Perdóname, colega, el juego de palabras. Me lo inspira el artículo publicado en Webislam con el título de La revolución sexual: el feminismo.
Y digo castrismo de doble filo porque, por un lado invita al sueño, a la modorra, con una riada de palabras que seguro que despierta los celos de Fidel. Y no entro ya en cuestiones de barbas, porque las barbas no son precisamente mi debilidad, a menos que vea pelar al vecino y espero que, de momento, de eso nos veamos a salvo.
El otro filo va por aquello de que, una vez repuesta con muchísimo esfuerzo de la modorra total y anestésica que provoca esa carga de palabras contra el feminismo, una se sobresalta ante la seria posibilidad de que estando anestesiada la hayan castreado que, a la vista de lo que dice el artículo, o de lo que no dice, más bien, es lo que, siendo mujer y navegando en artículos de esta suerte, una más se puede temer.
¡El castreador! ¿El castreador! ¡Se castrean feministas! ¡Se castrean disolutores de sexos! ¡Se castrean lobas feroces y abuelitas malas! ¡El castreador! ¡El castreador!
¡Pa dentro, Zarzamora, que visto el espíritu castrense que guía a este ladrillo contra el feminismo, lo mismo te podan, hija mía!
Sí que sí, que, conocimiento del artículo, no sé si alguien podrá ordeñar alguno, consignas se sacan a tutiplén: El feminismo es pecado, el feminismo –lo mismo que los ojos negros de un moreno de verde luna- tiene la culpa de todo. El feminismo va a acabar con los sexos, el feminismo va a acabar con la civilización, con los raticidas, con los caballitos del tiovivo, con la madre que nos parió a todos.
Para escribir ese artículo yo sospecho que han tenido que evadirse de la realidad en eso, en un caballito del tiovivo, y haberse encaramado a una nube de realidad irreal, pero apañada a las necesidades castrense-castreantes de luchar contra un enemigo ficticio y, así, quitar ideas de enfrentarse a la realidad real porque, mientras ellos se mantengan en su nube de irrealidad, será muy difícil que los pillen. ¡Menudas son las nubes! Y es que el artículo es un puro divagar y no tocar nada en verdad, no pronunciarse sobre nada e inventar con desahogo ya que, mientras no se difame, aquí nadie va a poner denuncia y, manteniéndose en la irrealidad, es imposible difamar a nadie.
Véase, por ejemplo, cómo empieza diciendo:
“El feminismo, con idéntica miopía y suficiencia que la ideología global que lo genera, se arroga el derecho a juzgar culturas de cuya naturaleza ignora absolutamente todo, de las que no conoce -y mucho menos comprende- ni sus fundamentos, ni sus objetivos, ni su historia; y, sin que nadie se lo pida y sin tomarse siquiera la molestia de pedir su opinión a las interesadas, asume la defensa universal de las mujeres, imponiendo su moderna idea de libertad como punta de lanza en la occidentalización imperialista del planeta.”
Así que, empapémonos, el feminismo no surgió de la conciencia de algunas mujeres y varones de que se venía cometiendo con ellas una enorme injusticia de muchos siglos, basada en considerarlas inferiores, en incapacitarlas jurídicamente y en tratarlas como eternas menores salvo para explotarlas. No, cuando surgió el feminismo, qué duda cabe, fue para imponerse globalmente como parte del imperio a los países sojuzgados imponiéndoles SUS costumbres e ideología, ideología que de hecho sí que se impuso, pero no ninguna ideología feminista, que no era parte de la tradición esa imperial ni de su cultura, sino la ideología del poderoso, del que “como yo ya estoy en el machito, no me pienso bajar y aquí me quedo y para quitaros las ganas de moverme de ahí, os castrearé con las maldades del feminismo hasta que os rindáis y ni se os ocurra pedir subiros al machito como yo”. Eso puede sonar fatal si lo dice solamente una persona o solamente un grupo, por eso los que lo dicen hablan como si lo hicieran en nombre de todos los sexos y en particular como si defendieran al pobre sexo femenino de que lo descarríe el fementido lobo feministo. Fíjense, los pobres “hombres” como caperucitos rojos, expuestos a la ferocidad y perfidia de esos seres desintegrados y con los sexos confundidos en una pulpa informe por culpa del feminismo feroz.
Por eso nos siguen diciendo: “Ofuscada por el afán de imponer un uniformismo igualitario, impotente ante cualquier panorama complejo que escape a la cuadrícula o al juego elemental de simetrías primarias, la ideología progresista pretende establecer la nivelación o incluso la abolición de los sexos por decreto, despreciando la manifiesta desigualdad funcional que la naturaleza atribuye a los cuerpos.”
Yo creía que de lo que se acusaba a la “occidental” sociedad, opresora y progre era precisamente de desnudar a la mujer, porque no es igual que el varón. Y de hacerla operarse de las tetas y otras sinrazones para ser todavía “más mujer”. Pero no: es que nos quieren hacer desaparecer el cuerpo –seguramente también en alguna nube-.
Y luego habla de que la superioridad debiera entrañar más obligaciones que derechos.
Sí, que nos lo cuenten. Por favor, que nos cuenten que, cuando a lo largo de la historia, a cuenta de considerar a los varones superiores a las mujeres, y a pesar de que durante todo ese tiempo las mujeres han sido las que han seguido pariendo y cargando nueve meses con los hijos sin parte ninguna de ningún varón, pues resulta que eso sí que ha dado más obligaciones a las mujeres y no derechos y eso sí que ha dado más derechos a los varones –varones, que no hombres ya que hombres somos todos, los de ambos sexos: los del sexo masculino son varones y los del sexo femenino, mujeres (si ya se empieza por apropiarse la denominación de especie, malo)- y no más obligaciones.
Y ahora se nos viene con que la superioridad es fuente de obligaciones. ¡Fantástico! ¡Cuánto lo festejamos! Y ¿cómo no se ha caído en ello antes? ¿Se querrá asustar a las musulmanas, como en su día se quiso asustar a las mujeres del ámbito de la cultura europea, haciéndoles creer que todo lo que hacían los varones exigía una inteligencia, fuerza, habilidad, valentía, o lo que fuera de las que ellas carecían? Pero eso sólo hasta que ellas empezaron a trabajar en los mismos buenos oficios y profesiones que los varones y se dieron cuenta de que muchísimas veces se lo pasaban pipa en esos trabajos y que sí que eran un derecho aún más que una obligación.
Los que sí eran una obligación eran los otros oficios, los mal pagados y de dar el callo a lo bestia en los que a las mujeres nunca les había estado prohibido trabajar, porque las mujeres siempre han trabajado en todos los trabajos duros, en el campo y oficios serviles y nadie los ha considerado un derecho. O sea, que la superioridad sí ha dado y da derechos y sigue dando derechos más que obligaciones. Pero para castrear a las mujeres se nos habla de estos apocalipsis de disolución del sexo y de obligaciones más que derechos. Sí, cariño, sí: engáñame otra vez, que me ha sabido a poco.
No, claro que no hace falta que pida que me engañen, que eso ya viene con una de origen. Pero es que, aunque no se pida, parece que sí que se pidiera, como cuando, por ejemplo, ciertos musulmanes preguntan, inocentemente, si hay algún hadiz que permita ser imamas a las mujeres. Ni soñar con que se les permita semejante cosa sin que haya un hadiz que diga que pueden, ¿verdad? No es que el que lo haya vaya a hacer cambiar las cosas, porque no va a cambiar nada, se hará como si no se hubiera oído y en paz. Pero lo interesante es que, en cambio, a nadie se le ocurre pedir un hadiz que diga que las mujeres pueden fregar escaleras, quitar la suciedad y bañar a los inválidos de la familia, acostarlos, levantarlos aunque pesen 90 kilos, o hacer cualquier otra cosa dura y mal pagada o sin pagar en absoluto. Eso a nadie se le ocurre preguntarlo y, desde luego, a nadie se le ocurre salvarlas de matarse en cosas así ni dar el callo gratis o por poco dinero. ¿No resulta gracioso y no nos llena de orgullo?
O sea, ya sin guasa: El artículo ¿en qué se plasma en concreto? ¿Por qué se está abogando? ¿Qué propugna exactamente?
A menos que haya por ahí alguna finalidad benéfica y concreta, lo que yo saco en limpio es que de lo que se trata es de desprestigiar la lucha femenina -y masculina- por la justicia y la equidad entre los sexos. Se arroga la pretensión de hablar en nombre de varones y mujeres, pero es sólo eso, una pretensión. Porque no sólo no habla en nombre de todas las mujeres, es que tampoco lo hace en nombre de todos los varones; que, si a la mujer se la ha timado en el reparto de deberes y derechos a lo largo de la historia, también a los varones se los ha timado. A todos, engañándolos en cuanto a su propio valor relativo y, a muchos, a los buenos y honrados varones que sí que han asumido deberes, echándoles la doble carga de tener que hacer frente a sus obligaciones y a las que otros varones, escudados en su superioridad, se han abstenido de asumir.
En el artículo parece que se invocan, sin concretar, claro, situaciones pasadas en las que al parecer todo era muy sublime y elevado, pero de cómo y en qué piensan recuperar esa elevación, no se dice nada. Eso sí, ya se pone por delante que lo que es primordial es la condena del feminismo, como un todo monolítico y hegemónico, y de todo lo que tenga que ver con él. Es decir, la condena de la lucha por la equidad y la justicia entre los géneros. Esta, al parecer, ha de venir automáticamente. ¿Confiamos, pues, en el hada madrina o ésa es demasiado occidental y feminista y tiene que ser el genio de la lámpara el que nos la conceda?
Con ser eso suficientemente engañoso, hay algo que todavía lo es más. He aquí otro párrafo del artículo:
“Sin negar la idéntica dignidad esencial de los seres humanos ante el espíritu, todas las culturas han sabido que las diferencias biológicas entre hombre y mujer se corresponden con diferencias psicológicas y anímicas que les predisponen consecuentemente -al margen de anomalías o excepciones siempre legítimas- a vocaciones distintas y, por tanto, a funciones diferentes, tanto en el nivel existencial como, más concretamente, en el social.”
Oiga, ¿“han sabido…”? ¿De verdad? ¿Lo han sabido? ¿A quién le consta? A mí me consta que eso es lo que pretende el autor que creamos pero, ni él sabe si los otros “han sabido” ni a mí me consta que lo sepa él. Lo que a mí me consta y creo saber es que eso no es cierto porque, que no lo es, lo puedo comprobar a diario en las personas reales, a cientos y, a lo largo de la vida, a muchos cientos o miles. Lo más que podría decir el autor sobre esas culturas sería que él cree que esas parecen haber creído que… Las diferencias de personalidad, psicológicas y anímicas son entre individuos, no entre sexos. Lo que hace el sexo, al predestinar biológicamente, es que las características de cada cual ponen a prueba a los individuos en circunstancias reproductivas distintas según el sexo y eso, a la vista está, es suficiente para tener consecuencias enormes, enormísimas, sin necesidad de recurrir a hipotéticas diferencias psicológicas en las que fundar una división del trabajo a la medida del poder que mande.
Es de observar que, aunque parece que el artículo, por el nombre del blog, se hubiera escrito desde un punto de vista islámico, en ningún pasaje del artículo se dice así -cosa que le honra- y que, por otra parte, no se da ninguna fuente islámica para fundamentar lo que se dice. Sobre todo, hay que decirlo claramente, no descansa en ninguna cosa que se diga en el honrado Alcorán. Esas presuntas diferencias psicológicas y anímicas entre los sexos, si salen de alguna parte, seguro que no es de la revelación transmitida por el Profeta, Dios lo bendiga y salude. En el honrado Alcorán se habla muchas veces de los derechos de las mujeres y de sus obligaciones para con Dios. Asimismo de las obligaciones y derechos de los varones atendiendo a esas diferencias en las funciones reproductivas pero que, jamás, jamás, menciona ninguna otra diferencia si no es entre individuos por el grado de piedad. Y que no consagra ningún rol de género, hasta el punto de que ni siquiera impone como una obligación el que las madres amamanten a sus hijos.
En resumen, castrismo de doble filo y, ya más refraneramente, mucho ruido y pocas nueces. Hay que leer más honrado Alcorán y confiar más en él que en esas ideas castristas. ¡Hombre!
Salaam, hijita. Voy a asomarme a ver si ya ha pasado el castreador y no corro peligro de perder la barba. A más ver, hijita, in sha’ Allah.
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