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La dimensión humana

La inmortalidad es la inacabable existencia del alma después de la muerte física

17/01/2011 - Autor: Apuntes - Fuente: Alipso
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Amaba lo humano de Olga de Lucia.
Amaba lo humano de Olga de Lucia.

Ante todo, deberíamos preguntar qué es la dimensión humana etimológicamente. No se puede analizar ningún tema sin antes saber que significa esa definición que uno está tratando de desarrollar, sea cual fuere el objetivo. Si buscamos dimensión en un diccionario cualquiera, encontraremos, ante todo, que proviene de la raíz latina -nsione, y que es una magnitud de un conjunto que sirve para definir un fenómeno, segundo, que es un producto de las potencias de las unidades físicas fundamentales que sirve para definir otras unidades físicas derivadas. Las unidades fundamentales son la masa, la longitud y el tiempo. También tiene dos significados con respecto a la geometría, en que representa la longitud de una línea, área de una superficie o volumen de un cuerpo, o una extensión de un objeto en dirección determinada. Veremos también que en el área de la música simboliza la medida de los compases, y por último, que se usa cuando se le quiere dar importancia o relieve a una cosa.

Si buscamos humano, hay varias definiciones posibles. Indica algo relativo al hombre (por ejemplo, que el linaje humano es la inteligencia humana), y también se usa cuando se señala a alguien compasivo o generoso, o para indicar una persona.

O sea que la dimensión humana indica la magnitud del conjunto de las personas.

Las personas son seres que pueden, o no, tener vida. ¿Cuál es el sentido de la vida humana? En ésta juegan un papel fundamental la idea de la inmortalidad (que daría sentido a la existencia humana) y de un dios (que debe ser el sostén del hombre), que están enfrentados entre la razón del individuo, que le lleva al escepticismo, y su corazón, que necesita desesperadamente de Dios.

Con respecto a la inmortalidad, vemos que ésta es común a muchas religiones. Así podemos observar que en el sentido de la vida humana están jugando un papel fundamental dos factores, que además dependen uno del otro. Pero, continuando con el tema de la inmortalidad, observamos que ésta, en otras culturas adopta formas diversas, que van desde la extinción definitiva del alma a su supervivencia final y a la resurrección del cuerpo. Examinando diferentes credos religiosos del hombre, vemos que, en el hinduismo, se considera que la aspiración personal última es la absorción en el espíritu universal. Por otro lado, la doctrina del budismo promete el nirvana, estado de completa felicidad logrado a través de la total extinción de la personalidad. En la religión del antiguo Egipto, la entrada en la vida inmortal dependía de los resultados del examen divino de los méritos de una vida individual. La religión de los primeros griegos prometía una vaga continuación de la vida en la Tierra, en una región subterránea conocida como Hades. En el cristianismo y en el Islam, así como en el judaísmo, la inmortalidad prometida es en esencia la del espíritu. Los dos primeros difieren del judaísmo en sostener que tras la resurrección de la carne y el juicio universal de la especie humana, el cuerpo se reunirá con el espíritu para recibir su premio o su castigo. En la escatología judía la resurrección de las almas se producirá con el advenimiento del Mesías, aunque la reunión del cuerpo con el espíritu se mantendrá sólo durante la época mesiánica, cuando el espíritu regrese a la gloria.

Podemos concluir que la inmortalidad es la inacabable existencia del alma después de la muerte física.

En este caso, en que retomamos el tema de la religión, debemos analizar un elemento que está notablemente involucrado con la religión y la inmortalidad (Como habíamos dicho antes, la inmortalidad es la inacabable existencia del alma después de la muerte física o en otras culturas se la reconoce como, la extinción definitiva del alma para la supervivencia final o la resurrección del cuerpo). El componente al que debemos dar tanta importancia es el alma, elemento tan controversial en las religiones y filosofías.

El alma, es muchas religiones y filosofías, un elemento inmaterial que, junto con el cuerpo material, constituye al ser humano individual. En general, el alma se concibe como un principio interno, vital y espiritual, fuente de todas las funciones físicas y en concreto de las actividades mentales. La creencia en alguna clase de alma que puede existir independiente del cuerpo se encuentra en todas las culturas conocidas. En muchas culturas contemporáneas de tradición oral, se dice que los seres humanos tienen varias almas (a veces hasta siete) localizadas en diferentes partes del cuerpo, cada una con distintas funciones. La enfermedad es descrita a menudo como la pérdida del alma; lo que puede ocurrir, por ejemplo, cuando las brujas roban el alma o los espíritus del mal lo apresan.

En Oriente, la creencia en el alma humana es crucial en varios sistemas filosóficos y religiosos. Así, por ejemplo, a comienzos del hinduismo el alma (atmán) estaba considerada como el principio que controla todas las actividades y define la identidad de uno y su conciencia. Las obras filosóficas hindúes, las upanisads, identifican el atmán con lo divino (Brahman), añadiendo una dimensión eterna al alma. Vinculado estrechamente a ello, el alma humana es atrapada en el ciclo de la reencarnación hasta que alcanza la purificación y el conocimiento se funde de nuevo con la realidad última. El budismo es único en la historia de las religiones porque afirma que el alma individual es una ilusión producida por diversas influencias psicológicas y fisiológicas. No tiene concepción de un alma o ser que pueda sobrevivir a la muerte. El punto de vista budista sobre la reencarnación no es otro que el de una cadena de consecuencias mediatizadas por cualquier identidad continuada, aunque en la creencia popular esta sutileza se suele perder y los seguidores consideran a los muertos como almas transmigratorias.

La religión china postula un alma dual, dividida en una parte más baja, más material (el po) y una parte mental más elevada (el hun). La primera muere con el cuerpo y la última sobrevive a la muerte y se convierte en el foco de adoración de los antepasados.

En el judaísmo primitivo se define la personalidad humana en su conjunto, sin hacer una clara distinción entre el cuerpo y el alma. Hacia la edad media, sin embargo, el alma era definida como el principio de vida, y era considerada capaz de sobrevivir a la decadencia corporal. La doctrina cristiana del alma se apoyó en las filosofías de Platón y Aristóteles. La mayoría de los cristianos cree que cada individuo tiene un alma inmortal y que la personalidad humana en su conjunto, compuesta de alma y de cuerpo resucitado, debe, a través de la fe, garantizar la presencia de Dios después de la vida. La teoría neoplatónica del alma como prisionera en un cuerpo material prevaleció en el pensamiento cristiano hasta que el teólogo del siglo XIII santo Tomás de Aquino aceptó el análisis de Aristóteles sobre el alma y el cuerpo como dos elementos conceptualmente distinguibles de una sola sustancia. De ahí, el cristianismo luchó durante un largo periodo contra el gnosticismo, el maniqueísmo y sectas análogas que consideran el alma como exiliada de los reinos espirituales de luz en un universo material completamente corrupto.

Las enseñanzas del islam sobre el alma relacionan las del judaísmo y las del cristianismo. Según el Corán, Dios dotó de alma al primer ser humano, y a la hora de la muerte el espíritu de los creyentes es llevado ante Dios.

La fe en la existencia de las almas puede tener efectos sociales importantes mediante el reforzamiento de los deberes morales y servir como principio guiador en la vida. El significado cultural de la creencia en las almas refleja la universalidad de los problemas para los cuales representa una respuesta: la compleja cuestión de la personalidad humana, las experiencias morales y espirituales de la vida, y la eterna cuestión de la inmortalidad.

Como vemos, hay un entrecruzamiento entre el alma, la religión y la inmortalidad, tres elementos que indudablemente deben estar relacionados con el tema de la dimensión humana. Podemos advertir que en los tres casos, en todos los análisis producidos, aparece el tema del ser humano.

Sin embargo, nosotros estuvimos hasta ahora, hablando sobre el humano con vida, pero es importante destacar que dos factores que se oponen con gran fuerza, tienen mucha importancia: la materia inerte en conflicto con la vida orgánica. El impulso vital siempre se esfuerza por conseguir la acción libre creadora.

Podemos plantear que las personas no tienen una percepción constante de sí mismas como entidades diferentes, no son más que un conjunto o colección de diferentes percepciones.

Englobando a la existencia del hombre, hay un factor que se encuentra vigente, desde hace mucho tiempo, como un elemento importante que califica a cada sujeto: la ética.

Los conceptos del bien y el mal no son racionales, sino que nacen de una preocupación por la felicidad propia. El supremo bien moral, según su punto de vista, es la benevolencia, un interés generoso por el bienestar general de la sociedad que se puede definir como la felicidad individual.

Es importante destacar aquí los comportamientos sociales de las masas que conforman a las diferentes sociedades del mundo. Generalmente hay una influencia destructiva de la mentalidad general, y de la gente mediocre, que de no ser dirigida por una minoría intelectual y moralmente superior alienta el ascenso del autoritarismo. Los humanos son seres que crean su propio mundo al rebelarse contra la autoridad.

Pero al mismo tiempo que se rebelan contra una autoridad, aceptan la responsabilidad personal de sus acciones, sin el respaldo ni el auxilio de la sociedad, la moral tradicional o la fe religiosa. Al distinguir entre la existencia humana y el mundo no humano, mantenemos que la existencia de los hombres se caracteriza por la nada, es decir, por la capacidad para negar y rebelarse. 1 Sartre afirmaba la ineludible responsabilidad de todos los individuos al adoptar sus propias decisiones y hacía del reconocimiento de una absoluta libertad de elección la condición necesaria de la auténtica existencia humana. Sartre expresa su creencia de que la libertad y la aceptación de la responsabilidad personal son los valores principales de la vida y que los individuos deben confiar en sus poderes creativos más que en la autoridad social o religiosa.

O sea que la dimensión humana está limitada y formada, por varios elementos: la religión, el alma, inmortalidad, la materia inerte, la vida orgánica, la ética y el comportamiento de los individuos, en particular, y en general, con el de las masas. El humano, una persona, tiene, ante todo, un alma, que es un principio interno, vital y espiritual, fuente de todas las funciones físicas y en concreto de las actividades mentales (aunque en cada religión la concepción de alma varía, como ya vimos previamente), una materia que lo forma y una ética, que conforma su estilo moral para con la vida y sus semejantes. La ética y el comportamiento están ínfimamente relacionados con la forma de vida, y estos dos principios son alterados con la educación de esa persona, desde el nacimiento hasta la muerte, y es muy difícil que cambien cuando se mantuvieron constantes durante mucho tiempo. En el caso de los individuos sin vida, el alma ya no está unida a la materia que conforma al individuo (antes orgánica, y ahora inerte) y la ética y comportamiento también siguen latentes (factor que puede ser discutido depende a las religiones).

Las personas, cuando dialogan entre sí, (según podemos entender), están aceptando dos cosas: primero, que cada una de las dos está confirmando a la otra como valor único (porque sino, en un diálogo entre, por ejemplo, Juan y su amigo Pedro, si Juan no estaría aceptando que esa persona que dialoga con él no es Pedro, entonces quiere decir que no está hablando con Pedro), y cada persona conoce y utiliza a los demás pero no los ve ni valora en realidad por sí mismos. (Los valora por el valor único que tiene cada persona, ya que no puede haber dos iguales) En el caso de la religión, lo que se hace es hablar a Dios, y no sobre Dios. Esto no es monoteísmo, sino el diálogo entre el hombre y Dios que es la esencia del judaísmo bíblico. El hombre adquiere conciencia de ser dirigido por Dios en cada encuentro si permanece abierto a esos signos y dispuesto a responder con todo su ser.

Notas
Sartre. "Lhomme revolté" (El hombre revoltoso)
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