia península ibérica— es relativamente reducida. Los pueblos que conquistan España estaban formados, en efecto, por gente que venía de la península arábiga, pero que traía una serie de grupos étnicos que se fueron adjuntando a los ejércitos musulmanes a medida que el Islam conquistaba todo el norte de África. Es un melting pot racial y cultural el que entra a España en el siglo IX: hay árabes de la península arábiga, pero también hay persas, levantinos, bérberos, habitantes del actual Egipto, etc.

Pero si se toma en cuenta el aspecto cultural, el impacto cultural de lo árabe, habría que empezar por tomar en cuenta los más de cuatro mil vocablos de origen árabe que existen en el castellano moderno. Inclusive, en términos religiosos, las investigaciones actuales demuestran que, si se toma en cuenta la población que existe en el siglo XIII en España, las cuatro quintas partes eran ex cristianos, o descendientes de estos ex cristianos convertidos al Islam. En efecto, una notable cantidad de habitantes de las tribus peninsulares adopta la religión mahometana poco después de la fundación de Granada por Abderramán I. Esto se explica por dos razones: por la división interna del cristianismo, minado entonces por corrientes disidentes y por otra parte por el enorme impacto de la expansión musulmana. Aquel del Islam era un régimen muy tolerante con los pueblos conquistados. Así, los ejércitos musulmanes no ponían más impuestos a los habitantes que los que pagaban a los reinos ibéricos de los cuales dependían en el momento de su conquista. Se les permitía además preservar sus leyes, su lengua, su cultura, sus autoridades. Las únicas condiciones exigidas al sojuzgado era reconocer la superioridad del Islam (no se imponía conversión alguna) y pagar el tributo que financiaba el sostén y el desarrollo del islamismo. Por otro lado, el esplendor de la cultura árabe frente a la decadencia de Europa jugó un papel determinante en la conversión masiva de cristianos.

Según Manrique, los moriscos que llegan a América, salvo algunas excepciones, pertenecen a un status modesto. Entre los conquistadores que llegan a Cajamarca sólo uno, Cristóbal de Burgos, habría sido de origen moro. No existe confirmación de nada más. Pero, como lo indica el historiador Guillermo Lohman (3) , detectar con certeza la presencia de moriscos en el virreinato resulta casi imposible porque la mayor parte de ellos tenían nombres españoles. Los que llegaron, pues a lo largo del siglo XVI lo habrían hecho como esclavos, entre los cuales una mayoría eran mujeres. ¿Por qué, a diferencia de lo que ocurrió con los esclavos negros entre los cuales había una proporción de tres hombres por cada mujer, con los moriscos ocurrió lo contrario? Los historiadores coinciden en su respuesta.

En su ya clásico El mundo hispanoperuano 1532-1560, James Lockhart recuerda que las mujeres españolas constituían una minoría entre los colonizadores de la primera etapa en el Perú: los especialistas señalan una proporción de diez a uno. Pero, a diferencia de lo que ocurrió en Brasil, al menos según el análisis realizado por Gilberto Freyre de la sociedad brasileña, la ausencia de portuguesas no fue cubierta masivamente por las mujeres indígenas. En el país vecino el proceso de mestizaje se da desde un inicio creando así las condiciones para el melting pot cultural del que el Brasil contemporáneo es heredero.

En el caso peruano las mujeres españolas eran demasiado pocas para darle a cada español una esposa, pero suficientes para evitar que el Perú prehispánico fuera una sociedad sin mujeres. Dice Lockhart: Si bien la influencia indígena fue importante, tanto inmediatamente como a lo largo del tiempo, el Perú, incluso en la primera generación, tenía suficientes españolas para imposibilitar la pérdida de cualquier elemento cultural importante.

Pero la valoración y el análisis del papel de las españolas en la conquista es una tarea delicada. Y lo es no sólo porque el tema ha sido ignorado por la gran mayoría de historiadores que han estudiado esta etapa, sino porque la definición misma de "española" es ambigua. En los registros legales, las mujeres eran identificadas sólo por su estado marital, pero a las españolas se les reconocía al no ser llamadas negras, indígenas o mestizas. Sin embargo, hay duda e inconsistencia, tanto en los hechos como en materia de su identificación explicita en los documentos de época, cuando se trataba de dos grupos que estaban en proceso de ser absorbidos por las castellanas comunes y corrientes: las moriscas y ciertas mulatas de piel clara que hablaban español.

Las moriscas, esclavas de ascendencia musulmana, eran en su mayor parte caucásicas, españolas de nacimiento y conversas al cristianismo. Tenían el español como lengua materna. Las mulatas —aculturadas ya— habían nacido por lo general en España o en una colonia antigua. Las esclavas de ambos tipos que se convertían en amantes de los españoles solían obtener su libertad al poco tiempo y tomaban su lugar entre las españolas, lo que resultaba relativamente fácil habida cuenta su lugar de nacimiento.

En todo caso, es preciso aceptar que entre las españolas de la América hispana hay una minoría de moriscas y mulatas que, a partir de 1555, incluiría a algunas mestizas. Definir estadísticamente el tamaño de esta minoría es imposible, pero debe haber sido la décima parte de todas las ostensiblemente españolas. Su importancia, en el momento de la Conquista, radica en que muy pocas españolas, salvo las moriscas, participaron en el proceso inicial, entre 1532 y 1535.

Según Nelson Manrique, los moriscos de América no suscitaron el profundo rechazo que provocaron los judíos conversos o "marranos" debido a que se trataba de personas de poca fortuna cuyas actividades no ocasionaban enemistades particulares, como sí ocurrió con los judíos conversos. Por el contrario, los moriscos eran artesanos especializados cuyo aporte productivo era altamente valorado en una sociedad que trataba de reproducir la vida española en las Indias. El único caso de verdadera fortuna es citado por Alberto Flores Galindo (4) , se trata de Emir Cigala "quien vivió en el virreinato bajo la falsa identidad de Gregorio Zapata, llegó a ser capitán, hizo fortuna en Potosí y sólo reveló su origen cuando estaba ya de retorno en su país".

Sin embargo, Zapata está lejos de ser el único que encontró buena acogida en el Virreinato de Lima. Juan José Vega (5) menciona a Cristóbal de Burgos, "conquistador iletrado de anillo en la oreja" quien a pesar de su origen llega a ser Regidor de Lima y rico encomendero en Cotabamba, gracias a su desempeño en las guerras contra los incas. El historiador cita también a otro guerrero de origen moro (morisco), llamado Francisco de Talavera, igualmente concejal limeño amigo del propio Pizarro. Y a Lorenzo Farfán de los Godos, primer Alcalde de San Miguel de Piura y al primer Alcalde de Lima, en 1535, Don Nicolás de Ribera, el Viejo, de origen berebere aunque lo negara. Resulta explicable quienes tuvieran sangre mora lo escondieran. De hecho, si presencia árabe hubo durante los primeros años de la colonia, ésta no tuvo un carácter legal. Por definición un árabe no tenía cabida en el virreinato pues España entonces buscaba una homogenización en torno al cristianismo y la Santa Inquisición tenía como función esencial perseguir la apostasía, fuera esta judía o musulmana. Para su ventaja, los moriscos pasaban fácilmente por españoles del sur. Más aun si se considera que cambiaban su apellido antes de embarcarse en Sevilla rumbo a las Indias.

Hubo algunos casos destacados. Siempre según Vega, el propio Diego de Almagro, Gobernador, Adelantado y Mariscal, habría sido acusado de moro en más de una ocasión. Tanto así que cuando Hernando Pizarro lo hizo estrangular, ordenó que se desnudara su cadáver para comprobar si había sido circuncidado. Y no lo había sido simplemente porque nació cristiano, aunque persistieron los rumores de haber sido hijo de madre morisca.

Una razón que explica la buena integración de los pocos moriscos que llegaron al Perú es el hecho que aquí no eran percibidos como una amenaza, como sí lo eran en España. La presencia del llamado "turco" era muy lejana y no existía la sensación de peligro que suponía su proximidad a las fronteras europeas. En el Viejo Continente el recuerdo de los turcos otomanos amenazando Viena por la misma época en que Pizarro conquistaba el Cuzco, así como el gran levantamiento morisco de las Alpujarras (1570), alimentaban el miedo al Islam. Por el contrario, América era percibida como un refugio frente al Islam triunfante.

La forma más extendida en que los moriscos entraron a las Indias fue en condición de esclavos, pero algo los diferenciaba de manera sustancial de los esclavos africanos negros: mientras entre estos últimos la proporción era de tres hombres por cada mujer, entre los moriscos era de cuatro o cinco mujeres por cada hombre. Algunos habrían sido propiamente moriscos de territorio español y otros, berberescos (bérberos) de las morerías norafricanas. Es probable que algunos de estos "esclavos blancos" de sangre mora provinieran de los grupos que se esclavizó por derecho de guerra tras el levantamiento de las morerías de Granada, a inicios del siglo XVI. Sin embargo, los moriscos esclavos fueron siempre una minoría y se juntaron en el Perú con negras e indias. En cambio las esclavas de origen árabe, mucho más numerosas, se convertían en compañeras de los españoles. Manrique (op.cit) explica esta curiosa situación por lo siguiente: cómo en los primeros tiempos de la conquista las mujeres españolas libres eran escasas. "Las moriscas servían para satisfacer la necesidad de mujeres de los conquistadores (...) Comprar una morisca significaba adquirir un ama de llaves y una concubina." Conforme el número de mujeres españolas aumentó, se produjo la declinación de las moriscas que se fusionaron con la población femenina española y adquirían su libertad, hasta desaparecer a mediados del s. XVI como categoría.

Pero "las moriscas libres tenían una situación muy ambigua, pues si su origen las ponía en situación de desventaja socialmente hablando, su antigüedad —un valor ampliamente apreciado en la sociedad colonial— las elevaba. Algunas permanecieron en posiciones marginales, como criadas, otras asumieron el papel de españolas y hubo algunas que alcanzaron una elevada condición social". Un buen ejemplo de esto último es el caso citado por el historiador José Antonio del Busto (6) . Se trata de Doña Beatriz de Salcedo quien, a pesar de su apellido, era morisca. Lockhart, que también cita el caso, afirma que llegó al Perú en 1532 como esclava bajo el simple nombre de Beatriz. Concubina del veedor de Pizarro, García de Salcedo, este terminó por casarse con ella, legalizando su estado. Beatriz de Salcedo llegó a ser la primera española oidora de la cordillera andina. Acompañó a su concubino a Cajamarca cuando aún estaba preso el inca Atahualpa y logró entablar cierta amistad con las hermanas y mujeres del depuesto inca. Ella misma narra su encuentro:

Porque como fui la primera mujer que entró en este reino, en Casamalca, estaba yo con ellas y las trataba y conversaba. Que esta testigo lo sabe bien porque estaba y residía muchas veces con ellas. Vivía con ellas porque la cuidaban de que no viviera con los hombres de la hueste.

Tras una estancia en Cajamarca y otra en Jauja, se instala en Lima con su marido en una casa situada frente a aquella del gobernador, cerca del río Rimac. Como se suponía que los funcionarios reales no debían ser mercaderes, se hizo cargo, en gran parte, de los asuntos comerciales del veedor. Allí vivió la esclava las agonías de su amo que, in articulo mortis, decide casarse con ella para hacerla heredera de su encomienda de indios. Beatriz de Salcedo —que ostentaba el vocativo de Doña— se convierte así en una excepción en la Indias Occidentales: la única mujer encomendera y morisca de la historia de América. Pero Del Busto le atribuye otro mérito: el de haber sido quien sembró por primera vez el trigo en el Perú, tras recuperar algunos granos mal molidos de cierta harina que llegó de España. De hecho, un escrito oficial firmado por el virrey Conde de Nieva reconoce que no fueron las hidalgas castellanas quienes introdujeron el cultivo del trigo en el país, sino las esclavas moriscas. Pero el asunto es delicado puesto que casi todas las españolas que llegaron al Perú antes de 1537 —fueran moriscas o no— pretendieron el mismo honor (7).

Otro caso, citado por Lockhart es aquel de las mujeres que trabajaban (generalmente comadronas, panaderas o posaderas). Entre estas destaca el caso de Francisca Suárez, conocida como "La Valenciana" quien fue una de las mujeres más conocidas de Lima durante dos décadas, de 1530 a 1550. A juzgar por sus afirmaciones sobre sí misma, todo parece indicar que fue morisca y se le conocieron diferentes nombres y lugares de nacimiento (el reino de Granada, Valencia). Muy pronto se le conoció como "La Valenciana" y llegó a operar una pensión atendida por varios esclavos y bien equipada con víveres, platería y tapices de Damasco. A este negoció agregó una panadería y se hizo dueña de cuatro o cinco casas, además de la suya. Como no era bien visto que una mujer viviera sola. Se casó cuatro veces. Una de ellas con Antonio de Toledo, quien le ayudo a sacar adelante el negocio de la pensión. Pero el matrimonio fue anulado pues ocurrió una situación frecuente entre los matrimonios de Indias: Toledo era bígamo. En efecto, con frecuencia los que llegaban al Perú sucumbían a la tentación de olvidar a una esposa pobre y lejana por una nueva rica y presente. Toledo había estado casado en España y su esposa legal abrió juicio. Los tribunales eclesiásticos reconocieron finalmente este primer matrimonio en 1554 y se le desterró, invalidando su casamiento con "La Valenciana".

Siempre dentro del tema de las "esclavas blancas" como se llamaba a las moras esclavizadas tras la reconquista, Lohman (op.cit.) señala que la más antigua presencia detectada se remonta a 1534. Entonces Hernando Pizarro es autorizado a traer para el servicio de su hermano Francisco "hasta cuatro esclavas blancas con la condición de que fueses nacidas en la península y hubiesen ingresado a la grey católica por lo menos diez años antes de pasar". Luego los contratos conservados en los escritos ante los notarios limeños permiten entrever la presencia de esclavos blancos y Lohman cita varios de estos casos:

En 1536 el conquistador Melchor Palomino le compra a un colega, Crisóstomo de Ontiveros, otro personaje importante, una esclava morisca llamada Mencía y en 1537 el sastre Pedro Gutiérrez adquiere por 280 pesos una esclava morisca, Lazaria. Ese mismo año, Francisco Pacheco traspasa otro esclavo morisco, Luzmilo.

Los precios oscilaban entre los 280 y los 600. En 1538 Juan de Ruanza adquiere por 600 pesos un esclavo morisco herrado en la cara que se llama Jorge. Y Juan León traspasa una esclava blanca acarimbada (con una marca en la mejilla llamada carimba) por la misma cantidad.

Según Lohman vale la pena destacar que, lejos de aplicar a estos esclavos un trato brutal, no eran raros los casos que revelan sensibilidad hacia ellos. Así, en 1538 Juan de Panes concede la libertad a su esclava blanca María. Al año siguiente, el notario Pedro de Castañeda hace lo mismo con su esclava blanca Isabel, con la que además había tenido una hija.

Con el paso de los años la presencia de los moriscos se fue diluyendo. Pero aún se encuentran sus huellas en 1554, cuando la morisca Lucía de Herrera oficiaba de adelantada del caudillo Francisco Hernández Girón, líder de la revolución de 1554. Y en 1560 la inquisición entregó a la justicia ordinaria a varios moriscos.

Los moriscos varones no tuvieron mayores problemas para asimilarse. Eran finos artesanos, racialmente no se distinguían de los españoles, hablaban perfectamente el castellano, tenían apellidos españoles y les era muy fácil mimetizarse en las vastas extensiones de los imperios hispanos de ultramar. Ya fuera a través de la liberación o de la fuga hicieron fácil carrera como artesanos libres, habiendo fecundado con su genio creador la arquitectura y el arte de todo el virreinato" (8). Hasta 1595, el arte mudéjar americano se encuentra presente en casi todas las iglesias. En el Cuzco, esta forma de arte que tanto le debe a los alarifes y albañiles moriscos, perduró hasta 1650. El terremoto del 31 de marzo de aquel año acabó prácticamente con todas la obras de ese estilo a punto de no dejar más que lo poco que ahora se ve (i.e. la hermosa iglesia de Andahuaylillas) ver imagen.

Notas:
(Nota sobre el título) Se llamaba "morisco" al moro o árabe que permaneció en España después de la Reconquista, convirtiéndose al cristianismo. Se llamaba "mudéjares" a los árabes que continuaron practicando el Islam aún viviendo en territorio cristiano. Fueron definitivamente expulsados en 1609, por Felipe II.
(2) Manrique, Nelson. Ponencia en el evento La Presencia Árabe en el Perú. Congreso de la república. Julio 2003.
(3) Lohman Villena, Guillermo. Ponencia sobre La huella árabe en la cultura virreinal. En el evento "La presencia árabe en el Perú" organizado por el Congreso de la República en julio del 2003
(4) Flores Galindo, A. Buscando un inca: identidad y utopía en los Andes Ed. IAA, Lima 1987
(5) Vega, Juan José. Los españoles y los demás conquistadores del imperio incaíco. Univ. La Cantuta. Comisión Institucional del V Centenario. Lima 1991
(6) Del Busto, José Antonio. Ponencia en el evento La presencia árabe en el Perú organizado por el Congreso de la República entre el 14 y el 18 de julio de 2003.
(7) Cf. Lockhart, James. El mundo hispanoperuano 1532-1560.
(8) Manrique. Vinieron los sarracenos. El universo mental de la Conquista. Lima, Desco 1993.
 
Nota sobre la autora: Leyla Bartet es periodista y socióloga; reside en París, Francia.
 

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