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Significado de musulmán

El islam de nuestros abuelos (3)

06/08/2011 - Autor: H. S. Sa´îd b. Aÿiba al Andalusí - Fuente: Webislam
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Musulmán orando
Musulmán orando

Musulmán o muslim, es una palabra que tiene el mismo origen lingüístico que Islam. Denomina a toda aquella persona, de no importa qué etnia, o credo original, que de forma responsable acepta el magisterio Muhammadiano, y busca sentirse a salvo y en paz haciéndose dócil a la acción del Principio Creador sobre ella.

En los orígenes de la promulgación Muhammadiana, ser musulmán, era equivalente a este concepto recuperado de la Tradición Abrahámico-Sinaítica.

Por esto decía que, solo bajo esta concepción, Islam no es una religión más entre otras, sino un estado de vida. La comprensión de todo esto, sin prejuicios, no es empresa fácil para nosotros cuando se nos presentan arropados por la lengua árabe y siglos de desprestigio.

Con respecto a esta cultura ya estamos habituados, por el condicionamiento despectivo, a analizar muy someramente cualquier informe actual sobre “los moros”, que además de bárbaros invasores, según la crítica popular, eran infieles y sarracenos...

Mas esto no es nuevo para nosotros. Por razón de la costumbre hemos adquirido el hábito, firmemente arraigado, de juzgar peyorativamente este periodo de nuestra historia. Ya que la información que nos ha llegado a través de los testimonios narrados por “los otros”, los visigodos vencedores, ha sido muy parcelada y tendenciosa.

He aquí nuestra dificultad en el presente, pero es así, a través de esta concepción primigenia de Islam, como descubriremos que la cultura de nuestro pueblo andalusí se encaramó a las cúspides más altas del saber.

Esta forma de entender tales conceptos estuvo estrechamente vinculada a la Tradición Sufi. Todo lo cual tiene muy poco que ver con las ideas popularmente vulgarizadas, tanto en Oriente como en Occidente, sobre la comprensión de lo que son Islam, musulmán, Sufismo y todos sus contenidos.

Esta Antigua Tradición Sufi, como forma de entender la existencia, se nutrió de otras culturas a las que también aporto riqueza, pero tal y como hoy la conocemos tuvo su cuna entre las páginas del Qurân y en las enseñanzas del profeta Muhammad (PB). Algunas de ellas contenidas en los proverbios o Hadices.

La antigua sabiduría, como sufismo, encontró su refugio y protección en el seno del Islam, y recibió un nuevo impulso frente a las dificultades que tuvo que afrontar en los diversos momentos de la historia.

Más tarde, el conocimiento genuino, oculto en la promulgación, se nos fue mostrando progresivamente en los escritos legados por los Maestros de la Tradición Sufi. Podríamos decir que, sin haber conocido la obra ingente de los Maestros Sufis, las esencias del Islam original se nos habrían perdido.

El Qurân, inspirado al Profeta y Maestro Sidna Muhammad (PB), guía de los musulmanes, no solo guarda las enseñanzas de la Antigua Tradición, sino que además legisla usos y costumbres para la creación de un pueblo. Una nación capaz de preservar el legado escrito para todos los pueblos venideros.

Decimos que Muhammad (paz y bendición) es el eslabón que une la sabiduría desarrollada desde aquellos remotos tiempos y nosotros.

Considerando siempre que me refiero al sentido etimológico de cada vocablo, los musulmanes somos herederos de una antiquísima tradición, sencilla, culta, y coherente con el ser humano y su entorno. En nada semejante a la actual barbarie generada en Oriente e incentivada por Occidente.

Como ya dijimos, Muhammad (PB) nunca pretendió fundar una religión nueva, no fue este su ministerio. Su labor como Profeta y Maestro inspirado fue la de recuperar la antigua Revelación, un tanto deteriorada a causa de determinadas costumbres de otra época entre las culturas circundantes.

Muhammad (PB) impartió una sola enseñanza contenida en los textos que se conservan, pero esta sola enseñanza la explicó de dos formas diferentes.

La primera forma de su prédica la encontraremos en la lectura básica de los textos que nos muestran los contenidos extraídos de esa primera comprensión. Pero el propio Muhammad (PB) ya nos advierte que en esos textos se halla un conocimiento que sobrepasa a las lúcidas inteligencias. Así hasta siete niveles de comprensión.

Refiriéndose a estos otros niveles de percepción, uno de sus íntimos compañeros, Abu Hurairah, decía así a sus coetáneos tras la muerte del Maestro; “Del Profeta he recibido dos legados. El primero ya lo conocéis, pero si os comunicara el segundo legado me cortaríais la cabeza”.

Con el primer legado se refería a la lectura básica que da su forma a la sencillez de la religión estructurada. Con el segundo legado se refería al conocimiento profundo que de ello extrae el Gnóstico, el âarif.

La Revelación recibida por Muhammad (PB) fue, inicialmente, presentada ante las tribus árabes y, por lo tanto, estructuralmente adaptada, en parte, a su problemática y a sus circunstancias históricas. Pero fue revestida de tal ductilidad que puede ser entendida y aplicada en cualquier tiempo y lugar, lo que da a sus enseñanzas esa dimensión de universalidad.

Ya que si bien el contenido de la enseñanza es indefinidamente válido, el “envoltorio” en el que se nos presenta ha de ser adaptativo a la persona y a su circunstancia.

No obstante, después de los primeros califas sucesores, el Islam, al igual que otras formas de pensamiento, comienza a mostrarse como “la religión verdadera” y a constituir toda una especie de “casta” de eruditos (en sustitución de los sacerdotes prohibidos en Islam) y en franca oposición a las demás creencias.

Esta clase social está compuesta por los Ulemas y Alfaquíes, expertos en Fiqh (conocimiento organizado), quienes enseñan la comprensión del Islam (según el acuerdo “oficial”) y la práctica de las formas para su desarrollo.

De la influencia de estos “expertos” a lo largo de la historia, va surgiendo la estructura, que hoy conocemos, de “la nueva religión”, que va organizándose en distintas tendencias según criterios (chiítas, sunnitas, fatimíes, etc.).

Son los Ulemas y Alfaquíes quienes, progresivamente y, con el propósito de unificar criterios o preservar la intocabilidad de los textos, van dictando normas e interpretaciones.

Estos criterios, elaborados por eruditos, poseen, por lo tanto, un importante valor. Pero al igual que el criterio de cualquier otro estudioso son subjetivos, y pueden, por lo tanto, ser aceptados o no como válidos, dependiendo del sentido crítico y convicción de cada persona, pues a diferencia del catolicismo, no adquieren valor dogmático.

Es evidente que un pensamiento estructurado, una enseñanza cualquiera, debe de contar con un cierto sentido crítico de preservación, en cuanto a forma y en cuanto a contenido, esa es la labor de los expertos. Pero esto no es fácil.

La religión como metafísica, como la estructuración del pensamiento espiritual sobre La Trascendencia, no es precisamente cosa baladí.

Es este uno de los procesos de la Conciencia que más riesgo tienen de desvariar hacia planteamientos exagerados en cualquier dirección, bien sea hacia el disparate fanático o hacia su contrario, el exceso de desacralización. Por esto se hace conveniente la intervención de preclaras mentes que establezcan algunas pautas orientativas.

La dificultad estriba en encontrar el justo término medio, en preservar el pensamiento original y, al mismo tiempo, aceptar tranquilamente que NADA en La Creación es inamovible. Que absolutamente todo se halla sujeto a la dinámica del cambio y, por lo tanto, también los continentes que nos enseñan los eternos y siempre válidos contenidos.

Y pasaremos un tupido velo sobre lo que nos ha enseñado la historia: que los poderosos de la tierra frecuentemente han usado la religión para dominar a los pueblos. Llegados a este punto que cada cual juzgue y valore.

Ya dije que en Islam no existe el criterio dogmático, excepto en el contenido de la Shahada o acto de fe por el que alguien se reconoce musulmán ante testigos. Con ella se afirma la Unicidad del Principio Creador y la dimensión profética contenida en la naturaleza humana, en este caso representada en Muhammad (PB) como síntesis de la Tradición.

Todo este comentario, por su complejidad, debería de ser un estudio bastante mas detallado para que pudiera ser entendido correctamente. Pero sería demasiado largo y complejo de explicar aquí, pues nos distraería del objetivo de un trabajo como este, cuyo propósito es el libro de bolsillo, fácil de llevar y fácil de entender en cuanto a los conceptos básicos.

Para mayores profundidades siempre sabrá el lector interesado encontrar mejores medios.

En un estudio histórico detallado, en el que podamos conocer una opinión y su contraria, podríamos dilucidar los momentos y responsabilidades de las diversas injerencias y reinterpretaciones que ha padecido el concepto y práctica del Islam. Pero no podríamos obviar los siglos de guerra y desgaste que Occidente y Oriente han mantenido entre sí con motivo de las hegemonías religiosas y políticas.

A ello habría que añadir los siglos de colonialismo que los países islámicos han padecido de sus colonizadores occidentales. Con la inevitable perversión y deterioro del modo de vida y creencias sociales, ó religiosas, de la cultura colonizada en beneficio de la potencia colonizadora.

Esta es, por lo tanto, una limitada introducción que tiene como fin el de ofrecer una idea primera, un análisis crítico y objetivo de lo que queremos decir cuando hablamos de conceptos como Islam o Musulmán.

Son términos que no podemos aislar del decurso de la historia, pero que al mismo tiempo no deben de ser identificados con la debacle ideológica que protagonizan algunos de los que conocemos como “países musulmanes”. Aún admitiendo las buenas excepciones a las que hubiere lugar en cada casa y en cada pueblo.

Esta es nuestra dificultad, pues no es precisamente fácil decir hoy día que Islam y musulmán sean sinónimos de “estar en paz y a salvo”, sobre todo después de oír terroríficas noticias totalmente descontextualizadas. ¿Acaso las víctimas de la emigración ilegal, nietos de aquellos que fueron violentamente expulsados y que hoy vienen a reclamar su derecho al pan y a la tierra están en paz y a salvo? ¿Acaso los jóvenes que, confusos, se ciñen el cuerpo con el cinturón que habrá de descuartizarles se consideran a sí mismos en paz y a salvo? ¿Acaso cualesquiera víctimas inocentes de tanto disparate se llegaron a sentir en paz y a salvo?

Comprenderá pues, el lector, la dificultad añadida a la que hemos de enfrentarnos cuando queremos presentar el concepto limpio de Islam original.

Procuramos no caer ni en la apología ni en el complejo, pero..., ¡qué fácil sería dejarse llevar por la pasión!

Así pues, aún a riesgo de ser reiterativo, por la importancia que tiene la comprensión de todo lo dicho, quiero insistir de nuevo en lo siguiente. Cuando hacemos uso de un vocablo árabe, lo hacemos recuperando el sentido etimológico, a fin de transmitir con exactitud la idea original que encierra y que, con frecuencia, es dificultosa de expresar en otra lengua.

Esto quiere decir, por lo tanto, que no nos sentimos identificados con la vulgaridad de las ideas ya acuñadas que popularmente se tenga sobre dichos vocablos, sino tan solo, repito, con el significado etimológico del término.

Esta experiencia de incorporación de nuevo vocabulario en nuestro lenguaje cotidiano, es ya antigua en la formación de nuestro idioma. Desde mucho antes se fue creando, con la incorporación en su estructura, de lenguas como el latín, el griego, las más de cuatro mil palabras del árabe y más recientemente del francés ó el inglés. Es de esperar, por lo tanto, que el uso e incorporación de estos otros pocos vocablos no deba de suponer ningún problema para el lector.

Al emplear algunas palabras del árabe para comunicar una idea o un concepto, a quien nos lea ó nos escuche, también queremos significar que hemos recibido el conocimiento de la Tradición a través del magisterio de S. Muhammad (p.b.). Y esto no hace de nosotros seudomusulmanes a la usanza de no importa qué criterio popular vulgarizado, tanto me da que sea de Occidente como de Oriente.

Doy un ejemplo; si digo que soy musulmán entre unas cuantas personas y en el transcurso de una charla informal, lo más probable es que la práctica totalidad de los asistentes entiendan por ser musulmán el tópico popular. Esta afirmación probablemente escandalizará a algunas personas, pues me verán como a una especie de bárbaro -ya que no todo el mundo está obligado a una correcta información al respecto-.

De otra parte, este criterio ya popularizado, no se correspondería en absoluto con lo que quiero decir desde la comprensión etimológica de los términos, ya explicados, y que ahora el lector sí comprenderá.

ESTO ES SER MUSULMÁN. “La persona que acepta de buen grado, y en el total de su vida, el principio de comportamiento que dimana del magisterio de Muhammad (p.b.)”. Sin interpolaciones ni disparates posteriores.

Son musulmanes aquellos quienes, habiendo “entendido correctamente”, desean en libertad, sin miedos ni coacción alguna, acercarse a “la comprensión” y “relación” con La Divinidad.

Son musulmanes los que son observantes de la tolerancia para consigo mismos y para con los demás, sin que importe la etnia ni la creencia desde la que se parte.

Son musulmanes los buscadores de La Gran Sabiduría, la Sabiduría que conduce a un estado permanente de paz, la que se guarda en el Qurân y en otras culturas, y que ha sido recomendada por el Profeta (PB) a través de sus dichos y hechos.

Pero no podríamos referirnos como musulmanes a aquellas gentes que, por el solo hecho de haber nacido en un país confesionalmente musulmán, y aún considerándose a sí mismos como musulmanes, han hecho de la simplicidad original otra piedra de escándalo, siguiendo el mal ejemplo de otras religiones.

Siguiendo este mismo criterio no podríamos encontrar cristianos en la dorada magnificencia vaticana, ni entre los oropeles catedralicios, ni entre los jueces inquisidores.

Por lo tanto, reconocerse cercano a La Tradición Muhammadiana ha de ser una opción tomada en la reflexión y renovada cada día.

Manifestarlo abiertamente es el resultado de un proceso indeterminado de información y estudio, de madurez y de búsqueda. A fin de que la inconstancia, la moda, la curiosidad transitoria, la avaricia del coleccionista de nuevas emociones, etc., no pongan en las manos inadecuadas un antiquísimo saber y un “Recto Sendero” de desarrollo íntegro, el llamado “Sirat al Mustaqim".

Es el buen juicio de cada persona el que debe de determinar las rutas que conducen a buen puerto y las que, después de mucho navegar, no conducen a ninguna parte.

Recordemos al mono atado con una cuerda al tronco de un árbol, salta y salta, pero la brevedad de la cuerda -confusión, prejuicios, etc.- no le permite subir a por los frutos más altos.

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