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La avaricia

La codicia desenfrenada, lleva a los hombres a ejecutar las acciones más viles

13/06/2008 - Autor: Dr. Armando Bukele Kattan - Fuente: Aclarandoconceptos.com
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La avaricia es definida como el afán desordenado de poseer riquezas, para atesorarlas.
La avaricia es definida como el afán desordenado de poseer riquezas, para atesorarlas.

Aunque la riqueza del mundo aumenta, la pobreza prolifera por doquier. Y si esto puede observarse en un país determinado, es incluso más espectacular entre diferentes países. Como que la tónica del mundo continúa siendo siempre: los pobres, más pobres y los ricos, más ricos.

Mahatma Ghandi lo decía: “En la tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”

La avaricia, considerada un pecado capital, es definida como el afán desordenado de poseer riquezas, para atesorarlas. Lleva aparejada a ella la codicia: que es un apetito desordenado de riquezas. En ambos, el apetito desordenado y excesivo de riquezas, capaz de realizar las acciones más viles, las señala como nocivas; aunque el avaro va más allá, lo hace para atesorarlas.

Jonathan Swift afirmaba: “la codicia desenfrenada, lleva a los hombres a ejecutar las acciones más viles; por eso para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse”.

Por otra parte, la ambición se define como un deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidad o fama; y puede ser positiva, sin exageramientos, esto es, en su justa medida. Ya Montesquieu lo decía: “Un hombre no es desgraciado por tener ambición, sino cuando es devorado por ella”.

La codicia es despreciable, ya que es siempre ambición desordenada y en exceso. El sabio refranero popular advierte: la codicia rompe el saco, recordando que muchas veces por aspirar a ganancias exorbitantes, se pierde de obtener, ganancias razonables.

Lo contrario a la avaricia es largueza. Pero todo llevado al extremo es perjudicial:
Por un lado, el avaro que atesora y no gasta nada, ni siquiera para él ni su familia, y por el otro, el que derrocha todo y se queda sin nada.

El Corán es claro al respecto: Dios no quiere al avaro, ni tampoco al que dilapida su fortuna. Lo mejor de todo, es el punto intermedio. Ni el puño cerrado, ni la mano totalmente abierta.

En las traducciones bíblicas (ya que no se dispone de los originales encontramos algunas historias, que al menos para nosotros, necesitan ser aclaradas:

1. El caso de Ananías y su esposa Safira, recordando en Hechos de los Apósteles Capítulo V, 1 al 12; que vendieran una propiedad de ellos y tan sólo dieron la mitad, quedándose con el resto: 50 para la Iglesia. Eso es para cualquiera, suficiente largueza. Sin embargo, fueron reprendidos severamente y ambos murieron en el acto. Las interrogantes saltan a la vista.

Eso de: deja todo y sígueme, no esta auspiciado ni en el judaísmo, ni en el Islam.

En el Islam existe un Zakát, que es a manera de contribución obligatoria para los más necesitados, empezando por el círculo familiar (ya Jesús lo dijo: no se puede ser luz de la calle y oscuridad de la casa) y no tiene que dársele necesariamente a la Iglesia. El creyente lo puede administrar personalmente. Fuera de ello, existe la Sadaka en árabe y la Sedaká en hebreo, que es una contribución voluntaria, cuyo objetivo principal es la justicia social.

2. El concepto de señalar al rico, como reo del infierno.

La insistencia de que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que un rico se salve; y luego identificar la aguja, como el utensilio del sastre o de la costurera y por consiguiente declarando que para un rico está vedada la salvación, es tristemente doloso. El ojo de la aguja, se refiere a las puertas un poco estrechas, a manera de seguridad, por donde se accedía a las ciudades amuralladas palestinas, comunes en esa época. El rico puede acceder a la otra vida, pero le es más difícil; ya que con el dinero puede conseguir con abundancia los placeres mundanos; pero no puede obtener lo trascendente.

No es malo tener riquezas, lo malo es atesorarlas simplemente y no dispensarlas en el camino de Dios. Dios es misericordioso; pero es Todo misericordioso, porque también es Todopoderoso.

Para hacer obras humanitarias, se necesita tener un buen corazón, pero también se necesita dinero. Ya que repartir sin tener, se genera más pobreza. Y ese es uno de los problemas más grandes del mundo: Que el que produce, generalmente no reparte; y que el que reparte, generalmente no produce…

El dinero es un medio, no un fin en sí mismo. El codicioso y el avaro, aunque multipliquen su fortuna, siguen siendo pobres. Nunca se satisfacen de lo que tienen. La pobreza no viene por la disminución de la riqueza; sino por la multiplicación de los deseos, decía Platón. Séneca asimismo manifestaba: pobre no es el que tiene poco, sino el que desea mucho.

Fuera de ello, lo trascendental no se compra con dinero: Frederich Nietzche lo afirmaba: lo que tiene precio, poco valor tiene. Y el poeta, incluso le puso música: tan sólo lo barato, se compra con el dinero. Pero eso no significa que dilapidaremos toda nuestra fortuna; ¿Y la familia? ¿Se puede ser bueno con los otros, olvidándose de los suyos?

Lo más importante en la vida es lograr el equilibrio. Uno debe estar satisfecho con lo que se tiene y darle gracias a Dios por ello; y tener una ambición sana de luchar y mejorarse, sin codicia, ni avaricia y sin ansia desmedida y búsqueda excesiva de tener y más tener.

3. Dar el diezmo a la Iglesia, cumplir la entrega de la “semilla” pactada, al recibir el primer ingreso económico, antes de satisfacer las necesidades básicas de la familia o alguna emergencia, familias, es un mensaje incorrecto, aunque se quiera justificar con mandatos bíblicos, dolosa o al menos, incorrectamente traducidos.
El dirigente religioso que exige los diezmos, al que está en la miseria absoluta o incluso se está muriendo de hambre, peca también de avaricia.

abk@aclarandoconceptos.com

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