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El hombre y los animales

Extraido de la obra Humanismo Islámico: una antropología de las Epístolas de los Hermanos de la Pureza

11/02/2011 - Autor: Ibrahim Albert Reyna - Fuente: Webislam
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El dominio del hombre sobre los animales es muy relativo. (Foto:metodologiaspic.blogspot.com).
El dominio del hombre sobre los animales es muy relativo. (Foto:metodologiaspic.blogspot.com).

El hombre y los animales

A la hora de ver el puesto del hombre en el cosmos es punto obligado compararlo con el animal y, efectivamente, las Epístolas de los Hermanos de la Pureza realizan su propia comparación con gran minuciosidad y detenimiento. Esto no quiere decir que se trate de un estudio sistemático, lo cual no casaría con el espíritu meramente ilustrativo, nunca exhaustivo, de la obra que estamos estudiando. Pero las notas distintivas con las que nos separan al hombre del animal son lo bastante elocuentes como para terminar de dibujarnos las características específicas del ser humano entre los seres materiales que le son más cercanos: los animales.

Para ello empezaremos definiendo el animal y observando sus variedades, dentro de las cuales localizaremos al hombre. Después nos detendremos en las diferencias entre el animal y el hombre centrándonos en los dos grandes focos que son el conocimiento y la acción. Y terminaremos intentando identificar aquello que pone al hombre a la cabeza y por delante de todos los animales, desde su ubicación como eje en torno al cual gira el universo.

Los animales y el animal humano: juntos y en contraste

En las Epístolas de los Hermanos de la Pureza, “el animal es un ser sensible que está dotado de movimiento y sensibilidad y que está compuesto por un alma animal y un cuerpo inerte.” Dentro de esta definición entra una gran variedad de seres. Lo que aquí nos interesa preferentemente es que el hombre, en virtud de su alma animal, también se ve incluido entre los animales, como refleja así mismo la clasificación que se hace de los animales en cinco tipos: reptiles, cuadrúpedos, bípedos, aves y el hombre.

Entre estos tipos de animales hay una jerarquía en cuya cúspide está el ser humano en virtud de su forma y composición. Tan elevado es su rango que otros animales sólo se le parecen parcialmente: en el cuerpo (el mono), en la nobleza de carácter (el caballo), en la sociabilidad (la paloma), en la inteligencia (el elefante), en la riqueza de voces y sonidos (el ruiseñor y el loro), en el refinamiento técnico (la abeja)... Siendo tanto mayor el parecido cuanto más cerca estén del hombre, llegando a sus más altos grados entre los animales los domésticos y los utilizados por el hombre, como el caballo o el elefante. De hecho, cuanto más depurada sea el alma de un animal tanto más fácilmente se someterá al adiestramiento y la enseñanza.

Concomitante con esa gradación y superioridad humana es el hecho de que el elemento dominante en la composición del hombre sea el fuego mientras que en el animal lo sea el aire, de acuerdo con la mayor elevación del fuego por encima del aire. De forma análoga, el estado humano es la puerta superior, la puerta de salida, del Infierno que es el mundo de la generación y la corrupción.

El hombre, pues, es un animal; pero es su estadio superior, el animal más perfecto, criterio y medida de la perfección de todos los demás animales, tanto más perfectos cuanto más parecidos a él. Veamos ahora en qué consiste esa perfección que lo distingue.

Diferencias pragmáticas: el señor de las bestias

Las Epístolas de los Hermanos de la Pureza establecen claramente que todos los minerales, animales y plantas pertenecen al hombre y a él están destinados. De hecho, el hombre encuentra que los animales le hacen la vida más fácil y así se establece una relación de servicios que éstos le prestan a aquél de un modo análogo a como el cuerpo le sirve a la cabeza y el gobernado al gobernante. De todas maneras, el dominio del ser humano es relativo; es cierto que algunas almas animales obedecen al hombre y atienden a sus órdenes y prohibiciones, pero otras se le resisten y le manifiestan hostilidad: las primeras, obedientes y serviciales, son las de los animales superiores, mientras que los inferiores son rebeldes a toda influencia humana.

El mero dominio material del hombre sobre los animales es, pues, muy relativo, y así tenemos que hasta los reyes tienen que inclinarse ante la molestia que les suponen las simples moscas. Ni siquiera ocurre siempre que el hombre, al disponer de los animales en su propio interés, sirva a principios superiores que justifiquen el maltrato y la tortura a los que éstos se ven sometidos día y noche y que interrumpen su estado pacífico anterior a la creación del hombre.

Desde el punto de vista material, de la acción, las relaciones entre el hombre y el animal terminan resultando ambiguas. En la historia natural de la sociedad humana, según las Epístolas, tenemos en extenso muestras de esa ambigüedad: el hombre empieza por refugiarse en montes, colinas y cuevas debido a su temor a las fieras, sobreviviendo a base de las plantas y buscando los lugares donde encontrará menor inclemencia y hostilidad, para después reunirse en fortificaciones, poblados y ciudades, domesticando a algunos animales para emplearlos como esclavos pero sin poder evitar que otros se le escapen.

Por lo tanto el hombre supera a los animales ejerciendo la violencia sobre ellos y sirviéndose de los mismos para su interés particular, pero es una superioridad que siempre es contestada y puesta en entredicho. No parece, pues, que la superioridad humana pueda sustentarse exclusivamente en el ámbito de la acción material. Busquémosla, entonces, en otro terreno.

Diferencias cognitivas: el logos humano

El hombre supera a los animales en varios campos: puede poner a su servicio más fuerza física que ellos (aunque se trata, como hemos visto, de una superioridad relativa), su alma refleja aspectos más elevados de la realidad, y posee un intelecto de mayor capacidad, en distintos grados, estando, en su caso, el superior capacitado para enseñar al inferior, y éste para aprender de aquél. Vemos, pues, que sólo el ser humano es compendio completo, y el más elevado, de todos los niveles de la existencia: el mundo material, en el que ejerce su acción y su dominio; el Alma, cuyas potencias despliega del modo más pleno; y el Intelecto, del cual se puede considerar como único reflejo real en el mundo o, al menos, el más completo. Aquí nos centraremos en los rasgos distintivos del conocimiento humano.

“El hombre tiene un conocimiento más elevado y grandioso de su Creador que el que tienen los animales.” Este conocimiento, “que caracteriza a cada una de las personas frente al resto de los animales,” es el discernimiento (tamyîz), una inteligencia de la que el hombre se enorgullece. Esta capacidad de distinguir entre lo real y lo irreal, entre unas realidades y otras, y que se plasma en un conocimiento de Dios de la mayor precisión, es patrimonio exclusivo del hombre.

En otros momentos vemos que, aun concibiendo al hombre y a los animales como seres que comparten un aspecto motor (el alma) y un aspecto inercial (el cuerpo), al final sale a relucir una diferencia: el logos (mantiq); el hombre es un ser que expresa el logos (nâtiq) y los animales no lo expresan (gayr nâtiq). Pero, ¿qué hemos de entender por ese logos? Según lo expuesto anteriormente, esa diferencia entre ambos es el alma racional, que puede albergar el conocimiento más elevado de Dios. Sin embargo, ese intelecto humano tiene también una expresión exterior que es exclusiva del hombre: el lenguaje. El lenguaje dotado de sentidos y significados (ma‛ânî) es propio del mundo humano, mientras que los sonidos del resto del mundo sublunar no expresan ningún tipo de saber: los animales sólo expresan deseos naturales. De hecho, las almas particulares no expresan sino lo que el Alma Universal les concede expresar.

Es cierto que algunos animales comprenden algunas órdenes y prohibiciones, y algunas llamadas; pero en ningún momento expresan, según las Epístolas, preguntas, respuestas, peticiones ni noticias. Toda acción en la que se manifieste el intelecto humano, y no ya sólo el habla, sino cualquier plasmación precisa de ideas superiores y llenas de distinciones, queda fuera del alcance de todos los animales. No es que el animal tenga otras facultades diferentes de las del hombre, sino que éste abarca y supera las potencias del alma animal.

El hombre, en suma, se diferencia de los animales por su alma racional, que le permite, al contener en sí un reflejo del Intelecto Universal, conocer a Dios con una fidelidad mayor que aquéllos y expresar sus conocimientos mediante el lenguaje. No vemos que las Epístolas concedan especial atención o importancia a ese lenguaje a pesar de tratarse de una manifestación directa de la superioridad ontológica humana de acuerdo con la participación constitutiva del hombre en la vida del Intelecto, como consecuencia de la cual el ser humano tiene una historia acumulativa de la que carecen los animales. Antes bien, reconociendo la diferencia decisiva del alma racional, con todas sus consecuencias, en especial el lenguaje, las Epístolas de los Hermanos de la Pureza cifrarán el principal punto de discontinuidad y superioridad del hombre sobre los animales en otra cuestión distinta.

La gran diferencia: la dignidad humana

Además de lo dicho en el campo de la acción y de la intelección, las Epístolas de los Hermanos de la Pureza expresan con claridad algunas otras diferencias entre el hombre y los animales:

a) Mientras el hombre ha de valerse de su inteligencia, los animales pueden confiarse en el único recurso al instinto, que es una especie de inspiración divina.

b) Los hombres cuidan de sus hijos por puro interés particular, mientras que los animales lo hacen de un modo desinteresado.

c) Los animales aceptan la muerte con toda naturalidad, al tiempo que los hombres reniegan tanto de ella como de una vida posterior.

d) También en la adquisición del sustento hay una clara diferencia entre los animales, que lo reciben sin esfuerzo alguno por su parte, y los hombres, que han de pasar duras penalidades para conseguirlo.

e) Una diferencia radical es que el ser humano ha de rendir cuentas en la otra vida de sus actos realizados en ésta, cosa de la cual está totalmente exento el animal en cualquier caso.

Dejando al margen la visión idílica de la vida animal, el ser humano queda bastante mal parado en estas comparaciones; pesimismo lo suficientemente extendido en todas las épocas y ambientes culturales como para eximirnos de cualquier labor de rastreo de actitudes semejantes. Lo que sí nos interesa es que no se pase por alto una diferencia adicional y en la cual las Epístolas basan la superior dignidad del hombre por encima de cualquier otro animal: el ser humano, tras la muerte, tiene un destino eterno, ya sea en el Fuego, ya sea en el Paraíso. Es decir, el hombre se proyecta con todo su ser en una dimensión donde su actividad tiene un eco infinito, en estricta correspondencia con aquel abismo que descubría en su propio interior reintegrándose en hipóstasis cada vez más elevadas y cercanas al Origen Único que, para las Epístolas de los Hermanos de la Pureza, está en la base de todos los seres.

El animal, en la obra que hemos estudiado, se agota en las apariencias que manifiesta. El ser humano, en cambio, expresa en todas sus dimensiones, tanto cognitivas como pragmáticas, una actividad que, al compendiar la del universo entero, no se limita a su existencia individual, constreñida por un número indefinido de condicionamientos, sino que hace referencia a cuantas dimensiones universales quepa discernir en el mundo de la creación, con el Creador como su corazón. Por eso los animales más elevados, dentro de su ignorancia constitutiva, sólo pueden aspirar a servir e imitar a ese hombre que los pone en sintonía con la realidad universal.

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