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Blas Infante y el Islam

02/02/2008 - Autor: Ali Manzano - Fuente: Identidad Andaluza
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Retrato de Blas Infante a la usanza marroquí.
Retrato de Blas Infante a la usanza marroquí.

En 1983 el Parlamento de Andalucía aprueba por unanimidad el Preámbulo del Estatuto de Autonomía para Andalucía, que reconoce a Blas Infante “como Padre de la Patria Andaluza e ilustre precursor de la lucha por la consecución del Estatuto de Autonomía para Andalucía”. En aquella época, se necesitaba un “icono” y unos símbolos que aglutinaran a los andaluces en torno a la clase política. En la incipiente democracia, tras una transición no exenta de problemas y de concesiones por parte de los partidos de izquierda, el Partido Socialista Andaluz (P.S.A.), consigue meter un gol a los partidos centralistas con el nombramiento de Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza” y la aceptación de los símbolos adoptados por él en la Asamblea de Ronda. Como “icono”, reunía todas las características exigibles: mártir, asesinado por la derecha “españolista” y representante de aquel intento autonomista que la dictadura del general Franco truncó.

Pero si rompemos el “icono”, el “cliché” de Blas Infante que los políticos nos han hecho llegar, nos encontramos con una obra y un pensamiento, acompañados de acción social, política y cultural, que seguramente, ni a los políticos de ahora ni a los de antes les resulte cómodo. En todos los órdenes de la vida, Blas Infante fue un “revolucionario” que vivió y pensó a “contracorriente”, renunciando a los privilegios de los que su clase social disfrutaba. Perteneciendo a la burguesía andaluza, abraza la causa de los jornaleros, de los descendientes de aquellos moriscos que la terrible conquista Castellana dejara sin tierras. Tras recibir una formación académica donde la historia de Andalucía no existía, sino a través de la visión sesgada e interesada de los colonizadores castellanos, la revisa, dándonos las claves y el camino para la recuperación de la memoria histórica, oculta tras quinientos años de aculturación. Y por último, lo que más puede molestar a los representantes de las instituciones, del poder, de la enseñanza, un Blas Infante que naciendo cristiano se reconoce musulmán, recuperando el “Din”(camino del Islam) de sus antepasados, la fuerza impulsora de Al-Andalus.

Hoy, 15 de Septiembre, se cumple el 81 aniversario de la “Shahada” de Blas Infante Pérez. Este acto de la “Shahada”, supone su reconocimiento como musulmán. Para muchos, este dato resultará increíble, falso, o un intento de un grupo de “moros” para hacernos creer que el “Padre de la Patria Andaluza” es miembro de su “secta”. Debido a innumerables prejuicios, les gustaría un Blas Infante cristiano, ateo o incluso masón. Para otros, resulta políticamente incorrecto, emparentarnos con el Islam a través de un Infante “moro”, relegando toda la obra de Infante a un tercer mundo al que nadie quiere volver la vista.

Si nos quitamos los velos que sobre nuestra mente han colocado los prejuicios culturales que 500 años de “guerra contra el moro” y una educación “uniculturalista” impuesta, veremos y comprenderemos a través de los datos y argumentos que a continuación exponemos, el proceso y las motivaciones que condujeron a Infante por un camino que solo podía llevarle al Islam. Esta “metamorfosis” que sufre Infante: nace “cristiano” hasta llegar al “Islam”, no es exclusiva de él, pues antes y después, han sido innumerables los andaluces que han seguido el mismo camino, aunque el caso de Blas Infante es muy especial por estar marcado por una cualidad nada común en el ser humano: la intuición. Blas Infante, no inventó nada, no creó nada, pero su intuición le llevó a descubrir todo un Universo que los andaluces teníamos velado tras la conquista Castellana. No nos estamos refiriendo solamente a la historia, tan diferente de aquella que nuestros conquistadores nos han contado, sino a filosofía, ciencia, literatura, arte, espiritualidad…en definitiva, Identidad. Nadie desde la conquista cristiana tuvo la capacidad de compilar la esencia de Andalucía, la identidad perdida. Solo la INTUICIÓN de Infante fue capaz de rescatar lo que nuestros conquistadores, con tanto afán intentan ocultarnos.

“Los regionalistas o nacionalistas andaluces -sentencia Infante- nada vinimos a inventar: nos hubimos de limitar, simplemente a reconocer en este orden lo creado por nuestro pueblo, en justificación de nuestra Historia”.

Las recientes investigaciones en numerosos campos de la ciencia han confirmado las Intuiciones de Infante, así como revalorizado su obra al confirmar la certeza de las intuiciones a las que nos hemos referido.

La Intuición de Andalucía lleva a Blas Infante al Islam, al descubrir, al intuir, la importancia y la influencia del Islam en el movimiento revolucionario que a partir del siglo VII comenzó a provocar el despertar del genio andaluz, hasta el afloramiento de esa civilización que denominaron Al-Andalus, orgullo de todo andaluz y objeto de la envidia universal.

Blas Infante fue un “buscador”, en el plano personal y en el colectivo. Nunca dejó de hacerse preguntas, de buscar respuestas que le condujeran a él y a su gran pasión, Andalucía, por el camino de la liberación. Ese camino de liberación, le lleva a volver la mirada a la historia, a buscar un punto de partida, encontrándolo en el periodo histórico de más brillo cultural, científico, social y político: Al-Andalus, descubriendo lo que él llama “el enriquecimiento de motivos para la voluntad de ser”. Infante quería dotar al pueblo andaluz del orgullo y la identidad perdida, como instrumento de liberación, por lo que la primera tarea que se impone es la de rescatar la historia, la de dotar a Andalucía de una interpretación histórica desde su propio ser, sin mentiras y sin intereses extraños a ella, con valentía y sin prejuicios ni complejos.

Infante empieza a “saborear” Al-Andalus en las obras de Ribera y Tarragó, Asín Palacios, Dozy, Levy Provençal, etc. En 1921, estudia la historia de Al-Mutamid, el Rey poeta de Sevilla y Córdoba, escribiendo el drama teatral “Mutamid, último Rey de Sevilla”. La “metamorfosis” ha comenzado. El joven notario de Casares es abducido por el Universo andalusí, no conformándose con ser un mero espectador, queriendo participar de la experiencia de Al-Andalus, buceando en su ser, interiorizando la esencia de la filosofía que despertó al genio andalusí, bebiendo de los orígenes intelectuales de Al-Andalus, convirtiéndose en protagonista de su drama teatral, para lo cual comienza a preparar el viaje que le llevaría hasta la tumba de Al-Mutamid en Agmhat, población cercana a Marrakech.

Una vez tomada la decisión de viajar hasta Agmhat para dar continuidad a las peregrinaciones que se hacían desde Al-Andalus para rendir homenaje a Al-Mutamid, último rey de Sevilla, comienza a preparar el viaje. Seiscientos años después del último andaluz que peregrinó a la tumba de Al-Mutamid, Ibn al-Jatib, hayib de Granada, otro andaluz estaba dispuesto a recuperar el homenaje a un hombre que representó y aún hoy representa la esencia de Andalucía, de ese Islam andaluz, ortodoxo, aunque muchas opiniones interesadas, desde el norte y desde el Sur, nos quieran convencer de que la ortodoxia islámica es ese conjunto de dogmas asfixiantes que las tradiciones de los pueblos llamados “islámicos” nos quieren imponer. Andalucía, tierra a la que el Islam llevó las herramientas con las que forjar la libertad, basada en el respeto a todas las formas de entender la vida y la espiritualidad, se encuentra presionada y encorsetada por los terribles fundamentalismos de los pueblos del Norte y del Sur, que en tiempos de Al-Mutamid en Sevilla y de Boabdil en Granada, terminaron con el sueño de un pueblo, que una mañana fría, en Enero del año 1492 se levantó esclavo del odio y de la envidia de los bárbaros pueblos del Norte.

Con la ilusión del que busca un tesoro, Blas Infante inicia los preparativos del viaje que le llevaría tras la huella de Al-Andalus, de esa Andalucía, que en nuestra tierra está semi-oculta bajo la bota de quinientos años de genocidio físico y cultural, pero que en Marruecos aún perdura en sus edificios construidos por Andaluces y en unas formas culturales heredadas por cientos de años de influencia andalusí.

Así, Blas Infante, persona disciplinada y organizada, que todo lo anotaba, nos dejó en uno de sus manuscritos el horario en el que dividía su tiempo:

“De 10 a 11.- Religión y filosofía.

De 11 a 1.- Estudio: peregrinación.

De 1 a 2.- Revistas.

De 2 a 3.- Idiomas.

De 5 a 7.- Notaria.

De 7 a 8.- Música.

De 8 a 9.- Clase.

De 12 a 2.- Escribir.

El documento no tiene desperdicio. Nos muestra el interés de Infante por conocer lo que él intuía como el motor del cambio que generó esa civilización que ya admiraba, Al-Andalus. Nos estamos refiriendo al Islam. Ese Islam que nos encontramos cada vez que buceamos en la historia de Al-Andalus, o cuando intentamos conocer las motivaciones que llevaron a nuestros antepasados a producir ese cambio “revolucionario” que dándole la vuelta a las estructuras económicas, políticas y sociales impuestas por la minoría Visigoda, sacaron a Andalucía de la negra Edad Media para anticipar el Renacimiento que siglos más tarde y gracias a la influencia Andalusí, llegaría a Europa.

Cada día, dedica Infante una hora para el estudio de Religión, refiriéndose sin duda al Islam y al Corán, del que fue un gran conocedor, como lo demuestran los dos Coranes de su biblioteca, manuscritos en los márgenes con sus comentarios.

Juan Antonio Lacomba en “Anuario de Investigaciones”, hace una llamada a “cuestiones fundamentales de su trayectoria interna, su historia, la historia que vivió, estudiar más su propia vida en sus múltiples dimensiones, su vida personal”. Aquí, acertadamente, Juan Antonio Lacomba nos llama la atención para indagar con profundidad en la vida íntima y espiritual de Blas Infante…un estudio que inevitablemente debe pasar por su relación con el Islam y con las Ibadas (prácticas) islámicas.

Otra hora del día, la dedica a estudiar “peregrinación”. En este apartado, tiene una gran importancia la lectura del libro de Mariano Pano “Viaje a la Meca”, en el que detalla todos los pormenores de la peregrinación a la Meca, desde su vertiente espiritual o mística hasta lo referente a los diferentes ritos y significados.

Y en este “Master” islámico, no podía faltar el estudio del idioma en el que fue escrito el Corán, el árabe. Este punto es de una gran importancia, habiendo sido pasado por alto por todos los estudiosos de la obra de Blas Infante, que por desconocimiento del Islam, no han podido valorar la importancia del dato. Un occidental, no estudia la lengua árabe para comunicarse con los pueblos del Magreb… estos no hablan árabe, sino un dialecto del mismo, con el que defectuosamente se entienden con los habitantes de la península Arábiga y con los pueblos que hablan el árabe clásico. El árabe, lengua del “Corán”, vehículo de transmisión de la “revelación Muhammadiana”, es la herramienta de la que se dota el Islam para impedir la tergiversación de los textos coránicos. No existe un Corán en Inglés o en Español. Las traducciones del Corán a otros idiomas que no sean el árabe, no son “Corán”, pues una traducción es siempre una interpretación, por lo que a todo musulmán le es recomendado leer el Corán a ser posible en árabe para poder interpretarlo de forma directa, sin intermediarios. Una de las palabras que más se repite en el Corán es la de “IKRA” (lee), que intenta evitar la instauración de una casta sacerdotal que nos imponga su interpretación de los textos coránicos, que como hemos visto a lo largo de la historia, deviene en la manipulación y en la tergiversación de los textos para el beneficio de una ideología o de una interpretación de los mismos que excluya al resto.

Infante, había aprendido el árabe con gran perfección, como lo demuestra el relato de la hija de Blas Infante, Luisa Infante y que Enrique Iniesta lo recoge en su obra “Blas Infante, toda su verdad”:

“De un aduar perdido, salieron varios hombres con espingardas amenazantes, que iban derechos a los tres viajeros (Infante, García Vidal, y Ben Moussa, chofer conocedor del chelba y oraní), don Blas agarró el brazo de José Luis: ¡calma Vidalito!. Y se dirigió en árabe a los atacantes, que se inclinaron ante el nombre de Mutamid y le invocaron con el título de “sultán de los sultanes”. Lo cuenta Luisa Infante”.

Lo que en principio era un viaje cultural para rendir homenaje al último hombre que reinó en una Sevilla libre, se convirtió en algo mucho más íntimo…¿quizás en su particular “Hayy”, (peregrinación a Meca) con el objeto de cumplir con uno de los pilares del Islam?

Enrique Iniesta lo cuenta de esta forma: “El viaje lo transfigura en peregrinación. Supera el interés cultural sin olvidarlo. Deja toda frivolidad turística. Va con todo el respeto a rendir su homenaje al Rey cumpliendo el ritual dispuesto en el Islam”.

En aquellos años, España estaba inmersa en la ocupación colonial del norte de África, encontrándose con gran resistencia por parte de las tropas de AbdelKrim, que infringieron numerosas derrotas al ejército español e innumerables bajas, por lo que la habitual ruta desde Tánger resultaba impracticable, optando por la ruta marítima Lisboa-Casablanca.

En los siguientes manuscritos de Infante, podemos ver el ánimo con el que se enfrenta a este peligroso viaje. Es el ánimo de un morisco andaluz, ávido de encontrarse con parte de su historia, con aquella que por serle ocultada es la más querida:

“Más de un millón de hermanos nuestros, de andaluces expulsados inicuamente de su solar -las causas de los pueblos jamás prescriben- hay esparcidos desde Tánger a Damasco, según comunicaba hace un año uno de nuestros más esforzados paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la Patria (…) lejos de esfumarse, se aviva cada día. Ellos constituyen, con el reconocimiento de los pueblos fraternos, que los mantienen en su hospitalidad, la élite de la sangre y del espíritu de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención porque esta redención o será común o no será nunca.

El año 1924 me determiné a reanudar las peregrinaciones que nuestros padres hicieron durante algún tiempo a la tumba de uno de los hombres más representativos del espíritu de nuestra tierra, Abu-l-Qasim ibn Abbad, rey verdadero de Sevilla, Córdoba, Málaga y el Algarbe. El último peregrino había sido un hijo de mi serranía de Ronda, Aljatib, ministro del sultán de Granada, en el siglo XIV. Seis siglos sin que Andalucía enviase ya su “saudad” por uno de sus hijos al sepulcro del Rey poeta que murió en el destierro lejano invocándola en sus versos dolorosos.

Merced a una serie de coincidencias afortunadas (…) pude llegar a encontrar la tumba del Rey en el derruido cementerio de Agmhat, al sur de Marraquech, en la vertiente sobre Marruecos del Alto Atlas.

En mi viaje, me acompañaba un intrépido muchacho catalán, gran espíritu, hoy residente en Oporto. Llegamos a Agmhat el día 15 de septiembre. Allí no había europeos, civiles o militares cuyas líneas francesas habíamos dejado atrás”.

“Solos, con un guía que nos prestó una kabila próxima y un intérprete oraní, sin cartas de presentación ni de referencia, no llevábamos más armas ni más guardas ni más brújula que nuestro entusiasmo y el nombre de Al-Andalus que desvanecía recelos, apaciguaba las irritaciones que nuestra audacia despertó alguna vez y nos abría las puertas de aquellos campesinos montañeses que tan pródigos fueron en su hospitalidad”.

En el contacto con ese pueblo marroquí, que añora Al-Andalus por considerarse descendiente y heredero cultural de aquellos moriscos que contra su voluntad emigraron al Magreb para conservar su lengua, costumbres y prácticas islámicas, es donde Infante encuentra el eslabón perdido entre la mítica y añorada Al-Andalus, velada a los andaluces por el manto de la conquista castellana, y la Andalucía de su época. Aquí, en Marrakech, ante innumerables e impresionantes vestigios del arte andaluz, y en compañía de descendientes de moriscos Andaluces, Infante encuentra la verdadera dimensión de pueblo, de nación:

“El pueblo andaluz fue arrojado de su Patria (…) por los reyes españoles y unos moran todavía en hermanos, pero extraños países y otros, los que quedaron y los que volvieron, los jornaleros moriscos que habitan el antiguo solar, son apartados inexorablemente de la tierra que enseñorean aún los conquistadores. Y es preciso unir a unos y otros. Los tiempos cada día serán más propicios. En este aspecto, hay un andalucismo como hay un sionismo. Nosotros tenemos, también, que reconstruir una Sión”.

"Llevaba encima la historia de ocho siglos de Islam andaluz y español, siete millones de población andalusí en el siglo X por 45.000 castellanos leoneses, León con 500 habitantes y Córdoba con 90.000, Sevilla con 80.000, Toledo con 32.000, Granada con 25.000, Valencia y Málaga con 15.000 tal como descubre Thomas F.Glick. Cela escribía del Rey Ordoño de León: en Medina Azahara, se quedó pasmado en sus ojos de rey pobre. Estos datos sorprenden y se han callado siempre en los espacios abiertos de la divulgación. Seria una puerilidad lanzarlos como proyectiles en cualquier sentido. O negarlos. La Historia era así y, en base a aquella verdad, nadie podrá suponer futuribles. “¡Hoy, España, Andalucía, sería qué sé yo que si no hubiera sucedido entonces qué sé yo qué…!”. Pero aquello merecería otro trato después de los estudios serios de la escuela de arabistas españoles. (Enrique Iniesta).

Blas Infante, no solo llevaba encima la historia de ocho siglos de Islam andaluz, sino la admiración y las ansias de recuperar la esencia de aquella civilización, la esencia de Andalucía. Con esta admiración, escribía sobre Al-Mutamid:

“Fue el último Rey indígena que representó digna y brillantemente una Nacionalidad y una cultura intelectual que sucumbieron bajo la dominación de los bárbaros invasores. Túvose por él una especie de predilección como por el más joven, como por el benjamín de esta numerosa familia de príncipes poetas que habían reinado en el Andalus. Se le echó de menos como a la última rosa de la primavera”.

“Ni los cristianos del Norte ni los fundamentalistas del Sur eran andaluces. Si la opinión vulgar admite y repite el carácter extranjero de las huestes africanas, debiera en lógica simetría llamar igual a aquellos “ifranyi”, que se decían herederos de la Bética cuando descendían a gritos de los bárbaros invasores godos que hundieron Roma. Tomás de Aquino llegó a Aristóteles gracias a nuestro Averroes. Todo un símbolo. Y el Dante…”

El día 15 de Septiembre de 1924, Blas Infante llega a Marrakech. Impresionado por esta ciudad escribiría:

“Caminando hacia el Sur, en la desierta llanura mogrebina, se aparece la enorme ciudad de Marrakech, como el centro de un oasis rodeado de palmeras, al pie del Alto Atlas que se extiende más allá de la ciudad, a lo largo del horizonte como una rígida muralla bermeja, primera de la ciudadela de montañas que, antes del gran desierto, defiende los senos africanos.

La Kutubia se adelanta en la visión ofreciéndome una emoción de hogar, anulando ante mi sensibilidad motivos o impresiones de extranjería (…). Una asociación de ideas modula y contesta la pregunta de la grácil torre acerca de sus dos únicas hermanas en la familia de las grandes torres almohades: la sevillana Giralda cubierta con el gorro del cautiverio de la pesada cúpula cristiana que sustituye el airón del minarete y la inconclusa que parece mutilada rabatí de Muley Hasan.

Yo no soy forastero en Marrakech. Los moros andaluces predominan en la constitución étnica de la medina musulmana. Presidiendo la soterrada construcción psíquica que mi recuerdo excava ahora, los espíritus de los andaluces ilustres inspiradores de los Califas más cultos del Mogreb que aquí tuvieron su centro imperial, la sombra acogedora de Ibn Tufail, el insuperable viviente hijo del vigilante, discierne aún hospitalidad a los peregrinos que vienen de su tierra andaluza (…). El pensamiento de Averroes (…) La silueta dulce de Ibn Arabi musita esta inquietante plegaria en la Puerta de la Ciudad (…) Marrakech es para mi peregrinación, el límite de la tierra Santa, del Templo. En las formas de mi espíritu, ahora, los ritos viven. El alma ahora tiene oración, se ha encendido un religioso fervor. Ha vestido el “hizam” del “alhinchante” (peregrino). Hago una ablución en la fuente de la historia, con fecundos valores, hijos de una cultura que se pretendió cegar y que se hizo subterránea y de oscuro discurso”.

El 15 de Septiembre de 1924, Blas Infante culmina su viaje ante la tumba de Al-Mutamid. Lo que en un principio fue un viaje cultural, tras la huella histórica de Al-Andalus, se ha convertido en un encuentro “espiritual”, un viaje que podríamos denominar “iniciatico”. A partir de aquí, Blas Infante no volvería a ser el mismo. Se ha encontrado con la riqueza de un Al-Andalus vivo en los descendientes de moriscos andaluces, y un Islam que no estaba solamente en los libros, que estaba lo suficientemente vivo como para sentirlo, en la manera en que solo un “mumin” (creyente) puede hacerlo, intuyéndolo con el corazón del que se abandona en Allah. Ante la tumba de Al-Mutamid, Infante repite el ritual que se realiza en Meca, como su particular forma de dar cumplimiento a uno de los cinco pilares de obligado cumplimiento en el Islam: el Hayy o peregrinación. Así, Infante da siete vueltas a la tumba de Al-Mutamid, en sentido opuesto al de las agujas del reloj, a semejanza de las siete vueltas que los peregrinos musulmanes dan en la Meca en torno a la Kaaba.

Pero, Blas Infante, que era una persona extremadamente comprometida con sus ideales, no podía conformarse solamente con este acto de homenaje a Al-Mutamid y a las creencias de aquellos hombres y mujeres que durante ocho siglos elevaron a Andalucía y al Islam a las más altas cotas del conocimiento. Su convencimiento le lleva al compromiso.

Muhammed Ali Cherif Kettani en su libro “Inbia’t al Islam fi Al-Andalus”, escrito en lengua árabe, cuya traducción podría ser “El resurgimiento del Islam en Al-Andalus”, editado por la Universidad de Islamabad en el año 1992, lo relata de la siguiente forma: 15 de Septiembre de 1924…“hace la “Shahada” en una pequeña mezquita de Agmhat”, adoptando el nombre de Ahmad. -“Ibn Al-Arabi, el gran maestro sufi andalusí, dice que el significado de esta raíz (se refiere a la raíz del nombre Ahmad) es poner en acto algo que estaba en potencia” (Antonio Medina, Cervantes y el Islam)-, “Sus testigos del acto por el que se reconocía musulmán, fueron dos andalusíes nacidos en Marruecos y descendientes de moriscos: Omar Dukali y otro de la kabila de Beni-Al-Ahmar”.

A su regreso a Andalucía, y una vez asimilados todos los pormenores de este viaje “iniciatico”, relataría la vivencia íntima de su experiencia espiritual de la siguiente forma:

“Y lo más particular es que en los términos o realidades subjetivas que se desarrollaron en mi peregrinación a Agmhat, averiguo actos interiores que se expresaron con autenticidad gracias a las ceremonias o exterioridades del Ritual de los Alhiches (peregrinos) a la casa de Dios, la prohibida, la Caaba. Es decir, que, inversamente, los ritos muslímicos de la peregrinación a la Meca, son para mí la traducción mágica en actos materiales, o la aprehensión mimética externa (sin sentido para algunos como tales exterioridades culturales de cumplimiento mecánico) de hechos interiores plenos de significado profundo, expresivos del dinamismo espiritual que se verifica durante el transcurso de toda verdadera peregrinación”.

“Limpia la boca, pura es ahora la palabra de mi conciencia. He penetrado hasta lo más íntimo y desinteresado de mi ser, allá donde se abre la flor del primer imperativo que manda vivir, ser, para cada vez más ser. He visitado como todos los peregrinos el sepulcro de Eva al cual se allegan en aquel límite los alhinchantes del Islam”. (AAK, 4‑7).

Estos textos, demuestran una extraordinaria sinceridad de Blas Infante, relatándonos su experiencia en Agmhat, “peregrinación” y “Shahada”, como actos vividos con una intensidad que solo pueden ser fruto de su convencimiento y su compromiso con una forma de entender la espiritualidad. La metamorfosis ya se ha producido, encontrándonos a un Blas Infante “musulmán”.

El camino que lleva a Infante al Islam, puede parecer extraño para muchos. Para otros, puede parecer una extravagancia que solo se le puede permitir a los genios, producto de la ensoñoración y el embrujamiento que Al-Andalus ha ejercido en muchos personajes a lo largo de la historia, o un intento de imitar a aquellos reyes andalusíes, a los que Infante tanto admiraba.

Pero los que hemos seguido el mismo camino que Blas Infante, -Al-Andalus nos ha llevado al Islam-, sabemos de la fuerza interior del Islam y de los efectos que produce al interiorizar toda una filosofía y una forma de entender la vida, la creación y la espiritualidad, en base al compromiso con unos valores.

Su relación con el Islam no se queda en Agmhat. Continuaría durante toda su vida, en sus escritos, en su forma de entender la vida y en sus actos, con un compromiso reforzado para con su gente, su patria, su Din (camino del Islam), que le llevaría a vivir la etapa más productiva de su vida, tanto a nivel literario como político, y en la faceta en que más hincapié hacia: la divulgación de la historia y cultura andaluza, en su intento por librar la batalla en el campo en el que los conquistadores más daño nos habían hecho, el campo de la cultura:

“La historia del Islam peninsular ha sido descuidada durante mucho tiempo por el historiador profesional, el medievalista; quizás como resultado de la pervivencia, a través del nacionalismo (español) moderno de la vieja idea de “reconquista”, que tendía a considerar la presencia del Islam en la península como un accidente incapaz de sustentar derechos adquiridos de ningún tipo. Esto, unido a la falta de documentación adecuada, justifica el retraso de la investigación histórica sobre AI-Ándalus”.

El afán de estudio por el esplendor de Al-Ándalus, le lleva a estudiar la lengua árabe. Aprendizaje que realiza con una suficiencia como para ejercer de docente en los salones del propio Alcázar de Sevilla. La abundancia de textos manuscritos en lengua árabe y que tratan temas islámicos en su legado de inéditos, nos da idea del interés de la persona sobre el tema. (Manuel Ruiz).

Su interés por rescatar la cultura andalusí le lleva a la creación de los Centros Andaluces:

En este primer Centro se crean secciones de Historia, Arqueología, Música, Literatura, Bellas Artes, un Instituto de Estudios Americanistas, la Orquesta Sinfónica de Sevilla, se imparten clases de Filosofía Andaluza, Historia, Dibujo y Pintura, e incluso se dan clases gratuitas de árabe que imparte el propio Blas Infante y el magrebí Abd El-Kader , y que llega a tener 60 alumnos mientras en las escuelas de estudios árabes de Madrid y Granada apenas llegaban a la docena. En esta gran labor cultural incluyen una discoteca andaluza, trabajos arqueológicos sobre la cultura de Tartessos , una Biblioteca y publicaciones periódicas como la revista Amanecer desde 1933, que curiosamente editan bilingüe en castellano y en árabe para, según decían en su Editorial “enseñar a los moros la aspiración del Centro Andaluz relativa a llegar a restablecer con ellos nuestra antigua comunidad cultural, y a que nos llegase a servir de instrumento de hermandad con los moros andaluces (…) por ser los más cultos de todo el litoral africano norteño”, pidiendo al gobierno la entrega de la Sinagoga de Toledo a la Comunidad Hebrea y la Mezquita Aljama de Córdoba a la Islámica.

Incluso, en 1.931, las Juntas Liberalistas inician una campaña a favor de la construcción de una mezquita en Sevilla “no con ánimo de hacer profesión o confesión de una religión determinada, sino con el objeto de afirmar la libertad y pluralidad religiosas, elementos de síntesis de la Historia de Andalucía”. Para ello, elaboran un cuestionario para los lectores: “¿Qué lugar de Sevilla seria el más a propósito (sic) para situar el templo musulmán?. ¿De cuáles medios pudiéramos valernos para allegar los necesarios recursos?”.

Evidentemente, Infante no podía hacer público su Din islámico por las consecuencias profesionales, políticas y familiares que ello le acarrearía, viviendo su Islam en “Taquilla”, practicándolo y viviéndolo en su intimidad, sin hacerlo público, -tal como lo hicieron cientos de miles de moriscos desde la conquista castellana-, excusando, no sin convencimiento, la construcción de la Mezquita de Sevilla por motivos de “libertad y pluralidad religiosa”. No olvidemos que en estos tiempos, la iglesia católica tenía un gran poder, unido a los prejuicios contra el “moro” que quinientos años de aculturación habían impregnado al pueblo andaluz, sin olvidarnos que la “Santa Inquisición” había estado presente hasta mediados del siglo anterior.

En el “Congreso de los Pueblos sin Estado”, celebrado en Delhi (India), en el año 1930, al cual fue invitado Blas Infante, no pudiendo asistir, delegando su presencia en el poeta Abel Gudra, al que entregó un manuscrito de su puño y letra para que este lo leyera ante los congresistas:

“La revolución india es un mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son también. ¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afro-Asia mientras que el despertar no venga a abrir los ojos, en la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Andalucía”.

“¿Qué nos queda del Islam?. Nos queda del Islam el sentimiento de poder de Allah y su equilibrio. El Islam no es solo espiritualidad, es también movimiento. Vivir no es solamente una idea, sino un conocimiento, y este conocimiento es nuestra experiencia de Al-Andalus en su época de esplendor”.

"El Profeta de nuestros antepasados de Al-Andalus que, como todos los profetas, será nuestro profeta, (se refiere Blas Infante a Muhammad -s.a.s.-), y el de todos los hombres libres en tanto cuanto digan la verdad, anunció esta verdad incontrovertible: “¡Ay del día en que un espíritu no comprenda a otro espíritu. Porque el espíritu es espíritu como la luz es luz!” Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Andalucía vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su libro vuelva a ser el Al-Korán como dice la Sura III:

“Aquellos a quienes les hemos dado Al-Korán y lo leen como deben leerlo”.
(Blas Infante: Manuscritos Inéditos)

Que estas líneas sirvan de homenaje a un musulmán sincero, a un hombre que con su lucha y su pensamiento iluminó un sendero por el que muchos andaluces de conciencia, musulmanes o no, estamos andando en busca de un ideal que consiga que “los andaluces volvamos a ser lo que fuimos”.

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