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¿Islas desiertas o simientes de cambio?

Sobre las obras Hirbet Hiza. Un pueblo árabe y Vals con Bashir

24/10/2009 - Autor: Oscar Escudero - Fuente: Webislam
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Cartel de la película Vals con Bashir.
Cartel de la película Vals con Bashir.

A principios de este año vieron la luz dos obras de factura israelita que, pese a la diferencia de formatos (un libro de memorias/ficción y una película/documental de animación) presentan un conjunto de temáticas afines que invitan a la reflexión.

Hirbet Hiza. Un pueblo árabe (editorial Minúscula) lleva la firma de Yizhar Smilansky, autor de una nutrida obra ensayística y de ficción que ha merecido diversos premios así como el reconocimiento de representar un puntal clave y fundacional en la literatura hebrea. Además de escritor, Yizhar fue diputado del parlamento israelí en los gobiernos de Ben Gurion durante más de quince años, y, un poco antes, en 1948, participó en la guerra que libró Israel inmediatamente después de la proclamación de su independencia contra los cinco países vecinos. Uno de los estados involucrados, Líbano, es el escenario donde se desarrolla el film Vals con Bashir, escrito, producido y dirigido por Ari Folman. El cineasta judío acumula una interesante trayectoria jalonada de documentales, largometrajes y una incursión previa en la animación, filmografía que puede consultarse en la web de Vals con Bashir1 además de otros datos de no poco interés para el cinéfilo. Vaya por delante que, evaluadas estrictamente como piezas artísticas, tanto el libro como la película son obras de calidad indiscutible y, por lo tanto, más que recomendables para el puro placer de la buena cultura.

El elevado precio que se cobran las heridas psicológicas de una guerra sobre la existencia individual, unido a la dificultad, por no decir imposibilidad, de borrar esta experiencia o, en su defecto, de limar sus aristas más punzantes, es el primer denominador común que afecta a las dos obras que aquí examinamos. La voz narrativa de Hirbet Hiza declara ya en la primera línea del libro que desde su participación en la guerra de 1948 no ha podido abrazar el sosiego, de modo que pondrá remedio recurriendo al relato confesional: “Pero me he dado cuenta de que ya no puedo seguir disimulando y, a pesar de que sigo sin saber por dónde empezar, el caso es que de todos modos me ha parecido que, en realidad, en vez de guardar silencio, lo mejor es que lo cuente”. Hirbet Hiza, el pueblo árabe al que alude el subtítulo del libro corresponde a un locus imaginarius (este topónimo nunca será Región, ni Macondo ni Yoknapatawpha; nunca será una invención geográfica memorable como las anteriores), pero sólo el nombre es ficticio, dado que todo lo que cuenta Yizhar, desde el desembarco hasta la expulsión/deportación de los lugareños árabes, está profusamente documentado en los libros de Historia. La batería argumental que el sionismo pudiera esgrimir para justificar sus acciones corresponde a otro debate que no cabe en estas páginas.

Fantasmas semejantes aquejan a Boaz, uno de los protagonistas de Vals con Bashir, el cual apenas puede pegar ojo porque una terrible pesadilla torpedea invariablemente su sueño. Esa pesadilla reincidente es fruto de la sumatoria de su participación en la ocupación del Líbano en 1982 y del deseo de olvidar al que se rindió tan pronto ésta hubo concluido. Ello le ha conducido a una situación de verdadera amnesia, en tanto que el dolor no ha remitido.

Luego, para recuperar la templanza, deberá sumergirse hasta las simas abisales del recuerdo. Con este planteamiento arranca una historia sobre los mecanismos que subyacen al trauma y la memoria, y que nos conduce directamente al exterminio inmisericorde que el ejército israelí y las milicias de la derecha libanesa perpetraron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. En suma, así para Yizhar como para Ari Folman, sus respectivos productos creativos hacen las veces de vectores para encarar la verdad a través de una revisita al pasado y los campos baldíos del olvido. Por lo tanto, este ejercicio honroso se torna en ceremonia escatológica a través de la cual, como ha manifestado el propio Ari Folman, se alcanza la redención, entendida como el fin de la pesadilla o, dicho en términos médicos, se produce la remisión del trastorno mental. Esto también es un modo de pedir perdón, sólo que no oficial, no colectivo, sino a título meramente individual.

La furia descargada sobre los animales en general, y sobre los perros en particular se hace patente en ambas obras con pareja intensidad. En el sueño de Boaz, cuya narración abre la película de forma magistral sazonada con un tema electrónico también imponente, una jauría de 24 perros arrolla en su avance cuanto se cruza ante sus hocicos por las calles de Tel Aviv, hasta hacer un alto y concentrarse frente a la casa del insomne. La jauría se compone de todos y cada uno de los espectros redivivos que el protagonista liquidó, después de trasladar a su grado superior su incapacidad para disparar contra objetivos humanos, y ser designado para acabar con todos los que los recibían a ladridos a las puertas de cada enclave, con el objeto de advertir a sus amos durmientes.

La escena en que Ari Folman muestra un perro abatido que se retuerce contra el suelo provoca un impacto visual sobre el espectador profundamente conmovedor. Ahora bien, los perros son sólo el prolegómeno de un viaje al infierno que no ha hecho más que empezar.

El encarnizamiento hacia los animales en Hirbet Hiza es igualmente meridiano: “Entonces se presentaba de inmediato la necesidad de venganza, de destruir y destrozar, o aunque solo fuera de pisotear algo, y nos poníamos a golpear el camello que giraba alrededor de la rechinante y goteante noria hasta que nos dolía la mano, y le propinábamos un sinfín de patadas al viejo árabe que se quedaba allí de guardia para ayudar a extraer el agua con el único propósito de asegurar que el camello (...) o disparábamos decenas de balas a un perro asustado hasta derribarlo para, a continuación, enzarzarnos con cualquiera en una discusión a muerte... ”.

Si consideramos genéricamente que los animales ocupan un escalón moral inferior al hombre (no todos, por supuesto, pues algunos sujetos ocupan un escalón moral inferior a la rata), y que el dolor de aniquilarlos es insufrible antes o después, entonces no sorprende la nulidad para dar muerte de Boaz, ni el mensaje de arrepentimiento del narrador de Hirbet Hiza. Aunque se trate de un gesto tardío, de una rectificación que en efecto no repara el mal, la autoinculpación nunca es cosa baladí. En el sangrante conflicto que se arrastra hasta nuestros días, el ejército israelí ha dado sobradas muestras de su carácter opulento, vengativo y despiadado, ejemplarmente obediente a unos dirigentes políticos que, como Ariel Sharon o Ehud Olmert, no ocultan su simpatía por la aplicación apartheid sobre la población palestina como receta coercitiva. En este triste y ruidos marco, la asunción de culpabilidad de nuestros autores y, por extensión, la de sus respectivos alter ego, es un leve susurro pero suena bien.

La decepción de la guerra como ideal, su sinsentido, la soberanía de los majaretas y la galería de lo peorcito del género humano, son indigestiones que parecen afectar por igual al soldado que luchó en 1948 y al que lo hizo en 1982, carcomido por la inactividad o asqueado por la improvisación y la atrocidad gratuita. Yizhar dice así: “Y es que ¿quién hay que sepa esperar mejor que un soldado? No existe momento ni lugar en que los soldados no tengan que aguardar. Está la espera en el puesto fortificado, la espera que precede al ataque, la espera antes de la partida, la espera de la tregua; la espera larga y despiadada, la espera perturbadora y llena de dudas, lo mismo que la espera aburrida, la que lo devora y calcina todo, sin fuego ni humo, sin propósito y vacía de todo. Lo principal, entonces, es hacerse con un lugar en el que tenderse a esperar, y ¿dónde no nos habíamos tendido ya nosotros?”.

En Vals con Bashir, una escena en la que un contingente se traslada en barco al son de la célebre canción Enola Gay, da cuenta del desmadre y la chapuza. Vals con Bashir y Hirbet Hiza denuncian explícitamente que la guerra, tenga la motivación que tenga, ha perdido la épica, los ídolos y la gloria, y se ha convertido en una fábrica de futuros enfermos mentales en cadena, con diagnósticos que oscilarán entre el estrés postraumático, el delirio sicótico y la depresión melancólica.

De acuerdo con la estructura canónica, sendas obras reservan la apoteosis para el desenlace. También es cierto que ella –la viva imagen del horror en la película, el terror que deviene fermento de una verdad espantosa en el libro; ambas destinadas a desgarrar el alma in aeternum) ya se presiente durante la introducción y el desarrollo, sólo que de forma velada y rumorosa, para culminar con su consecuente corporeización en forma de imagen en Vals con Bashir, o de revelación como pensamiento introspectivo en Hirbet Hiza. Del logrado cosmos en colores ocres, mucho más creíble que decenas de películas rodadas con actores de carne y hueso, se pasa en los minutos finales al blanco y negro palpable de las imágenes reales captadas justo después de la carnicería de Sabra y Chatila. El paisaje dantesco al que asistimos nos hermana con el sufrimiento y la razón de ser de este momento de la historia de Oriente Próximo.

En efecto, a cualquiera que participase allí (o, en cualquier guerra, naturalmente) se le rompería el alma en dos, pero el verdugo tendrá de cargar con el peso de la culpa. Al escenario del crimen se puede regresar para borrar pistas delatoras, o para reconocer la autoría. Ari Folman asume la autoría y limpia su conciencia.

Expresado como una verdadera revelación que en parte le alivia, al contemplar el resultado final de la operación de limpieza de la que ha formado parte a regañadientes, el narrador de Hirbet Hiza suelta el lastre con que su propia identidad judía le ataba a una tierra que, como le habían enseñado desde niño, pensaba que le pertenecía. Y lo que ofrece esa vista de pájaro está descrito en la página 119 (la nouvelle acaba en la 127): “Yo nunca he vivido la diáspora, me dije, nunca he sabido lo que es... Pero me han hablado de ella, me lo han contado, me lo han enseñado en clase, lo he oído una y otra vez, en cada esquina, en los libros, en los periódicos, por todas partes: el exilio. La palabra que tocaba mi fibra más sensible. Nuestra cuenta pendiente con el mundo:¡El exilio! Eso lo he mamado, por lo visto, en la leche de mi madre. ¿Qué es lo que hemos hecho hoy aquí, en realidad? Nosotros, los judíos, hemos expulsado a esas gentes y las hemos enviado al exilio”. Sin duda, la apoteosis de Yizhar tiene mayor alcance que la de Ari Folman. Este último se limita a Sabra y Chatila. Yizhar trasciende las secuelas de su experiencia personal para llegar al cogollo del conflicto, que es la colonización de Palestina por parte de la fuerza militar judía.

Por si la falta de legitimidad de la colonización fuera insuficiente, la metodología para llevarla a puerto sobrepasó lo perverso, poniendo en práctica una caterva de acciones humillantes que sólo podían deberse a una causa. Alain Gresh, autor de origen judío de diversas obras relacionadas con el Islam y director adjunto de Le Monde Diplomatique, sirve dos sentencias esclarecedoras en su libro Israel, Palestina2 que se remiten a esta causa. La primera es una cita extractada perteneciente a Edward Said: “(...) Decir que debemos tener conciencia de la realidad del Holocausto no significa en absoluto aceptar la idea de que el Holocausto disculpa al sionismo del mal infligido a los palestinos. Por el contrario, reconocer la historia del Holocausto y la locura del genocidio contra el pueblo judío nos confiere crédito en lo que respecta a nuestra propia historia; nos permite exigir a los israelíes y a los judíos que establezcan un vínculo entre el Holocausto y las injusticias sionistas impuestas a los palestinos”. La segunda cita salió de los labios de Joseph Nachmani (alto cargo de la Haganá, una de las organizaciones que precedieron al Ejército israelí) en forma de interrogante para responder a la violencia de sus propios colegas: “¿De dónde sacaron semejante crueldad, equivalente a la de los nazis? La aprendieron de ellos”.

Para finalizar, es especialmente llamativa la convergencia temática entre Hirbet Hiza y Vals con Bashir cuando distan sesenta años uno de la otra (la edición original del libro data de 1949 aunque, como se ha dicho antes, la obra no fue vertida al español hasta comienzos de 2009), y cuando abordan episodios bélicos distintos. Que tales productos de la literatura y el cine israelíes, pese a su desigual capacidad difusora se sitúen a contracorriente de la opinión dominante, se puede interpretar como un signo alentador; una avanzadilla necesaria pero no suficiente, encaminada a propalar un contagio generalizado en la masa social, la que acabaría aceptando el perdón que se debe rogar al pueblo palestino por el genocidio y la deportación sufridos a lo largo de la pasada centuria y parte de la presente. Sin embargo todo apunta a que en realidad, este lapso de poco más de medio siglo ha venido a ratificar con pruebas contrastadas que el conflicto ha empeorado.

Basta con atraer a las mientes la estampa del muro de la vergüenza erigido en Jerusalén para refrendar este hecho. De modo que Hirbet Hiza y Vals con Bashir figuran como contadas excepciones a la ley, propuestas estéticas tan marginales como consustanciales a cualquier sociedad plural, por mucho que a la intelligentsia israelí le convenga presentarse a los ojos del mundo como un todo unido e indivisible. Entonces resulta que se reducen a estupendos pasatiempos. Claro que es ocioso recordar que jamás una obra de arte cambió el signo de los tiempos, que por la Historia desfilaron y desfilarán tiranos poetas y genocidas melómanos, pero también sabemos que aunque Hirbet Hiza y Vals con Bashir sólo son islas desiertas en medio de un océano desolado, sólo sobre su tierra fértil podrán medrar simientes de cambio.

Notas
2 Israel, Palestina, Alain Gresh. Anagrama, 2002
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