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Feminismo y postcolonialismo: estrategias de subversión

El feminismo ha sido una de las teorías recientes de mayor poder de transformación en todos los campos del saber, y muy especialmente en las Humanidades

29/08/2009 - Autor: Isabel Carrera Suárez - Fuente: Universidad de Vigo
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Chandra Talpede Mohanty. FOTO: ANKI BENGTSSON
Chandra Talpede Mohanty. FOTO: ANKI BENGTSSON

El feminismo ha sido una de las teorías recientes de mayor poder de transformación en todos los campos del saber, y muy especialmente en las Humanidades. La perspectiva de género ha afectado profundamente la teorización del psicoanálisis, la historia, la filosofía, el lenguaje y las artes, paralelamente a la (lenta y difícil) revolución social que el feminismo ha supuesto en las sociedades en que se desarrolla. Este proceso no se produce, naturalmente, en el vacío, sino que guarda relación con otras teorías y movimientos sociales de la segunda mitad del siglo veinte, que con frecuencia se engloban en el término demasiado indefinido de “postmodernismo”. En el campo de la crítica cultural y literaria, la teoría post-colonial, que analiza el presente mundo post- y neo-colonial, supone un camino paralelo, cuyas convergencias y divergencias con la teoría feminista son de sumo interés ya que ambas teorías se refuerzan a la vez que sirven de crítica entre sí.

Lo que hoy se conoce como “teoría postcolonial” se consolidó formalmente como área de investigación y teorización dentro del mundo anglófono, principalmente en la zona geográfica que constituyó el último gran imperio occidental, el imperio británico. El estudio de las literaturas y culturas de la Commonwealth fue estructurando un campo teórico que comenzó de modo disperso, tanto en la geografía internacional como en los conceptos teóricos básicos. Si bien podría decirse que el estudio del (post)colonialismo es tan antiguo como el hecho mismo que lo provoca, y se ha teorizado por lo tanto desde hace varios siglos y en ámbitos culturales y nacionales diferentes, el vertiginoso desarrollo de la teoría cultural y literaria de la segunda mitad de este siglo incluye la teoría postcolonial a partir de los años sesenta, década en que se produce el desmembramiento final del imperio británico, con la independencia de las colonias caribeñas y africanas. A partir de este momento, y teniendo en cuenta precursores importantes como Frantz Fanon y los autores de la negritude parisinos de principios de siglo, la teoría postcolonial se irá desarrollando, nutriéndose de teorías de base e incorporando principios tales como el de hegemonía (Gramsci), la dialogía (Bajtín) y, más tarde, los principios teóricos postestructuralistas, la deconstrucción, y la perspectiva histórico-filosófica de Foucault. En un irónico trasvase geográfico, la teoría postcolonial dará el salto al reconocimiento público a través de tres autores procedentes del llamado Tercer Mundo que publican desde los Estados Unidos: el palestino Edward Said y los indios Gayatri Spivak y Homi Bhabha. El poder de los medios de comunicación y las editoriales de este país neocolonial dio el impulso final a lo que lleva camino de convertirse en un negocio floreciente en la publicación, confirmando así irónicamente las fuerzas hegemónicas que los propios autores denuncian.

No es el objetivo de este artículo entrar en la difícil definición del postmodernismo, pero sí es relevante recordar que con frecuencia se ha querido englobar tanto al feminismo como al postcolonialismo, ambas teorías de transformación social, dentro del término posmodernismo, presentándolos como meras ramificaciones o consecuencias de aquél. De este modo la apertura hacia la diferencia y lo marginal por la que se caracteriza el postmodernismo, especialmente después de la deconstrucción y el postestructuralismo, parecería producir por sí sola estas teorías de resistencia. Tal visión, que anula precisamente la especificidad de las teorías marginales, ha sido contestada desde el feminismo y desde el postcolonialismo, campos que han mantenido una complicada relación teórica y práctica con el postmodernismo . A pesar de la tendencia a negar la relación entre ellos, sin duda por el efecto homogeneizante antes mencionado, y en parte debido a las definiciones dispares del postmodernismo, entre las cuales están aquellas que lo presentan como apolítico o meramente textual, es innegable que existen paralelismos entre ciertas estrategias, e incluso objetivos, delas tres teorías. Quizás quien más claramente las ha subrayado es la crítica canadiense Linda Hutcheon, quien destaca tres objetivos comunes (Hutcheon, 1989): de/construcción de la subjetividad, de/construcción de la Historia, y proyecto de futuro para la transformación social, este último quizás reflejado con menor claridad en el postmodernismo. La deconstrucción del sujeto se haría desde distintas perspectivas en cada una de las teorías: mientras el obetivo del postmodernismo sería el sujeto humanista, el del feminismo sería el sujeto patriarcal y el del postcolonialismo sería, naturalmente, el sujeto imperialista. Pero este reto postmodernista al sujeto unificado, coherente y autónomo resulta problemático para el feminismo y postcolonialismo, aún necesitados de afirmar y conceder valor a una subjetividad (femenina, cultural/racial) negada, alienada o definida desde el exterior. Como ha afirmado Hutcheon en referencia al feminismo, la incredulidad de Lyotard hacia las metanarrativas es compartida por los diversos feminismos, pero estos tienen un compromiso de cambio que no puede detenerse en el mero desenmascaramiento de las narrativas culturales dominantes (patriarcado, capitalismo, humanismo, historia, religión) sino que debe señalar un factor determinante, el patriarcado, y entender las prácticas estéticas y sociales desde la perspectiva de la producción y de/construcción de las relaciones de género. (Hutcheon: 1988c). Si sustituimos patriarcado por colonización, la misma lógica es aplicable al postcolonialismo.

La perspectiva de Hutcheon, procedente de un país post-colonial, a veces denominado “posmoderno por excelencia”, ha sido muy influyente en análisis posteriores, especialmente en el campo de la literatura y los estudios culturales, ya que refrenda su teoría con frecuentes ejemplos de la literatura y las artes plásticas. Su análisis de la utilización de la ironía y la parodia como doble discurso que subvierte desde dentro, y por lo tanto cuestiona a la vez que re/inscribe la historia (Hutcheon: 1988a, 1988b), tendrá, como veremos, claros paralelismos en las estrategias estéticas de la literatura y cultura postcoloniales.

Postcolonialismo y feminismo han utilizado conceptos comunes para el análisis y de/construcción de las metanarrativas dominantes. Comparten la posición de alteridad con respecto a estas, y por lo tanto la posición de Otro, colonizado o femenino; la jerarquía implícita en el binomio mismo/otro consituye un objetivo a la vez que un instrumento de análisis. Las formas de opresión y represión, la utilización necesaria de la lengua de los opresores, los conceptos teóricos de voz, lenguaje, mímesis, representación, son preocupaciones compartidas, como lo son la defensa de la especificidad histórica y cultural frente a conceptos falsamente “universales” y el interés por la diferencia, con sus intersecciones de clase, raza, género, etnia, cultura, edad. Paralelamente, en ambas teorías la resistencia a la autoridad y el poder (imperial, patriarcal) se traduce artísticamente en la resistencia al canon estético establecido, manifestado en formas como las re/escrituras, ironía, parodia, subversión, hibridez o nuevas estéticas, todas ellas instrumentos de un arte con proyecto de futuro. Es innegable que las teorías postestructurales europeas, representadas por la obra de Barthes y Derrida, teorizan aspectos de esta resistencia. La muerte de las metanarrativas, las verdades culturalmente determinadas, tal como mostró Barthes, la jerarquía del centro respecto a los márgenes y el concepto de differance de Derrida, subyacen a muchas de las argumentaciones teóricas del feminismo y el postcolonialismo, si bien se ha resistido también la abstracción de la realidad que esta filosofía supone. Otras tendencias postmodernistas y postestructurales, tales como la interdisciplinariedad, la importancia del proceso y no del producto, la estrecha relación del arte con la historia, del texto y el contexto, son básicos al análisis feminista y postcolonial, así como a su práctica estética.

Dos de los conceptos que mayor teoría crítica han producido recientemente son los de lenguaje y cuerpo. La importancia que el pensamiento del siglo veinte otorga al lenguaje, particularmente en el campo de la filosofía, no había incidido, sin embargo, en un punto fundamental para el feminismo y el postcolonialismo: los aspectos imperialistas del uso lingüístico, que no se reducen meramente el sexismo o racismo inscritos en el lenguaje, sino que se extienden a las formas más sutiles de colonización mental llevado a cabo por este. La complicada política de la representación, los conceptos de voz y silencio constituyen áreas de investigación y práctica literaria. Tras los primeros estudios descriptivos de carácter reformista, vienen análisis más complejos del hecho lingüístico que transcienden la perspectiva léxica o sistémica para ahondar en la sociológica. Influyentes autoras feministas, como Deborah Cameron (1985), coinciden con teóricos postcoloniales como Homi Bhabha y Edward Said en afirmar (también con Foucault) que es el discurso el que debe estudiarse, que el significado se construye constantemente y en un contexto, y deben cuestionarse las prácticas metalingüísticas por las que se produce un discurso. Frente al discurso pasivo, que reproduce las relaciones de poder, Cameron propone un discurso radical que transforme el uso, un lenguaje que subvierta, en lugar de reproducir, las instituciones sociales dominantes.

Esta práctica lingüística, aparentemente difícil de precisar en el caso del feminismo, tiene manifestaciones mucho más evidentes en las prácticas de países postcoloniales, donde el rechazo al Standard English normativo produce lenguajes y variantes del inglés antaño rechazados como incorrectos. En este aspecto es especialmente importante el desarrollo escrito del Creole caribeño, ya plenamente establecido como lenguaje literario. Pero, al igual que el feminismo, el postcolonialismo plantea un problema lingüístico diferente: el poder de los discursos para colonizar, para someter y conceder carta de naturaleza a lo creado culturalmente. Así, clásicos recientes del análisis del colonialismo buscan su origen precisamente en el discurso colonial (Hulme:1992), como gran parte de la teoría de género se ha fijado recientemente en el discurso patriarcal.

Igualmente unido al concepto de representación está el análisis del cuerpo como realidad o como constructo simbólico, nuevamente inmerso en el discurso. La representación del cuerpo racial o sexuado, sus lecturas, y la violación del cuerpo como dominio -- la unión Foucaldiana de poder, sexualidad y violencia -- han ocupado gran parte de las discusiones recientes sobre género y post/neo/colonialismo. En el tratamiento del cuerpo afloran las intersecciones de ambas teorías: el planteamiento abstracto coincide con frecuencia, pero la particularización produce conflictos de posición del sujeto; el feminismo, desarrollado con preferencia por mujeres blancas del mundo occidental, pasa por alto lo particular racial, omitiendo el análisis, por ejemplo, de la construcción de la negritud por parte de las propias mujeres blancas. Los aspectos raciales son aportados por los diversos movimientos feministas negros, procedentes de EE.UU. (Carby:1987) o de las zonas geográficas que sufrieron, a través de la colonización, el racismo más evidente. Por su parte las mujeres aportan, desde su feminismo especifico, la perspectiva de género a la que el postcolonialismo ha cerrado tradicionalmente los ojos.

Así pues, el cuerpo como depósito de sexualidad, como representación, se estudia en el feminismo no sólo a partir de textos en su día tan decisivos como los de Irigaray o Cixous, su écriture feminine, sino desde los diversos planteamientos psicológicos e históricos, permeados por la diferencia entre las mujeres según su contexto social. De igual modo el cuerpo colonial, cuya imagen más inmediata es la del esclavo, se convierte en metáfora y en instrumento de análisis. Autores como Edward Kamau Brathwaite o David Dabydeen lo inscriben en sus textos, en la historia y el lenguaje, contándonos, no sólo la historia suprimida, la otra historia, sino los efectos psicológicos y sociales de esta, las implicaciones en el mundo actual, los hábitos de pensamiento que aún subsisten. Esta escritura de referente histórico, como la estrategia de re/escritura de clásicos, tan practicada por autores postcoloniales adquiere también matices de género en manos de las mujeres, aunque su acceso a la escritura, como grupo “doblemente colonizado”, haya sido más tardía. Recientemente, por ejemplo, las múltiples re/visiones del texto por antonomasia sobre la colonización del Nuevo Mundo, La Tempestad de Shakespeare, han llegado por fin a incluir una perspectiva feminista, con la novela Indigo de Marina Warner , que cuenta la historia desde el punto de vista de Sycorax, la bruja de la isla del Nuevo Mundo, madre de Caliban, personaje tantas veces reescrito por su asociación con los nativos del nuevo continente.

Las versiones de La Tempestad son sólo una muestra de las muchas obras que han seguido un camino similar en su crítica al canon literario establecido a través de re/escrituras de obras canónicas. Esta técnica, cuya relación con la ironía postmoderna es evidente, transforma sobre todo el modo de lectura: enlazando de nuevo con las teorías de Barthes, haciéndonos ver que lo que tomamos como “universal” son criterios y juicios de valor condicionados culturalmente, las re/escrituras nos narran historias conocidas desde perspectivas diferentes, con criterios estéticos diferentes, y nos hacen leer con ojos nuevos aquellos textos que ya creíamos conocer en todo su significado. Las múltiples re/escrituras, por ejemplo, de En el corazón de las tinieblas de Joseph Conrad nos muestran cómo incluso un autor de posición anticolonialista y consciente del racismo y la barbarie europea no escapa a la concepción eurocéntrica del mundo y a la visión binaria de blanco/negro, salvaje/ civilizado. También esta obra produjo recientemente una versión africana con perspectiva de género, Our Sister Killjoy, de Ama Ata Aidoo (Londres: Longman, 1990), que sitúa su novela en la época contemporánea y hace a su protagonista viajar desde Ghana a Alemania, corazón geográfico e histórico de la Europa reciente, y país marcado aún por los restos del holocausto, para realizar una inversión racial y sexuada del viaje conradiano a las tinieblas del corazón humano. Otras obras tales como Foe, del sudafricano J. M. Coetzee (Londres: Secker and Warbug, 1986) dan réplica al “padre” de la novela inglesa, Daniel Defoe, y a su concepción del realismo, el capitalismo y la colonización, evidentes en Robinson Crusoe, pero olvidados en la crítica literaria hasta época reciente, ya que los valores sostenidos en la narración, coincidentes con los de nuestra propia sociedad, se nos presentaban como naturales o universales. Quizás la obra más influyente en esta larga lista de re/escrituras haya sido Ancho mar de los Sargazos , de la autora caribeña Jean Rhys, que cuenta la historia del personaje olvidado de Jane Eyre, la esposa loca de Rochester encerrada en el ático. Quien tuvo un papel menor en la obra de Charlotte Brontë, y fue analizada como el alter ego de Jane, se convierte aquí en la protagonista, haciendo evidente el origen colonial de la mansión de Rochester, Thornfield Hall, construida con el dinero de la rica heredera antillana; ésta paga con su salud mental el ascenso económico del marido inglés, y termina sus días en el confinamiento físico y mental paradigmático de la esposa decimonónica, cuya única salida son la locura o el suicidio. La obra de Rhys se convierte rápidamente en un clásico contemporáneo, ya que se adelanta a las lecturas de la literatura inglesa que harán críticos como Edward Said (Culture and Imperialism incide en el pasado colonial implícito pero silenciado en Mansfield Park, de Jane Austen) y, sobre todo, a la trayectoria de otras autoras literarias y críticas feministas postcoloniales. Antoinette, la protagonista de la novela de Rhys, no sólo anticipa y encarna la teorización de obras como The Madwoman in the Attic , sino que va más allá al incorporar los factores determinantes de raza, cultura y clase social al destino de su personaje. Nunca más podemos leer Jane Eyre pasando por alto la descripción del pasado de Bertha Mason, la “loca” de Thornfield Hall.

Este cuestionamiento del proceso de escritura y lectura, de creación de “clásicos universales”, tienen como fin cambiar las condiciones en que se realiza la lectura, producir una conciencia más clara en lectoras y escritoras de que no existe la neutralidad, de que siempre estamos implicados en nuestras acciones literarias, sean juicios, lecturas o creaciones, y conlleva un productivo cuestionamiento de los géneros literarios, de las fronteras y definiciones, y de otros aspectos tales como la prioridad de la escritura sobre la oralidad o la creencia en la originalidad de la obra creada por el artista singular. El diálogo con el canon literario produce una rica intertextualidad que nos hacer mirar al mundo con ojos nuevos, conscientes de nuestros puntos ciegos, de la presencia de los diferentes otros y de la dificultad de ver su perspectiva particular.

La insistencia en el proceso de escritura y lectura, y en las condiciones y contextos que los hacen posibles, no afectan sólo al canon masculino o colonial, sino que nos obligan a comprender cada vez mejor las diferencias entre las mujeres en sus variados contextos sociales, culturales y psicológicos. En el tema que nos ocupa, el de la relación feminismo-postcolonialismo, es particulamente importante la separación entre el mundo occidental y el llamado “tercer mundo”, y su vasta diferencia (e interdependencia) económica, tema que ocupa gran parte de la teoría actual y su deseo de eficacia práctica. Por otro lado, los contextos culturales específicos -- en el caso anglófono, por ejemplo, tan dispares como los del Caribe, África, India -- producen una teorización también específica que, como ha señalado Gayatri Spivak , con frecuencia no tiene ningún eco en occidente por la costumbre europea de creer al “tercer mundo” incapaz de teorizar . El contexto puede comprender así mismo una interacción cultural más complicada, debido a factores como la doble colonización de las culturas autóctonas (Maorí en Nueva Zelanda, Aborigen en Australia, Nativa e Inuit en Canadá) dentro de una antigua colonia europea; o los países de contexto multicultural debido a una gran emigración reciente (Canadá y Australia por excelencia, pero crecientemente otros). En cada uno de estos entornos, la definición de feminismo y de postcolonialismo varía, y gran parte de la teoría reciente refleja este hecho.

Si bien las trayectorias de las teorías feminista y postcolonial han sido paralelas casi desde el principio, las intersecciones entre ellas se han resaltado solamente en la última década (Ashcroft:1995, 249), dando lugar a una fructífera crítica mutua que hace a ambas mucho más conscientes de las carencias del discurso propio y la necesidad de contrastarlo y aprender del otro. Entre las voces feministas más influyentes se encuentran la vietnamita Trinh T. Minh-ha, y las indias Chandra Mohanty, Sara Suleri y Gayatri Spivak. Todas ellas escriben desde los Estados Unidos, haciendo visible esa contradictoria posición como “traductoras” del tercer mundo ante el mundo occidental a la vez que personas privilegiadas por el neocolonialismo estadounidense. Chandra Mohanty planteó ya en ‘Under Western Eyes: Feminist Scholarship and Colonial Discourses’(1984) la dificultad de incluir el cuerpo racial dentro del feminismo occidental, y señaló el modo en que la “Mujer del Tercer Mundo” se convertía en un objeto monolítico en los textos feministas. Minh-ha, en su obra Woman, Native, Other (1989) intenta resolver la dificultad de la creación de un discurso que represente las categorías de ‘mujer’ y ‘raza’ al mismo tiempo sin que ambas entren en conflictos irresolubles. En 1992, Sara Suleri, en ‘Women Skin Deep: Feminism and the Postcolonial Condition’ recogerá y analizará estas posiciones, volviendo sobre los peligros de que el feminismo occidental esté dispuesto conceder una identidad esencialista a la mujer “postcolonial” o del tercer mundo, mientras evita aplicar tal definición a la mujer occidental.

Pero sin duda la autora más influyente de la teoría postcolonial es Gayatri Chakravorty Spivak, cuyas intervenciones en el mundo académico estadounidense han desafiado el mundo de la teoría contemporánea. Su teorización es en cierto modo inseparable de su propia posición personal. Nacida y educada en Calcuta, fue luego una alumna brillante de Paul de Man, que recibió su primer reconocimiento académico como traductora al inglés de Derrida. No tardó en asomar su posición poco ortodoxa ante la teoría cuando empezó a combinar marxismo, feminismo y deconstrucción, siendo esta última la técnica que defiende a lo largo de su carrera como el instrumento más útil de análisis, aunque preconizando siempre la acción (agency) de modo paralelo. Su identidad múltiple, de la que es extraordinariamente consciente y que analiza de continuo, contiene las contradicciones que dan fuerza a su itinerario (por usar su propio término) intelectual: feminista del mundo desarrollado que escribe sobre el tercer mundo, miembro del mundo académico que lo analiza como tal, marxista que vive en el capitalismo, continua deconstructora de la labor de la crítica, profesora, historiadora, Spivak inspecciona constantemente su propia obra a través de estos prismas, e invita a que otros lo hagan.

El análisis cultural de Spivak cuestiona la separación entre “leer literatura” y “leer el mundo”, entre texto verbal y texto social, así como la separación entre lo privado y lo público (“Reading the World”, Spivak:1988). Sus propios escritos, siempre en forma de artículos más tarde reunidos en libros, analizan el mundo de la literatura, el cine, la economía, la filosofía, y la responsabilidad del mundo académico ante todos ellos. Si bien cualquier lector/a de Spivak es inevitablemente miembro de una élite, la autora nos invita a desaprender nuestro privilegio, percibiéndolo como la pérdida que representa al impedirnos otra forma de conocimiento (Spivak:1996, 4) y hacer el esfuerzo de dirigirnos al otro, de mantener una relación ética con el/la, a procurar realmente que el subalterno hable. Como miembro del grupo de Subaltern Studies en la India, de perspectiva marxista, Spivak ha buscado siempre la intervención, la acción que pueda transformar la sociedad, teorizando a la vez ese compromiso. Su constante búsqueda de la táctica eficaz, del compromiso activo, la ha hecho indagar en las funciones del mundo académico, y propugnar una pedagogía diferente de la lectura. En sus textos más recientes propone cuestionar la “apatía complaciente de la auto-centralización”, el hábito del humanismo liberal de convertirnos a nosotros mismos en el centro del significado, con lo cual los textos vuelven a nosotros (“yo lo veo así, y tengo derecho a mi visión” en lugar de intentar la visión del otro).

Outside in the Teaching Machine (1993) centra gran parte de su esfuerzo en la responsabilidad del “híbrido intellectual/académico/artístico”(1993:x), mientras sus traducciones de la subversiva autora bengalí Mahasweta Devi (1995) constituyen un puente entre dos mundos separados por la economía y el idioma. Sería imposible entrar aquí en la complejidad de los temas tocados por Spivak, pero baste decir que su itinerario recorre la filosofía europea actual, el feminismo occidental frente al tercer mundo, y el mundo académico y cultural en su responsabilidad global, incidiendo con frecuencia en el análisis del cuerpo femenino como lugar privilegiado de lucha y de manipulación patriarcal.

El predominio de la teoría anglófona, aún cuando gran parte proceda de Asia, como acabamos de comprobar, supone un sesgo contextual que hace referencia principalmente al contexto del antiguo imperio británico, con sus características propias. Es en cierto modo irónico, como ha señalado Peter Hulme, que incluso el continente americano figure sólo de modo marginal en estos estudios, excepción hecha de la tendencia reciente a analizar más detalladamente el neocolonialismo americano. Resulta desalentador observar la poca presencia que aún tiene en esta discusión el mundo latinoamericano, cuya literatura, sin embargo, sí forma parte de todos los análisis literarios contemporáneos; parece por lo tanto, darse la razón a Jean Franco cuando aduce la negativa de occidente a reconocer la capacidad teorizadora del tercer mundo: los literatos son aceptados a costa de la teoría. Son la propia Jean Franco y, más recientemente, Walter Mignolo, quienes, también desde Estados Unidos, han incidido en la teoría postcolonial, si bien es cierto que la cultura chicana y la progresiva hispanización lingüística del país americano han producido un corpus de teoría relacionada muy de cerca con el postcolonialismo y feminismo aquí discutidos, incidiendo también en las diferencias e intersecciones con ellos y lanzando, de paso el interés por lo latinoamericano. Voces como las de Debra Castillo (Talking Back, 1992), Lucía Guerra, Rosario Castellanos, Luisa Valenzuela, muchas de ellas escritoras de ficción a la vez que académicas, empiezan a ser escuchadas en su perspectiva diferente de los factores que suponen el contexto del feminismo y la resistencia en unas zonas geográficas de colonización más antigua y diferente, de mestizaje también cualitativamente distinto, y de realidades políticas, religiosas y étnicas específicas no contempladas en los análisis anglófonos. Si bien se sigue produciendo una cierta ironía en la forma en que la localización geográfica en Estados Unidos facilita la publicación (caso de Mignolo, Franco o incluso Guerra y Valenzuela), creo que se puede afirmar que la próxima aportación capaz de revolucionar el campo de la teoría crítica postcolonial y feminista procederá de las zonas no anglófonas del continente americano. Sólo así se podrá dar una visión más equilibrada del hecho post- y neo- colonial, así como de las prácticas patriarcales a erradicar. También en España, como en otros lugares del sur de Europa, se comienza a teorizar de modo autónomo, pero el camino reciente ha sido aún arduo y lento, y la atención misma hacia Latinoamérica insuficiente, sobre todo en el campo del feminismo. Esperemos que el futuro active el interés por unas teorías de transformación social que tengan en cuenta las particularidades de los contextos culturales hispanos, por otra parte tan variados en las distintas áreas geográficas.


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