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Por una lapidación lenta del tribunal paralizante

Al escribir notamos cómo los pasos enfangados salpican a cada intento de palabra

15/12/2010 - Autor: Abdel-latif Bilal Ibn Samar - Fuente: Webislam
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Las palabras en el camino.
Las palabras en el camino.

¿Y quién puede ser más perverso que quienes atribuyen a Dios sus propias invenciones o desmienten Sus mensajes?
(Al-Aaraf:37)

¿Por qué escribir cuando queda tanto por entender, más aún, por callar? Esa necesidad te empuja a emitir sonidos, al balbuceo tecleado o, lo que es lo mismo, a convertirte en asistente en su doble significado. Asistes como público a un acontecimiento que contribuyes asistencialmente a formar. No te duplicas, eres. Repasar cientos de miles de frases una y otra vez repetidas desde hace milenios no implica descarnarte como autor para consolidar esa figura de público, tan apreciada en ciertos contextos totalitarios por su silencio. Tampoco se debe llegar al ruido ensordecedor de uno mismo ante tanto querer decir.

Uno es uno y dos la fantasía. De fantasear a idolatrar existe una breve senda, uno de esos amables caminos de arena en las tardes de primavera, con sus márgenes verdeando y recubiertos de apacible brisa. En los días lluviosos, el fangal no es lo suficientemente abundante para obstaculizar el paseo. Chapotear, aquí, recupera su finalidad lúdica. De repente, nos encontramos encharcados y felices, salpicando barro en una agradable senda que enlaza la fantasía con la idolatría... ¿Cómo resistirse? Reconocer la unidad y abrirse a ella, enfangados, nos permitiría una simple vuelta de tuerca. Desaparecería el camino, la maleza que lo limita, esos árboles del fondo. Alguien, de lejos, nos observa y ve cómo saltamos entre los charcos. Se crea un fino recorrido visual entre ambos, cargado de emociones, prejuicio y posición: quien observa no se siente ni observado ni autor de esa observación. Si ese nuevo camino, fino y visual, logra subsistir, ¿quién necesita el anterior? Cae la idolatría y, con ella, arrastra la fantasía. ¿Liberados? Posiblemente sólo hasta el próximo paso.

Al escribir notamos cómo los pasos enfangados salpican a cada intento de palabra. La presión no hunde los pies en el barro de un modo que imposibilite la marcha, pero la ralentiza. Sin pretenderlo, nos vienen esas imágenes de Armstrong caminando por la luna. Y también sin pretenderlo, nos llegan acompañadas de esa extraña leyenda urbana que supera la urbe y se inmiscuye en toda una comunidad. El rumor, desmentido por el propio astronauta, de que al pisar la luna escuchó el azán, el muecín llamando a la plegaria. Regresa la ficción rocambolesca, el camino perceptible entre dos polos, en este caso el astronauta-muecín, dos identidades marcadas, sueño de niños que irrumpen, con su casco uno, con su voz el otro, en los sueños anteriores al alba. En Tombuctú, acurrucado en la cama, llegué a confundir el anuncio del muecín con un mosquito. Acostumbrado a las distorsiones de una amplificación rudimentaria y lejana, una noche, a eso de la cuatro, el ensueño amasaba sonidos agudos de un mosquito próximo al oído y de un viejo muecín llamando a la salat megáfono en mano. ¿Fue ese mismo quien irrumpió el andar, sin charcos ni gravedad, del Armstrong lunar de leyenda lunática? Y, más aún, ¿cómo tanto empeño por pisar la luna, cuando lo que más desea uno es acariciarla? Sus suelas, en esa situación, debía situarlas en la misma altura que rodillas y frente: eso es lo que quiso recordarle el muecín cuya llamada nunca traspasó la atmósfera salvo en ficciones expandidas.

¿Cómo postrarse sin gravedad? ¿Cómo seguir los ciclos lunares en la propia luna? O, una vez en la Tierra, ¿cómo cumplir con la ruptura del ayuno tras la puesta de sol donde no se pone el sol? Para toda respuesta, un jurista. La solución propuesta, eminentemente práctica, es la de hacer como si nada y seguir los horarios de otros lugares donde sí se ponga el sol. O tener como referencia simbólica La Meca. No resulta fácil ni cómodo romper el ayuno imaginando una puesta de sol que no existe. En esos momentos, el asistente (espectador/portador) lo es más que nunca, escriba o no. Sólo contribuyendo a modelar una luz inalterable podrá establecer un vínculo perceptible con toda una comunidad transnacional rompedora de ayunos. Al ampararse en el mecanismo de la ficción, algún vecino le espetará: «¡lunático!». Él, afligido, podría responder: «Sí, lunático sin luna...». Similar al Armstrong de la imagen imaginada, alunado sin tierra, rehén de su tecnología, que le permite actuar como un novillero galáctico clavando la bandera en el cuerpo lunar pero incapaz de postrar su frente. ¿Y si un mosquito hubiera logrado infiltrarse en ese casco antes del despegue y Armstrong, al oírlo una vez empezada la proeza de caminar por la luna, lo hubiera confundido con el canto del muecín? El resultado sería el mismo: la conversión por medio del sonido que se arraiga de un modo mucho más profundo y efectivo que cualquier novillada.

En el proceso espiritual de Simone Weil, por ejemplo, los caminos sonoros son esenciales. Asiste a la procesión en un pueblo portugués de pescadores y las letanías de las mujeres le irrumpen inesperadamente. El catolicismo de base conseguirá entrar en su lucha sin por ello renegar de unas convicciones sociales críticas con la Institución. Como en tantos y tantos procesos espirituales, esa inflexión, que no es sólo fruto de un encuentro matutino con el canto litúrgico, se incorpora a una crítica que es, ante todo, vida. Weil, que hasta entonces no había empleado el término Dios en su lenguaje cotidiano, experimenta un proceso de inclusión en su interior externo y en su exterior interno, que es la mejor forma de acotar lo inacotable e inagotable ante ese sinuoso binomio interior/exterior. Una vez en el proceso vivificado, escribe como siempre lo hizo, sin diferenciar experiencia y discurso. Y a propósito de la atracción por una comunidad sonora, recalca su peligro.

Inevitable, insistimos, esa constancia de encaminarse en un corto trayecto que va de la fantasía a la idolatría. Imprescindible, insistimos también, el esfuerzo por salirse. El jurista-acotador, en su intento de forjar una respuesta para situaciones de todo tipo, proporciona una solución y la acompaña de su castigo si ésta se incumple. En la comida de ayer, Simona (que no Simone) nos comentaba la estrategia perversa de una multinacional: logró vender a las comunidades indígenas latinoamericanas un ciclo completo de muerte. La misma empresa producía las semillas genéticamente modificadas que incluían el pesticida tóxico, las placas para diagnosticar cánceres de mama (uno de los más habituales ante el contacto con ese pesticida) y el barniz de los ataúdes. Lamentablemente, sobran ejemplos de perversidad mercantil, pero en estas líneas nos llega este caso cuando evocamos al jurista-acotador. También en su caso, decíamos, el producto conlleva solución y desespero, vida y muerte. Facilita que alguien dispuesto a realizar el Ramadán en un territorio desprovisto de noche, lo logre. Al mismo tiempo, establece un parámetro legal penalizable. La solución, ante el desbordamiento solar, puede resultar una pesadilla. Tomemos a ese mismo mumin tildado de lunático por su vecino al pretender practicar lo impracticable. La semilla, fruto de la esperanza, se sobreprotege con un pesticida que la ahoga igual que a su entorno. La ley, elaborada y manoseada, puede ser también un organismo genéticamente modificado y patentado que difiere de la Ley. Acostumbrados a asociar minúscula y pluralidad frente a la rigidez de una mayúscula, es interesante superar este paradigma y volver a la mayúscula como fuente de toda riqueza, abundancia y gracia que sólo exige devociones en minúscula y plural. No se trata de jerarquizar, todo lo contrario: la desjerarquía de las mayúsculas humanas para abrirse a la Realidad, evidente, oculta, primera, última, que constriñe, que expande, que dificulta y da sustento.

¿Qué provecho se extrae de aplicar una ley manoseada? Coacción, limitación, esclerosis social... ¿Existe otro modo? El deseo de buscarlo más allá no debería distanciarse de su búsqueda en el más acá. El camino entre ese propósito y la cosificación desmedida es el mismo que el que conduce de la fantasía a la idolatría. Caminos estanco, podredumbre. Incluso la fermentación más putrefacta está capacitada para vivificar y resulta imprescindible en cualquier proceso vital. ¿Son las jurisprudencias aniquiladoras las bases para una biodinámica despierta? ¿Llegará su estiércol a beneficiarnos? Si la base de toda legislación es el beneficio común, al experimentar ésta su putrefacción tras tanta tergiversación interesada, resulta lógico creer que ese primer beneficio fundacional reside en su esencia. Posiblemente, el único modo de sustraerlo es mediante la putrefacción, ante una propuesta demasiada desgastada y ambigua como lo es la reforma. El estiércol requiere tiempo y un proceso interior externo y exterior interno, la base de toda experiencia espiritual. La intervención del manoseador no siempre agiliza este proceso, todo lo contrario. Sin embargo, ¿cómo permanecer a la espera? En eso nos situamos junto a quien espera romper el ayuno tras una puesta de sol que nunca llega. Vuelve, una y otra vez, el paso hacia la ficción, se abre la senda, aparece la idolatría: justicia, derecho, penalización. Hasta cierto punto, preguntarnos por el desvanecimiento de un sistema legal reacio a la Realidad equivale a imaginar el desvanecimiento de la arquitectura eréctil y engreída que conforma la metrópolis. Imposible y posible pues depende de esa unicidad sabia, que todo lo cuenta, indulgente, perdurable, la más paciente.

Es palpable que la burocratización colapsa un mismo sistema promotor de esa burocratización. La centralización y uniformación están en las bases de esa parálisis, donde el tribunal-institución se muestra insensible no sólo a las necesidades vitales, sino a la propia inmovilización. En primer lugar, debemos situar este tribunal-institución dentro de uno mismo. Se dirá, como precepto, que derrocando el interior desaparece el exterior... Tan fácil y tan complicado al no poseer ninguno de los atributos que nos permita un proceso inmediato. Por consiguiente, aprovechemos el esfuerzo continuo y constante para desgastar al menos una de las piedras que forman el tribunal paralizante. Asimismo sabiendo, esperanzados, que quienes se lo propusieron intensamente comprobaron, poco después, la rápida evanescencia del edificio tras su aparente solidez.

Personalmente, todavía no lo conseguí. Mi estrategia para ese desgaste de la piedra-edificio me parece que pasa por la escritura, sin poder saber su grado de efectividad. Si escribir significa aislarse, no resulta complicado ver que nunca conseguiremos la más mínima afectación a la roca. La constancia del agua y del viento nos indica que la repetición es la práctica del desgaste. Agua y viento son dos elementos característicos por su obstinación y fluidez al mismo tiempo, amoldándose y amoldando un paisaje que les es indisociable. Cierro los ojos e imagino las propias olas golpeando contra la estructura ficticia, ya sea en la mente o en el estómago.

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