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Un islam en castellano

En el Breviario Çunní, Iça vierte a su idioma materno los principales mandamientos musulmanes porque éstos deben estar en lengua que lo entiendan

21/09/2011 - Autor: Redacción - Fuente: Memoria de los Moriscos
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Dos páginas del Breviario Çunní, de Iça de Chebir
Dos páginas del Breviario Çunní, de Iça de Chebir

1. Un islam en castellano

En la Castilla del siglo XV se dio de manera natural la convivencia cotidiana entre gente de “las tres leyes”: cristianos, judíos y musulmanes. Un ámbito así es el que explica que Iça de Gebir, alfaquí mayor de la aljama de Segovia, fuera comisionado por un clérigo cristiano, Juan de Segovia, para viajar hasta tierras italianas en busca de un buen ejemplar del Corán para llevar a cabo su traducción al castellano. En el Breviario Çunní, Iça vierte a su idioma materno los principales mandamientos musulmanes porque éstos deben estar “en lengua que lo entiendan”. Los moriscos exiliados en Túnez a principios del siglo XVII también defenderán la redacción de sus textos islámicos en castellano, arguyendo que es el idioma en el que Alá los crió.

Una gran mayoría de los textos aljamiados son traducciones o adaptaciones de originales en árabe, y revelan el esfuerzo de una comunidad de creyentes por seguir perteneciendo de forma plena al islam. Obras pensadas en árabe, exigen al traducirlas al castellano adaptar la lengua de acogida evitando aquellos vocablos de resonancias teológicas cristianas. Por ello los moriscos hablan de almalakes en lugar de ‘ángeles’, o de halecar en lugar de ‘crear’, acompasando en sus textos la teología árabe y las formas castellanas.

En los últimos libros islámicos de moriscos anteriores y posteriores a la expulsión, escritos con letras castellanas en lugar de con escritura aljamiada, se advierte un menor cuidado en el léxico religioso, llegando incluso a emplear la palabra “Dios” en lugar de “Allah”. Como si se extinguieran al mismo tiempo las comunidades moriscas de los pueblos y esta variante islámica del español, y quedaran abiertas tanto las puertas de las casas como las compuertas del lenguaje.

En la exposición se muestra la única traducción completa del Corán que se ha conservado, así como manuscritos con azoras coránicas en árabe interlineadas en aljamiado, acompañados de ilustraciones. Se reúnen también los principales volúmenes moriscos de jurisprudencia islámica, como el Alkitab de la Tafría, con su “libro de lo perdido y lo encontrado”, y gastados devocionarios y plegarias, como la Rogaria para pedir lluvia en tiempo de sequía.

2.- Una convivencia bajo sospecha

A lo largo del primer tercio del siglo XVI se decreta en los distintos reinos de la Península la conversión forzosa de todos los musulmanes. La Inquisición tuvo bajo su punto de mira a los nuevos conversos, pero durante los primeros años se empleó con más fuerza persiguiendo los conversos judíos y la amenaza protestante, y evitó acciones generales en aquellas zonas donde las comunidades moriscas estaban cohesionadas y protegidas por razones económicas por los señoríos. Sin embargo, se fueron recortando paulatinamente sus usos y costumbres. El decreto de 1567 que abolía sus modos de vestir, bailes y canciones está entre las causas que desatan la revuelta de las Alpujarras al año siguiente, desencadenando la represión posterior y finalmente la expulsión. En este clima desconfianza es en el que se desenvuelve la figura del Mancebo de Arévalo, quizás el autor más singular de la literatura aljamiada en el siglo XVI.

Radicado en Aragón, redactó obras dirigidas a la comunidad morisca aragonesa, de las cuales se muestran en la exposición la la Tafsira y el Sumario de la relación y exercicio espiritual. En ambos libros, además de la transmisión de la doctrina islámica, describe en un español personalísimo, carnal y sutil a la vez, los encuentros con otros musulmanes encubiertos en sus viajes por España, como el noble José Venegas y la Mora de Úbeda en Granada, que se lamentan de la decadencia musulmana.

Desde que las Cortes Valencianas prohibieron el uso de la lengua árabe hablada y escrita en 1564, y Felipe II hizo lo mismo en 1567 para los territorios de la Corona de Castilla, la Inquisición se lanzó a la captura de toda huella de lengua árabe, escrita o hablada, identificada con la práctica del islam. En Aragón, conservamos unos cuatrocientos procesos entre 1568 y 1609 que tratan de la posesión de libros en árabe, y aunque no tenemos forma de saber cuántos de ellos eran aljamiados, muestran la existencia de una verdadera red de distribución de libros en el Valle del Jalón. En los procesos inquisitoriales encontramos testimonios del aprecio de los moriscos por sus libros confiscados, tanto hombres como mujeres.

3.- Cultura morisca y vida cotidiana

La rica cultura andalusí, en la que destacan los conocimientos médicos, llega a los moriscos a través de los libros árabes que ellos traducen al castellano. Sin embargo, la dificultad de conseguir los textos originales de medicina hace que, en muchos casos, el recopilador morisco sólo pueda acceder a la tradición médica árabe a través de las fuentes hispano-cristianas que también beben de ella, como muestra el recetario incluido en la exposición.

El saber médico que se recoge en los textos moriscos tiene una orientación práctica, y se encuentra estrechamente ligado a la advocación islámica para conseguir la cura del enfermo. Por ello, no es extraño que junto con finas disquisiciones, por ejemplo sobre el origen y las propiedades proféticas de los sueños, aparezcan multitud de recetas mágicas y talismanes coránicos, testimoniando una fusión de la tradición islámica escrita con una cultura popular y campesina.

El Alkitab de Suertes, o el Libro de Dichos Maravillosos, presentes en la exposición, revelan la importancia de la palabra en todas las esferas de la vida cotidiana de los moriscos, hasta los extremos de la dolencia o los confines de la esperanza. Muchos moriscos, hombres y mujeres por igual, portaban escondidos junto a su cuerpo “alherzes” o trozos envueltos de papel contiendo fragmentos coránicos o conjuros en árabe y aljamiado, confiando en los poderes protectores de la escritura sagrada. El islam acompasaba la vida de los moriscos desde su nacimiento hasta su muerte. Al recién nacido se le imponían las fadas, ceremonia que los moriscos contrapusieron al bautismo cristiano. Nos han llegado textos que regulaban cuáles eran los días propicios y los contrarios del año, e incluso las horas buenas de los días. En la fosa se acompañaba al muerto de una carta para su espera hasta el Día del Juicio.

Las anotaciones familiares en las guardas de muchos de los manuscritos conservados, así como cuentas privadas, nos han transmitido algunas huellas personales de aquellos amantes de los libros.

4.- La literatura morisca

La mayor parte de los textos narrativos moriscos que nos han llegado son recreaciones de fuentes árabes, vertidas en un castellano sensorial y emocionante, muy próximo del lenguaje hablado, capaz de conmovernos todavía igual que fascinaban entonces, cuando estos libros se leían en los corros donde los moriscos de todas las edades se congregaban a escuchar y a “holgarse” con la historia de la ciudad de alambre y los genios expulsados por Salomón, o la leyenda de la doncella Carcayona, a quien su padre manda cortar las manos por hacerse musulmana.

Los elementos de ficción se alían con la intención didáctica de modo inextricable, como puede apreciarse de modo singular en el Alkitab de Samarqandí, delicadamente iluminado, que ha sido incluido por la Biblioteca Nacional en su Biblioteca Digital Hispánica. La intensidad literaria está presente incluso en los libros de “castigos” o consejos, como el Alkiteb de Preicas.

La narración es inherente en esta cultura a la explicación de cómo regirse en el mundo, y por ello los personajes bíblicos mencionados en el Corán cobran nueva vida en estas narraciones, acercándonos sus pensares y sentires en una fusión de la tradición islámica con antiguos relatos de transmisión oral.

El profeta Mahoma es el protagonista de numerosos relatos, especialmente en el Libro de las Luces, del que se nos han conservado varios ejemplares. Un lugar aparte ocupa la poesía morisca, de la que se muestran aquí dos textos destacados del inicio y del final de la literatura morisca: el Poema de Yúçuf, de resonancias medievales, que narra en verso la historia de José, y el Poema de la Luz de Mohamad Rabadán, poeta interesantísimo del exilio que merecería, igual que los otros escritos moriscos aquí recogidos, entrar finalmente en los libros de texto de la literatura española.

5.- La expulsión y el exilio

A partir de las conversiones forzosas en los distintos reinos cristianos en el primer tercio del s. XVI, la situación de los moriscos se fue agravando “en esta tierra y en esta isla de España”, especialmente tras la Guerra de Granada en 1568, motivada en gran parte por los decretos que privaban a los moriscos de sus trajes y bailes y costumbres.

Por ello, algunos moriscos habían decidido partir en busca de nueva patria ya antes de la expulsión, como revela el itinerario de fuga que se muestra aquí, en el que se recomienda a los viajeros moriscos preguntar en Venecia por los judíos sefarditas y pasar por Salónica, revelando una colaboración estrecha entre las dos comunidades perseguidas. Sin embargo, en general la resistencia a marcharse fue grande, como indica esta anotación en las guardas de uno de los libros de la exposición: “Nosotros no partiremos, antes morremos, que por ese paso vamos”.

Muchos moriscos volvieron sus ojos hacia los turcos, como testimonian varios escritos, y prestaron fe a las profecías que aseguraban su venida y triunfo, o bien a aquellas otras que anunciaban el final próximo de los tiempos. Cuando finalmente se produjo el exilio a tierras ajenas del sur y del este del Mediterráneo, los moriscos españoles se encontraron recibidos con suspicacia, considerados como practicantes de un islam deficiente, y entre gente cuyo idioma no entendían. Algunas comunidades se mantuvieron unidas durante algún tiempo, como en Rabat o en Túnez, pero en general terminaron fundiéndose con la población del lugar de acogida. De su memoria sólo nos queda, aparte de unos pocos ejemplares que sobrevinieron por otras vías, lo que nos cuentan aquellos libros aljamiados que escondieron en sus casas, justo antes de marchar, los moriscos lectores del valle del Jalón.

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