¿A qué dedican su tiempo libre los iranís? Buena pregunta. De entrada hay que decir que el ocio en este país no es muy distinto del que se suele disfrutar en Occidente, aunque con las restricciones propias que impone esta República Islámica, que no son pocas. De todas maneras, las prohibiciones son tantas como los sistemas que han aprendido muchos iranís para esquivarlas con éxito.
Por ejemplo, en Irán no entran películas de producción occidental –solo con cuentagotas y previa censura– y está prohibida la televisión por satélite. Pero, en realidad, son pocas las casas que no tienen una antena parabólica –escondida, eso sí– y los jóvenes que no tienen en sus casas DVD de las últimas novedades cinematográficas de Hollywood. Se compran en el mercado negro al módico precio de un euro la unidad.
Deportes caros
El tipo de diversión de los iranís está en función de sus posibilidades económicas y del grado de contacto que tengan con Occidente. Los de mayor poder adquisitivo –una minoría que reside en el norte de Teherán– suelen dedicar su tiempo libre a practicar deportes caros, como jugar al golf o a esquiar en la estación que hay en las montañas del norte de Teherán. Y a la que pueden viajan al extranjero.
Para hacer otros tipos de deporte, como el tenis o el baloncesto, hombre y mujeres deben estar separados. Los gimnasios están reservados por las mañanas a las mujeres y por las tardes a los hombres.
Entre los jóvenes de clase alta hay también una gran afición al billar, juego que hasta no hace mucho estaba prohibido, y a los bolos. Y, sobre todo, a celebrar fiestas privadas mixtas, clandestinas, claro está. Se saltan todas las prohibiciones: se baila, se escucha música occidental y se bebe alcohol. El riesgo es que irrumpa de golpe y porrazo la policía de lo moral y que los participantes acaben todos en comisaría.
Hay quienes van al cine o al teatro, donde se pueden ver obras clásicas de autores extranjeros traducidas al farsi, previo visto bueno de las autoridades. La entrada al cine cuesta unos dos euros, y la del teatro siete, un gasto al alcance de muy pocos en este país, donde hay un alto índice de desempleo juvenil –un 20%, según fuentes independientes– y donde el salario medio mensual es, al cambio, de unos 300 euros.
Por eso, aquellos jóvenes que no pueden darse estos lujos tienden a quedarse en casa para asomarse al exterior a través de internet. Ni el férreo sistema de filtración de la red ni su baja velocidad impuesta por el régimen impiden que los jóvenes abran cuentas en Facebook y utilicen Youtube, Skype o Twitter. Para muchos es su balcón desde donde otear el mundo y consumir la literatura o el arte occidentales, en este país pasto también de la censura.
Durante los fines de semana, además de mantenerse conectados a internet y hacer deporte, los jóvenes acostumbran a ir de picnic con toda la familia al campo o a los parques que hay en Teherán, siempre bien cuidados, o pasan el rato en los restaurantes o cafeterías. Claro que las parejas no casadas no están bien vistas y hay que andarse con mucho cuidado. Ni roces, ni mucho menos caricias. Las restricciones siempre son mayores en el interior del país que en la capital. Y va a temporadas. La presión del régimen es en ocasiones mayor que otras.
Afición a la poesía
El ocio en las zonas más pobres es bien distinto, porque no hay fácil acceso a internet ni a la televisión por satélite. Así que su universo se reduce a aquello que muestran y explican las cadenas oficiales de la televisión iraní. Los deportes favoritos en estas zonas son el fútbol, que es el deporte nacional, el wrestling (una especie de lucha libre) y las artes marciales.
En todo caso, tanto ricos como pobres, y es una constante en Irán, han aprendido a amar y respetar a los grandes poetas del país, como Hafez, Molana, Sadii, Firdusii y Jayyam. Las obras de estos poetas persas están por todas partes y en cada una de las casas de los iranís.
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