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Impacto de las guerras en la naturaleza

09/02/2008 - Autor: Maribel Ortega - Fuente: Webislam
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Las guerras, además del terrible daño en los seres humanos provocan graves desequilibrios en la naturaleza
Las guerras, además del terrible daño en los seres humanos provocan graves desequilibrios en la naturaleza

“Las armas nucleares y radiactivas pueden tener un impacto enorme sobre la humanidad durante muchas generaciones. Su uso debe ser prohibido por inhumano en tratados internacionales”.

Takashi Morizumi – Periodista japonés

“El uso racional del medio ambiente es fundamental para el futuro de la raza humana”.  

Resolución 2849, 1971 de Naciones Unidas

1. Introducción

La inquietud por el impacto de las guerras en el medio ambiente surgió poco tiempo después de la guerra de Vietnam, una vez evidenciados los efectos catastróficos que produjeron bombas y productos químicos vertidos sobre montes, bosques o campos de cultivo cuyos efectos perduran hasta nuestro días cuarenta años después de terminada la contienda. Como consecuencia de tales desastres, la Asamblea General de Naciones Unidas el 16 de diciembre de 1969, dio luz a la Resolución 2603 en la que se condena el uso de este tipo de armamento y “la utilización de bombas biológicas que tuvieran por objeto causar la muerte o impedir la reproducción de los seres vivos”. Cualquier tipo de munición sea química, radiactiva, de fósforo blanco, plomo, el fuego, vertidos de petróleo o gases usados como armas, ejercen la más cruenta violencia sobre la naturaleza. Es incuestionable que en las guerras las victimas por excelencia son las personas, eje sobre el que debe girar toda la existencia; pero el medio natural también sufre con las bombas puesto que el daño que le producen impide la existencia de los seres vivos, hombres, animales y plantas que a fin de cuentas forman un todo inseparable y necesitan de tierra, agua y aire sanos para poder existir, lo más reprobable, sin embargo, es que tales horrores sean provocados, indudablemente por los artefactos explosivos, pero principalmente por el egoísmo y la prepotencia de las armas de la sinrazón que a fin de cuentas son las que dan origen a los conflictos armados.

Las Convenciones de Ginebra de 1949 no tratan sobre la protección del medio ambiente, hubo que esperar a los documentos que vieron la luz el 8 de Junio de 1977 tras muchos años de trabajos, reuniones y estudios cuando se firmaron y añadieron dos protocolos adicionales que las completan al tiempo que agrupan y amplían las distintas normas que conforman el Derecho Internacional Humanitario; su objetivo principal es la protección de la población civil en tiempos de guerra, pero el Protocolo Adicional I recoge por primera vez la protección de la naturaleza durante los periodos de hostilidades. Hasta la fecha lo han ratificado 159 países.

Art. 54.- Prohíbe la destrucción de las instalaciones de agua potable, obras de regadío, arrasamiento de cosechas o inmolación de ganados en cuanto que son bienes indispensables para la supervivencia de la población civil.

Art. 55.- “En la realización de la guerra se velará por la protección del medio ambiente natural contra daños extensos, duraderos y graves” prohíbe, asimismo, emplear métodos o medios de hacer la guerra que hayan sido concebidos para causar daños al medio ambiente natural porque compromete la salud y supervivencia de la población civil.

El Artículo 56. 1º.- Se prohíben los ataques contra “las obras o instalaciones que contienen fuerzas peligrosas, como diques, presas y centrales nucleares de energía eléctrica”; el punto 2 dice taxativamente que “Quedan prohibidos los ataques contra el medio ambiente natural que tengan como fin represaliar al bando contrario”.

En 10 de de Octubre de 1980 se celebró en Ginebra La Convención sobre “Prohibiciones o restricciones del empleo de ciertas armas convencionales que puedan ser excesivamente nocivas o de efectos indiscriminados”. De los tres Protocolos adicionales el II prohíbe el empleo de minas, armas trampa y otros artefactos y el III el empleo de armas incendiarias. En 1995 se añadió un nuevo protocolo que prohibía el uso de armas cegadoras que en 2005 solo habían firmado 79 países. El Preámbulo de la Convención párrafo 4º dice así:

“… recordando además que está prohibido el empleo de métodos o medios de hacer la guerra que hayan sido concebidos para causar, o de los que quepa prever que causen daños extensos, duraderos y graves al medio ambiente natural”.

Una vez más hay que lamentar, con preocupación y tristeza, que las normas aprobadas por la comunidad internacional se violan flagrantemente por los países más poderosos de la tierra en guerras injustas e ilegales contra países no desarrollados o estados frágiles lo que les somete a la pobreza mas irredenta y por ello les impide cualquier tipo de progreso, además de que vierten al medio natural todo tipo de sustancias contaminantes peligrosas que ocasionan enfermedades, cuando no la muerte de seres humanos y animales, esquilman la vegetación, intervienen en la desaparición de especies autóctonas e inciden en el calentamiento global lo que provoca graves desequilibrios en la naturaleza; voy a intentar exponerlo en los folios siguientes.

2. Consecuencia sobre el medio natural de algunos tipos de municiones convencionales

No es mi intención hacer una clasificación de las armas de las que voy a tratar, pero es indispensable una pequeña descripción para saber de que estamos hablando. Todas son mortíferas pero se destinan a usos distintos dependiendo de los intereses de los agresores, bien sean destruir bosques, núcleos urbanos, lugares de fuerza, diques o presas, o aquellas que se destinan a ciudadanos indefensos. Así de cruel y así de real. Por muy extraño que parezca algunas tienen la consideración de “armas legales”, lo que más parece una contradicción ya que el hecho de estar destinadas a matar y aniquilar les debiera privar de tal designación. Las de gran poder explosivo al impactar en el suelo producen cráteres que destruyen la vegetación y alteran para siempre flora y fauna al provocar desplazamientos de terreno y pérdida de nutrientes. Según J.P. Robinsón grandes zonas de Indochina quedaron convertidas en un “paisaje lunar” como consecuencia de los boquetes que formaron en el terreno la gran cantidad de las municiones que fueron lanzadas por EE.UU. y sus aliados, que según estimaciones serias se calculan en unos 14 millones de toneladas.

2.1 Bombas de fragmentación

La más conocida es la bomba de racimo, que es un artefacto que porta en su interior de 300 a 500 pequeñas bombas cargadas de material explosivo de alto riesgo tanto por su capacidad incendiaria como perforante. Se arrojan desde aviones de combate a una altura de 800 a 1300 metros, si bien la Asociación de Derechos Humanos Human Rights Watch detecto en Irak un sistema múltiple lanzacohetes que las dispara de forma masiva; al ser lanzadas abren unas aletas que giran sobre si mismas liberando así las submuniciones que dispersan su carga por el aire al estilo de un aerosol, lo que hace que abarque un extenso perímetro: áreas urbanas, huertos, carreteras, tierras de cultivo, jardines, o canales de riego pueden quedar seriamente comprometidos. Un porcentaje que según los expertos se sitúa entre un 10 y en 30 % no llegan a estallar en el lanzamiento por lo que quedan esparcidas y ocultas en el terreno con un comportamiento casi idéntico a las minas antipersonas, esto quiere decir que al menor contacto humano explotan y su carga letal fragmentada, penetra en el cuerpo y provoca heridas internas, mutilación de genitales, de extremidades inferiores o superiores e incluso la muerte. Según estimaciones de la ONU, las víctimas, en un 98%, son civiles.
Las submuniciones que portan las bombas de racimo miden aproximadamente unos diez centímetros, incluso las hay de menor tamaño, aunque algunas son grises, mayormente se presentan con colores llamativos y formas inofensivas, incluso pueden confundirse con juguetes o latas de refresco; esto es lo que ha posibilitado que muchos niños hayan perecido debido a la confusión que generan.

Que se han lanzado sobre Irak en la guerra 2003 lo confirmaba el periódico The Independent el 30 de abril 2003; de Gran Bretaña la ratificación llegó del Ministro de Defensa Adam Ingran (Radio 4 BBC 29.5.03). Naciones Unidas considera que en Afganistán hay cubierta una extensión de 800 Km.; en Vietnam se emplearon con profusión y quedaron escondidas en vastas zonas de bosques; en la ex-Yugoslavia hay muchas sin explotar y en cuanto a Camboya se extienden de tal forma, que han producido incapacidad a una de cada 200 personas. En la guerra que enfrentó a los países de Israel y Líbano desde el día 12 Julio al 14 de Agosto de 2006, el estado judío lanzó sobre sus enemigos un porcentaje que Naciones Unidas estima en un millón sembradas y sin estallar que en su mayoría fueron arrojadas 72 horas antes del alto al fuego. “Hay tantas bombas de racimo que parece que en vez de arrojarlas las hubieran cultivado” estas palabras son de Tom Wyles empleado de la agencia británica Bactec, compañía que se dedica a trabajos de desactivación de explosivos que, en esa ocasión, fue contratada por la ONU para realizar la limpieza. Estoy segura que las palabras del especialista era concienciar de la magnitud y gravedad del problema.

Los daños que produce en el medio y en las personas son de envergadura: tierras de labranza improductivas que arruinan la economía familiar; campos de pastoreo minados que impiden la crianza de los animales lo que conlleva escasez de productos destinados a la alimentación humana; cauces hídricos afectados que transmiten tóxicos al agua e imposibilitan la pesca y la vida en todo su conjunto etc., lo peor es que el fin de la guerra no acaba con las consecuencias, ya que los explosivos que han quedado sobre el terreno o bajo las aguas pueden causar víctimas mucho tiempo después de que se halla firmado la paz.

La Convención sobre Armas Convencionales CCW, celebró una Conferencia Internacional en febrero de 2007 en Oslo, Noruega, país que ha tomado una iniciativa consistente en presionar a los estados para que firmen una Norma Internacional que en el año 2008 prohíba su uso. Es el denominado Proceso de Oslo que reunió en la fecha de su inicio a 46 países entre ellos España y el Vaticano, Naciones Unidas CICR, PNUD, UNICEF, Cruz Roja o Human Rights Watch, organización que defiende los Derechos Humanos en el mundo entero, y que en 2003 participó en la fundación de la asociación denominada Coalición sobre bombas de racimo que se marcó como objetivo paralizar la fabricación y utilización.

La segunda Conferencia Internacional tuvo lugar en Lima (Perú) a ellas se unieron 28 países más; la tercera celebrada entre los días 5 y 7 de Diciembre del mismo año reunió a 137 países y 150 organizaciones civiles, desafortunadamente y hasta la fecha las convocatorias no han sido todo lo satisfactorias que sería deseable, puesto que aunque algunos países están de acuerdo en prohibirlas otros muestran cierta disconformidad y apuestan por un empleo controlado, cuestión que entra en franca contradicción con los países africanos que están totalmente de acuerdo en impedir su uso. Bélgica es hasta ahora el único país que ha prohibido su fabricación y comercio. La Comisión Winograd en un informe sobre la guerra Israel-Líbano hecho público recientemente, ha recomendado al ejército israelí que no vuelva a utilizar este tipo de armas.

2.2 Bombas de uranio empobrecido

El uranio es un elemento natural que se encuentra principalmente en la corteza terrestre y en cantidades mínimas en el aire y en el agua; esta formado por tres tipos de isótopos U-238, U-235, y U-234, esta condición obliga a manipularlo industrialmente con el fin de separarlos; cuando la parte aislada contiene mayor cantidad de isótopo U-235, que es el más radioactivo de los tres, se denomina uranio enriquecido y se destina a la fabricación de bombas atómicas y a la producción de combustible para reactores nucleares; cuando la cantidad de U-235 es menor se denomina uranio empobrecido, elemento que se obtiene en el proceso de enriquecimiento, por esta condición, está considerado como un residuo y como tal es económicamente muy barato. El uranio, tanto enriquecido como empobrecido, es un material extremadamente denso y pesado y por ello con fuerte poder de penetración, ambos se inflaman y producen óxido, ambos son reactivos, aunque el segundo lo sea en menor proporción que el primero, pero no por ello tiene consecuencias menores su utilización en la guerra como voy a describir a continuación.

Desde 1977 la industria militar norteamericana emplea uranio empobrecido para recubrir y blindar tanques y carros de combate, aviones militares, ingenios de artillería, en la punta de los misiles y algunas otras municiones menores con el fin de hacerlas más fuertes; podría parecer que es un arma más dañina para el enemigo a abatir y más segura para el propio ejército, pero esto que parece tan claro, en la realidad no lo es, tiene una contrapartida nefasta ya que la destrucción de una máquina de estas características esparce el uranio en el ambiente convirtiendo en víctimas a aquellos que las manejan. Respecto a tal cuestión la Asociación estadounidenses Internacional Actión Center emitió un informe en el que aseguraba que 100.000 veteranos de la primera guerra del Golfo que estuvieron en contacto con el armamento padecieron enfermedades tales como: alteraciones renales y hepáticas, pérdida de memoria, dolores de cabeza, fiebre y lo que es peor los hijos de los afectados nacidos posteriormente sufrieron y sufren algún tipo de malformación genética. Pero hay algo que “corta la respiración”, ver a niños en Irak subiéndose a tanques semi-destruidos y abandonados, jugando con los materiales inservibles cuando conocemos que se están contaminando al contacto con la radioactividad que desprende la capa de uranio que los recubre.

Las bombas de uranio empobrecido propiamente dichas, tienen un poder inmenso destrucción ya que al alcanzar su objetivo se inflaman y generan un calor de 1000 grados, arde se oxida emite radiaciones alfa y beta y se deshace en millones de micropartículas que portan un componente químico y otro radiactivo que se introducen en el organismo por la respiración o bien a través de la ingesta de alimentos y agua contaminados. El impacto sobre el suelo implica deforestación y alteración de su composición lo que dificulta, sino impide, la regeneración de la tierra y por tanto la siembra y recolección; en los seres humanos provoca muerte celular, cáncer, malformaciones genéticas, leucemia infantil, abortos etc. La Asociación MEDACT, el Ministerio de Sanidad iraquí en colaboración con la OMS, realizaron a mediados de 2007, estudios sobre los daños que produce el uranio empobrecido en los seres humanos, que confirman los síntomas anteriormente apuntados que, por cierto, aparecieron en combatientes y civiles de la guerra de la antigua Yugoslavia que sufrieron ataques con bombas de de uranio empobrecido.

El Instituto de Política Ambiental del Ejercito de EE.UU. reconoció que durante la primera guerra del Golfo Pérsico (1990-1991) se lanzaron sobre Irak 350 toneladas de bombas de uranio empobrecido frente a las 2200 lanzadas en el primer año en la conflagración de 2003; estos bombardeos juntos con los saqueos a complejos nucleares, previos a la guerra actual, indican que en la actualidad en Irak existe un alto porcentaje de radioactividad. Los asaltos a que me estoy refiriendo consistieron en el robo de contenedores de uranio que se vaciaron sobre el terreno para almacenar en ellos agua y alimentos como provisión ante el conflicto que se aproximaba, lógicamente contribuyeron a contaminar grandes extensiones de terrenos, fuentes de agua potable, viviendas, cafés, restaurantes, jardines o ríos.

En la actualidad existen una amplia protesta de asociaciones y movimientos sociales en el mundo entero, principalmente en EE.UU., que están luchando para que se prohíban las bombas de uranio empobrecido puesto que a fin de cuentas son armas nucleares, de menor radiactividad, peso o calibre, lo que no quiere decir que el lanzamiento de muchas a la vez sobre un determinado objetivo, puede producir los mismo efectos letales o por lo menos similares a los padecidos en Hiroshima o Nagasaki.

2.3 Minas y armas trampa

La lógica de la guerra entiende por minas aquellas municiones que han sido escondidas en el suelo del enemigo de forma manual aunque igualmente pueden ser lanzadas por artilugios de artillería o aeronaves. Las hay de dos clases: anticarro que explosionan al paso de medios móviles y que contienen una carga de 2 a 9 kilogramos de explosivo, y las minas antipersonas que son más pequeñas con un peso de entre 10 y 250 gramos que explota, esto es lo tremendo, por contacto humano, por tanto la misma víctima es la que se produce el daño al pisar o tocar la mina que puede “incapacitarla herirla o matarla” (Art. 2º Convención de Ottawa 1997). Las armas trampa se definen en el Protocolo Adicional II de la Convención de 1980 y se refiere a aquellos artefactos concebidos para matar o herir, que tienen una apariencia inofensiva y pueden ser activadas por control remoto, en cualquiera caso la repercusión humana, medioambiental e hídrica es devastadora.

Las minas antipersona se prohibieron por acuerdo de la Comunidad Internacional en la Convención de Ottawa de 18 de Septiembre de 1997 y en 2005 la habían ratificado 144 estados, entre ellos España que la firmó en diciembre del año en que se aprobó y la ratificó en enero de 1999. En el artículo primero queda recogido el compromiso de los estados a que nunca y bajo ninguna circunstancia harán uso de minas antipersona, se comprometieron a dejar de producir, desarrollar, adquirir, almacenar, conservar o transferir este tipo de armamento e incluso ayudar, estimular o inducir a otros a realizar actividades prohibidas por la Convención. De conformidad con lo que ordena la norma, los países se comprometieron, asimismo, a destruir las almacenadas en el plazo de cuatro años; en este proceso de demolición los países están obligados a no causar daños al medio ambiente natural. En nuestro país el 5 de octubre de 1998 vio la luz la Ley 33/1998 que dice “La destrucción de minas antipersonas se hará mediante procedimientos que respeten las condiciones medioambientales de la zona en que se destruyan” (Art. 3.1 – Ley 33/1998).

El Secretario General de Naciones Unidas en el informe A/49/357, alertaba sobre los efectos de su empleo tanto para el medio natural como para las personas. Se titula “Asistencia para la remoción de minas” y fue hecho público el 6 de Septiembre de 1994 y dice así:

 “en los países donde se han sembrado minas en terrenos de labranza se pierde tierra cultivable… regiones que antes se autoabastecían de alimentos tiene que recurrir a fuentes externas para sobrevivir…el minado de los sistemas de riego y centrales de suministro de agua hace que sea imposible cultivar la tierra e incluso los campos que no han sido minados por el riesgo de contaminación. Las poblaciones nómadas y sus ganados son las más afectadas ya que se desplazan de una zona minada a otra en busca de pastos… la minas terrestres causan muerte al ganado y animales de caza de los que dependen esas poblaciones” (párrafo 14).

En cuanto a las depositadas en las aguas: ríos, mares, lagos, canales… el peligro vendría dado porque al explotar matan a todas las especies en una superficie de 2 hectáreas y 2 millones de metros cúbicos de agua: Vietnam, Kuwait, Angola, Camboya, Afganistán, Libia, Polonia o Mozambique son poblaciones que se han visto seriamente afectadas y dañadas por estos explosivos; en el sur de Líbano existen en la actualidad 375.000 minas sin explotar que quedaron de guerras anteriores.

2.4 Armas Incendiarias

Las armas incendiarias, como su mismo nombre indica, son aquella que destruyen por medio del fuego “bien sean quemar tierras, núcleos de población u objetos de todo tipo al tiempo que causan quemaduras en los seres vivos, a través de las llamas o el calor o bien de forma que convine ambos”. (Art. 1º Protocolo III sobre prohibiciones o restricciones al empleo de armas incendiarias del 10 de Octubre de 1980), originan cambios perniciosos a la naturaleza que pueden prolongarse indefinidamente. El protocolo III de la Convención de 1980 dice “queda prohibido en todas las circunstancias atacar con armas incendiarias lanzadas desde el aire cualquier objetivo militar ubicado dentro de una concentración de personas civiles” (Art. 2.2), a pesar de la prohibición las víctimas, en su mayoría, son la población civil.

Existe una amplia gama de armas incendiarias: lanzagranadas, cohetes aerotransportables, de combustible-aire denominados FAX que son enormes artefactos que contienen gran cantidad de propano, butano u óxido etileno que se lanzan desde aviones y al estallar producen una nube que se enciende y genera ondas expansivas mucho mas potentes y grandes que la de los explosivos tradicionales; las llamaradas alcanzan velocidades supersónicas se convierte en una gran bola de fuego que hace explotar todo lo que encuentra a su paso lo que a su vez refuerza la llamarada; son antibunker lo que quiere decir que traspasan seis metros de hormigón o 30 metros de tierra. Según las noticias que fueron ofrecidas por The Independent se usaron en Bagdad 2003 para destruir torres de comunicación o edificios del gobierno que pudieran tener túneles subterráneo. El impacto sobre el medio natural e infraestructura es de destrucción total, y con respecto a los seres humanos las consecuencias son: ceguera, perforación de tímpanos, quemaduras en las vías respiratorias, órganos destrozados y hemorragias externas e internas. Hay de más tipos como aquellas que se destinan a prender fuego a la vegetación y cultivos, en este caso el artefacto es un pequeño volante de plástico recubierto que contienen fósforo blanco y que arde al entrar en contacto con el aire; las bombas de NAPALM están compuestas por jabón de aluminio, ácido nafténico y aceite de coco, elementos que mezclados con gasolina, originan un gel espesante que da como resultado una bomba altamente incendiaria que se utilizó en la guerra de Vietnam (1962-1971) y en Bagdad en 2003 sobre los puentes del Canal Sadam y el río Tigris.

Con respecto al impacto que producen en el medio ambiente nada mejor que dejar hablar al Secretario General de Naciones Unidas en el Informe A/8803 de 9 de Octubre de 1972 sobre el NAPALM y otras armas incendiarias.

“La destrucción de árboles y cualquier forma de vida vegetal puede perturbar los equilibrios minerales y de agua del suelo local al alterar los ciclos de transferencia. Las formaciones de la raíces que antes mantenían la estructura del suelo pueden secarse… junto con el calcinamiento que el fuego provoca en el suelo y microflora se puede perder la capacidad de almacenamiento de agua y la ventilación del suelo… que ya no pueda adquirir o retener sus nutrientes por lo que su calidad se deteriora…aumenta el peligro de erosión del mantillo por efectos de viento y de las aguas. De esta forma pueden tornarse áridas zonas anteriormente fértiles” (Art. 99)

“A la eliminación por el fuego de una especie vegetal puede seguir una invasión en la zona de especies distintas… la desaparición del follaje de los bosques puede fomentar la proliferación de matorrales, cuyo crecimiento excesivo no era antes posible... efectos análogos pueden observarse en la fauna. Una característica común de los bosques incendiados es su rápida colonización por diferentes especies de insectos… que pueden dificultar más todavía la regeneración de la vida vegetal, y, en determinadas circunstancias dar lugar a nuevos focos de enfermedades humanas” (Art. 100).

Después de estas palabras poco más puede decirse, solamente que el ejército estadounidense las utilizó contra Vietnam, unas veces para dejar zonas de “tierra quemada” que les posibilitaba el reconocimiento aéreo y la localización de puntos estratégicos; el abandono por parte de los autóctonos de esas mismas tierras les suministraba espacios donde instalar sus propias bases de operaciones. El empleo de defoliantes dejó los bosques a la intemperie, lo que supuso un autentico atentado contra la naturaleza. El ejército estadounidense también utilizó en Vietnam potentes herbicidas que los expertos calculan en unos 50 millones de litros lanzados desde aviones sobre dos millones de hectáreas de bosque y arrozales que proveían de alimento a tropas y población civil. El denominado “Agente naranja”, que mezcla dos potentes herbicidas, intoxicó el aire, lo que produjo enfermedades respiratorias, emponzoñó suelos y aguas y entró en la cadena alimentaria lo que supuso la aparición de enfermedades graves que muchos nativos arrastran hasta nuestros días, bien porque fueron infectados directamente, bien por la transmisión a sus descendientes que nacieron con malformaciones genéticas tanto físicas como psíquicas. En la actualidad todavía existen zonas boscosas y arrozales no recuperados.

La Asociación de Víctimas de Vietnam del Agente Naranja” presentó, hace algún tiempo, denuncias en un juzgado de Nueva York contra empresas de productos químicos por crear y desarrollar herbicidas tan potentes (País 20.06.07). En el año 2004 tales denuncias fueron desestimadas, aunque parece ser que en este momento hay una cierta esperanza de que se produzca una revisión satisfactoria, debido a que en 1984 se dictó una sentencia favorable a la demanda que los veteranos de guerra estadounidenses habrían interpuesto contra las compañías que suministraron al Ejército el Agente Naranja y que les ha valido importantes indemnizaciones. Es necesario, que quien les hizo daño, devuelva a las víctimas la dignidad, aunque no les pueda restituir la salud.

3.- Armas convencionales Alternativas.

3.1 Incendios, vertidos y otros

A las 48 horas de iniciarse la guerra de Irak 2003, el presidente George Bush anuncio que el ejército de EE.UU. había lanzado 3000 bombas en zonas de fuerzas en referencia a aquellos lugares que constituyen una necesidad vital como señala el Protocolo Adicional I de la Convención de Ginebra de 1977 que prohíbe atacar y destruir fuentes de aguas o energía, diques o presas. Es obvia la peligrosidad de los bombarderos sobre los muros de contención de los pantanos y estaciones o redes de abastecimiento de agua potable, además de la contaminación que produce la carga explosiva, el agua se desborda y se lleva con ella personas y animales, tierras y nutrientes, cosechas, edificios, fabricas y todo tipo de infraestructuras, deja las tierras improductivas durante mucho tiempo y la dificultad de abastecimiento a las poblaciones.

Dos ejemplos: en Irak en 2003 fueron bombardeadas centrales nucleares e industrias químicas que además de la destrucción de la propia infraestructuras produjeron vertidos tóxicos que acabaron depositándose en los ríos Tigres y Eufrates y contaminaron no solo el curso fluvial superficial sino las aguas subterráneas, y afectaron a la red de agua potable lo que ha incrementado el aumento de enfermedades de alto riesgo como el cáncer, además y debido al bombardeo y destrucción de redes de alcantarillado y saneamiento se producen continuamente desechos no regulados y visibles que van a parar directamente a ambos ríos lo que incrementa su contaminación y con ello el desarrollo de infecciones entéricas en los seres humanos, que desafortunadamente y por escasez de medios o falta de medicinas o alimentos hace difícil la prevención o curación lo que a su vez incrementa la transmisión. Estas dos corrientes abastecen de agua a toda la población agrícola del país.

Los incendios de pozos de petróleo producen contaminación de dos formas diferentes, por una parte los vertidos derramados sobre terreno y por otra por el lanzamiento a la atmósfera de grandes cantidades de humo y gases con alta carga tóxica, las consecuencias son graves en ambos casos, por ello creo necesario hacer una mención a la influencia de todos estos agentes químicos en la salud humana. Afecta de tres formas distintas: los elementos dispersos en el aire provocan enfermedades de tipo respiratorio; la ingesta de comida o bebida contaminada con agentes químicos produce enfermedades digestivas; en tercer lugar el contacto corporal con superficies infectadas origina epidemias en la piel, ojos y en general en toda la superficie corporal. En la guerra del Golfo ardieron al mismo tiempo 500 pozos petrolíferos, que según estimaciones, emitieron al aire tres millones de toneladas de humo con sustancias tales como dióxido de carbono, azufre, mercurio y otros residuos orgánicos volátiles que provocaron enfermedades respiratorias de gran consideración: asma, disneas y con mucha posibilidad cáncer en los pulmones. Según recogen los informes del Programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente, PNUMA, en la Guerra del Golfo, los vertidos que fueron a parar al mar acabaron con más de 30.000 especies marinas y además contribuyeron a aumentar el efecto invernadero y calentamiento de la tierra; las nubes se extendieron por cuatro países que sufrieron importantes consecuencias. Un dato: si apagar tales incendios requiere una media de cuarenta días en los que las llamas y los humos liberan su carga letal, podremos entender la magnitud del problema.

En las primeras horas de comenzada la guerra de Israel contra la milicia de Hezbola en el Líbano en el verano de 2006, el ejercito hebreo bombardeo y destruyó una central eléctrica que vertió al mar unas 45.000 toneladas de hidrocarburos que se esparcieron por unos 150 kilómetros de costa e inundaron las playas y costas de Siria. Los daños fueron evaluados por un biólogo marino enviado por el PNUMA que aseguró era una autentica amenaza para mantener el equilibro de las aguas y de los animales marinos, suponía un auténtico riesgo para la biodiversidad y para la pesca, El World Resources Institute considera que estos impactos ambientales afectarán por más de 100 años a la industria pesquera local.

4. Conclusión

Este trabajo es fruto de dos preocupaciones, en primer lugar lo humano principio y fin de toda actuación sea política, social, cultural o religiosa; por otra el medio ambiente que es donde el hombre vive, se desarrolla y extrae todo lo que necesita para su sustento, esparcimiento, entretenimiento o diversión, la tierra al final de las fatigas de los años, es su descanso final; ambos no puede existir independientemente, porque constituyen una única realidad al estar hechos, en su mayor medida, del mismo elemento: el agua como principio vital; ambos, por tanto, tienen la misma dignidad y sufren las consecuencias de las guerra “si la naturaleza carece de valor y dignidad, sobran la estética, la ética y la religión” (J.M.García Gómez Heras).

Al escribir la páginas anteriores me proponía dar a conocer el potencial de destrucción tan enorme que tienen las armas consideradas legales, no se si lo habré conseguido; no puedo entender como algunos hombres son capaces de pensar, crear, desarrollar y utilizar artefactos que matan a sangre y fuego y destruyen la Tierra, no atisbo ninguna razón positiva en ello. Me formulo una pregunta ¿en el silencio de su laboratorio podían o pueden imaginar las graves consecuencias de sus investigaciones? No podemos ser pesimistas porque es cierto que no todos los seres humanos son iguales, frente a quienes son capaces de la atrocidad, hay quienes luchan o han luchado y entregado su vida con el fin de construir los países y conseguir derechos y dignidad para aquellos a quienes la sociedad ha situado en los márgenes: Ghandi o Luter King, entre otros, evidencian la gran paradoja: el ser humano puede descender al más absoluto abismo de la perversidad y alzarse hasta el firmamento de la más alta nobleza moral, que debería ser lo genuino al hombre, porque es el único viviente dotado de logos y posee los bienes más preciados de la razón y la palabra con los que pensar, dialogar y entenderse con otros hombres para resolver las diferencias conflictos y escaladas de violencias que son el caldo de cultivo de la miseria, pobreza material y moral, lugar de odio, resentimientos y sinrazón... pero ¿como lo hacemos? ¿Cómo puede implantarse la razón? El mundo está en pocas manos y esas son las que marcan sus destinos, lo peor es que, en demasiado casos, de forma bastante trágica.
Todas las guerras dejan secuelas humanas y ambientales infaustas, todas son salvajes porque están destinadas a matar, pero por su proximidad en el tiempo y por su efervescencia quiero hacer una mención especial a la de Irak; en mi reflexión mezclare razón y emociones, que no son tan antagónicas como parecen ya que los expertos psicólogos a la unión de ambas, le denominan inteligencia emocional.

Si a lo largo de estos cinco años de conflagración en el país mesopotámico ha habido días en que han muerto hasta 100 o más personas, aunque en este momento el número parece descender, es muy cierto que las bombas están contaminando el medio ambiente, la naturaleza herida de muerte no puede florecer porque no la han dejado y como consecuencia el ser humano va a seguir pereciendo porque los campos no dan los frutos sanos que necesita, los da envenenados como consecuencia de la intoxicación que ha recibido de la mano de algunos hombres.

Con Irak se ha cometido una tremenda injusticia y ahora carece de estado, instituciones, el gobierno es débil y el país vulnerable; a la ciudadanía iraquí se le ha negado, desde hace más de veinte años, el arte, la ciencia, la música, la literatura con ello se le ha impedido el humanismo que es lo que conduce a la convivencia pacifica porque posibilita toda clase de virtudes cívicas y morales, la guerra, como bien se conoce, es todo lo contrario. Para percibir la situación, hay que añadir que a muchos grifos no llega el agua y a los que alcanza lo hace en malas condiciones, no hay seguridad alimentaría, o energía para todos, un desastre bárbaro en pleno siglo XXI. El paraíso entre los ríos Tigris y Eúfrates, un lugar de extraordinaria belleza donde las cosechas deben sucederse varias veces al año, ha sido ferozmente zaherido y posiblemente en mucho tiempo no pueda ser recuperado por el hombre para el que fue creado y es quien tiene que disfrutarlo, pero, claro, el hombre o los hombres que han producido los desastres tienen otros paraísos donde poder recrearse.

Quien haya llegado hasta aquí, reciba estás páginas como una llamada urgente para la concienciación y respuesta, yo lo hago desde el campo de investigación para la paz en el que me muevo y en el que creo como medio para la resolución de conflictos de forma dialogada.

Me despido con una frase del mensaje que el Gran Jefe Seattle de la tribu Suwamish envió al Presidente de los EEUU. Franklin Pierce en 1855 cuando el Presidente pretendía comprar la tierra en que vivían.

“La Tierra contiene las almas de nuestros antepasados. Enseñad a vuestros hijos lo que nosotros enseñamos a los nuestros: la Tierra es nuestra madre. Lo que acontece a la Tierra, acontece también a los hijos de la Tierra. Sabemos que la Tierra no pertenece a los hombres sino que los hombres pertenecen a la Tierra...”

Bibliografía y Fuentes
José Luis Rodríguez-Villasante y Prieto
Derecho Internacional Humanitario
Librería Tirant lo Blanch, S.L.
Valencia – Abril 2002
Las Minas Antipersona: Enemigas de la vida
Eva Quintana Mourello
Ed. Fundación Intermón Oxfan
Barcelona – Junio 2006
La dignidad de la Naturaleza
Ensayos sobre ética y filosofía del Medio Ambiente
J.M. García Gómez-Heras (Coordinador)
Ed. Ecorama
Granada - 2000
Derecho Internacional del Medio Ambiente
José Juste Ruiz
Editado por: McGraw-Hill/Interamericana de España, S.A.
Madrid – 1999
Resolución de la Asamblea General de Naciones Unidas el 16 de diciembre de 1969 número 2603
Convención Sobre la Prohibición del Empleo, Almacenamiento, Producción Y Transferencia de Minas Antipersonal Y sobre su Destrucción
Convención de Ottawa 18 de septiembre de 1997
Protocolo adicional a los Convenios de Ginebra relativo a la protección de las víctimas de los conflictos armados internacionales
Protocolo Adicional I - 8 de junio de 1977
Convenio europeo de Derechos Humanos
Entrada en vigor 1 de Noviembre de 1998
Pagína Web:
Organización Naciones Unidas www.un.org/spanish/
Human Rights Watch www.hrw.org
Resolución 2849 de 1971 de Naciones Unidas
Convención sobre “Prohibiciones o restricciones del empleo de ciertas armas convencionales que puedan ser excesivamente nocivas o de efectos indiscriminados”. Ginebra 10 de Octubre 1980
Protocolos adicionales, I, II, III y Protocolo adicional IV añadido 1995.
Informe del Secretario General de Naciones Unidas A/8803 de 9 de Octubre de 1972 sobre el NAPALM y otras armas incendiarias.
El Secretario General de Naciones Unidas en el informe A/49/357 “Asistencia para la remoción de minas” 6 de Septiembre de 1994, alertaba sobre los efectos de su empleo tanto al medio natural como para las personas.
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