Para los estudiosos del Arte Real y Ciencia Sagrada, constituye un reto a la par que un deleite, determinar el modo y la manera en que los eslabones de la áurea cadena de la alquimia -así llamada por el insigne Homero- vivieron con plenitud y autenticidad todas las fases de la Obra...en el interior de su alma. Y también, cómo no, de qué forma influían la cultura y religiones en que se desenvolvieron estos buscadores de la eterna verdad que fueron los alquimistas, en su denodado esfuerzo por purificar su alma y unirla a la Unidad de la que desciende -como manantial de la Fuente- todo lo diverso.
O dicho de otro modo: ¿Vivieron el gran Empédocles o Platón las mismas vicisitudes que sus hermanos en el Arte de los tiempos andalusíes? ¿Qué pautas fueron comunes a su peregrinaje espiritual, y cuáles hay que atribuir exclusivamente a la época histórica que les tocó vivir? ¿De qué manera el mundo exterior moldeó su propia búsqueda, al modo de inconscientes martillos que golpeaban ciegamente en el barro de su ser, bajo el Ojo atento del Creador, que con Su invisible mano accionaba los astros para que pusieran a cada alquimista la prueba del laberinto del alma que debían superar?
La máxima hermética fue, es y será siempre la misma: Como es Arriba es Abajo, como es Abajo es Arriba. Muchos siglos después de que la alquimia llegase a Europa a través de la dorada puerta de la España andalusí, un discípulo del gran Paracelso llamado Oswaldo Crollius describiría en su Tratado de las signaturas esta misma eterna verdad pronunciada por Hermes, con estas palabras: "El mundo es un espejo en el que el Eterno se deja ver y contemplar".
Así es y así será. Sin embargo, a poco que estudiemos con detenimiento la larga y honorable áurea cadena, exentos de pasión y subjetividad, no podremos dejar de admirarnos por el extraordinario desarrollo que alcanzó durante los primeros siglos de expansión del Islam, y por ende, en la propia al-Ándalus. Los más grandes sabios de la época demostraron que el divino Soplo presente en las enseñanzas del Noble y Sagrado Corán avivaron el fuego sagrado de la alquimia de un modo tan sabio que, a un tiempo, era visto por los ojos vivos y despiertos de los gnósticos y adeptos al Arte Hermético -que lo primero no conllevaba lo segundo-, y a la vez, permanecía con el velo de lo oculto para quienes no vieron, no pudieron o no quisieron apartar el velo de las apariencias para adentrarse en la Realidad.
Señas de identidad
En efecto, los ecos de la cosmogénesis alquímica se advierten con claridad en Al Rhazés, Alfarabí -llamado el Segundo Maestro, sólo detrás del primero: Aristóteles-, Ibn Sina, Al Gazzali y, por encima de todos ellos, el que a mi juicio fue el mejor alquimista de todos los tiempos: el gran Yábir Ibn Hayyán. Un misterioso filósofo cuya obra excede los quinientos volúmenes y que, precisamente por ello, ha llevado a los especialistas a sospechar con fundamento que tras él existía toda una escuela de discípulos que no dudaron en borrar la piedra de su ego para firmar sus obras con la imborrable huella de su maestro. No sería la primera vez en la Historia del Arte Real: también sucedió así con los libros de Hermes Trimegisto.
De esa fuente oriental bebieron los buscadores de la sabiduría que partían de al-Ándalus para nutrirse de los pechos de la Casa de la Sabiduría de Bagdad, como el gran Ibn Masarra, quien ya habría sido avisado previamente por su padre sobre los oasis existentes en los desiertos, antes de que éste muriera en su segunda peregrinación a La Meca. Ibn Masarra oiría las enseñanzas del gran místico sufí y alquimista Dul Nun al-Misri, y de regreso a su patria, vertería toda la sabiduría aprendida, más el añadido de su propia cosecha, en dos libros que revolucionaron el panorama espiritual andalusí: el Libro de las letras, y el Libro de la explicación penetrante.
Algunos decenios después, arribaría -también procedente del Oriente- la incomparable Epístola de los Hermanos de la Pureza que el cordobés al-Kirmani trasladó a la taifa de Zaragoza, tras una breve y luminosa estancia en Córdoba, la capital califal. En dicho libro -compuesto por 51 epístolas que abarcaban todas las ciencias, y un epílogo- se especificaba el deseo de trascender todas las religiones para hermanarlas en la búsqueda de la Sabiduría, eso mismo que habían ejemplificado el reinado del hermético califa Abderrahmán III y su hijo Alhakem II, sin dudar en mantener como oficial la religión islámica. Es decir: admitieron y ampararon las tres religiones del Libro, y al mismo tiempo, la hermética puerta existente en cada una de ellas. Sin dejar de profesar la fe musulmana, seguramente al entender que en ella se encontraba el mayor oasis de hermetismo de todas.
Ahora bien, ¿qué aspecto podríamos distinguir en la alquimia andalusí que acaso constituyera la seña de identidad más específica de su majestuoso tránsito por la tierra? A mi entender, lo mismo que distinguió a la alquimia musulmana por encima de la griega o la que posteriormente se daría en la Europa cristiana: una mística fervorosa que iluminaba las entrañas, al tiempo que una lectura cerril y ultraortodoxa de su dogma ponía en peligro a sus practicantes. He ahí la paradoja de la alquimia andalusí. Y no sólo de ella, pues también Sócrates sería condenado a la muerte, y después de él otros, pero tal vez en la España andalusí este fuego se irradió y quemó más que en ninguna otra tierra, dadas sus peculiares características.
Amada en el Amado
El propio Ibn Masarra fue testigo de ello, pues sus enseñanzas fueron declaradas heréticas por el Califa Abderrahmán III...quien sin embargo jamás condenó a él o sus seguidores en vida. El mensaje era claro y evidente: no iba a permitir que nadie pusiera en duda su legitimidad como representante del poder espiritual y político, pero sí comprendía y toleraba a quienes con discreción se lanzaran en pos de la Unidad, hasta unir su Amada en el Amado, Amado en la Amada transformada, como cantaría siglos más tarde el último poeta sufí español: San Juan de la Cruz. Demostrando con ello que ese periplo místico no era patrimonio de ninguna religión, y sí un derecho de todo hombre sediento.
El propio profeta Muhammad -la paz sea con Él- especificó este viaje alquímico del alma en el Corán, con estas palabras: "Morid antes de morir", puesto que "la gente está dormida, cuando muere, despierta". Siglos antes, Jesucristo habló de lo mismo al señalar que nadie que no naciera del agua y el espíritu podría ver el Reino de los Cielos. El símbolo alquímico del agua es el triángulo invertido, el más femenino de todos los elementos. El símbolo alquímico del fuego, el más masculino de los elementos, es ese mismo triángulo apuntando hacia el Cielo. Al unirse ambos, se representa la unión del cielo y la tierra, la armonía completa de todos los elementos, lograda ya la ansiada unidad. Cuánta sangre derramada a manos del fanatismo.
Si estudiamos con detenimiento la vida de los alquimistas andalusíes, comprobamos cómo el fuego sagrado de esa búsqueda incendió sus almas en ese periplo universal, y que la España andalusí se convirtió en un vergel donde el sufismo brilló con luz propia, tal y como recogió entre otros muchos el gran místico Ibn Arabí al Mursí, quien al final de su vida firmaría un precioso poema en el que declaraba al Amor como su única religión. Varios siglos después de él, los seguidores de Ibn Masarra sembraron ese mismo fuego sagrado desde los desiertos de Almería hasta el Algarve portugués, pues ya durante los últimos años del reinado del sabio califa Alhakem II, el oscuro Almanzor se hizo con las riendas efectivas del poder, y tal y como afirmaría Saíd al Andalusí en su Libro de las Categorías de las naciones, provocó un periodo de oscuridad en la España andalusí: ordenó quemar los libros de los sabios herméticos, y condenó a muerte a varios de ellos. Éstos, en plena guerra civil, se dispersarían por todas las taifas, donde sus respectivos mandatarios acogerían con asombro la alta sabiduría que portaron y sembraron después entre sus discípulos respectivos. Ahí Al-Kirmani en Zaragoza, o Ibn al Sid en Badajoz, o Ibn al Samh en Granada, o tantos otros buscadores del Saber, demostraron que mientras el martillo del Cielo les golpeaba, ellos permanecieron fieles a su deseo de unirse con el Creador del Universo sin renegar de una sola idea de su cosmovisión alquímica, como declararía sutilmente -el hermetismo exigía siempre la borla de la prudencia- el propio Ibn al Sid al parangonar la verdad religiosa con la filosófica en pleno dominio de los almohades.
De ahí que el sabio filósofo, músico, astrónomo, médico y alquimista Ibn Bayya (el Avempace de los latinos) arremetiera no contra el sufismo en sí, sino contra ese sufismo que se había detenido en las jaculatorias y las prácticas rituales sin ahondar en separar la escoria de la sombra del ego, de la luz prístina que habita en el alma del hombre. Muchos otros alquimistas serían puestos a prueba, como el propio Averroes, o el gran Ibn al Jatib, quien sería finalmente condenado a muerte bajo la acusación de herejía. Al-Ándalus ya intuía su muerte en el horizonte de la Historia, sí, pero la grandiosidad de su testimonio ya había sido firmada en la tierra bajo las estrellas del firmamento. Desgraciadamente, la mano oscura del poder de los conquistadores cristianos -una vez que se cimentó la fusión de la espada con la cruz, del poder político con el religioso-, deshilachó el manto de hermetismo que había nutrido la España andalusí, e incluso a sus propios sabios, como Arnau de Vilanova, Raimon LLull o el mismísimo rey Alfonso X el Sabio...Y extirparon de nuestra memoria aquellos siglos de esplendor. Mas no su huella: ahí continúa brillando, para aquellos que tienen ojos para ver, y oídos para oir.
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