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Dios y el Corán: la Luz y el espejo

Deberíamos esforzarnos más por derivar más sabiduría de los principios más básicos del llamado islámico

01/02/2009 - Autor: S. Sergio Scatolini Apostolo - Fuente: Webislam
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Deberíamos esforzarnos más por derivar más sabiduría de los principios más básicos del llamado islámico.
Deberíamos esforzarnos más por derivar más sabiduría de los principios más básicos del llamado islámico.

Como docente del Islam, a menudo veo que uno de los peligros a los que la falta de ejercicio analítico (una parte natural de la experiencia religiosa) puede conducir es a la confusión e identificación de cosas que son diferentes.

Permitidme que tome una idea de la historia del pensamiento acerca del Corán y la use como ejemplo. Hay musulmanes, sobre todo sunitas, que creen que el Corán que tienen en sus manos es una realidad increada, la Palabra misma de Dios, una ecuación perfecta de lo Divino en forma humana. Se parece al dogma cristiano de la encarnación del Verbo, siguiendo el testimonio del evangelio de Juan: la Palabra de Dios, que existía en Dios y era divina, se hizo carne en Jesús.

Si bien la doctrina del Corán como Palabra divina dictada increada se parece a la doctrina cristiana de la encarnación, el pensamiento islámico presupone una serie de distinciones que subrayan la diferencia entre ambas religiones.

Y así, si bien los conceptos de kalâm, Qor’ân, kitâb, Qirâ’a y mushaf al-Qor’ân están todos íntimamente relacionados entre sí, no son sinónimos.

Kalâm, el habla o la capacidad comunicativa, es uno de los atributos de Dios. En cuanto tal, el Kalâm de Dios no es separable de Su Ser: es eterno, infinito y perfecto. No es otra cosa que Dios mismo. En Dios no hay, pues, división alguna.

Qor’ân era, por un lado, cada mensaje que Dios proclamaba a Muhammad y, por el otro, la proclamación profética de ese mensaje a la comunidad de mecanos y medineses.

También kitâb tiene, al menos, dos sentidos distintos en los textos coránicos. Por un lado, kitâb es un sinónimo de la Sabiduría y la Voluntad divinas (Su hikma y hukm) vistos en su dimensión de gobierno del universo (el Libro invisible donde todo está escrito, lo hecho y el porvenir). Por el otro lado, kitâb es la versión escrita y visible de la revelación en lenguaje humano.

Según los relatos proféticos, cuando los primeros musulmanes aprendieron a repetir (recitar) los versículos coránicos, había varios modos (legendarios) de leerlo o recitarlo. Cada modo era una qirâ’a (una lectura o recitación "oficiosa") de La Recitación/Proclamación (Qor’ân), aparentemente en siete dialectos árabes diferentes (los siete ahruf).

Con el tiempo, y a fin de preservar la unidad de la creciente comunidad musulmana (la umma), los versículos coránicos fueron compilados en un código, llamado mushaf al-qor’ân. Vale añadir que el Profeta nunca leyó el Corán en el formato que nosotros lo conocemos (el código del califa Uzmán), y al que muchos tratan como si fuese Dios en persona.

Cuando se confunde al mushaf al-Qor’ân (un código visible en una lengua histórica humana, el árabe de Quraysh) con el Kalâm (invisible y eterno) de Dios, entonces se han salteado niveles y hecho asociaciones entre realidades que no pertenecen al mismo orden.

¿Qué significa todo esto en concreto? Muchas cosas. Permitidme enunciar ahora sólo una de ellas. El llamado al islâm es precisamente una invitación a aprender a analizar la realidad visible, haciendo las distinciones que se deban hacer, reconociendo lo Absoluto (la Luz y Realidad increada) y relativizando al resto (los millares de espejos o signos creados de Allâh).

El Kalâm de Dios se reveló y manifestó en cada qor’ân, los cuales fueron compilados, organizados y preservados en un código, a saber, el mushaf al-qor’ân. La realidad histórico-cultural de dicho código re-presenta (o re-actualiza) la revelación, pero nunca la podrá abarcar, mucho menos agotar. La revelación era vida que estaba siendo vivida, el código no lo es.  Si bien un espejo (el código en árabe) refleja la Luz (la Palabra de Dios), todavía sigue habiendo una diferencia entre la luz y el espejo.

Con ello, me invito a mí mismo y a vosotros a que meditemos en los datos que los estudiosos nos brindan. Si lo hacemos, nos daremos cuenta que el código coránico, por más sagrado que sea, no es el destino de nuestra  religiosidad, sino un sendero y una puerta hacia el más allá. Es un signo, no el Significado (la Realidad).

No se puede criticar a la teología cristiana por divinizar a Jesús con credibilidad, si todavía se sigue divinizando al Corán o a los códigos jurisprudenciales (de fiqh) interpretativos del Sendero de Dios (Sharîa).

Estos días en que mucha gente desearía respuestas simples a cuestiones complejas, como musulmanes y musulmanas, no debemos sucumbir a la tentación de confundir lo inconfundible o comparar lo incomparable. Deberíamos esforzarnos más por derivar más sabiduría de los principios más básicos del llamado islámico. Por ejemplo que nada—pero realmente nada ni nadie—comparte los atributos de Dios. Perfecto, absoluto, acabado, el Ser ilimitado: todo eso y más, lo es sólo Dios.

Tenemos que aprender a aceptar la diferencia, la alteridad de Dios. En vez de usar abusivamente la religión (sobre todo conceptos como “Corán”, “sunna” y “sharî’a”) para cubrir nuestras propias inseguridades, deberíamos exhortarnos mutuamente a la verdad y la paciencia (Sura 103).

Pidamos el don precioso de poder experimentar la levedad de nuestro ser no como una caída (a veces lenta y a veces vertiginosa) de la nada en la nada y hacia la nada, sino como la danza creativa y sorprendente de la pluma en el soplo divino. Sí, aceptemos nuestra vocación a ser la pluma con la que Dios escribe nuestra historia como manifestación de su propia Misericordia (Sura 96:1-5).

¡Atribuyamos a Dios lo que es de Dios; y a nosotros, lo que es nuestro! Dios es más y sabe más. Allâh es Akbar, el Plus Ultra absoluto (sólo Él, el Primero y el Último).

 

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